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VIAJE APOSTÓLICO A IRLANDA

MISA PARA EL PUEBLO DE DIOS

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Limerick
Lunes 1 de octubre de 1979

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

1. En este último día de mi visita a Irlanda, vengo aquí para celebrar con vosotros la Santa Eucaristía. Deseo sellar una vez más, en el amor de Cristo Jesús, el vínculo que une al Sucesor de Pedro en la Sede de Roma con la Iglesia de Irlanda. En vosotros saludo una vez más a todo el pueblo de Irlanda, que ha tomado parte en el misterio de la Iglesia a través de la predicación de San Patricio y de los sacramentos del bautismo y la confirmación. Os invito a celebrar esta última Misa, que ofrezco con vosotros y por vosotros, y a convertirla en un especial himno de acción de gracias a la Santísima Trinidad por los días que he podido pasar entre vosotros.

Vengo en nombre de Cristo a predicaros su propio mensaje. La liturgia de la palabra de hoy habla de un edificio, de la piedra angular que aguanta y da solidez a la casa, de la ciudad construida sobre la colina por seguridad y protección. Estas imágenes contienen una invitación dirigida a todos nosotros, a todos los cristianos, a acercarnos a Cristo, piedra angular, para que sea nuestro soporte y el principio unificador que da sentido y coherencia a nuestras vidas. Es el mismo Cristo quien confiere dignidad a todos los miembros de la Iglesia y quien asigna a cada uno su misión.

2. Hoy me gustaría hablaros de esta especial dignidad y misión confiada al laicado en la Iglesia. San Pedro dice que los cristianos son "sacerdocio real, nación santa" (1 Pe 2, 9). Todos los cristianos, incorporados a Cristo y a su Iglesia mediante el bautismo, están consagrados a Dios. Son llamados a profesar la fe que han recibido. A través del sacramento de la confirmación, son además revestidos por el Espíritu Santo de una fuerza especial para ser testigos de Cristo y partícipes de su misión salvífica. Cada laico cristiano es, por consiguiente, una obra extraordinaria de la gracia de Dios y está llamado a las más altas cimas de la santidad. A veces, los seglares, hombres y mujeres, no parecen apreciar del todo la dignidad y vocación que les es propia como laicos. No, no se puede hablar de un "vulgar seglar", porque todos vosotros habéis sido llamados a la conversión por la muerte y resurrección de Jesucristo. Como pueblo santo de Dios, estáis llamados a desempeñar vuestro papel en la evangelización del mundo.

Sí, los laicos son "raza elegida, sacerdocio santo", llamados también a ser "sal de la tierra" y "luz del mundo". Su específica vocación y misión consiste en manifestar el Evangelio en sus vidas y, por tanto, en introducir el Evangelio, como una levadura, en la realidad del mundo en que viven y trabajan. Las grandes fuerzas que configuran el mundo (política, mass-media, ciencia, tecnología, cultura, educación, industria) constituyen precisamente las áreas en las que los seglares son especialmente competentes para ejercer su misión. Si estas fuerzas están conducidas por personas que son verdaderos discípulos de Cristo, y, al mismo tiempo, plenamente competentes en el conocimiento y la ciencia seculares, entonces el mundo será ciertamente transformado desde dentro mediante el poder redentor de Cristo.

3. Los laicos son llamados hoy a realizar un encargo decididamente cristiano: permear la sociedad con la levadura del Evangelio, porque Irlanda se halla en un momento de su historia que exige una decisión. El pueblo irlandés debe elegir hoy su camino a seguir. ¿Será la transformación de todos los estratos de la humanidad en una nueva creación o tal vez el camino que han emprendido muchas naciones al conferir excesiva importancia al desarrollo económico y a las posesiones materiales, dejando a un lado las cosas del espíritu? ¿La vía de la implantación de una nueva ética de disfrute temporal en lugar de la ley de Dios? ¿La vía de una falsa libertad que no es más que esclavitud y decadencia? ¿Será el camino del sometimiento de la dignidad de la persona humana al dominio totalitario del Estado? ¿El camino de una violenta lucha de clases? ¿El camino de exaltar la revolución por encima de Dios?

Irlanda debe elegir. Vosotros, generación actual del pueblo irlandés, debéis decidir; vuestra elección debe ser clara, y vuestra decisión, firme. Dejad que la voz de vuestros antepasados, que tanto sufrieron por mantener su fe en Cristo y por conservar, así, el alma de Irlanda, resuene hoy en vuestros oídos a través de la voz del Papa cuando repite las palabras de Cristo: "¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si luego malogra su vida?" (Mt 16, 26). ¿Qué le aprovecha a Irlanda seguir el fácil camino del mundo si luego sufre la pérdida de su propio espíritu?

En cierto sentido, parece que vuestra tierra está viviendo de nuevo las tentaciones de Cristo: a Irlanda se le está pidiendo que prefiera los "reinos del mundo y su esplendor" al Reino de Dios (cf. Mt 4, 8). Satán, el tentador, el adversario de Cristo, utilizará todo su poder y todos sus artificios por ganar a Irlanda para el estilo de vida del mundo. ¡Qué victoria conseguiría, qué golpe infligiría al Cuerpo de Cristo en el mundo si pudiera seducir a los hombres y mujeres irlandeses y apartarlos de Cristo! Este es un momento de prueba para blanda. Esta generación es, una vez más, una generación que ha de decidir.

Queridos hijos e hijas de Irlanda, rezad, rezad para no caer en la tentación. En mi primera Encíclica pedía una "grande, intensa y creciente plegaria por toda la Iglesia". Hoy os pido una grande, intensa y creciente plegaria por todo el pueblo de Irlanda, por la Iglesia de Irlanda, por toda la Iglesia, que tanto debe a Irlanda. Rogad para que Irlanda no sucumba en la prueba. Rezad como Jesús nos enseñó a hacerlo: "No nos dejes caer en la tentación, más líbranos riel mal".

Ante todo, tened una inmensa confianza en los méritos de nuestro Señor Jesucristo y en el poder de su muerte y resurrección. Precisamente por la fuerza de su misterio pascual es por lo que cada uno de nosotros y toda Irlanda podemos decir: "Todo lo puedo hacer en aquél que me fortalece" (Flp 4, 13).

4. En el pasado, Irlanda desplegó un notable esfuerzo por hacer que las cosas de Dios y la vida de la gracia penetrase en toda su cultura, su lenguaje y su estilo de vida. En cierto sentido, la vida se organizó en torno a acontecimientos religiosos. La tarea de esta generación de hombres y mujeres irlandeses es la de transformar este mundo más complejo de la industria moderna y la vida urbana mediante el mismo espíritu evangélico. Hoy, debéis conservar para Dios la ciudad y la empresa, al igual que siempre hicisteis en el pasado con la granja y la comunidad rural. En muchos lugares, el progreso material ha llevado a un descenso de la fe y del crecimiento en Cristo, a un descenso del crecimiento en el amor y en la justicia.

Para llevar a cabo esto debéis procurar, como dije en Phoenix Park, mantener en consonancia vuestra fe y vuestra vida diaria. No podéis ser genuinos cristianos los domingos, a menos que tratéis de ser fieles al espíritu de Cristo también en vuestro trabajo, en vuestras relaciones comerciales, en vuestro sindicato o el de vuestros empleados, o en las reuniones profesionales. ¿Cómo podéis ser una auténtica comunidad en Cristo durante la Misa si no tratáis de pensar en el bienestar de toda la comunidad nacional, cuando vuestro sector o grupo particular está tomando decisiones? ¿Cómo podéis disponeros a un encuentro con Cristo juez si no tenéis en cuenta que los pobres son dañados por la conducta de vuestro grupo o por vuestro personal estilo de vida? En nombre de Cristo os digo a todos: "Lo que hagáis con uno de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hacéis" (Mt 25, 40).

Con enorme alegría y gratitud me he enterado del maravilloso espíritu de trabajo y cooperación en el que os habéis unido para las preparaciones espirituales y materiales de mi visita. ¡Cuánto más maravilloso podría todavía ser si pudierais manifestar idéntico espíritu de trabajo y cooperación siempre "por la gloría de Dios y el honor de Irlanda"!

5. Aquí en Limerick me encuentro en un área ampliamente rural, y muchos de vosotros sois gente del campo. Con vosotros me siento en mi casa, al igual que me sentía con la gente rural y los habitantes de las montañas de mi Polonia natal, y os repito aquí lo que les decía a ellos: Amad la tierra; amad el trabajo del campo porque os mantiene cerca de Dios, el Creador, de manera muy especial.

A los que se han ido a las ciudades, bien de aquí o del extrajero, les digo: Manteneos en contacto con vuestras raíces de la tierra de Irlanda, con vuestras familias y vuestra cultura. Manteneos fieles a la fe, las oraciones y valores que aprendisteis aquí; y transmitid a vuestros hijos esta herencia, porque es rica y buena.

A todos os digo, respetad y proteged vuestra familia y vuestra vida familiar, porque la familia constituye el principal terreno de la acción cristiana para los seglares irlandeses, el lugar donde se ejercita principalmente vuestro "sacerdocio real". La familia cristiana ha sido en el pasado el más grande recurso espiritual de Irlanda. Las condiciones modernas y los cambios sociales han creado nuevos modelos y nuevas dificultades para la vida familiar y para el matrimonio cristiano. Deseo deciros: no os desaniméis, no sigáis la tendencia a considerar pasada de moda a una familia perfectamente unida; hoy más que nunca, la familia cristiana es enormemente importante para la Iglesia y para la sociedad.

Verdad es que la estabilidad y la santidad del matrimonio han sido amenazadas por nuevas ideas y por las aspiraciones de algunos. El divorcio, sean cuales fueren las razones por la que es introducido, es inevitablemente cada vez más fácil de conseguir, y gradualmente tiende a ser aceptado como algo normal de la vida. La misma posibilidad del divorcio en la esfera de la legislación civil dificulta la estabilidad y permanencia del matrimonio. Ojalá continúe siempre Irlanda dando testimonio ante el mundo moderno de su tradicional empeño por la santidad e indisolubilidad del vínculo matrimonial. Ojalá los irlandeses mantengan siempre el matrimonio a través de un compromiso personal y de una positiva acción social y legal.

Ante todo, tened en alta estima la maravillosa dignidad y gracia del sacramento del matrimonio. Preparaos encarecidamente a él. Creed en el poder espiritual que aporta este sacramento de Jesucristo en orden a fortalecer la unión matrimonial y a vencer todas las crisis y problemas de la vida en común. Las personas casadas deben creer en el poder de este sacramento para santificarlos; deben creer en su vocación de testigos, mediante su matrimonio, del poder del amor de Cristo. El verdadero amor y la gracia de Dios nunca pueden permitir que el matrimonio se convierta en una relación centrada en sí misma de dos individuos, que viven el uno junto al otro buscando su propia interés.

6. Y aquí, desearía dirigir una palabra especial a todos los padres irlandeses. El matrimonio debe incluir una apertura hacia el don de los hijos. La señal característica de la pareja cristiana es su generosa apertura a aceptar de Dios los hijos como regalo de su amor. Respetad el ciclo de la vida establecido por Dios, porque este respeto forma parte de nuestro respeto a Dios mismo, que creó macho y hembra, que los creó a su propia imagen, que reflejó su propio amor donador de vida en los diseños de su ser sexuado.

Por eso digo a todos que tengáis un absoluto y sagrado respeto a la sacralidad de la vida humana ya desde el primer momento de su concepción. El aborto, como declara el Concilio Vaticano, es un "crimen abominable" (Gaudium et spes, 51). Atacar una vida que todavía no ha visto la luz en cualquier momento de su concepción es minar la totalidad del orden moral, auténtico guardián del bienestar humano. La defensa de la absoluta inviolabilidad de la vida todavía no nacida forma parte de la defensa de los derechos y de la dignidad humanos. Ojalá Irlanda no flaquee en su testimonio, ante Europa y el mundo entero, de la dignidad y sacralidad de toda vida humana, desde la concepción hasta la muerte.

Queridos padres y madres de Irlanda, creed en vuestra vocación, en esa hermosa vocación al matrimonio y a la paternidad que Dios os ha dado. Creed que Dios está con vosotros, porque toda paternidad en los cielos y en la tierra recibe su nombre de El. No penséis que hay algo que podáis hacer en vuestra vida que sea más importante que ser un padre y una madre verdaderamente cristianos. Que las madres, las jóvenes y las muchachas irlandesas no escuchen a quienes les dicen que trabajar en una tarea secular, que tener éxito en una profesión secular es más importante que la vocación de crear vida y de preocuparse de esta vida como madres. El futuro de la Iglesia, el futuro de la humanidad depende en gran parte de los padres y de la vida familiar que construyen en sus hogares. La familia es la verdadera medida de la grandeza de una nación, del mismo modo que la dignidad del hombre es la auténtica medida de la civilización.

Vuestros hogares deben seguir siendo siempre hogares de oración. Al dejar hoy esta isla, tan querida para mi corazón, esta tierra y su gente, motivo de consuelo y fortaleza para el Papa, quisiera manifestar un deseo: que cada hogar de Irlanda continúe siendo, o empiece otra vez a serlo, un hogar de diaria oración en familia. Si me prometieseis hacerlo, sería el mayor regalo que podríais hacerme cuando abandone vuestras acogedoras costas.

Sé que vuestros obispos están confeccionando un programa pastoral dirigido a animar a los padres a una mayor participación en la educación religiosa de sus hijos, bajo el lema "Transmisión de la fe en el hogar". Confío en que os uniréis todos a este programa con entusiasmo y generosidad. Vuestro primer deber y vuestro mayor privilegio como padres es el de transmitir a vuestros hijos la fe que vosotros recibisteis de vuestros padres. El hogar debería ser la primera escuela de religión, así como la primera escuela de oración. La gran influencia espiritual de Irlanda en la historia del mundo se debió en gran parte a la religión de los hogares de Irlanda, porque aquí es donde comienza la evangelización, aquí es donde se nutren las vocaciones. Dirijo, por tanto, un llamamiento a los padres irlandeses para que continúen fomentando vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa en sus hogares, entre sus hijos e hijas. A lo largo de muchas generaciones, el mayor deseo de todo padre irlandés era el de tener un hijo sacerdote o una hija consagrada a Dios. Que continúe siendo éste vuestro deseo y vuestra plegaria. Que aumenten las oportunidades para los muchachos y muchachas de que nunca aminore en ellos la estima por el privilegio de tener un hijo o una hija elegidos por Cristo y llamados por El a dejar todo y a seguirle.

Confío todo esto a María, brillante "Sol de la raza irlandesa". Que sus plegarias ayuden a que todos los hogares irlandeses sean como la santa casa de Nazaret. Que de ellos salgan jóvenes cristianos, como salió Jesús de Nazaret. Que salgan en el poder del Espíritu para continuar la obra de Cristo y seguir sus pasos hacia el fin del milenio, al interior del siglo veintiuno. María os mantendrá cerca de El, que es «"Dios fuerte, Padre sempiterno" (Is 9, 6).

¡Dia agus Muire libh!

!Que Dios y María estén siempre con vosotros y con las familias de Irlanda!

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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