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SANTA MISA PARA EL "CENTRO ITALIANO DELLA SOLIDARIETÀ"

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Castelgandolfo
Domingo 5 de agosto de 1979

 

Queridísimos:

Estamos aquí reunidos en torno al altar del Señor, el único que puede iluminarnos sobre el misterio de nuestra vida, drama de amor y de salvación, y el único que puede darnos la fuerza para no caer, o para levantarnos de nuevo; y, sobre todo, para vivir de manera conforme a las exigencias y a los ideales del cristianismo.

Este es precisamente, según me parece, el tema central de la liturgia de este domingo, en la que Jesús, pan de vida, se nos presenta como único y verdadero significado de la existencia humana.

1. En nuestro tiempo, por desgracia, el racionalismo científico y la estructura de la sociedad industrial, caracterizada por la ley férrea de la producción y del consumo. han creado una mentalidad cerrada dentro de un horizonte de valores temporales y terrenos, que quitan a la vida del hombre todo significado trascendente.

El ateísmo teórico y práctico que serpea ampliamente; la aceptación de una moral evolucionista desvinculada totalmente do los principios sólidos y universales de la ley moral natural y revelada, pero vinculada a las costumbres siempre variables de la historia; la insistente exaltación del hombre como autor autónomo del propio destino y, en el extremo opuesto, su deprimente humillación al rango de pasión inútil, de error cósmico, de peregrino absurdo de la nada en un universo desconocido y engañoso, han hecho perder a muchos el significado de la vida y han empujado a los más débiles y a los más sensibles hacia evasiones funestas y trágicas.

El hombre tiene necesidad extrema de saber si merece la pena nacer, vivir, luchar, sufrir y morir, si tiene valor comprometerse por algún ideal superior a los intereses materiales y contingentes, si, en una palabra, hay un "porqué" que justifique su existencia.

Esta es, pues, la cuestión esencial: dar un sentido al hombre, a sus opciones, a su vida, a su historia.

2. Jesús tiene la respuesta a estos interrogantes nuestros; El puede resolver la "cuestión del sentido" de la vida y de la historia del hombre. Aquí está la lección fundamental de la liturgia de hoy. A la muchedumbre que le ha seguido, desgraciadamente sólo por motivos de interés material, al haber sido saciada gratuitamente con la multiplicación milagrosa de los panes y de los peces, Jesús dice con seriedad y autoridad: "Procuraos no el alimento perecedero, sino el alimento que permanece hasta la vida eterna, el que el Hijo del hombre os da" (Jn 6, 27).

Dios se ha encarnado para iluminar, más aún, para ser el significado de la vida del hombre. Es necesario creer esto con profunda y gozosa convicción; es necesario vivirlo con constancia y coherencia; es necesario anunciar y testimoniar esto, a pesar de las tribulaciones de los tiempos y de las ideologías adversas, casi siempre tan insinuantes y perturbadoras.

Y, ¿de qué modo es Jesús el significado de la existencia del hombre? El mismo lo explica con claridad consoladora: "Mi Padre os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que bajó del cielo y da la vida al mundo... Yo soy el pan de vida; el que viene a mí, ya no tendrá más hambre y el que cree en mí, jamás tendrá sed" (Jn 6, 32-35). Jesús habla simbólicamente, evocando el gran milagro del maná dado por Dios al pueblo judío en la travesía del desierto. Es claro que Jesús no elimina la preocupación normal y la búsqueda del alimento cotidiano y de todo lo que puede hacer que la vida humana progrese más, se desarrolle más y sea más satisfactoria. Pero la vida pasa indefectiblemente. Jesús hace presente que el verdadero significado de nuestro existir terreno está en la eternidad, y que toda la historia humana con sus dramas y alegrías debe ser contemplada en perspectiva eterna.

También nosotros, como el pueblo de Israel, vivimos sobre la tierra la experiencia del Éxodo; la "tierra prometida" es el cielo. Dios, que no abandonó a su pueblo en el desierto, tampoco abandona al hombre en su peregrinación terrena. Le ha dado un "pan" capaz de sustentarlo a lo largo del camino: el "pan" es Cristo. El es ante todo la comida del alma con la verdad revelada y después con su misma Persona presente en el sacramento de la Eucaristía.

¡El hombre tiene necesidad de la trascendencia! ¡El hombre tiene necesidad de la presencia de Dios en su historia cotidiana! ¡Sólo así puede encontrar el sentido de la vida! Pues bien, Jesús continúa diciendo a todos: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6); "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida" (Jn 8, 12); "Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré" (Mt 11, 28).

3. La reflexión ahora recae sobre cada uno de nosotros. En efecto, depende de nosotros captar el significado que Cristo ha venido a ofrecer a la existencia humana y "encarnarlo" en nuestra vida. Depende del interés de todos "encarnar" este significado en la historia humana. ¡Gran responsabilidad y sublime dignidad! Es necesario, para este fin, un testimonio coherente y valiente de la propia fe. San Pablo, escribiendo a los Efesios, traza, en este sentido, un programa concreto de vida:

— es necesario, ante todo, abandonar !a Mentalidad mundana y pagana: "Os digo, pues. y testifico en el Señor que no os portéis como se conducen los gentiles, en la unidad de su mente";

— después, es necesario cambiar la mentalidad mundana y terrestre en la mentalidad de Cristo; "Dejando, pues. vuestra antigua conducta, despojaos del hombre viejo, viciado por las concupiscencias seductoras";

— finalmente, es necesario aceptar todo el mensaje de Cristo, sin reducciones de comodidad, y vivir según su ejemplo: 'Renovaos en el espíritu de vuestra mente y vestíos del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad verdaderas" (Ef 4, 17. 20-24).

Queridísimos, como veis, se trata de un programa muy comprometido, bajo ciertos aspectos podría decirse, desde luego, heroico; sin embargo, debemos presentarlo a nosotros y a los demás en su integridad, contando con la acción de la gracia, que puede dar a cada uno la generosidad de aceptar la responsabilidad de las propias acciones en perspectiva eterna y para el bien de la sociedad.

Id, pues, adelante con confianza y con interés generoso, buscando cada día nuevo impulso y alegría en la devoción a Jesús Eucarístico y en la confianza en María Santísima.

Me complace concluir citándoos un pensamiento de mi venerado predecesor Pablo VI de quien mañana celebramos el primer aniversario de su piadoso tránsito: "Ante el arreciar de intereses contrastantes, dañosos para el auténtico bien del hombre, hay que proclamar de nuevo bien alto las formidables palabras del Evangelio que son las únicas que han dado luz y paz a los hombres en análogas convulsiones de la historia" (Discurso a los cardenales, 21 de junio de 1976; cf. Pablo VI, Enseñanzas al Pueblo de Dios, pág. 292).

Así, pues, queridísimos hijos, con la luz y con la paz que nos vienen de estas palabras eternas, nosotros continuemos serenamente nuestro camino.


(El Papa, al final de su homilía, hizo este comentario)

A las reflexiones hechas y a las palabras de Pablo VI  yo quisiera añadir una palabra mía especial dirigida a todos vosotros. He deseado mucho este encuentro. He deseado reunirme con vosotros en torno a la Eucaristía porque la Eucaristía es un punto del universo en el cual es siempre posible encontrarse con todo lo que somos. Es un punto en el que podemos encontramos con profunda sinceridad porque nos reunimos en torno a Quien nos conoce y nos ama. Por eso me siento agradecido a vuestro asistente, a vuestros sacerdotes que me han ofrecido la posibilidad de este encuentro eucarístico con vosotros en plena y profunda sinceridad. En torno a Cristo que nos conoce y nos ama a todos. Expresando esta alegría y esta gratitud a vosotros que participáis en esta comunión eucarística, expreso también una gran esperanza: espero que este banquete eucarístico, esta celebración, esta participación, esta comunión, sea fructuosa. Solamente en comunión con Cristo cada uno de nosotros puede encontrarse a sí mismo.

* * *

(Después de la misa los jóvenes ofrecieron al Papa una representación mímica)

Si no me equivoco, Aristóteles decía que el arte escénico, dramático, posee una fuerza especial. El la llamaba catarsis, es decir, purificación, curación interior. Me ha venido a la mente esta idea contemplando vuestra representación: no sé cómo decirlo: no era ciertamente un drama, una tragedia en el sentido clásico; pero era una síntesis que toca la sensibilidad contemporánea, nuestra sensibilidad y que crea en nosotros, así simplemente, sin ninguna palabra, una catarsis, una purificación. Se veía que esta representación, casi escénica, procedía de una experiencia profunda y calladamente vivida; sólo con gestos lo decía todo. Quizás hay que referirse a esta fuerza de catarsis para los que tienen necesidad de la misma, para aquellos que nos están cercanos, para aquellos en favor de los cuales trabaja vuestra comunidad. Es hermoso que la llaméis solidaridad, centro de solidaridad. Es necesaria la solidaridad con cada uno de los hombres, sin excepción, especialmente con quien tiene más necesidad: solidaridad con su misma humanidad cuando ésta se encuentra en peligro, se encuentra amenazada, como lo hemos visto en este espectáculo. Cristo nos ha enseñado esta solidaridad diciéndonos que cuando somos solidarios con un hombre que se encuentra en grandísimo peligro, somos solidarios con El mismo. No os digo ahora nada más, sólo quiero desearos que este centro de solidaridad sea eficaz, que se haga presente en Roma y en cualquier sitio donde encuentre contemporáneos; especialmente los jóvenes tienen necesidad de una tal solidaridad. Por eso he rezado por vosotros celebrando la Eucaristía, y por eso he ofrecido a Cristo toda vuestra buena voluntad, todos los esfuerzos que habéis hecho hasta ahora para crear un centro y favorecer la difusión de esta solidaridad. Se ve que nuestro tiempo, nuestra época de gran progreso, tiene mucha necesidad de solidaridad con cada uno de los hombres, especialmente con cada uno de los jóvenes que se encuentre en peligro. No digo más. Gracias.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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