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CONCELEBRACIÓN SOLEMNE CON LOS OBISPOS DE POLONIA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Basílica de San Pedro
Domingo 20 de mayo de 1979

 

1. La alegría del tiempo pascual sugiere a la Iglesia palabras de viva gratitud en la liturgia de hoy. He aquí: "Se ha manifestado el amor de Dios hacia nosotros" (1 Jn 4, 9); se ha manifestado en esto, "en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito" (1 Jn 4, 9); lo envió "para que nosotros vivamos por El" (1 Jn 4, 9); lo envió "como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10).

Este sacrificio ofrecido en el Calvario el Viernes Santo fue aceptado. Y he aquí que el Domingo de Pascua nos trajo la certeza de la Vida. El que rompió los sellos del sepulcro, ha manifestado la victoria sobre la muerte, y con esto ha revelado la Vida que tenemos "por El" (1 Jn 4, 9).

Todos los hombres son llamados a esta Vida: "No hay en Dios acepción de personas" (Act 10, 34; cf. Gál 2, 6). Y el Espíritu Santo, como lo atestigua San Pedro en la liturgia de hoy, "descendió sobre todos los que oían la palabra" (Act 10, 44).

La obra de la redención realizada por Cristo no tiene límite alguno en el espacio ni en el tiempo. Abraza a cada uno y a todos. Cristo murió en la cruz por todos y ganó para todos esta Vida divina, cuya potencia se ha manifestado en la Resurrección.

A esta grande y universal alegría pascual de la Iglesia deseo asociar hoy, de modo particular, la alegría de mis compatriotas, la alegría de la Iglesia en Polonia, que manifiesta la presencia de tantos peregrinos de todo el mundo con el ilustre y amadísimo Primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszynski, con los arzobispos y metropolitanos de Cracovia y Wroclaw, y con tantos representantes del Episcopado polaco. Celebrando este santísimo Sacrificio queremos expresar a Dios, que es "Amor", nuestra gratitud por el milenio de la fe y de la permanencia en la unión con la Iglesia de Cristo. Por el milenio de la presencia de Polonia, siempre fiel, en este centro espiritual de la catolicidad y de la universalidad, que es la tumba de San Pedro en Roma, como también esta espléndida Basílica, construida sobre ella.

2. El motivo de nuestra especial alegría es, este año, el jubileo de San Estanislao, obispo de Cracovia y mártir. Han pasado, pues, 900 años desde que este obispo sufrió el martirio de manos del rey Boleslao. Se expuso a la muerte llamando al rey y pidiéndole que cambiara de actitud. La espada real no perdonó al obispo; lo alcanzó durante la celebración del santísimo Sacrificio, y de golpe lo privó de su vida. Testigo de este momento ha quedado la preciosísima reliquia del cráneo del obispo, en el que están visibles todavía hoy las señales de los golpes mortales. Esta reliquia, custodiada en un precioso relicario, es llevada cada año, desde hace muchos siglos, de la catedral de Wavel a la iglesia de San Miguel en Skalka (Rupella) en el mes de mayo, cuando se celebran en Polonia las solemnidades de San Estanislao. En esta procesión, a través de los siglos, participan los reyes polacos, los sucesores de ese Boleslao, que causó la muerte al obispo, y que, según la tradición, acabó la vida como penitente convertido.

El himno litúrgico en honor de San Estanislao resonaba como canto solemne de la nación, que acogió al mártir como a propio patrono. He aquí las primeras palabras de este himno: "Gaude mater Polonia / Prole fecunda nobili / Summi Regis magnalia. / Laude frecuenta vígili".

3. Hoy yo, en la historia de la Iglesia, primer Papa de la estirpe de los polacos y de los pueblos eslavos, celebro con gratitud la memoria de San Estanislao, porque hasta hace algunos meses era su sucesor en la sede episcopal de Cracovia. Y junto con mis compatriotas reunidos aquí, expreso la más viva gratitud a todos los que participan en esta solemnidad. Dentro de dos semanas tendré la suerte de ir en peregrinación a Polonia, para dar gracias a Dios por el milenio de la fe y de la Iglesia, que se funda sobre San Estanislao como sobre una piedra angular. Y aunque este acontecimiento es sobre todo el jubileo de la Iglesia en Polonia, lo expresamos también en la dimensión de la Iglesia universal, porque la Iglesia es una gran familia de pueblos y naciones, que, en el momento preciso, han contribuido todos a hacer una comunidad, mediante el propio testimonio y el propio don, y han puesto así de relieve su participación en la unidad universal.

Este don, hace 900 años, fue el sacrificio de San Estanislao.

4. Podemos recordar después de 900 años, el gran misterio de San Estanislao uniéndolo al mismo misterio pascual de Cristo. Así lo ha hecho el Episcopado polaco en su Carta pastoral a todos los . polacos de dentro y fuera de las fronteras de la patria, para prepararlos al jubileo de este año.

Este es el párrafo de la Carta:

«Meditando en la oración sobre este martirio, perdura todavía en nosotros el recuerdo cuaresmal de la pasión de nuestro Salvador Jesucristo. El llamó a sus discípulos a participar en esta pasión:  "el que quiera ser mi discípulo, tome  su cruz... y sígame". Si a partir de su muerte y resurrección los discípulos del Señor dieron su sangre durante siglos en testimonio de fe y amor, esto se hizo siempre con El y en El. Cristo les atrae hacia su Corazón traspasado y quedan unidos a El. Todo martirio religioso sólo en la muerte de Cristo encuentra su sentido y valor, y llega a ser plenamente comprendido y fructífero. La cruz de la vida y el martirio de San Estanislao en su esencia estaban muy cercanas a la cruz y muerte de Jesucristo en el Calvario. Tenían el mismo significado. Cristo defendía la verdad de su Padre, Dios eterno: defendía la verdad de Sí mismo, Hijo de Dios; defendía también la verdad del hombre, de su vocación y destino, de su dignidad de hijo de Dios. Defendía al hombre que en la verdad vive bajo el poder terreno, pero de modo más incomparable vive bajo la potestad divina. Que el fruto de este santo jubileo sea la fidelidad a la sangre que Cristo derramó en el Calvario para salvar al hombre, para salvar a cada uno de nosotros: la fidelidad a la Madre Dolorosa de Cristo; la fidelidad al martirio y sacrificio de San Estanislao».

¡Con cuánto regocijo leo estas palabras! Pues nos permiten comprender mejor lo que proclama la liturgia de San Estanislao: vivit victor sub glaudio. En efecto, sobre la cabeza del obispo de Cracovia, Estanislao de Szczepanow, en el año 1079, cayó la espada que le quitó la vida; y bajo aquella espada fue vencido el obispo. Boleslao eliminó de su camino a su adversario. El gran drama se cerró en las fronteras limitadas del tiempo. Pero sin embargo, si la fuerza de la espada consiguió terminar el drama en el momento del sacrificio y de la muerte, en el mismo instante la fuerza del Espíritu que es Vida y Amor, comenzó a revelarse y a crecer. Ha irradiado de sus reliquias y alcanzado a los pueblos de las tierras de los Piastas y los ha unido. La fuerza material de la espada puede matar y destruir; en cambio, reavivar y unir de modo estable sólo pueden hacerlo el amor y la fuerza espiritual. El amor se manifiesta en la muerte cuando "alguno da la vida por sus amigos" (Jn 15, 13).

Alegrémonos de poder alabar a Dios hoy por la revelación de su amor en la muerte de San Estanislao, servidor de la Eucaristía y servidor del Pueblo ele Dios en la sede de Cracovia.

La Iglesia en Polonia está agradecida a la Sede de Pedro, porque acogió mediante el bautismo, en 996, a la nación en la gran comunidad de la familia de los pueblos.

La Iglesia en Polonia está agradecida a la Sede de San Pedro, porque el obispo y mártir San Estanislao de Szczepanow fue elevado a los altares y proclamado Patrono de los polacos.

La Iglesia en Polonia, mediante la memoria de su Patrono, confiesa la fuerza del Espíritu Santo, la fuerza del Amor, que es más fuerte que la muerte.

Y con esta confesión desea servir a los hombres de nuestro tiempo. Desea servir a la Iglesia en su misión universal en el mundo contemporáneo. Desea contribuir al robustecimiento de la fe, de la esperanza y de la caridad, no sólo en su pueblo, sino también en las otras naciones y pueblos de Europa y de todo el mundo.

Junto a la tumba de San Pedro oremos con la humildad más profunda, para que este testimonio y esta prontitud de servir sean aceptados mediante la Iglesia de Dios que está "en toda la tierra". Oremos con humildad, con amor y con la veneración más profunda, para que los acepte Dios omnipotente, Escudriñador de nuestros corazones y Padre del siglo futuro.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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