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PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A POLONIA

SANTA MISA PARA LA JUVENTUD UNIVERSITARIA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Varsovia, plaza de la iglesia de Santa Ana
Domingo 3 de junio de 1979

 

Queridísimos míos:

1. Deseo ardientemente que nuestro encuentro de hoy, marcado por la presencia de la juventud universitaria, esté en consonancia con la grandeza del día y de su liturgia.

La juventud universitaria de Varsovia y la de otras ciudades universitarias de esta región central y metropolitana es la heredera de tradiciones específicas que, a través de las generaciones, se remontan hasta los "escolares" medievales vinculados sobre todo a la Universidad Jagellónica, la más antigua de Polonia. Hoy cada una de las grandes ciudades de Polonia tiene su ateneo. Y Varsovia tiene muchos. Reúnen cientos de millares de estudiantes, que se forman en varias ramas de la ciencia y se preparan para profesiones intelectuales y para tareas particularmente importantes en la vida de la nación.

Deseo saludaros a todos vosotros los reunidos aquí. Deseo, a la vez, saludar en vosotros y por medio de vosotros, a todo el mundo universitario y académico polaco: a todos los institutos superiores, a los profesores, a los investigadores, a los alumnos... Veo en vosotros, en cierto sentido, a mis colegas más jóvenes, porque también yo debo a la universidad polaca las bases de mi formación intelectual. Sistemáticamente estuve vinculado a los bancos de trabajo universitario de la facultad de filosofía y de teología en Cracovia y en Lublín. La pastoral de los universitarios ha sido para mí objeto de predilección particular. Deseo, pues, aprovechando esta ocasión, saludar también a todos los que se dedican a esta pastoral, a los grupos de los consiliarios espirituales de la juventud académica, y a la comisión del Episcopado polaco para la pastoral universitaria.

2. Nos encontramos hoy en la festividad de Pentecostés. Ante los ojos de nuestra fe se abre el Cenáculo de Jerusalén, del que salió la Iglesia y en el que la Iglesia permanece siempre. Allí precisamente nació la Iglesia como comunidad viva del Pueblo de Dios, como comunidad consciente de la propia misión en la historia del hombre.

La Iglesia reza en este día: "¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!" (Liturgia de Pentecostés); palabras tantas veces repetidas. pero que hoy resuenan particularmente fervientes.

¡Llena los corazones! ¡Reflexionad, 1óyenes amigos, cuál sea la medida del corazón humano, si sólo Dios puede llenarlo mediante el Espíritu Santo!

A través de los estudios universitarios se abre ante vosotros el maravilloso mundo de la ciencia humana en sus múltiples ramas. A la vez con esta ciencia del mundo se desarrolla ciertamente también vuestro autoconocimiento. Vosotros os planteáis seguramente ya desde hace mucho tiempo este interrogante: "¿Quién soy?". Esta es la pregunta, diría, más interesante. El interrogante fundamental. ¿Con qué medida medir al hombre? ¿Medirlo con la medida de las fuerzas físicas de que dispone? ¿O medirlo con la medida de los sentidos que le permiten el contacto con el mundo exterior? O bien, ¿medirlo con la medida de la inteligencia que se comprueba a través de diversos tests o exámenes?

La respuesta de hoy, la respuesta de la liturgia de Pentecostés señala dos medidas: es necesario medir al hombre con la medida del "corazón"... El corazón, en el lenguaje bíblico, significa la interioridad espiritual del hombre, significa en particular la conciencia... Es necesario, pues, medir al hombre con la medida de la conciencia, con la medida del espíritu abierto hacia Dios. Sólo el Espíritu Santo puede "llenar" este corazón, esto es, conducirlo a realizarse a través del amor y la sabiduría.

3. Por esto, permitidme que este encuentro con vosotros, hoy, frente al cenáculo de nuestra historia, historia de la Iglesia y de la nación, sea sobre todo una oración para obtener los dones del Espíritu Santo.

Como en un tiempo mi padre me puso en la mano un librito, indicándome la oración para recibir los dones del Espíritu Santo, así hoy yo. a quien vosotros llamáis también "Padre", deseo orar con la juventud universitaria de Varsovia y de Polonia: por el don de sabiduría, de entendimiento, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad, es decir, del sentido del valor sagrado de la vida, de la dignidad humana, de la santidad del alma y del cuerpo humano, y, en fin, por el don de temor de Dios, del que dice el Salmista que es el principio de la sabiduría (cf. Sal 111, 10).

Recibid de mí esta oración que mi padre me enseñó y permaneced fieles a ella. Así permaneceréis en el cenáculo de la Iglesia, unidos a la corriente más profunda de su historia.

4. Dependerá muchísimo de la medida que cada uno de vosotros elija para la propia vida y para la propia humanidad. Sabed bien que hay diversas medidas. Sabed que hay muchos criterios para valorar al hombre, calificándole ya durante los estudios, después en el trabajo profesional, en los varios contactos personales, etc.

Tened la valentía de aceptar la medida que nos ha dado Cristo en el Cenáculo de Pentecostés, como también en el cenáculo de nuestra historia. Tened la valentía de mirar vuestra vida en una perspectiva cercana y distante a la vez, aceptando como verdad lo que San Pablo ha escrito en su Carta a los romanos: "Sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto" (Rom 8, 22). ¿Acaso no somos testigos de este dolor? De hecho "la expectación ansiosa de la creación está esperando la manifestación de los hijos de Dios" (Rom 8, 19).

Ella espera no sólo que la universidad y los diversos institutos superiores preparen ingenieros, médicos, juristas, filósofos, historiadores, hombres de letras, matemáticos y técnicos, sino que espera la manifestación de los hijos de Dios. Espera de vosotros esta manifestación, de vosotros que en el futuro seréis médicos, técnicos, juristas, profesores...

Procurad entender que el hombre creado por Dios a su imagen y semejanza, está llamado al mismo tiempo en Cristo, para que se manifieste en él lo que es de Dios; para que en cada uno de nosotros se manifieste en alguna medida Dios mismo.

5. ¡Reflexionad sobre esto! Recorriendo el camino de mi peregrinación a lo largo de Polonia, hacia la tumba de San Wojciech (San Adalberto) en Gniezno, de San Estanislao en Cracovia, en Jasna Góra, por dondequiera, pediré con todo el corazón al Espíritu Santo que os conceda:

una sabiduría así,

una conciencia así del valor v del sentido de la vida,

un futuro así para vosotros,

un futuro así para Polonia.

¡Y orad por mí, para que el Espíritu Santo venga en ayuda de nuestra debilidad!

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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