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SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DE LAS
GRACIAS
Y DE SANTA MARÍA GORETTI
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II
Nettuno
Sábado 1 de septiembre de 1979
Queridísimos hermanos y hermanas:
En un período todavía de relativo descanso y de vacaciones, nos encontramos
aquí esta tarde en torno al altar del Señor, para celebrar juntos la Eucaristía,
meditando sobre el fenómeno del turismo, tan importante hoy en nuestra vida
humana y cristiana.
Muy gustosamente he acogido la invitación de venir a estar con vosotros
para
veros, escucharos, traeros mi saludo cordial y manifestaros mi afecto, orar con vosotros y reflexionar sobre las verdades supremas, que deben ser siempre luz e
ideal de nuestra vida.
En esta plaza de Nettuno, ante la iglesia donde descansan los restos mortales
de la joven mártir Santa María Goretti, de cara al mar, símbolo de las cambiantes
y a veces tumultuosas vicisitudes humanas, escuchemos las enseñanzas de la
Palabra de Dios que brotan de las lecturas de la liturgia.
1. La "Palabra de Dios" ante todo expone la identidad y el comportamiento del
cristiano.
¿Quién es el cristiano? ¿Cómo debe comportarse el cristiano? ¿Cuáles son sus
ideales y preocupaciones?
Son preguntas de siempre, pero se hacen mucho más actuales en nuestra sociedad
de consumo y permisiva, en la que sobre todo el cristiano puede tener la
tentación de ceder a la mentalidad común, poniendo en segundo plano su
excelente y heroica vocación de mensajero y testigo de la Buena Nueva.
— El Apóstol Santiago en su carta especifica claramente la identidad del
cristiano: "Todo buen don y toda dádiva viene de arriba, desciende del Padre de
las luces, en el cual no se da mudanza ni sombra de alteración. De su propia
voluntad nos engendró por la palabra de la verdad, para que seamos como
primicias de sus criaturas" (Sant 1, 17-18)
El cristiano, es, pues, una criatura especialísima de Dios, porque, mediante la
gracia, participa de la misma vida trinitaria; el cristiano es un don del
Altísimo al mundo: desciende de lo alto, del Padre de las luces.
¡No podía describirse mejor la maravillosa dignidad del cristiano e incluso su
responsabilidad!
— Por esto, el cristiano debe comprometer a fondo su voluntad y vivir su vocación
con coherencia. Dice también Santiago: "Recibid con mansedumbre la palabra
injerta en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Ponedla en práctica y no
os contentéis sólo con oírla, que os engañaría" (Sant 1, 21-22).
Son afirmaciones muy serias y severas: el cristiano no debe traicionar, no debe
ilusionarse con palabras vanas, no debe defraudar. Su misión es sumamente
delicada, porque debe ser levadura en la sociedad, luz del mundo, sal de la
tierra.
— El cristiano se convence cada día más de la dificultad enorme de su compromiso:
debe ir contra corriente, debe dar testimonio de verdades absolutas pero no
visibles, debe perder su vida terrena para ganar la eternidad, debe hacerse
responsable incluso del prójimo para iluminarlo, edificarlo, salvarlo. Pero
sabe que no está solo. Lo que decía Moisés al pueblo israelita, es inmensamente
más verdadero para el pueblo cristiano: "¿Cuál es en verdad la gran nación que
tenga dioses tan cercanos a ella como Yavé, nuestro Dios, siempre que le
invocamos?" (Dt 4, 7). El cristiano sabe que Jesucristo, el Verbo de Dios, no
sólo se ha encarnado para revelar la verdad salvífica y para redimir a la
humanidad, sino que se ha quedado con nosotros en esta tierra, renovando
místicamente el sacrificio de la cruz, mediante la Eucaristía y convirtiéndose
en manjar espiritual del alma y compañero en el camino de la vida.
He aquí lo que es el cristiano: una primicia de las criaturas de Dios, que debe
mantener pura y sin mancha su fe y su vida.
2. La "Palabra de Dios", en consecuencia, ilumina también el fenómeno del
turismo.
En efecto, la revelación de Cristo, que ha venido a salvar a todo el hombre y a
todos los hombres, ilumina e interpreta todas las realidades humanas. También
la realidad del turismo se debe contemplar a la luz de Cristo.
— Indudablemente el turismo es ahora ya un fenómeno de la época y de masas: se ha
convertido en mentalidad y costumbre, porque es un fenómeno "cultural" causado
por el aumento de los conocimientos, del tiempo libre y de la posibilidad de
movimientos; y un fenómeno "psicológico", fácilmente comprensible, dadas las
estructuras de la sociedad moderna: industrialización, urbanización,
despersonalización, por las que cada individuo siente la necesidad de
distensión, de distracción, de cambio, especialmente en contacto con la
naturaleza; y es también un fenómeno "económico", fuente de bienestar.
— Pero el turismo, como todas las realidades humanas, es también un fenómeno
ambiguo, es decir, útil y positivo si está dirigido y controlado por la razón y
por algún ideal; negativo si decae a simple fenómeno de consumo, de frenesí, a
actitudes alienantes y amorales, con dolorosas consecuencias para el individuo y
para la sociedad.
— Y por esto es necesaria también una educación, individual y colectiva, al
turismo, para que se mantenga siempre al nivel de un valor positivo de formación
de la persona humana, esto es, de justa y merecida distensión, de elevación del
espíritu, de comunión con el prójimo y con Dios. Por esto es necesaria una
profunda y convencida educación humanista para la acogida, el respeto del
prójimo, para la gentileza, la comprensión recíproca, para la bondad; es
necesaria también una educación ecológica, para respetar el ambiente y la
naturaleza, para el sano y sobrio goce de las bellezas naturales, que tanto
descanso y exaltación dan al alma sedienta de armonía v serenidad; y es
necesaria sobre todo una educación religiosa para que el turismo no turbe jamás
las conciencias y no rebaje nunca al espíritu, sino al contrario, lo eleve, lo purifique, lo
levante al diálogo con el Absoluto y a la contemplación del misterio inmenso que
nos envuelve y atrae.
Esta es, a la luz de Cristo, la concepción del turismo, fenómeno
irreversible e instrumento de concordia y amistad.
3. Finalmente, en este lugar concreto, todos estamos invitados a
mirar la figura de Santa María Goretti.
No lejos de aquí, el 6 de julio de 1902, se efectuó la tragedia
de su asesinato y, al mismo tiempo, la gloria de su santificación mediante el
martirio por la defensa de su pureza. Nos encontramos junto a la iglesia
dedicada a ella, donde descansan sus restos mortales, y debemos detenernos un
momento en meditación silenciosa.
María Goretti, adolescente de apenas 12 años, se mantuvo pura en
este mundo, como escribe Santiago, aun a costa de la misma vida; prefirió morir
antes que ofender a Dios.
"¡No! —dijo a su desenfrenado asesino—. ¡Es pecado! ¡Dios no
quiere! ¡Tú vas al infierno!".
Desgraciadamente, su fe no valió para detener al tentador, que,
luego, gracias a su perdón y a su intercesión, se arrepintió y se convirtió.
Ella cayó mártir por su pureza.
"Fortaleza de la virgen —dijo Pío XII—, fortaleza de la mártir;
que la juventud colocó en una luz más viva y radiante. Fortaleza que es a un
tiempo tutela y fruto de la virginidad" (Discorsi e Radiomessaggi, IX, pág. 46).
María Goretti, luminosa en su belleza espiritual y en su ya
lograda felicidad eterna, nos invita precisamente a tener fe firme y segura en
la "Palabra de Dios", furente única de verdad, y a ser fuertes contra las
tentaciones insinuantes y sutiles del mundo. Una cultura intencionadamente
antimetafísica produce lógicamente una sociedad agnóstica y neo-pagana, a pesar
de los esfuerzos encomiables de personas honestas y preocupadas por el destino
de la humanidad. El cristiano se encuentra hoy en una lucha continua, también él
se convierte en "signo de contradicción" por las opciones que debe realizar.
Os exhorto, especialmente a vosotras, jovencitas: ¡mirad a María
Goretti! ¡No os dejéis seducir por la atmósfera halagüeña que crea la sociedad
permisiva, afirmando que todo es lícito! ¡Seguid a María Goretti! ¡Amad, vivid,
defended con alegría y valor vuestra pureza! ¡No tengáis miedo de llevar vuestra
limpidez en la sociedad moderna, como una antorcha de luz y de ideal!
Os diré con Pío XII: "¡Arriba los corazones! Sobre los cenagales
malsanos y sobre el fango del mundo se extiende un cielo inmenso de belleza. Es
el cielo que fascinó a la pequeña María; el cielo al que ella quiso subir por el
único camino que lleva a él: la religión, el amor a Cristo, la observancia
heroica de sus mandamientos. ¡Salve, oh delicada y amable Santa! ¡Mártir de la
tierra y ángel en el cielo! ¡Desde tu gloria vuelve tu mirada a este pueblo que
te ama, te venera, te glorifica, te exalta!" (Discorsi e Radiomessaggi, Vol. XII,
págs. 122-123).
Hermanos queridísimos:
María Santísima, a la que tanto amó y rezó María Goretti,
especialmente con el Santo Rosario, os ayude a mantener siempre viva y fervorosa
vuestra identidad cristiana, en todas partes, en todas las realidades terrenas.
Un último pensamiento me viene espontáneamente aquí, hoy, 1 de
septiembre, doloroso aniversario, que tiene incluso un significado de profunda
advertencia para la conciencia cristiana y para la reflexión humana. Hace 40
años, el 1 de septiembre de 1939, un huracán de fuego y destrucción se abatía
sobre la primera nación víctima, Polonia, dando comienzo al incendio cada vez
más vasto y cada vez más devastador, de la segunda guerra mundial. Este recuerdo
nos debe estimular a la oración para obtener de la gracia del Señor que sean
conjuradas las tentaciones de tensiones y egoísmos que se presentan entre los
pueblos, y que desembocan naturalmente en formas de hostilidades y odios,
difíciles de frenar después. También Anzio y Nettuno, en la primavera de 1944,
fueron embestidos por una tempestad de fuego que se abatió, entre el cielo y el
mar, sembrando la muerte sobre esta sonriente región; y mientras, durante
algunos meses, se disputaban la tierra, palmo a palmo, las fuerzas
contrapuestas, las poblaciones aterrorizadas perdían a muchas personas queridas,
la propia casa y el fruto de los campos trabajados con sudores y fatiga.
Roguemos al Señor por el descanso de los que dieron la vida en
favor de la libertad y por los que, obligados a enfrentarse, descansan ahora
acogidos por la misma tierra que los vio luchar entre sí; roguemos para que Dios
nos preserve y preserve a toda la humanidad del flagelo de la guerra que, si
hubiera de volver, adquiriría dimensiones apocalípticas aún más terribles. La
misericordia de Dios conceda paz a los muertos, dé a nuestra generación,
especialmente a los jóvenes que se abren a la vida, una valiente y convencida
adhesión a los ideales de colaboración y de paz.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana
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