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VISITA PASTORAL A VÉNETO

SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Belluno
Domingo 26 de agosto de 1979

 

Venerables hermanos obispos, y vosotros, sacerdotes y fieles de ]as Iglesias de Belluno y del Véneto:

1. No podía faltar, después de la visita al pueblo natal de mi amado predecesor Juan Pablo I, una parada, aunque necesariamente breve, en la ciudad que lo vio joven seminarista en el seminario Gregoriano local, y después celoso sacerdote, lleno de amor a Jesús Señor y a las almas. La presente celebración eucarística es por tanto, un renovado homenaje a la memoria bendita de este Papa, cuya grandeza diría que es proporcionalmente inversa a la duración de su ministerio en la sede de Pedro; y es, al mismo tiempo, un signo especial de reverencia y consideración hacia las ilustres diócesis de Belluno y Feltre, tan queridas para él.

Al saludar a cada uno de vosotros aquí presentes —autoridades eclesiásticas y civiles, párrocos, religiosos, religiosas y laicos— mi mirada se alarga y se extiende a toda la tierra véneta, tierra antigua, noble y fecunda, en la que no es raro encontrar de nuevo, "historia teste", en el curso de los siglos, una floración de almas ardientes y generosas, entre las cuales se puede contar con pleno derecho, y no la última, la figura del Papa Luciani.

2; Pero permitidme, a fin de encuadrar mejor nuestra asamblea litúrgica y de darle la necesaria referencia o fundamento que es la Palabra de Dios, permitidme volver a tomar el importante texto evangélico que acabamos de escuchar. Como sabéis, ya desde hace algunas semanas, en los domingos de este período per annum, la Iglesia, con sabia pedagogía, nos hace leer y meditar el gran discurso que tuvo Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, para presentar "el pan de vida" y para presentarse a sí mismo como pan de vida. También hoy se nos propone un pasaje, el final (cf. Jn 6, 60-69), en el que las repetidas y solemnes proposiciones del Señor requieren, por parte nuestra, una respuesta decidida de fe, corno la requirieron entonces por parte de los discípulos. Recordad lo que leímos el domingo pasado: "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día". "El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él" (ib., 54. 56). Son afirmaciones de altísimo contenido espiritual que ciertamente no se comprenden ni se explican con el metro de la razón humana: en efecto, trascienden los límites de la existencia terrena; nos hablan de vida eterna y de resurrección; miran hacia una relación misteriosa entre Cristo y el creyente, que se configura como compenetración recíproca de pensamiento, de sentimiento y de vida. Ahora, ¿de qué modo podemos sintonizar con un discurso de tanta altura? "Muchos de sus discípulos —leemos en el Evangelio de hoy— dijeron: ¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas?"(ib., 60).

Se nos presenta, pues, la actitud humana, terrena, como la sugiere el simple raciocinio, ante las perspectivas abiertas por la palabra de Jesús. Pero he aquí que viene sobre nosotros la certeza, porque El mismo asegura: "Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida" (ib., 63). Y he aquí ante la ineludible alternativa de aceptar o rechazar estas palabras suyas, la respuesta ejemplar y para nosotros corroborante que dio Pedro: la suya es una profesión de fe magistral: "Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (ib., 69).

Permitidme, hermanos e hijos queridísimos, poner de relieve en este momento la felicidad, la conveniencia y sintonía de esta página evangélica en orden a la circunstancia que encuentra hoy reunidos al Papa y a los fieles de una porción elegida del Pueblo de Dios. He venido de Roma para honrar a mi insigne predecesor, poniéndome en compañía espiritual con él para recorrer de nuevo las fases de su formación moral, sacerdotal y pastoral, y he encontrado, mejor, hemos encontrado juntos sobre nuestros pasos este texto en el que el mismo Pedro, primer Vicario de Cristo, enseña a sus sucesores cuál debe ser la línea a seguir para no faltar al deber apostólico, para no desviarse del camino recto, para responder menos indignamente al designio redentor de Cristo, pastor supremo de la grey. Esta línea es la fe: fe cierta, plena, inquebrantable en la Palabra de Cristo y en la Persona de Cristo: fe como se manifestó en Cesarea de Filipo, cuando es Pedro quien, superando las opiniones limitadas y erróneas de los hombres, reconoce en Jesús "al Cristo, el Hijo de Dios vivo" (cf. Mt 16, 16); fe cual se manifiesta en la lectura de hoy, cuando es Pedro quien una vez más confiesa la validez trascendente "para la vida eterna" de las palabras mismas de Cristo. Se trata de una doble y espléndida profesión de fe, que —como observa San León Magno— la repite cada día Pedro en toda la Iglesia (cf. Sermo III. 3; PL 54, 146). Por esto, esta lección vale ante todo para mí y para el formidable ministerio que ha venido a gravitar sobre mis hombros después de la repentina y dolorosa muerte del inolvidable paisano vuestro Juan Pablo I.

3. Pero la aludida oportunidad o conveniencia de este Evangelio es clara también para vosotros, que me estáis escuchando ahora. El tema de la fe de Pedro, esto es, de la fe auténtica y segura, se aplica muy bien, por su ejemplaridad, a los herederos de una tradición religiosa que, en el contexto más amplio de la tradición italiana, se distingue por la solidez, por la coherencia, por la capacidad de incidir sobre las sanas costumbres morales. Hablo de vuestra fe, hermanos de la región de Belluno, una fe que refleja y confirma y da con exactitud la imagen de la fe de la población véneta y, más en general, la fisonomía cristiana de Italia. ¿Qué herencia más preciosa; qué tesoro más querido podría recomendaros el Papa que ha venido a visitaros? Por la gracia de Dios y —es justo reconocerlo— por la incansable dedicación de tantos pastores, este patrimonio está todavía sustancialmente intacto: la fe que vuestros padres os transmitieron como lámpara luminosa, está viva y ardiente; pero con todo, es necesario vigilar y vigilar constantemente (¿recordáis la parábola de las diez vírgenes? cf. Mt 25, 1-13), es necesario vigilar y orar (cf. Mt 26, 41; Mc 14, 34. 38; Lc 12, 35-40), para que esta lámpara no se apague jamás, sino que resista a los vientos y tempestades, brille con intensidad mayor y con más amplio poder de irradiación, y esté abierta a la comprensión y a la conquista. Hoy hay verdadera necesidad de una fe madura, sólida, valiente frente a las incertidumbres que vienen de algunos hermanos, como los que piensan que Italia es una tierra que ahora ya se está alejando de las tradiciones cristianas, para entrar en la era llamada pos-cristiana. ¡No, hermanos! ¡Yo sé que no es así, y vosotros mismos me respondéis ahora —me habéis respondido ya con vuestra acogida emocionante desde esta mañana—que no es así! Por el conocimiento que tengo de Italia y de los italianos, desde hace muchos años, por la experiencia más directa que he adquirido cada día en estos meses de mi servicio pontificio yo sé que no es así; a pesar de las insidias crecientes y de los peligros mayores, el rostro auténtico de la nación es cristiano, iluminado, como está, por la luz de Cristo y de su Evangelio. De todo esto, por lo demás, ofrece una confirmación indudable la vitalidad que demuestra poseer la misma Italia por cuanto se refiere a la causa de las misiones: la Iglesia italiana —y estoy muy contento de afirmarlo a título de complacencia y alabanza— es fuertemente misionera y, en proporción, esto es, teniendo en cuenta las condiciones económicas de los países privilegiados, es la primera en la escala de las ayudas suministradas a las misiones. Y por encima de este dato externo está la realidad, mucho más importante, de los misioneros —sacerdotes, religiosos, religiosas, personal laico especializado— que, en porcentaje elevadísimo, ofrece Italia, y particularmente el Véneto, para la expansión del reino de Dios.

4. Al llegar aquí, el tema de la fe que hay que —custodiar, profundizar, difundir— me lleva casi naturalmente a dirigirme a los jóvenes. Sabéis que en los encuentros y en las audiencias públicas nunca dejo de hablarles, y lo hago no sólo por la obvia y, se diría interesada razón que supone la misma edad al reservarles el porvenir y al convertirlos, a corto plazo, en protagonistas de los acontecimientos, sino también y sobre todo por las dotes peculiares que son propias de la juventud: el entusiasmo y la generosidad, la. lealtad y viveza, el sentido de la justicia, la pronta disponibilidad para servir a los hermanos en tantas formas de asistencia y caridad, la repulsa de los términos medios, el desprecio de los cálculos mezquinos, la repugnancia por cualquier forma de hipocresía, y yo deseo también el rechazo de cualquier forma de intolerancia y de violencia.

Os diré, pues, jóvenes que me escucháis, que la Iglesia desde siempre, pero hoy más aún que en el pasado, cuenta con vosotros, tiene confianza en vosotros, espera mucho de vosotros en orden al cumplimiento de su misión salvífica en el mundo. Por esto, acoged con corazón abierto esta reiterada llamada mía, que suena a invitación para entrar animosamente en la dinámica de la acción eclesial. ¿Qué sería de la Iglesia sin vosotros? Por eso confía tanto en vosotros. Nos confortan las promesas formales de Cristo, que ha garantizado a la Iglesia su presencia y asistencia ininterrumpidas (cf. Mt 28, 20; 16, 18); pero no nos eximen del deber permanente de acompañar esta certeza superior con nuestra actividad diligente y asidua. Y precisamente aquí es donde encuentra su puesto mi llamada insistente a vosotros, jóvenes, que tendrá —lo deseo de todo corazón— una respuesta pronta y positiva por parte vuestra.

5. Deseo añadir aún una palabra, sacándola de la documentación que me ha enviado vuestro obispo acerca de la vida pastoral en la diócesis de Belluno y Feltre. Mientras dirijo un saludo especial a esta ciudad, con la pena de no haberla podido visitar, expreso viva satisfacción por cuanto se está haciendo en ambas comunidades para la formación de las nuevas generaciones, para el desarrollo de la actividad catequística, para el incremento de las vocaciones sagradas. Pienso, especialmente, en la próxima visita pastoral y en las "misiones populares", que, según una praxis bien probada, serán su preparación. Puedan estas misiones, confiadas a sacerdotes celosos, y expertos, llegar a todas las familias y grupos asociados, llevándoles —como es el deseo del Pastor— al descubrimiento de Cristo redentor del hombre y al compromiso consiguiente de dar testimonio de El en el mundo.

Pienso también, hermanos, en los problemas sociales de vuestra región, que, por su misma configuración, dispone de escasos recursos y conoce, no sólo hoy, por desgracia, las privaciones y sacrificios de la pobreza. Con cuánta emoción fue acogida la noticia, que referían los diarios, del éxodo anual de Italia, por motivos de trabajo, del padre del pequeño Albino Luciani, y también la de las dolorosas vicisitudes provocadas no sólo en su familia, sino en su pueblo natal y en toda la zona circundante al sobrevenir la guerra mundial de 1915-18. Si este flagelo parece ahora afortunadamente lejano, permanecen sin embargo otras realidades dolorosas, como la pobreza de la tierra, las calamidades de diverso género (recuerdo solamente el desastre del Vaiont y el terremoto que afectó hace algunos años al territorio de las buenas poblaciones del Friuli), la inminente amenaza de la desocupación o la incertidumbre del puesto de trabajo, la persistente y siempre triste necesidad de la emigración, tanto permanente como en determinadas estaciones.

Vuestra tierra, queridos fieles, es verdaderamente una tierra templada por el sacrificio, y yo tengo el deber de reconocer y de señalar como ejemplo, junto al fervor de vuestra fe y el apego a las tradiciones locales, el conjunto de virtudes humanas y civiles que poseéis. ¿Quién no sabe que la guerra de hace 60 años ha dejado entre vosotros huellas profundas y causado grandes sufrimientos? Sin embargo, esto ha robustecido y desarrollado en medio de vosotros el sentimiento patriótico y el vínculo de solidaridad nacional. También quiero exaltar estos valores porque, lo mismo que definen el perfil de un pueblo, así también se armonizan sin contradicción de ninguna clase con la genuina espiritualidad religiosa. Pero me apremia todavía más —y me parece unir de este modo mi voz a la voz tan cálida y persuasiva y para vosotros tan familiar del Papa Luciani— dejaros como recuerdo de la visita una exhortación especial a la fortaleza, que es a un tiempo alta cualidad humana y típica virtud cristiana. ¡Sed fuertes en la fe, fuertes en la laboriosidad, fuertes en el espíritu de sacrificio! Este será el modo más adecuado y digno de honrar, con los hechos, la amable figura de vuestro y nuestro Juan Pablo I.

(Palabras en alemán)

Dirijo un saludo particular desde aquí a los fieles de lengua alemana que se encuentran entre la población de estos maravillosos valles y montañas. También quiero saludar a los turistas de los países cercanos, que en este periodo pasan aquí sus vacaciones y se hallan presentes en los distintos lugares de mi visita de hoy a la patria del Papa Juan Pablo I.

Encomiendo a la maternal protección de María los múltiples contactos entre los hombres, por encima de toda frontera, raza y nación, los cuales precisamente en esta región son tan numerosos y se demuestran fructíferos. ¡Continuad profundizando y reforzando de este modo la mutua comprensión y la convivencia pacífica entre los diversos grupos étnicos y entre los pueblos! María, la Madre de la Iglesia, es al mismo tiempo también la Reina de la Paz.

¡María, Reina de la Iglesia y Reina de la Paz, ruega por nosotros!

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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