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VIAJE APOSTÓLICO A LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

MISA EN EL «GRANT PARK» DE CHICAGO

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Viernes 5 de octubre de 1979

 

Hermanos y hermanas en Jesucristo:

1. Las lecturas de la celebración de hoy nos sitúan de inmediato ante el profundo misterio de nuestra vocación cristiana.

Antes de subir a los cielos. Jesús reunió en torno a sus discípulos y les explicó una vez más el significado de su misión salvífica: "Así estaba escrito (dijo): que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos, y que predicase en su nombre la penitencia y la remisión de los pecados a todas las naciones" (Lc 24, 46-47). Al momento de despedirse de sus Apóstoles, les ordenó, y a través de ellos a toda la Iglesia, a cada uno de nosotros: ir por el mundo y predicar el mensaje de redención a todas las naciones. San Pablo lo expresa enérgicamente en su segunda Carta a los Corintios: "El puso en nuestras manos la palabra de reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros" (2 Cor 5, 19-20).

Una vez más, el Señor nos sitúa plenamente en el misterio de la humanidad, una humanidad que está necesitada de salvación. Y Dios ha querido que la salvación de la humanidad tuviese lugar en la humanidad de Cristo, que por nosotros murió y resucitó (cf. 2 Cor 5, 15), y que nos confió también su misión redentora. Sí, somos "embajadores de Cristo" de verdad, y operarios de la evangelización.

En la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, escrita a instancias de la III Asamblea General del Sínodo de los Obispos, mi predecesor en la Sede de San Pedro, Pablo VI, invitaba a todo el Pueblo de Dios a meditar en su deber básico de evangelización. Invitaba a cada uno de nosotros a examinar el modo en que podíamos ser testigos del mensaje de redención, de qué manera podíamos comunicar a los demás la Buena Nueva que habíamos recibido de Jesús a través de su Iglesia.

2. Existen ciertas condiciones necesarias para compartir la misión evangelizadora de la Iglesia. Esta tarde quisiera subrayar en particular una de estas condiciones. Me refiero a la unidad de la Iglesia, a nuestra unidad en Jesucristo. Permitidme repetir lo que Pablo VI dijo refiriéndose a esta unidad: "El testamento espiritual del Señor nos dice que la unidad entre sus seguidores no es solamente la prueba de que somos suyos sino también la prueba de que El es el Enviado del Padre, prueba de credibilidad de los cristianos y del mismo Cristo... Sí, la suerte de la evangelización está ciertamente vinculada al testimonio de unidad dado por la Iglesia" (Evangelii nuntiandi, 77).

Al mirar a los miles de personas reunidas hoy en torno a mí, estoy dispuesto a elegir este aspecto particular de la evangelización. Cuando levanto mis ojos, veo en vosotros al Pueblo de Dios, unido para cantar las alabanzas del Señor y para celebrar su Eucaristía. Veo también a todo el pueblo de América, una nación formada por mucha gente: E pluribus unum.

3. En los dos primeros siglos de vuestra historia como nación, habéis recorrido un largo camino, buscando siempre un mejor futuro, un empleo estable, una heredad. Habéis viajado "de un mar a otro mar resplandeciente" en busca de vuestra identidad, descubriéndoos mutuamente a lo largo del camino y hallando vuestro propio espacio en este inmenso territorio.

Vuestros antecesores, provenientes de países diferentes, llegaron aquí cruzando océanos y se encontraron con gente de diferentes comunidades que ya se habían establecido aquí. El proceso se ha repetido en cada generación: llegan nuevos grupos, cada uno con una historia diferente, con intención de establecerse aquí y de formar parte de algo nuevo. El mismo proceso se lleva a cabo cuando algunas familias se mueven de sur a norte, de este a oeste. Cada vez que vienen con su propio pasado a una nueva población o ciudad a formar parte de una nueva comunidad. El modelo se repite continuamente: E pluribus unum (muchos forman una nueva unidad).

4. Sí, cada vez que esto sucedía se iba creando algo nuevo. Vosotros trajisteis con vosotros una cultura diferente y contribuisteis con vuestra propia riqueza distintiva a la marcha del conjunto: teníais conocimientos diferentes y los pusisteis en acción, completándoos mutuamente, para crear industrias, agricultura y negocios; cada grupo trajo consigo diferentes valores humanos y los compartió con los demás para enriquecimiento de vuestra nación. E pluribus unum: os convertisteis en una nueva entidad, en un nuevo pueblo, cuya auténtica naturaleza no puede explicarse adecuadamente como una mera superposición de varias comunidades.

Por eso, al miraros, veo a gente que ha unido sus destinos y que escribe ahora una historia común. A pesar de ser diferentes, habéis llegado a aceptaros mutuamente, a veces de forma imperfecta e incluso hasta el punto de someteros unos a otros a diferentes formas de discriminación; a veces sólo después de un largo período de incomprensión y rechazo; pero incluso también aumentando en comprensión y aprecio de las diferencias mutuas. A la vez que expresáis vuestra gratitud por las numerosas bendiciones que habéis recibido, debéis tomar conciencia del deber que tenéis con los menos favorecidos de vuestro propio medio y del resto del mundo (un deber de compartir, de amar y de servir). Y como pueblo, reconocer a Dios como fuente de vuestras numerosas bendiciones y estar abiertos a su amor y a su ley.

Esta es América en su ideal y su resolución: "una nación, sometida a Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos". Este es el modo en que fue concebida América; esto es lo que fue llamada a ser. Y por todo esto, damos gracias al Señor.

5. Pero hay otra realidad que descubro al miraros. Es incluso más profunda y más exigente que la historia y la unión comunes que edificasteis a partir de la riqueza de vuestras diferentes herencias culturales y étnicas (esas herencias que ahora, con todo derecho deseáis conocer y conservar). La historia no se agota en el progreso material, en las conquistas tecnológicas, o en los logros culturales solamente. Al reuniros en torno al altar del Sacrificio para partir el pan de la santa Eucaristía con el Sucesor de Pedro, testimoniáis esa realidad más profunda: vuestra unidad como miembros del Pueblo de Dios.

"Nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo" (Rom 12, 5). La Iglesia está compuesta de muchos miembros y enriquecida por la diversidad de quienes edifican la única comunidad de fe y bautismo, el único Cuerpo de Cristo. Lo que nos une y unifica es nuestra fe (la única fe apostólica). Todos nosotros somos uno, porque hemos aceptado a Jesucristo como Hijo de Dios, redentor del género humano, único mediador entre Dios y el hombre. Mediante el sacramento del bautismo hemos sido incorporados a Cristo crucificado y glorificado, y a través de la acción del Espíritu Santo nos hemos convertido en miembros vivos de su único Cuerpo. Cristo nos entregó el admirable sacramento de la Eucaristía, mediante el cual es expresada y continuamente realizada y perfeccionada la unidad de la Iglesia.

6. "Sólo un Señor, una fe, un bautismo" (Ef 4, 5); así es como estamos unidos, como Pueblo de Dios, como Cuerpo de Cristo, en una unidad que trasciende la diversidad de nuestro origen, cultura, educación y personalidad, en una unidad que no excluye una rica diversidad de ministerios y servicios. Proclamamos con San Pablo: "Pues a la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros" (Rom 12, 4-5).

Si, pues, la Iglesia, único Cuerpo de Cristo, debe ser un signo claramente discernible del mensaje del Evangelio, todos sus miembros deben manifestar, según palabras de Pablo VI, esa "armonía y consistencia de doctrina, vida y culto que marcaron los primeros días de su existencia" (Exhortación Apostólica sobre la Reconciliación en la Iglesia, 2), cuando los cristianos "eran asiduos a las enseñanzas de los Apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones" (Act 2, 42).

Nuestra unidad en la fe debe ser completa, para no fallar en dar testimonio del Evangelio, para no cesar de evangelizar. Por tanto, ninguna comunidad eclesial local puede separarse del tesoro de fe tal como está proclamado por la enseñanza oficial de la Iglesia, porque el depósito de fe ha sido especialmente confiado por Cristo a esa enseñanza oficial de la Iglesia. a ese Magisterio. Confirmo, con Pablo VI, la gran verdad: "El contenido de la fe, traducido en todos los lenguajes, no debe ser encentado ni mutilado; revestido de símbolos propios en cada pueblo... debe seguir siendo el contenido de la fe católica tal cual el Magisterio eclesial lo ha recibido y lo transmite" (Evangelii nuntiandi, 65).

7. Finalmente, y sobre todo, la misión evangelizadora, que es mía y vuestra, debe ser llevada a cabo mediante un constante y abnegado testimonio de la unidad del amor. El amor es la fuerza que abre los.. corazones a la Palabra de Jesús y a su redención: el amor es la sola base de las relaciones humanas que respetan en todos la dignidad de los hijos de Dios creados a su imagen y salvados por la muerte y resurrección de Jesús; el amor es la sola fuerza motriz que nos impulsa a compartir con nuestros hermanos y hermanas todo lo que somos y tenemos.

El amor es el poder que promueve el diálogo, en el que nos escuchamos mutuamente y aprendemos los unos de los otros. El amor promueve, sobre todo, el diálogo de la oración, en el que escuchamos la Palabra de Dios, que está viva en la Sagrada Escritura y viva en la vida de la Iglesia. Que el amor construya puentes entre nuestras diferencias y entre nuestras posiciones, a veces enfrentadas. Que el amor mutuo y el amor a la verdad sea la respuesta a esas polarizaciones que se crean cuando surgen grupos formados por diferentes formas de pensar en lo que se refiere a la fe o a las prioridades de la acción. Nadie, en la comunidad eclesial, debería sentirse nunca apartado o no aceptado con amor, incluso cuando surgen tensiones en el curso de los esfuerzos comunes porque el Evangelio fructifique en la sociedad que nos rodea. Nuestra unidad como cristianos, como católicos, debe ser siempre una unidad de amor en Jesucristo nuestro Señor.

Dentro de unos momentos celebraremos nuestra unidad, al renovar el Sacrificio de Cristo. Cada uno traerá un don diferente, que deberá ser presentado con la ofrenda de Jesús: entrega para mejorar la sociedad; esfuerzos para consolar a los que sufren; deseo de dar testimonio de justicia; resolución a trabajar por la paz y la hermandad; alegría por la unidad de la familia; o sufrimiento en el cuerpo o en el alma. Diferentes dones, sí, pero todos unidos en el único gran don del amor de Cristo a su Padre y a nosotros (todo unido en la unidad de Cristo y su Sacrificio).

Y con fuerza y poder, en la alegría y la paz de esta sagrada unidad, nos comprometemos nuevamente (como un solo pueblo) a cumplir el mandato de nuestro Señor Jesucristo: Id y predicad mi Evangelio a todas las gentes. Dad testimonio de mi nombre con la palabra y el ejemplo. Y mirad, yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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