 |
SANTA MISA PARA LOS ENFERMOS DE LA CLÍNICA
"REGINA APOSTOLORUM" DE ALBANO
HOMILÍA DE SU SANTIDAD
JUAN
PABLO II
Lunes 3
de septiembre de 1979
Heme aquí en medio de vosotras, hermanas queridísimas, a quienes la enfermedad
con sus pruebas durísimas reserva una más íntima unión con Cristo que sufre. Os
saludo con afecto paterno, os agradezco la invitación que me habéis hecho y
sobre todo lo mucho que sabéis sufrir y ofrecer por la salvación de tantas
almas.
1. "Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír"
(Lc 4. 21).
Con estas palabras divinas el Señor Jesús, en la sinagoga de Nazaret, da
cumplimiento y realización a las Escrituras y a la salvación contenida en ellas.
También la exhortación de San Pablo a los habitantes de Tesalónica, que hemos
escuchado en la primera lectura de esta sagrada liturgia, nos impulsa a
considerar el tiempo de la esperanza, no como los paganos que no tienen este
consuelo (Tes 4, 13), sino como el tiempo de Dios, el hoy de Dios, esto es, el "tiempo breve" (cf.
1 Cor 7, 29), que nos está reservado para realizar la salvación.
Esta salvación no consiste en una realidad abstracta, o en un sistema
filosófico, sino en una Persona: es Jesús mismo, que ha sido enviado por el
Padre para realizar la obra de la liberación de cuantos son "pobres",
"oprimidos", "prisioneros", "enfermos", según
el pasaje del profeta Isaías proclamado ahora en el Evangelio (cf. Lc 4, 18-19 e Is
61, 1-2), superando para ello pruebas y rechazos en su patria y
fuera de ella, y afrontando la pasión y la muerte.
2. Tiempo privilegiado de Dios es sobre todo aquel en el que escuchamos y acogemos
con fe la palabra divina, que "penetra hasta lo íntimo... y discierne los
pensamientos y las intenciones del corazón" (He 4, 12), y por lo tanto se encarna en nosotros; pero lo es igualmente el que se realiza en
el signo sacramental, y sobre todo en la Eucaristía, que nos disponemos a
compartir juntos en esta santa Misa, en la que el tiempo de Dios se mide con el
binomio inseparable de la muerte y la resurrección. Efectivamente, en el
sacrificio eucarístico se realiza en nosotros, de manera admirable, el
acontecimiento salvífico, el tiempo de la salvación que envuelve totalmente
tanto la vida individual, como la comunitaria, de todos nosotros. En él se
verifica una conversión personal mediante la unión con Cristo víctima, y al
mismo tiempo una conversión comunitaria, expresada en el intercambio del perdón
y de la paz entre los presentes.
A este propósito, San Gregorio Magno, mí venerado predecesor, cuya memoria
celebramos hoy, en algunos textos famosos, define muy bien estos dos momentos
que se realizan en el sacrificio eucarístico. Afirma el gran doctor de la
Iglesia: "Cristo será verdaderamente para nosotros hostia de
reconciliación con Dios, si procuramos convertirnos en hostias nosotros mismos";
y respecto a la dimensión comunitaria que en la santa Misa nos hace pedir y
otorgar el perdón y nos reconcilia con los hermanos, dice: "Dios no recibe
nuestra ofrenda, si no se quita antes la discordia del corazón" (cf.
Diálogos, cap. 58 y 60).
3. He aquí, queridísimas hermanas, algunas reflexiones sencillas sobre los
tiempos y sus modos de salvación, que nos ofrecen las lecturas de los pasajes
bíblicos de esta Misa. Continuad comprometiéndoos en una realización cada vez
más consciente de estos grandes temas de nuestra fe. En los momentos en que
podáis sentir la debilidad humana, que lleva consigo la enfermedad, acordaos de
la experiencia maravillosa de San Pablo que, atormentado por su "aguijón de la
carne", fue confortado por el Señor con estas palabras: "Te basta mi gracia, que
en la flaqueza llega al colmo el poder" (2 Cor 12, 9).
Por mi parte, os aseguro que, si cuento mucho con el apoyo espiritual de todos
los enfermos, confío mucho más en vosotras, en vuestras oraciones, en el valor
de vuestros sufrimientos, porque vosotras unís al carisma de la vocación de una
vida totalmente consagrada a Dios la riqueza inigualable de vuestra enfermedad,
de modo que cada una de vosotras puede decir verdaderamente: Adimpleo. Por esto os pido: continuad ayudando de este modo a la Iglesia; edificándola con
vuestros sacrificios ocultos, con vuestra cooperación misteriosa y dolorosa;
continuad ayudando a la humanidad para que logre esa salud interior, que es
sinónimo de serenidad y de paz del alma, sin la cual nada valdrían la salud
física y cualquier otro bienestar terreno.
Os asista en este esfuerzo común la Virgen Santísima a la que invocáis con el
título de "Reina de los Apóstoles", y aletee siempre sobre vosotras el bendito
espíritu de vuestro venerado fundador don Giacomo Alberione, de cuyo corazón
apostólico brotó este providencial sanatorio y casa de cristiana asistencia.
Amén.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana
|