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VIAJE APOSTÓLICO A IRLANDA

MISA EN EL SANTUARIO MARIANO DE KNOCK

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Domingo 30 de septiembre de 1979

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
fieles hijos e hijas de María:

1. Aquí me encuentro ya en la meta de mi viaje a Irlanda, el santuario de Nuestra Señora de Knock. Desde que tuve la primera noticia del centenario que se está celebrando este año en este santuario, sentí un fuerte deseo de venir aquí; deseo de hacer otra peregrinación al santuario de la Madre de Cristo, Madre de la Iglesia, Reina de la Paz. No os sorprendáis de este deseo mío. Ya desde mi primera juventud y en mi país, tenía costumbre de hacer peregrinaciones a los santuarios de Nuestra Señora; los hice también siendo obispo y cardenal. Sé perfectamente que cada pueblo, cada país y también cada diócesis tienen sus lugares santos en los que late el corazón de todo el Pueblo de Dios de manera —podríamos decir— más viva; lugares de encuentro especial entre Dios y los seres humanos; sitios en que Cristo mora de modo particular entre nosotros. Si estos lugares están dedicados con tanta frecuencia a su Madre, ello nos revela la naturaleza de su Iglesia en plenitud total. Desde el Concilio Vaticano II que terminó la Constitución sobre la Iglesia con el capítulo titulado "La Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia", este hecho es hoy más evidente que nunca para nosotros; sí, para todos nosotros, para todos los cristianos. ¿Acaso no confesamos con todos nuestros hermanos, incluso con los que todavía no estamos unidos con plena unidad, que somos un pueblo peregrino? Al igual que viajó este pueblo antiguamente bajo la guía de Moisés, también nosotros, Pueblo de Dios de la Nueva Alianza, estamos caminando en peregrinación bajo la guía de Cristo.

Estoy aquí, pues, como peregrino, como signo de la Iglesia peregrina de todo el mundo que participa de un modo muy especial, a través de la presencia del Sucesor de Pedro, en la celebración centenaria de este santuario.

La liturgia de la Palabra de la Misa de hoy me brinda el saludo de peregrino a María al postrarme ante Ella en el santuario mariano de Cnoc Mhuire de Irlanda, en la colina de María.

2. "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre" (Lc 1, 42). Estas son las palabras con que Isabel, llena del Espíritu Santo, saludó a María, prima suya, que venía de Nazaret.

"Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre". Es éste también mi saludo a Mhuire Máthair Dé, María, Madre de Dios, Reina de Irlanda, en su santuario de Knock. Con estas palabras deseo expresar el gozo inmenso y la gratitud que colman mi corazón hoy en este lugar. No hubiera podido soñarlo de otra manera. Momentos cumbres de mis recientes viajes pastorales han sido las visitas a santuarios de María: a Nuestra Señora de Guadalupe de México, a la Virgen Negra de Jasna Góra de mi patria y, hace tres semanas, a Nuestra Señora de Loreto de Italia. Hoy vengo aquí porque deseo que sepáis todos que mi devoción a María me une de modo especial al pueblo de Irlanda..

3. Tenéis una larga tradición de devoción a Nuestra Señora. María puede decir con verdad de Irlanda lo que acabamos de leer en la primera lectura: "Eché raíces en un pueblo glorioso" (Sir 24, 16). Vuestra veneración a María está tan hondamente entrelazada con vuestra fe que sus orígenes se pierden en los primeros siglos de la evangelización de vuestro país. Me han dicho que en el idioma irlandés los nombres de Dios, Jesús y María están ligados uno a otro y que raras veces se nombra a Dios en la oración o la bendición sin que se mencione a la vez el nombre de María. Sé también que tenéis un poema del siglo VIII que llama a María "Sol de nuestra raza", y una letanía de la misma época la honra como "Madre de la Iglesia del cielo y de la Iglesia de la tierra". Pero mejor que ninguna fuente literaria, lo que atestigua el éxito de la evangelización de San Patricio que llevó a plenitud vuestra fe católica, es la devoción constante y honda a María.

Es lógico, por tanto, y el verlo me da gran felicidad, que el pueblo irlandés mantenga esta devoción tradicional a la Madre de Dios en sus casas y parroquias y, en especial, en el santuario de Cnoc Mhuire. Desde hace ahora un siglo habéis santificado este lugar de peregrinación con vuestras oraciones, sacrificios y penitencia. Todos cuantos han venido aquí han recibido bendiciones por intercesión de María. Desde aquel día de gracia del 21 de agosto de 1879 hasta hoy, enfermos y atribulados, minusválidos del cuerpo y de la mente, personas de fe atormentada o de conciencia turbada, todos han recibido remedio, consuelo y fuerza en la fe, porque han confiado en que la Madre de Dios los llevaría a su Hijo Jesús. Cada vez que un peregrino llega a lo que un día fue oscuro pueblo pantanoso del Condado de Mayo; cada vez que un hombre, mujer o niño vienen a la vieja iglesia que tiene el muro de la Aparición o al nuevo santuario de María Reina de Irlanda, llegan para renovar la fe en la salvación traída por Jesús que nos hizo hijos de Dios y herederos del reino de los cielos. Al entregaros a María recibís a Cristo. En María "el Verbo se hizo carne"; en Ella el Hijo de Dios se hizo hombre para que cada uno de nosotros sepa cuán grande es la dignidad humana. Al encontrarnos en este lugar santo, miramos a la Madre de Dios y decimos "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre".

El momento actual señala un jalón importante en la historia de la Iglesia universal y, en particular, de la Iglesia que está en Irlanda. Muchas cosas han cambiado. Se ha penetrado más y de modo nuevo en lo que significa ser cristiano. En consecuencia, el fiel ha de afrontar muchos problemas nuevos, sea por haber aumentado los movimientos de cambio en la sociedad, o también por la exigencia nueva planteada al Pueblo de Dios, la exigencia de vivir hasta la plenitud la misión de evangelización. El Concilio Vaticano II y el Sínodo de los Obispos han dado nueva vitalidad pastoral a toda la Iglesia. Mi venerado predecesor Pablo VI impartió sabias directrices de renovación e infundió en el Pueblo de Dios ardor y entusiasmo por dicha tarea. En todo lo que dijo e hizo Pablo VI enseñó a la Iglesia a abrirse a las necesidades de la humanidad y a ser fieles al mismo tiempo al mensaje inmutable de Cristo. Leal a las enseñanzas del Colegio de los Obispos en unión con el Papa, la Iglesia que está en Irlanda ha recibido con gratitud las riquezas del Concilio y de los Sínodos. El pueblo católico irlandés se adhirió fielmente, y a pesar de presiones contrarias a veces, a las ricas expresiones de fe, prácticas sacramentales fervorosas y entrega a la caridad, todo lo cual ha sido siempre característica especial de vuestra Iglesia. Pero la tarea de renovarnos en Cristo jamás se termina. Con la mentalidad y características propias, cada generación es como un continente nuevo que se ha de ganar para Cristo. La Iglesia debe buscar continuamente modos de capacitarse para entender con mayor profundidad y llevar a efecto con vigor renovado la misión recibida de su Fundador. Como en tantas otras ocasiones en que la Iglesia tuvo que afrontar un reto nuevo, también nosotros ante esta ardua tarea nos dirigimos a María, Madre de Dios y Sede de la Sabiduría, confiando en que Ella nos enseñará una vez más el camino hacia su Hijo. Una antiquísima homilía irlandesa de la fiesta de la Epifanía (del Leabhar Breac) dice que así como los Magos encontraron a Jesús en el regazo de María, así nosotros hoy encontramos a Cristo en el regazo de la Iglesia.

4.María estuvo de verdad unida a Jesús. No se han conservado en el Evangelio muchas palabras suyas; pero las que han quedado nos llevan de nuevo a su Hijo y a su palabra. En Caná de Galilea se dirigió a los sirvientes con estas palabras: "Haced lo que El os diga" (Jn 2, 5). Este mismo mensaje sigue diciéndonos hoy.

5."Haced lo que El os diga". Lo que Jesús nos dice a través de su vida y su palabra se ha conservado para nosotros en los Evangelios y las Cartas de los Apóstoles y de San Pablo, y nos lo transmite la Iglesia. Debemos familiarizarnos con estas palabras. Y lo hacemos escuchando las lecturas de la Sagrada Escritura en la liturgia de la palabra que nos introduce al Sacrificio eucarístico; leyendo las Escrituras nosotros mismos; reflexionando en familia o con amigos en lo que el Señor nos dice cuando rezamos el Rosario y unimos la devoción a la Madre de Dios con la meditación y oración sobre los misterios de la vida de su Hijo. Siempre que tengamos problemas o estemos apesadumbrados, siempre que debamos hacer las opciones que nos exige nuestra fe, la palabra del Señor nos confortará y guiará.

Cristo no ha dejado a sus seguidores sin guía en la tarea de comprender y vivir el Evangelio. Antes de volver a su Padre prometió enviar su Espíritu Santo a la Iglesia: "Pero el Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho" (Jn 14, 26).

Este mismo Espíritu guía a los Sucesores de los Apóstoles, vuestros obispos unidos al Obispo de Roma, a quien se le encargó mantener la fe y "predicar el Evangelio a toda criatura" (Mc 16, 14). Escuchad su voz, pues os transmite la palabra del Señor.

6. "Haced lo que El os diga". Muchas voces diferentes acosan al cristiano en el mundo de hoy maravilloso y, a la vez, complicado y exigente. Se oyen muchas voces falsas que se contraponen a la palabra del Señor. Son voces que os dicen que la verdad es menos importante que el lucro personal; que el confort, las riquezas y los placeres constituyen los verdaderos objetivos de la vida;. que el rechazar la vida apenas iniciada es mejor que la generosidad del ánimo y asumir responsabilidades; que se debe conseguir justicia, pero sin ninguna complicación personal del cristiano; que la violencia puede ser medio para un fin bueno; que se puede edificar la unión sin renunciar al odio.

Y ahora separemos el pensamiento de Caná de Galilea y volvamos al santuario de Knock. ¿No oímos a la Madre de Dios que señalándonos a Jesús nos dice las mismas palabras que pronunció en Cana, "haced lo que El os diga"? Lo dice a todos nosotros. Su voz es oída con más fuerza por mis hermanos en el Episcopado, los Pastores de la Iglesia en Irlanda, quienes al invitarme aquí me pidieron respondiera a una invitación de la Madre de la Iglesia. Pues bien, venerables hermanos, estoy respondiendo cuando entro con el pensamiento en todo el pasado de vuestro país y siento la fuerza de este presente elocuente, tan gozoso y, a la vez, tan lleno de ansias y tan doloroso a veces. Estoy respondiendo como lo hice en Guadalupe de México y en Jasna Góra de Polonia. Al terminar esta homilía, en nombre propio y en el vuestro y en nombre de todo el pueblo católico irlandés, pronuncio las siguientes palabras de confianza y consagración.

Madre, en este santuario reúnes al Pueblo de Dios de toda Irlanda y constantemente muestras a Cristo en la Eucaristía y en la Iglesia. En este momento solemne escuchamos con atención particular tus palabras: "Haced lo que os diga mi Hijo". Y deseamos responder a tus palabras con todo el corazón. Queremos hacer lo que nos dice tu Hijo y lo que nos manda; pues tiene palabras de vida eterna. Queremos cumplir y poner por obra todo lo que viene de El, todo lo que está contenido en la Buena Nueva, como lo hicieron nuestros antepasados durante siglos. Su fidelidad a Cristo y a su Iglesia y su adhesión heroica a la Sede Apostólica, han marcado en nosotros una impronta indeleble de la que todos participamos. Durante siglos su fidelidad ha dado frutos de heroísmo cristiano y tradición de vida virtuosa, de acuerdo con la ley de Dios, especialmente de acuerdo con el mandamiento más santo del Evangelio, el mandamiento del amor. Hemos recibido esta herencia espléndida de sus manos al comienzo de una era nueva; y al acercarnos al segundo milenio después que el Hijo de Dios nació de Ti, alma Mater nuestra, nos proponemos guardar esta herencia en el futuro con la misma fidelidad con que nuestros antepasados dieron testimonio.

Por ello hoy, y en ocasión de la primera visita de un Papa a Irlanda, confiamos y consagramos a Ti, Madre de Cristo, y Madre de la Iglesia, nuestro corazón, conciencia y obras, a fin de que estén en consonancia con la fe que profesamos. Confiamos y consagramos a Ti a todos y cada uno de los que constituyen el pueblo irlandés y la comunidad del Pueblo de Dios que habita en estas tierras.

Confiamos y consagramos a Ti a los obispos de Irlanda, al clero, religiosos y religiosas, a los monjes y monjas contemplativas, a los seminaristas y los novicios. Confiamos y consagramos a Ti a los padres y madres de familia, a los jóvenes y los niños. Confiamos y consagramos a Ti a los profesores, catequistas y estudiantes; a los escritores, poetas, actores, artistas, trabajadores con sus líderes, obreros y empresarios, profesionales; a los que se ocupan de política y de la vida pública; a los que forman la opinión pública. Confiamos y consagramos a Ti a los casados y a los que se están preparando al matrimonio; los llamados a servirte a Ti y a los otros hombres en el celibato; a los enfermos, ancianos, enfermos mentales, minusválidos y a cuantos cuidan de ellos y los atienden. Confiamos y consagramos a Ti a los prisioneros y a cuantos se sienten marginados; a los exiliados, los que añoran su patria y los que se sienten solos.

Confiamos a tus cuidados maternales la tierra de Irlanda, donde has sido y eres tan amada. Ayuda a esta tierra a mantenerse auténtica ante Ti y tu Hijo siempre. Que nunca suceda que la prosperidad sea causa de que los hombres y mujeres irlandeses olviden a Dios o abandonen la fe. En la prosperidad mantenlos fieles a esa fe que no abandonaron en la pobreza y la persecución. Líbralos de la avaricia, de la envidia y de buscar intereses egoístas o de grupo. Ayúdales a trabajar en unión con miras cristianas y metas cristianas comunes, para construir una sociedad justa, pacífica y cordial, donde los pobres no estén abandonados y se respeten los derechos de todos, en especial de los débiles. Reina de Irlanda, María, Madre de la Iglesia del cielo y de la Iglesia de la tierra, Máthair Dé, mantén a Irlanda coherente con su tradición espiritual y su herencia cristiana. Ayúdale a responder a su misión histórica de llevar la luz de Cristo a las naciones y de este modo ser gloria de Irlanda a la vez que glorifica a Dios.

Madre, ¿acaso podernos silenciar lo que más nos duele, lo que muchas veces nos deja tan desamparados? De modo muy especial confiamos a Ti la gran herida que ahora aflige a nuestro pueblo, con la esperanza de que tus manos la curarán y cicatrizarán. Es grande nuestra preocupación por los jóvenes que están implicados en sangrientos actos de venganza y odio. Madre, no abandones a estos corazones jóvenes. Madre, ayúdales en las horas más terribles, cuando no podemos ni ayudarles ni aconsejarles. Madre, líbranos a todos, y en especial a la juventud de Irlanda, de ser dominados por la hostilidad y el odio. Enséñanos a distinguir con claridad lo que nace del amor a nuestro país, de lo que está marcado por la destrucción y la idea de Caín. Enséñanos que los medios malos nunca pueden conducir a un fin bueno; que toda vida humana es sagrada; que el asesinato es siempre asesinato, sean cuales fueren el móvil y el fin. A los otros que contemplan estos acontecimientos horribles, líbralos de otro peligro, el de vivir una vida ajena a los ideales cristianos o en desacuerdo con los principios morales.

Que nuestros oídos oigan siempre con la claridad debida tu voz maternal: "Haced lo que os diga mi Hijo". Haznos capaces de perseverar con Cristo. Haznos capaces, Madre de la Iglesia, de edificar su Cuerpo místico viviendo la única vida que puede garantizarnos su plenitud que es a la vez divina y humana.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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