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CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON LOS OBISPOS DE ITALIA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Capilla Sixtina
Martes 15 de mayo de 1979

 

Venerados y amadísimos hermanos del Episcopado italiano:

1. "No se turbe vuestro corazón" (Jn 14, 1).

Cristo pronuncia estas palabras cuando debe dejar este mundo, puesto que dice: "Voy... y volveré" (Jn 14, 2. 3). Las pronuncia teniendo conciencia de que "viene el príncipe del mundo" (Jn 14, 30), mientras El mismo deberá afrontar la prueba de la cruz. Mucho más que sus discípulos es consciente de lo que le sucederá, de cómo se desarrollarán los sucesos en los próximos días, y de cómo se desarrollará la historia de la Iglesia y del mundo. Sin embargo, pronuncia estas palabras que encierran en sí la llamada al coraje: "No se turbe vuestro corazón". Y como en contraste con todo aquello de lo que era profundamente consciente, hace que preceda a esta llamada un saludo de paz, de la seguridad de la paz: "La paz os dejo, mi paz os doy" (Jn 14, 27).

Como se ve, estamos en este magnífico ambiente pascual, casi siempre en el Cenáculo: allí donde la Iglesia, el día de Jueves Santo, recibió la Eucaristía, y allí donde, el día de Pentecostés, debía recibir al Espíritu de verdad. Estamos en los comienzos de la Iglesia.

2. Al mismo tiempo, entramos ya en su historia. Como en un calidoscopio pasan ante nosotros los acontecimientos que testimonian de qué modo las palabras, pronunciadas por Jesucristo en el Cenáculo, se realizan en la vida de la primera generación de los cristianos, que es la generación apostólica. En la liturgia de hoy, en efecto, nos encontramos sobre la huella del primer viaje misionero de San Pablo, que, perseguido por los judíos y amenazado de muerte, anuncia el Evangelio. En Listra, después de haberlo acosado a pedradas, lo arrastraron fuera de la ciudad y lo dejaron sólo cuando lo creyeron muerto. Pablo, en cambio, se levanta y vuelve a la ciudad, para irse luego a Iconio y Antioquía. Por todas partes organiza la Iglesia "constituyó para ellos presbíteros en cada Iglesia" (cf. Act 14, 23). Considera las pruebas, que debe afrontar, como una cosa normal, porque no de otra manera, sino sólo por muchas pruebas debemos entrar en el reino de Dios (cf. Act 14, 22). En estas palabras percibimos como un eco de las palabras mismas que el Señor dirigió a los discípulos en el camino de Emaús: "¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?" (Lc 24, 26).

Así con todas estas experiencias crece la Iglesia primitiva: crece mediante la fe que brota del anuncio del Evangelio predicado por los Apóstoles, sostenido por la oración y el ayuno; crece por el poder de la gracia misma de Dios. Y los que la construyen dan testimonio de ello.

3. El deber de todos nosotros que hoy aquí, en la Capilla Sixtina, celebramos juntos la Eucaristía, es servir para que la Iglesia crezca en nuestra época, crezca en estos tiempos difíciles; para que crezca también en medio de las contrariedades y de las amenazas; para que sepa recoger el fruto de las nuevas experiencias de esta tierra italiana, de este pueblo que, desde hace 2000 años, está tan profundamente ligado a la historia del Evangelio. a la Sede de San Pedro. de este pueblo, cuya historia está toda impregnada de modo excepcional por la influencia espiritual del cristianismo. Efectivamente, no es necesario explicar cuál es la posición de Roma y, por lo tanto, de Italia en el contexto de toda la Iglesia católica. Se trata de un privilegio, no ya debido a atribuciones de origen humano, ni mucho menos a usurpaciones de poder, sino que responde a un arcano designio del Señor, porque fue El mismo quien empujó hacia las playas italianas y al camino de Roma a sus Apóstoles Pedro y Pablo, para traeros el anuncio evangélico y confirmarlo con el sacrificio de su vida.

Por esto, en el momento importante de nuestro común servicio, me encuentro hoy con vosotros, venerables y queridos hermanos de cada una de las Iglesias de Italia, de una forma oficial, después de los encuentros numerosos y personales que he tenido con muchos de vosotros en los meses pasados. Os debo, ante todo, un saludo que se inspira conjuntamente en los sentimientos de deferencia y amistad para cada uno de vosotros y, además, en las razones mucho más elevadas de la fe y de la caridad. Y procurad —os lo ruego, queridísimos hermanos— llevar este saludo mío a los fieles de cada una de las Iglesias que os están confiadas.

Sois los obispos de la Iglesia de Dios que está en Italia; o mejor —por las bien conocidas razones geográficas, históricas y teológicas que, entrelazándose providencialmente, sitúan a Roma en el centro de Italia y a la vez del mundo católico— es preciso decir: Somos los obispos de esta Iglesia: todos juntos lo somos, vosotros y yo. Y esto en mí, llamado a Roma nullis meis meritis, sed sola dignationes misericordiae Domini, exige una particular conciencia de ser Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal, precisamente por ser Sucesor de Pedro en esta bendita Sede Romana; y repito, exige la consiguiente responsabilidad de deber pensar y actuar —en línea ciertamente con la sollicitudo omnium Ecclesiarum, de que hablaba San Pablo (2 Cor 11, 28)— con una atención y un cuidado singularísimo para el incremento de la vida espiritual y religiosa de esta sacra ciudad.

Y de aquí, por conexión natural o expansión, esta solicitud especial se extiende a las otras Iglesias contiguas a la de Roma: a las antiguas sedes suburbicarias, después a las Iglesias de la región del Lacio, luego a las comprendidas en el ámbito del antiguo Patrimonium Sancti Petri y, sucesivamente a todas las que hay en Italia. Precisamente el deber pastoral me impone promover la causa de la evangelización y estimular la vida eclesial en toda la península, con la aportación de una entrega plena, de un esfuerzo constante y humilde.

4. Obispo con vosotros y como vosotros de la Iglesia en Italia, no puedo ignorar los problemas particulares que se presentan en nuestros días, en el cuadro concreto de las circunstancias sociales, culturales y civiles, en las que vive todo el país. Os diré a este propósito que en el pasado marzo he podido leer la ponderada "introducción" que vuestro Presidente, el señor cardenal Antonio Poma, tuvo ante el Consejo permanente de la CEI, precisamente con miras a la presente XVI asamblea general. Hay que tener en cuenta —decía él— que "el ministerio de evangelización se realiza y madura en un tiempo determinado y en un terreno particular, que debemos conocer y valorar". Después he examinado el proyecto del documento pastoral sobre "Seminarios y vocaciones sacerdotales", que discutiréis estos días. Sé bien que dicho documento constituye el programa para el año 1979-80 y, al poner de relieve que lleva la misma fecha que mi reciente Carta a los sacerdotes, subrayo con placer su consonancia con lo que es para mí motivo de la más asidua atención.

Sin querer anticipar ahora conclusiones que deberán surgir, en cambio, de la reflexión de vuestra asamblea, me apremia manifestar, como a modo de adhesión personal, la más sentida felicitación por este trabajo. Me sugiere este sentimiento una serie de comprobaciones que contiene; por ejemplo, la coherencia del tema de las vocaciones sagradas y de los seminarios con los temas tratados en años precedentes, que tenían todos como eje central la evangelización, y el último de ellos se titulaba precisamente "Evangelización y ministerios"; además, la actualidad y la correspondencia del tema mismo con las exigencias del tiempo presente, en el que el descenso que se ha verificado desde hace quince años, está volviendo más agudo el problema del servicio asignado específicamente al sacerdocio ministerial en el ámbito del Pueblo de Dios.

Ahora, en el centro de nuestra asamblea eucarística, debemos examinar la cuestión vocacional en su exacta dimensión eclesiológica y cristológica y, sobre todo, debemos hacerla objeto de la más insistente invocación al "Dueño de la mies". Toda vocación sacerdotal, así como nace por llamada del Señor, así también está destinada al servicio de la Iglesia, y por lo tanto es necesario insertar en el interior de la Iglesia, estudiar y resolver el problema de la deseada primavera de vocaciones sagradas. Aun teniendo presentes las investigaciones socio-estadísticas, es necesario convencerse de que este problema está vinculado muy estrechamente con la pastoral ordinaria. La vocación dice relación, ante todo, a la vida de la parroquia cuyo influjo tiene para ella una importancia fundamental, bajo los más diversos aspectos: los de la animación litúrgica, del espíritu comunitario, de la validez del testimonio cristiano, del ejemplo personal del párroco y de los sacerdotes colaboradores suyos. Pero tiene una relación totalmente particular con la vida de la familia: donde hay una pastoral familiar eficaz e inteligente, lo mismo que es normal acoger la vida como don de Dios, así es más fácil que se oiga la voz de Dios y sea más generosa la acogida que allí encuentre. Relación especial tiene también con la pastoral de la juventud, porque es indudable que, si los jóvenes son acompañados, asistidos, educados en la fe por sacerdotes que viven dignamente su sacerdocio, será fácil individuar y descubrir a los que entre ellos son llamados y ayudarles a recorrer el camino que señale el Señor. Comprendéis, queridísimos hermanos, cuán necesaria es al respecto una gran movilización de las fuerzas apostólicas, partiendo de los ambientes fundamentales de la vida cristiana: las parroquias, las familias, las asociaciones y los grupos juveniles.

En cuanto al aspecto cristológico. para discernir bien la idoneidad y calidad de los llamados, es igualmente irrenunciable mirar a Cristo el Sacerdote Eterno, y tomar de El, de su ministerio, de su sacerdocio las medidas exactas y sacar las líneas genuinas del servicio presbiteral. Y sobre todo es indispensable el recurso a la oración: la debemos hacer sin cansarnos jamás, la debemos hacer también hoy, también ahora, de tal modo que, gracias a esta concelebración nuestra, se aumente en nosotros no sólo la conciencia del problema vocacional, sino también la certeza de la indefectible ayuda divina. Una vez más queremos y debemos orar con fervor "al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 38; Lc 10, 2). Será una oración hecha en el nombre de Cristo; por esto será oída y os ayudará poderosamente en el trabajo de profundización y reflexión que vais a dedicar a un tema tan grave y delicado.

5. Sé también, venerables hermanos, que dedicaréis en estos días vuestra atención a otros temas. También por ellos debo manifestaros mi aplauso y estima. Pienso en el hermoso texto del "Catecismo de los jóvenes", sobre el cual repito públicamente cuanto antes encargué se escribiera al Emmo. Presidente, que me entregó uno como obsequio anticipado: es un texto que se acredita por su sabiduría pastoral y por su experiencia pedagógica. Y tengo noticias del otro volumen que, con igual interés, se está preparando para los adultos. Pero, en relación al tema predominante, quiero poner de relieve cuán fundamental es el valor de la catequesis para despertar vocaciones: si la pastoral ordinaria encuentra en la catequesis una de sus formas más altas y uno de los medios más adecuados, se sigue de ahí que la catequesis, además de responder al fin general de la evangelización, podrá muy bien orientarse incluso al fin específico de las vocaciones. Debo, pues, repetir cuanto ya he dicho de la pastoral: es necesario dar un gran desarrollo a la catequesis de la juventud, como también a la catequesis de la familia. Este último tema se une directamente con el ya elegido para el próximo Sínodo de los Obispos. Sé que la CEI está ya mirando a esta Asamblea, que se reunirá el año próximo, y ha encauzado los necesarios estudios preliminares para poder ofrecer a los trabajos sinodales la siempre apreciable aportación de la Iglesia en Italia. También me alegro sinceramente de esto, con la convicción de que el tema de la familia y su misión en el mundo contemporáneo revista realmente un interés primordial.

Queda todavía el asunto del XX Congreso Eucarístico Nacional; al dar la noticia del mismo, diré que se ha pensado celebrarlo en 1983, para distanciarlo oportunamente del homónimo Congreso Internacional, que —como sabéis— se tendrá en Lourdes en 1981. A éstas y a otras —tal vez menos importantes— iniciativas va desde ahora mi interés, mi aportación y mi solidaridad.

6. Con estos pensamientos y con estos problemas entramos, venerados y queridos hermanos, en el asamblea anual de los Pastores de la Iglesia que está en Italia, desde los Alpes hasta Sicilia. Y escuchamos lo que nos dice el Señor, como dijo a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo. Recordemos que sus palabras eran de paz: "No se turbe vuestro corazón..." (Jn 14, 1). Habéis oído que os dije: Me voy y después volveré (cf. Jn 14, 2. 3).

Repetirá la misma afirmación antes de la Ascensión: "Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt 28, 20). Aceptamos estas palabras con gran fe. Cristo está realmente con nosotros y nos llama a la paz y a la fortaleza. El corazón humano puede turbarse de diversos modos: puede turbarse con el temor que paraliza las fuerzas interiores; pero también se puede turbar con ese temor que proviene de la solicitud por el gran bien, por la gran causa, el temor creativo, diría, que se manifiesta como sentido profundo de responsabilidad.

El Concilio Vaticano II, que nos ha propuesto una imagen tan real del mundo contemporáneo, ha llamado simultáneamente a toda la Iglesia a un profundo sentido de responsabilidad por el Evangelio, por la historia de la salvación humana. Sobre cada uno de nosotros gravita esta responsabilidad pastoral por los hermanos, por los compatriotas. Sobre el Sucesor de San Pedro a quien ha dicho Cristo: "confirma a tus hermanos" (Lc 22, 32), esta responsabilidad pesa de modo especial, y yo la asumo con relación a la amadísima "Iglesia que está en Italia", en el vínculo de la unión colegial con vosotros, venerables y queridos hermanos.

Recordemos que la Iglesia es una comunidad del Pueblo de Dios. Nuestra responsabilidad pastoral por la Iglesia se realiza en la medida esencial por el hecho de que hacemos conscientes de su propia responsabilidad a todos los que Dios nos ha confiado y los educamos en esta responsabilidad para la Iglesia. y asumimos esta responsabilidad en comunión con ellos. El Episcopado italiano tiene esta tarea como la tienen, por lo demás, todos los Episcopados del mundo. Es necesario suscitar la conciencia de la responsabilidad de todo el Pueblo de Dios y compartirla con todos; es necesario hacer a cada uno consciente de los propios derechos y deberes en todos los campos de la vida cristiana individual, familiar, social y civil; es necesario desenterrar, por decirlo así, todos los grandes recursos de energía, que se encuentran en las almas de los cristianos contemporáneos e, indirectamente, en todos los hombres de buena voluntad.

"Confirma" (Lc 22, 32) significa `"refuerza", "vuelve más fuerte": pero significa también esto: ayuda a encontrar de nuevo las fuentes de esta energía, que se hallan en los dos mil años del cristianismo en esta tierra: digo la energía de la que tiene necesidad igualmente todo el mundo contemporáneo. Y este "confirma" se apoya para todos nosotros, venerables y queridos hermanos, en el confide y en el confidite evangélicos (cf. Mt 9, 2; Jn 16, 33). Es necesario tener confianza en Cristo, es necesario fiarse de Cristo, que ha vencido por medio de la cruz. ¡Debemos tener confianza! Y recemos a su Madre Santísima. para que nos enseñe a tener siempre esta confianza sin límite alguno. Amen

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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