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CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON LOS NUEVOS CARDENALES
HOMILÍA DE SU SANTIDAD
JUAN
PABLO II
Basílica de San Pedro
Domingo 1 de julio de 1979
Queridísimos hermanos y hermanas:
1. Deseo hoy contemplar, juntamente con vosotros, a la Iglesia plenamente
"sometida a Cristo" (cf. Ef 5, 24), como Esposa fiel. Estos días pasados, que
hemos vivido meditando todos juntos el sacrificio de los Santos Apóstoles Pedro
y Pablo, nos incitan a buscar la manifestación del misterio realizado en su
vocación a través del testimonio de fe y de amor, dado hasta la muerte. Una
manifestación, que encontramos a lo largo de la historia de la Iglesia, en el transcurso de los siglos y de las generaciones de sus fieles hijos e hijas,
siervos y pastores, subiendo así hasta aquel amor sublime con que nuestro
Redentor y Señor "amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla,
purificándola mediante el lavado del agua... a fin de presentársela a sí
gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable" (Ef 5, 25-27).
A ese amor sublime, a ese Corazón traspasado sobre la cruz y abierto a la
Iglesia, su Esposa, deseo hoy, junto con vosotros, llegar en peregrinación
espiritual, de la que todos nosotros debemos volver "purificados, reforzados y
santificados" en la medida que estos días exigen.
¡Esta es la Iglesia! ¡Fruto del inescrutable amor de Dios en el Corazón de su
Hijo!
¡Esta es la Iglesia! ¡Que lleva consigo los frutos del amor de los Santos
Apóstoles, de los Mártires, de los Confesores y de las Vírgenes! ¡Del amor de
enteras generaciones!
¡Esta es la Iglesia, nuestra Madre y Esposa a la vez! Meta de nuestro amor, de nuestro testimonio y de nuestro sacrificio. Meta de nuestro servicio e
incansable trabajo. Iglesia, para la cual vivimos en orden a unirnos a Cristo
en un único amor. Iglesia, por la que vosotros, venerables y queridos hermanos,
creados cardenales en el Consistorio de ayer, debéis vivir de ahora en adelante
más intensamente todavía, uniéndoos a Cristo en un único amor hacia ella.
2. La Iglesia está en el mundo. Todos vosotros constituís en el mundo
su vivo testimonio, llegando hasta aquí desde lugares tan distantes en el espacio,
pero, al mismo tiempo, espiritualmente cercanos.
La Iglesia está en el mundo como signo de la voluntad salvífica del mismo Dios.
¿No es ella quizá el Cuerpo de Aquel a quien el Padre ha consagrado con la
unción y ha enviado al mundo? "Me ha enviado para predicar la buena nueva a los
abatidos / y sanar a los de quebrantado corazón, / para anunciar la libertad a
los cautivos / y la liberación de los encarcelados... para consolar a todos los
tristes / y para dar a los afligidos de Sión, / en vez de ceniza una corona...
alabanza en vez de espíritu abatido" (Is 61, 1-3).
¿No deberá quizá la Iglesia ser todo esto? ¿No deberá quizá
vivir de todo esto,
si ha de corresponder a la misión salvífica de Aquel, que es su Esposo y Cabeza?
Bien sabéis vosotros, venerables y queridos hermanos —y también lo saben todas
las Iglesias de donde procedéis—, en qué lenguaje de hechos, experiencias,
aspiraciones, tristezas, sufrimientos, persecuciones y esperanzas hay que
traducir aquel antiquísimo texto profético de Isaías, a fin de expresar en el
lenguaje de nuestro tiempo, que la Iglesia está radicada en el mundo; que desea
ser, en ese mundo, un signo viviente de la voluntad salvífica del Padre Eterno
en relación con cada hombre y con toda la humanidad. ¡La Iglesia de nuestra
difícil época —del segundo milenio que camina hacia su fin—, época de extremas
tensiones y amenazas o de grandes miedos y grandes esperanzas!
3. En todo tiempo esta Iglesia es sencilla, con la misma sencillez que le
inspiró nuestro Señor y Maestro con la palabra del Evangelio. ¡Qué poco hace
falta para que la Iglesia "comience a existir" entre los hombres! "Donde están
dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,
20), y "si dos de vosotros conviniereis sobre la tierra en pedir cualquier cosa,
os lo otorgará mi Padre, que está en los cielos" (Mt 18, 19).
¡Qué poco se necesita para que esta Iglesia exista, se multiplique y se difunda!
Sobre ello deciden dos o tres reunidos en el nombre de Cristo y unidos, por
medio de El, en oración, con el Padre. ¡Qué poco se necesita para que esta
Iglesia exista por todas partes, incluso allí donde, según las "leyes" humanas
no está ni puede estar o donde se la condena a muerte! ¡Qué poco se necesita
para que exista y realice su más profunda sustancia!
¡Y para que viva su perenne juventud! La misma juventud que vivieron los
primeros cristianos, los cuales "eran asiduos a la enseñanza de los Apóstoles,
en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones... Tomaban su alimento
con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios en medio del general favor
del pueblo" (Act 2, 42. 46-47), como leemos hoy en la segunda lectura, tomada de
los Hechos de los Apóstoles, lectura con la que se despiertan no solamente los
recuerdos, sino también los deseos de sencillez de la Esposa, que acaba de
experimentar el sacrificio de amor de su Esposo crucificado y goza de su
fecundidad generadora en el Espíritu Santo, cuando —según leemos— "el Señor iba
incorporando a los que habían de ser salvados" (Act 2, 18).
Esta Iglesia es sencilla, con la sencillez que le es propia.
Y es fuerte, únicamente con la fuerza recibida del Señor:
¡Únicamente con ella! ¡Y con ninguna otra! "Cuanto atareis en la tierra será
atado en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo"
(Mt 18, 18).
He ahí la cualidad propia de esta fuerza de la Iglesia. Fuerza semejante no la
conoce ni el hombre ni la humanidad, en ninguna otra dimensión de su existencia,
individual o social. La humanidad no alcanza esa fuerza en ningún otro campo de
su temporalidad y en ninguna reserva de la naturaleza... Una fuerza así sólo
viene de Dios. Directamente de Dios. Esa fuerza ha sido rescatada por la
Sangre
de su Redentor y Esposo. Es fuerza del Espíritu Santo.
Una fuerza que se une con lo que en el hombre hay de más profundo: mediante la
fe, la esperanza y la caridad, busca —busca inmutablemente— en el cielo las
soluciones de lo que no puede ser plenamente resuelto en la tierra.
4. ¡Venerables y queridos hermanos: Nos alegramos grandemente por el hecho de que
vosotros, recién creados cardenales, desposáis hoy esta Iglesia a ejemplo de
Cristo! Signo de tales esponsales es el anillo, que dentro de poco os colocaré
en el dedo.
¡Nos alegramos grandemente de estos vuestros esponsales, que derraman sobre la
vida del Pueblo de Dios, sobre toda la tierra una nueva afluencia de amor y una
nueva seguridad de amor! Y esperamos también que una nueva eficacia de amor. De
ese amor con el que hemos sido amados y con el que debemos amarnos mutuamente.
Amor que procede del Esposo y es para el Esposo.
Amor, mediante el cual la Iglesia debe ser amada con renovado fervor por cada
uno de vosotros.
Amor, mediante el cual la Iglesia debe nuevamente expresarse en toda la
sencillez y la fuerza que ha recibido del Señor.
Amor, mediante el cual la Iglesia debe nuevamente convertirse en Esposa, "sin
mancha ni arruga" para el Esposo.
Amor que deseo para vosotros juntamente con el Pueblo de Dios, que está en Roma
y en el mundo. Pongo mi deseo en las manos de la Madre de la Iglesia y Esposa
del Espíritu Santo.
¡Amén!
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