The Holy See
back up
Search
riga

PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A POLONIA

MISA EN EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BRZEZINKA

HOMILÍA  DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Jueves 7 de junio de 1979

 

1. "...Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe" (1 Jn 5, 4)

Estas palabras de la Carta de San Juan me vienen a la mente y me llegan al corazón, cuando me encuentro en este lugar donde se ha llevado a cabo una particular victoria para la fe. Para la fe que hace nacer el amor de Dios y del prójimo, el único amor, el amor supremo que está dispuesto a "dar uno la vida por sus amigos" (Jn 15, 13; cf. 10, 11). Una victoria pues para el amor que la fe ha vivificado hasta los extremos del último y definitivo testimonio.

Esta victoria para la fe y para el amor la ha conseguido en este lugar un hombre, cuyo nombre es Maksymilian María (Maximiliano María), su apellido: Kolbe; de profesión (como se escribía de él en los registros del campo de concentración): sacerdote católico; vocación: hijo de San Francisco; nacido de padres sencillos, laboriosos y devotos, tejedores cerca de Lodz; por gracia de Dios y por decisión de la Iglesia: beato.

La victoria mediante la fe y el amor la consiguió este hombre en este lugar, construido para la negación de la fe —de la fe en Dios y de la fe en el hombre— y para aplastar radicalmente no sólo el amor, sino todos los signos de la dignidad humana, de la humanidad. Un lugar que fue construido sobre el odio y el desprecio del hombre, en nombre de una ideología loca. Un lugar que fue construido sobre la crueldad. Conduce a él una puerta, que todavía existe, sobre la cual se puso una inscripción Arbeit macht frei, que suena a mofa, porque su contenido se contradecía radicalmente con lo que ocurría dentro.

En este lugar del terrible estrago, que supuso la muerte para cuatro millones de hombres de diversas naciones, el p. Maximiliano, ofreciéndose voluntariamente a sí mismo a la muerte, en el búnker del hambre, por un hermano, consiguió una victoria espiritual similar a la del mismo Cristo. Este hermano vive todavía hoy en esta tierra polaca.

Pero el p. Maximiliano Kolbe ¿fue el único? Ciertamente, él consiguió una victoria que tuvo repercusión inmediata sobre sus compañeros de prisión y que tiene repercusión aún hoy en la Iglesia y en el mundo. Pero seguramente se consiguieron otras muchas victorias; pienso, por ejemplo, en la muerte, en el horno crematorio de un campo de concentración, de la carmelita sor Benedicta de la Cruz, en el mundo Edith Stein, alumna ilustre de Husserl, que se ha convertido en honra de la filosofía alemana contemporánea y que descendía de una familia hebrea habitante en Wroclaw.

En el lugar donde ha sido pisoteada de modo tan horrendo la dignidad humana, se ha conseguido la victoria mediante la fe y el amor.

¿Puede todavía extrañarse alguien de que el Papa, nacido y educado en esta tierra; el Papa que ha ido a la Sede de San Pedro desde la diócesis en cuyo territorio se halla el campo de Oswiecim, haya comenzado su primera Encíclica con las palabras Redemptor hominis y que la haya dedicado en conjunto a la causa del hombre, a la dignidad del hombre, a las amenazas contra él y, en fin, a sus derechos inalienables que tan fácilmente pueden ser pisoteados y aniquilados por sus semejantes? ¿Es suficiente revestir al hombre de un uniforme diverso, armarlo con instrumentos de violencia, basta imponerle la ideología en la que los derechos del hombre quedan sometidos a las exigencias del sistema, completamente sometidos, hasta no existir ya de hecho...?

2. Vengo aquí hoy como peregrino. Se sabe que he estado aquí muchas veces... ¡Cuántas veces! Y muchas veces he bajado a la celda de la muerte de Maximiliano Kolbe y me he parado ante el muro del exterminio y he pasado entre las escorias de los hornos crematorios de Brzezinka. No podía menos de venir aquí como Papa.

Vengo pues a este particular santuario, en el que ha nacido —puedo decir—el patrono de nuestro difícil siglo lo mismo que hace nueve siglos nació bajo la espada, en Rupella, San Estanislao, Patrono de los polacos.

Vengo para orar junto con todos vosotros que habéis llegado aquí —y al mismo tiempo con toda Polonia— y con toda Europa. Cristo quiere que yo, Sucesor de Pedro, dé testimonio ante el mundo de lo que constituye la grandeza del hombre de nuestros tiempos y de su miseria. De lo que constituye su derrota y su victoria.

Vengo pues y me arrodillo en este Gólgota del mundo contemporáneo, sobre estas tumbas, en gran parte sin nombre, como la gran tumba del Soldado Desconocido. Me arrodillo delante de todas las lápidas interminables, en las que se ha grabado la conmemoración de las víctimas de Oswiecim en las siguientes lenguas: polaco, inglés, búlgaro, cíngaro, checo, danés, francés, griego, hebreo, yidis, español, flamenco, servio-croato, alemán, noruego, ruso, rumano, húngaro, italiano.

En particular, me detengo junto a vosotros, queridos participantes en este encuentro, ante la lápida con la inscripción en lengua hebrea. Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen en Abraham, que es padre de nuestra fe (cf. Rom 4, 12), como dijo Pablo de Tarso. Precisamente este pueblo, que ha recibido de Dios el mandamiento de "no matar", ha probado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar. A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia.

Quiero detenerme, además, delante de otra lápida: la que está en lengua rusa. No añado ningún comentario. Sabemos de qué nación habla. Sabemos qué parte ha tenido esta nación, durante la última guerra para la libertad de los pueblos. Ante esta lápida no se puede pasar con indiferencia.

Finalmente, la última lapida: la que está en lengua polaca. Son seis millones de polacos los que perdieron la vida durante la segunda guerra mundial: la quinta parte de la nación. Una etapa más de las luchas seculares de esta nación, de mi nación, por sus derechos fundamentales entre los pueblos de Europa. Un nuevo alto grito por el derecho a un puesto propio en el mapa de Europa. Una dolorosa cuenta con la conciencia de la humanidad. Sería necesario detenerse ante cada una de las lápidas, y así lo haremos.

3. Esa cuenta es Oswiecim. No basta visitar este lugar. En esta ocasión hay que pensar con miedo dónde están las fronteras del odio, las fronteras de la destrucción del hombre por obra del hombre, las fronteras de la crueldad.

Oswiecim es un testimonio de la guerra. La guerra lleva consigo un desmedido crecimiento del odio, de la destrucción, de la crueldad. Y si no se puede negar que manifiesta también nuevas posibilidades de la valentía humana, del heroísmo. del patriotismo, queda sin embargo el hecho de que en ella prevalece la cuenta de las pérdidas. Prevalece cada vez más, porque cada día crece la capacidad destructora de las armas inventadas por la técnica moderna. De las guerras son responsables no sólo los que las procuran directamente, sino también aquellos que no hacen todo lo posible por impedirlas. Por esto, séame permitido repetir en este lugar las palabras que Pablo VI pronunció ante la Organización de las Naciones Unidas:

«Basta recordar que la sangre de millones de hombres, que inauditos e innumerables sufrimientos, inútiles matanzas y espantosas ruinas, sancionan el pacto que os une con un juramento que debe cambiar la historia futura del mundo: No más la guerra, no más la guerra. Es la paz. la paz, la que debe guiar el destino de los pueblos y de toda la humanidad» (AAS 57, 1965, pág. 881).

Si de todos modos esta gran llamada de Oswiecim, el grito del hombre aquí martirizado debe dar frutos para Europa (y también para el mundo), hay que sacar todas las consecuencias de la Declaración de los Derechos Humanos, como exhortaba a hacerlo Juan XXIII en la Encíclica Pacem in terris. En ella, en efecto, queda «reconocida en su forma más solemne, la dignidad de persona a todos los seres humanos; y, en consecuencia, es proclamado como derecho fundamental de los mismos el de moverse libremente en la búsqueda de la verdad, en la realización del bien moral y de la justicia; y el derecho a una vida digna; a la vez son proclamados otros derechos relacionados con los antes mencionados» (Juan XXIII, Pacem in terris IV; AAS 55, 1963, 295-296).

Hay que volver a la sabiduría del viejo maestro Pawel Wlodkowic, rector de la Universidad Jagellónica, y asegurar los derechos de las naciones: a la existencia, a la libertad, a la independencia, a la propia cultura, al honesto desarrollo.

Escribe Wlodkowic: «Donde actúa más el poder que el amor, se buscan los propios intereses y no los de Jesucristo, con lo que nos alejamos fácilmente de la norma de la ley divina (...).

»Todo derecho se opone a quien amenaza a cuantos quieren vivir en paz: se opone a ello el derecho civil (...) y canónico (...), el derecho natural, es decir, el principio de "lo que quieras para ti hazlo al otro". Se opone el derecho divino, ya que (...) al enunciar "no robarás" se prohíbe todo robo, y al enunciar "no matarás" se prohíbe toda violencia» (Pawel Wlodkowic, Saeventibus, 1915, Tract. II, Salutio quest. IV; cf. L. Ehrlich, Pisma Wybrane Pawla Wlodkowica, Varsovia 1968, t. 1. s. 61; 58-59).

Y no sólo se opone el derecho, sino también y sobre todo el amor. Ese amor del prójimo en el cual se manifiesta y se traduce el amor de Dios que Cristo ha proclamado como su mandamiento. Y que es también el mandamiento que cada hombre lleva escrito en su corazón, esculpido por el Creador mismo. Ese mandamiento se concreta también en el "respeto del otro", de su personalidad, de su conciencia; se concreta en el "diálogo con el otro", en saber buscar y reconocer todo lo que puede haber de bueno y de positivo también en quien tiene ideas diversas de las nuestras, e incluso en quien, de buena fe yerra sinceramente.

¡Jamás uno a costa de otro, a precio de servidumbre del otro, a precio de conquista, de ultraje, de explotación y de muerte!

Pronuncia estas palabras el sucesor de Juan XXIII y de Pablo VI. Pero las pronuncia también el hijo de la nación que en su historia remota y más reciente ha sufrido de parte de los demás múltiples tribulaciones. Y no lo dice para acusar, sino para recordar. Habla en nombre de todas las naciones, cuyos derechos son violados y olvidados. Lo dice porque así se lo requieren la verdad y la solicitud por el hombre.

4. ¡Santo Dios, Santo Fuerte Santo Inmortal!

De la pestilencia, del hambre, del fuego y de la guerra

...y de la guerra, líbranos, Señor. Amén.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

top