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SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS APÓSTOLES PEDRO
Y PABLO
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II
Basílica Vaticana
Viernes 29 de junio de 1979
1. La liturgia de hoy nos lleva, como todos los años, a la región de Cesarea de
Filipo, donde Simón, hijo de Jona, oyó de labios de Cristo estas palabras:
"Bienaventurado tú... porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha
revelado, sino mi Padre, que está en los cielos" (Mt 16, 17).
Simón oyó estas palabras de labios de Cristo, cuando a la pregunta "¿Quién dicen
los hombres que es el Hijo del hombre?", solamente él dio esta respuesta: "Tú
eres el Mesías (Christos), el Hijo de Dios vivo"(Mt 16, 16).
En dicha respuesta se centra la historia de Simón, a quien Cristo comenzó a
llamar Pedro.
El lugar en que fue pronunciada es un lugar histórico. Cuando el Papa Pablo Vl
visitó Tierra Santa, como peregrino, dedicó a ese lugar una particular atención.
Todos los Sucesores de Pedro deben volver a ese lugar con el pensamiento y con
el corazón. Allí fue nuevamente confirmada la fe de Pedro: "no es la carne ni
la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre, que esta en los cielos" (Mt
16, 17).
Cristo oye la confesión de Pedro, que poco antes ha sido pronunciada. Cristo
mira el alma del Apóstol, que confiesa. Bendice la obra del Padre en esta alma.
La obra del Padre penetra en el entendimiento, la voluntad y el corazón,
independientemente de la "carne" y de la sangre". independientemente de la
naturaleza y de los sentidos. La obra del Padre, mediante el Espíritu Santo,
penetra en el alma del hombre sencillo, del pescador de Galilea. La luz interior
que surge de esta acción encuentra su expresión en las palabras: "Tú eres el
Mesías, el Hilo de Dios vivo" (Mt 16, 16).
Las palabras son sencillas, pero en ellas se expresa una verdad sobrehumana.
La verdad sobrehumana. divina, se expresa con palabras sencillas, muy
sencillas. Como lo fueron las palabras de María en el momento de la
Anunciación. Como lo fueron las de Juan Bautista en el Jordán. Como lo son las
palabras de Simón en las cercanías de Cesarea de Filipo: de Simón, a quien
Cristo llamó Pedro.
Cristo mira dentro del alma de Simón. Parece admirar la obra realizada en ella
por el Padre, mediante el Espíritu Santo: confesando la verdad revelada sobre
la filiación divina de su Maestro, Simón se hace partícipe del divino
conocimiento, de la inescrutable ciencia que el Padre tiene del Hijo, como el
Hijo la tiene del Padre.
Y Cristo le dice: "Bienaventurado tú, Simón Bar Jona" (Mt 16. 17).
2. Estas palabras constituyen el centro mismo de la historia de Simón Pedro.
Jamás fue retirada esa bendición. Como jamás se oscureció, en el alma de Pedro,
esa confesión que hizo entonces junto a Cesarea de Filipo.
Con ella transcurrió toda su vida hasta el último día. Transcurrió con ella
aquella terrible noche de la captura de Cristo en el Huerto de Getsemaní; la
noche de su propia debilidad, de la más grande debilidad que se manifestó en el
renegar al hombre..., pero que no destruyó la fe en el Hijo de Dios. La prueba
de la cruz fue recompensada por el testimonio de la resurrección. Esta
confirió, a la confesión hecha en la región de Cesarea de Filipo, un argumento
decisivo.
Pedro, con esa su fe en el Hijo de Dios, salía ahora al encuentro de la misión, que el Señor le había asignado.
Cuando, por orden, de Herodes, se halló en la prisión de Jerusalén, encadenado y
condenado a muerte, parecía que tal misión había durado poco. En cambio, Pedro
fue liberado por la misma fuerza con que había sido llamado. Le esperaba
todavía un largo camino.
El final de este camino llegó, como indica una tradición
—confirmada. además, por muchas y
rigurosas investigaciones—, solamente el 29 de junio del año 68 de nuestra era,
que convencionalmente se cuenta desde el nacimiento de Cristo.
Al final de este camino, el Apóstol Pedro, antes Simón, hijo de
Jona, se
encontró aquí en Roma: aquí, en este lugar sobre el que ahora nos hallamos, bajo
el altar donde se celebra esta Eucaristía.
La "carne y la sangre" fueron destruidas totalmente; fueron sometidas a la
muerte. Pero lo que en un tiempo le había revelado el Padre (cf. Mt 16, 17),
sobrevivió a la muerte de la carne; y fue el comienzo del eterno encuentro con
el Maestro, de quien daría testimonio hasta el fin. El comienzo de la feliz
visión del Hijo en el Padre.
Y fue también el inquebrantable fundamento de la fe de la
Iglesia. Su piedra, la roca.
Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jona (cf. Mt 16, 17).
3. En la liturgia de hoy, que une la conmemoración de la muerte y la gloria de
los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, leemos las siguientes palabras de la Carta a
Timoteo: "Carísimo: en cuanto a mí, a punto estoy de derramarme en libación,
siendo ya inminente el tiempo de mi partida. He combatido el buen combate, he
terminado mi carrera, he guardado la fe. Por lo demás, ya me está preparada la
corona de la justicia, que me otorgará aquel día el Señor, justo Juez, y no sólo
a mí, sino a todos los que aman su manifestación" (2 Tim 4, 6-8).
Ciertamente, entre todos aquellos que han amado la manifestación del Señor,
Pablo de Tarso fue el amante singular, el intrépido combatiente, el testigo
inflexible.
"El Señor... me asistió"; recordamos el sitio donde sucedió esto; recordamos
lo que ocurrió junto a los muros de Damasco. "El Señor me asistió y me dio
fuerzas para que por mí fuese cumplida la predicación y todos los gentiles la
oigan" (2 Tim 4, 17).
Pablo, en una grandiosa pincelada, diseña la obra de toda su vida. Habla de ello
aquí, en Roma, a su querido discípulo, cuando se acerca el fin de su vida
enteramente dedicada al Evangelio.
Es muy penetrante —todavía en esa última etapa— la conciencia del pecado y de la
gracia; de la gracia que supera al pecado y abre el camino de la gloria: "El
Señor me librará de todo mal y me guardará para su reino celestial" (2 Tim 4,
18).
La Iglesia romana vuelve a evocar hoy, de modo especial, en su
memoria, las dos últimas miradas, ambas en la misma dirección; en la
dirección de Cristo crucificado y resucitado. La mirada de Pedro agonizante sobre la cruz y la
mirada de Pablo muriendo bajo la espada.
Estas dos miradas de fe —de aquella fe que llenó completamente su vida hasta el fin y puso los fundamentos de la luz divina en la historia del hombre sobre la
tierra— permanecen en nuestra memoria.
Y en este día revivimos nuestra
fe en Cristo con una fuerza especial.
En esta perspectiva, me complazco en saludar a la Delegación enviada por nuestro
querido hermano, el Patriarca Ecuménico Dimitrios I, para asociarse a esta
celebración de los corifeos de los Apóstoles, los Santos Pedro y Pablo, dando
así testimonio de que las relaciones entre nuestras dos Iglesias se
intensifican cada vez más en un común esfuerzo hacia la plena unidad.
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