 |
VISITA AL CEMENTERO POLACO DE
MONTECASSINO
HOMILÍA DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
Montecassino, Italia
Viernes 18 de mayo de1979
1. «Venid y subamos al monte...» (Is 2, 3; cf. Miq 4, 2).
Escuchamos hoy esta invitación del Profeta y la volvemos a leer corno un
imperativo interior: el imperativo de la conciencia y del corazón. El día 18
de mayo nos obliga moralmente a venir a este monte; a detenernos con la oración
en los labios ante las tumbas de los soldados caídos aquí; a mirar los muros
del monasterio que entonces —hace 35 años— fue reducido a ruinas; a recordar
aquellos sucesos; a tratar de sacar de ellos una vez más una enseñanza para
el futuro.
Caminamos aquí sobre las huellas de una gran batalla, una de aquellas que
dieron el golpe decisivo a la última guerra en Europa, a la segunda guerra
mundial. Esta guerra, en los años 1939-1945, en-volvió a casi todas las
naciones y estados de nuestro continente, implicó también en su órbita a las
potencias extra-europeas, manifestó las cumbres del heroísmo de los militares,
pero descubrió también el peligroso rostro de la crueldad humana, dejó tras sí
las huellas de los campos de exterminio, quitó la vida a millones de seres
humanos, destruyó los frutos del trabajo de muchas generaciones. Es difícil
enumerar todas las calamidades que con ella se abatieron sobre el hombre.
descubriéndole —a su término— incluso la posibilidad, a través de los medios de
la técnica más moderna de los armamentos, de un eventual aniquilamiento futuro
en masa, frente al cual palidecen las destrucciones del pasado.
2. ¿Quién dirigió esta guerra? ¿Quién realizó la obra de destrucción? Los hombres
y las naciones. Esta era una guerra de las naciones europeas a pesar de estar
ligadas entre sí por tradiciones de una gran cultura: ciencia y arte
profundamente arraigados en el pasado de la Europa cristiana. Los hombres y las
naciones: ésta era su guerra; y, como fue suya la victoria y la derrota, así
también les pertenecen los efectos de este conflicto.
¿Por qué combatieron unos contra otros, hombres y naciones? Ciertamente no los
impulsaron a este terrible estrago fratricida las verdades del Evangelio y las
tradiciones de la gran cultura cristiana. Se vieron envueltos en la guerra por
la fuerza de un sistema que, en antítesis con el Evangelio y las tradiciones
cristianas, había sido impuesto como programa a algunos pueblos con violencia
despiadada, obligando al mismo tiempo, a los otros a oponer resistencia con las
armas en la mano. Ese sistema sufrió una derrota definitiva en luchas
gigantescas. El 18 de mayo fue una de las etapas decisivas de aquella derrota.
Encontrándonos en Montecassino en el 35 aniversario de aquel
día, deseamos, a través de la evocación elocuente de aquella jornada, comprender ante Dios y
ante la historia, el significado de toda la terrible experiencia de la segunda
guerra mundial. Esto no es fácil; más aún, en cierto modo resulta imposible
expresar en breves palabras lo que ha sido objeto de tantas investigaciones,
estudios y monografías, y lo será ciertamente por mucho tiempo todavía. Toda
nuestra generación sobrevivió a esta guerra, que ha pesado sobre su maduración
y su desarrollo, pero continúa viviendo todavía en la órbita de las
consecuencias de tal conflicto. No es fácil, pues, hablar de un problema que
tiene una dimensión tan profunda en la vida de todos nosotros. De un problema
aún vivo y ligado en cierto sentido a la sangre y al dolor de tantos corazones
y de tantas naciones.
3. Sin embargo, si nos esforzamos por comprender este problema ante Dios y ante la
historia, entonces más que cualquier ajuste de cuentas con el pasado, toman
relieve las enseñanzas para el futuro. Estas se imponen con gran fuerza, desde
el momento en que la historia no es sólo el gran polígono de los
acontecimientos, sino también y sobre todo un libro abierto de esas mismas
enseñanzas; es fuente de la sabiduría de la vida para los hombres y las
naciones.
La lectura en este libro, tan dolorosamente abierto ante nosotros, nos conduce
siempre a la oración ardiente, al grito ardoroso por la reconciliación y la paz.
Hemos venido aquí sobre todo para orar por esto, y para gritar por esto a Dios y a los hombres. Pero, puesto que la paz
sobre la tierra depende de la buena voluntad de los hombres, es difícil no
reflexionar, al menos brevemente, en qué dirección deben orientarse todos los
esfuerzos de las personas de buena voluntad —es necesario que lo sean todos— si
queremos asegurar este gran bien de la paz y de la reconciliación para nosotros
y para las generaciones futuras.
El Evangelio de hoy contrapone dos programas. Uno basado en el principio del
odio, de la venganza y de la lucha. Otro en la ley del amor. Cristo dice: «Amad
a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen» (Mt 5, 44). Es una gran
exigencia. Los que han sobrevivido a la guerra, que se encontraron con la
ocupación, la crueldad, la violación más brutal de todos los derechos humanos,
saben lo grave y difícil que resulta esta exigencia. Sin embargo, después de
experiencias tan terribles como la última guerra, han venido a ser todavía más
conscientes de que sobre el principio que dice: «Ojo por ojo v diente por
diente» (Mt 5, 38); sobre el principio del odio, de la venganza, de la lucha,
no se puede construir la paz y la reconciliación entre los hombres y las
naciones; sólo se pueden construir sobre el principio de la justicia y del amor
recíproco. Y por esto fue ésta la conclusión que la Organización de las Naciones
Unidas sacó de las experiencias de la segunda guerra mundial, proclamando «la
Carta de los derechos del hombre». Sólo sobre la base del respeto pleno a los
derechos del hombre y de las naciones —¡del respeto pleno!—, se puede construir
en el futuro la paz y la reconciliación de Europa y del mundo.
4. Oremos, pues, en este lugar de gran batalla por la libertad y por la
justicia, para que las palabras de la liturgia de hoy se encarnen en la vida.
Oremos a Dios, que es Padre de los hombres y de los pueblos, corno ora hoy el
Profeta: «El nos enseñará sus caminos e iremos por sus sendas...
El juzgará a las gentes / y dictará sus amonestaciones a numerosos pueblos,
/ que de sus espadas harán rejas de arado, / y de sus lanzas. hoces. / No
alzarán la espada gente contra gente, / ni se ejercitarán para la guerra...»
(Is 2, 3-4).
Recemos así, teniendo presente que no se trata ya de espadas o de lanzas, sino
de las armas nucleares; de los medios de destrucción, que son capaces de
reducir a la nada la tierra habitada por los hombres.
— Recordemos también que en Montecassino, el Papa Pablo VI proclamó en 1964,
durante el Concilio Vaticano II, a San Benito Patrono de Europa, haciendo
referencia a las tradiciones milenarias benedictinas de trabajo, oración y
cultura...
— Recordemos, finalmente, que el lugar en que nos encontramos se ha vuelto fértil
por la sangre de tantos héroes: ante su muerte por la gran causa de la libertad
y de la paz hemos venido una vez más a inclinar la cabeza.
5. Queridos connacionales:
Momento especial éste en el que puedo participar con vosotros en el presente
gran aniversario. Hace 35 años terminaba la batalla de Montecassino, una de las
que decidían el destino de la última guerra. Para nosotros, que en aquel período
soportábamos las horribles opresiones de la ocupación, para Polonia, que se
encontraba en vísperas de la insurrección de Varsovia, aquella batalla fue una
nueva confirmación de la voluntad inflexible de vivir, de la aspiración a la
independencia de la patria, virtud que no nos ha abandonado ni siquiera un
momento.
En Montecassino combatía el soldado polaco, aquí cayó, aquí derramó su sangre
pensando en la patria, en esa patria que para nosotros es madre amada,
precisamente porque su amor exige sacrificios y renuncias.
No me corresponde detenerme sobre el significado de la batalla en sí, sobre los
afanes del soldado polaco por estas pendientes pedregosas. Los habitantes de
este hermoso país de Italia recuerdan que el soldado polaco traía la liberación
a su patria. Lo recuerdan con estima y amor. Nosotros sabemos que este soldado,
en el mismo momento, iba por un largo y tortuoso camino «de la tierra italiana
a Polonia», como en otro tiempo las legiones de Dabrowski.
Le guiaba la conciencia de una causa justa, ya que fue una causa
justa y nunca
dejará de serlo, el derecho de una nación a la existencia y a la existencia
independiente, a la vida social, en el espíritu de las propias convicciones y
tradiciones nacionales y religiosas, a la soberanía del propio país.
Este derecho del pueblo, violado durante más de cien años con la división, fue
amenazado de nuevo en septiembre de 1939. Y así, durante todo ese período del 1
de septiembre hasta Montecassino, ese soldado iba por muchos caminos mirando
a la divina Providencia y a la justicia de los tiempos, con los ojos puestos en
la Madre de Jasna Góra. Iba y combatía de nuevo como las generaciones pasadas
por «nuestra y vuestra libertad».
6. Hoy, encontrándonos aquí en Montecassino, quiero ser siervo y voz de este
orden de la vida del hombre, social e internacional, que se construye sobre la
justicia y el amor, según los consejos del Evangelio de Cristo.
Y precisamente por esto revivo con vosotros, sobre todo con los que combatíais
aquí, el valor moral de esta batalla. Lo revivo con vosotros, queridos
compatriotas, y al mismo tiempo con todos los que descansan aquí, vuestros
compañeros de armas, con todos, comenzando por el comandante jefe y el obispo
castrense, con todos hasta el más joven y simple soldado.
Muchas veces he caminado por este cementerio. He leído las inscripciones sobre
las lápidas con la indicación del día y lugar de nacimiento de cada uno. Estas
inscripciones reproducían en los ojos de mi alma los rasgos de mi patria, de
esa patria en la que he nacido. Estas inscripciones de tantos lugares de la
tierra polaca, de todas partes desde el Oriente al Occidente, desde el Sur al
Norte, no cesan de gritar aquí, en el corazón de Europa, a los pies de la abadía
que recuerda los tiempos de San Benito, no cesan de gritar lo mismo que gritaban
los corazones de los soldados que combatieron aquí: Dios que guardas a Polonia
por tantos siglos...
Inclinamos nuestras frentes ante los héroes.
Encomendamos sus almas a Dios.
Encomendamos a Dios, la Patria, Polonia, Europa,
el Mundo.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana |