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MISA DE INAUGURACIÓN DEL CURSO ACADÉMICO DE LAS UNIVERSIDADES
Y CENTROS DE ESTUDIOS ECLESIÁSTICOS DE ROMA

HOMILÍA DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II

Basílica de San Pedro
Lunes 15 de octubre de 1979

 

1. Es para mi motivo de alegría sincera encontrarme aquí hoy presidiendo esta solemne liturgia eucarística que ve reunidos en torno al altar ele Cristo, junto con el señor cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación para la Educación Católica y con los rectores de las Pontificias Universidades y Ateneos romanos, a los profesores, alumnos y al personal auxiliar de estos centros de estudio.

Estamos aquí reunidos, hijos queridísimos, por una circunstancia especialmente significativa: quererlos inaugurar oficialmente con esta concelebración el año académico 1979-1980. Queremos inaugurarlo bajo la mirada de Dios. Sentimos que es justo hacerlo así. En efecto, ¿qué es un nuevo año de estudio sino la reanudación de una ascensión ideal que. por senderos frecuentemente empinados y escarpados, lleva al investigador cada vez más alto, a lo largo de las pendientes de esa misteriosa y fascinante montaña, que es la verdad? La fatiga del camino queda ampliamente recompensada por la belleza de los panoramas cada vez más sugestivos, que se abren ante el asombro de la mirada.

Pero la subida no carece de riesgos: hay pasos difíciles y apoyos insidiosos, hay el peligro de neblinas inesperadas. la posibilidad de perspectivas ilusorias y de obstáculos imprevistos. La metáfora es transparente: la conquista de la verdad es empresa ardua, no carente de incógnitas y riesgos. La persona responsable que se aventura no puede menos de sentir la necesidad de invocar en su fatiga la benevolencia de Dios, la ayuda de su luz, la intervención fortificante de su gracia.

Si esto vale para toda clase de investigación científica, mucho más aparece verdadero para la teológica, que se basa en el misterio infinito de  Dios, que se nos ha comunicado personalmente mediante la palabra y la obra de la redención: y aparece verdadero,  además. para las otras ramas de los estudios eclesiásticos que, si se orientan hacia los diversos campos de la investigación bíblica, de la ciencia filosófica, de la historia, etc., retornan de nuevo a este factor que las unifica a todas, y hace de vosotros "los especialistas" de Dios y de su misterio de salvación, manifestado al hombre. Por esto, el estudiante de las facultades eclesiásticas no se enfrenta con una verdad impersonal y fría. sino con el Yo mismo de Dios, que en la Revelación se ha hecho "Tú" para el hombre y ha abierto un diálogo con él, en el que le manifiesta algún aspecto de la riqueza insondable de su ser.

2. ¿Cuál será, pues. la actitud justa del hombre, llamado a una confidencia inimaginable por el amor preveniente de Dios? No es difícil responder. No puede  ser más que una actitud de profunda gratitud, unida a la humildad sincera. Es tan débil nuestra inteligencia, tan limitada la experiencia, tan breve la vida, que cuanto logra decir de Dios tiene más la apariencia de un balbuceo infantil que la dignidad de un discurso exhaustivo y concluyente. Son conocidas las palabras con las que Agustín confesaba su temor al disponerse a hablar de los misterios divinos: suscepi enim tractanda divina homo. espiritalia carnalis, aeterna mortalis; "me he impuesto yo, que soy hombre, la tarea de tratar cosas divinas: yo, que soy carnal, de tratar cosas espirituales, y yo, que soy mortal, de tratar cosas que son eternas" (In Io. Ev. Tr. 18. núm. 1).

Este es el convencimiento básico con que el teólogo debe acercarse a su trabajo: debe recordar continuamente que, por mucho que pueda decir sobre. Dios, se tratará siempre de palabras de un hombre, y por lo tanto, de un pequeño ser finito, que se ha aventurado a la exploración del misterio insondable del Dios infinito.

Por lo tanto, nada tiene de sorprendente si los resultados a que han llegado los máximos genios del cristianismo, les hayan parecido como totalmente inadecuados respecto al Término trascendente de sus investigaciones. Confesaba Agustín: Deus ineffabilis est; facilius dicimus quid  non sit, quam quid sit (Enarr. In Ps. 85. núm. 12); y explicaba: "Cuando desde este abismo nos elevamos a respirar esas alturas, no es poca ventaja poder saber lo que Dios no es, antes de saber lo que El es" (De Trin. 8, 2, 3). Y cómo no recordar a este propósito, la respuesta de Santo Tomás a su fiel secretario, fray Reginaldo de Piperno, que le exhortaba a proseguir la composición de la Summa, interrumpirla después de una experiencia mística transformante. Refieren los biógrafos que, a las insistencias del amigo, sólo opuso un lacónico: "Hermano, no puedo más; todo lo que he escrito me parece paja". Y la Summa quedó incompleta.

Y la humildad, de que nos dan ejemplo tan espléndido los más grandes maestros de teología, va junta con una profunda gratitud. ¿Cómo no ser agradecidos cuando Dios infinito se ha abajado a hablar con el hombre en su misma lengua humana? Efectivamente, El, que "muchas veces y en muchas maneras habló en otro tiempo a nuestros padres, por ministerio de los profetas, últimamente en estos días, nos habló por su Hijo" (Heb 1, 1-2). ¿Cómo no ser agradecidos cuando, de este modo, la lengua humana y el pensamiento humano han sido visitados por la Palabra de Dios y por la Verdad divina y han sido llamados a participar de ella, y a dar testimonio de ella, a anunciarla e incluso a explicarla y a profundizar en ella de modo correspondiente a las posibilidades y exigencias del conocimiento humano? Esto es precisamente la teología. Esta es precisamente la vocación del teólogo. En nombre de esta vocación nos reunimos hoy aquí para comenzar el nuevo año académico, que se desarrollará en todas esas canteras del trabajo científico y didáctico, que son los Ateneos de Roma.

3. La humildad es la contraseña de todo científico que tiene una relación honesta. con la verdad cognoscitiva. Ella ante todo abrirá el camino para que arraigue en su espíritu la disposición fundamental, necesaria para toda investigación teológica merecedora de este nombre. Esta disposición fundamental es la fe.

Reflexionemos: la Revelación consiste en la iniciativa de Dios, que ha salido personalmente al encuentro del hombre para entablar con él un diálogo de salvación. Es Dios quien comienza la conversación y es Dios quien la prosigue. El hombre escucha y responde. Pero la respuesta que Dios espera del hombre no se reduce a una fría valoración intelectualista de un contenido abstracto de ideas. Dios se encuentra con el hombre y le habla porque lo ama y quiere salvarlo. Por esto, la respuesta del hombre debe ser ante todo aceptación agradecida de la iniciativa divina y abandono confiado en la fuerza preveniente de su amor

Entrar en diálogo con Dios significa dejarse encantar y conquistar por la figura luminosa (doxa) de Jesús revelador y por el amor (agape) del que lo ha enviado. Y en esto precisamente consiste la fe. Con ella el hombre, iluminado interiormente y atraído por Dios, trasciende los límites del conocimiento puramente natural y tiene una experiencia de El, que de otro modo le estaría vedada. Ha dicho Jesús: "Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no le trae" (Jn 6, 44). "Nadie", por esto, tampoco el teólogo.

El hombre, observa Santo Tomás, mientras está in statu viae, puede alcanzar alguna inteligencia de los misterios sobrenaturales, gracias al uso de su razón, pero sólo en cuanto la razón se apoya sobre el fundamento firme de la fe, que es participación del conocimiento mismo de Dios y de los bienaventurados comprensores: "Fides est in nobis ut perveniamus ad intelligendum quae  credimus" (In Boeth. de Trin. q. 2. a. 2, ad 7). Es el pensamiento de toda la tradición teológica, y en particular la actitud del gran Agustín: "creyendo llegas a ser capaz de entender; si no crees, nunca conseguirás entender... Por lo tanto, que te purifique la fe, para que te sea concedido llegar al conocimiento pleno" (Im lo. Evan. Tr. 36, núm. 7). En otro lugar observa a este propósito: "Habet namque fides oculos suos, quibus quodammodo videt verum esse quod nondum videt" (Ep. 120 ad Consentium, núm. 2. 9), y por esto resulta que "intelectui fides aditum aperit, infidelitas claudit" (Ep. 137 ad Volusianum, núm. 4, 15).

La conclusión a que llega el obispo de Hipona se convertirá en clásica: "La inteligencia es el fruto de la fe. Por  lo tanto no trates de entender para creer, sino cree para entender" (In Io. Evan. Tr. 29, núm. 6). Es una advertencia sobre la que debe reflexionar el que "hace teología": efectivamente, también hoy existe el peligro de pertenecer a la falange de los garruli ratiocinatores (De Trin. 2, 4), a quienes Agustín invitaba a cogitationes suas carnales non dogmatizare (Ep. 187 ad Dardanum, núm. 8; 29). Sólo la "obediencia a la fe" (cf. Rom 16, 26), con la que el hombre se abandona totalmente a Dios con plena libertad, puede hacer entrar en la comprensión profunda y sabrosa de las verdades divinas.

4. Hay una segunda ventaja que al teólogo le viene de la humildad: ésta constituye el humus en el que arraiga y germina la flor de la oración. En efecto, ¿cómo podría orar con acentos sinceros un espíritu soberbio? Y la oración es indispensable para crecer en la fe ha recordado el Concilio Vaticano II, cuando en la Constitución Dei Verbum, ha puesto de relieve que para prestar el asentimiento de la fe a la Revelación divina «es necesaria la gracia de Dios que se adelanta y nos ayuda», es necesario el auxilio del Espíritu Santo «que mueve el corazón y lo dirige a Díos, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad» (núm. 5).

Un componente esencial de la tarea teológica debe reconocerse en la dedicación a la oración: sólo una oración humilde y asidua puede impetrar la efusión de esas luces interiores que guían la mente al descubrimiento de la verdad. Deus semper idem, noverirn me noverim te, pedía Agustín en los Soliloqui (2. 1, 1), y en sus exposiciones catequéticas no se cansaba de invitar a sus oyentes a orar para obtener luz, y pedía luz él mismo en los momentos de oscuridad: "Dios Padre nuestro, que nos exhortas a pedirte y nos das lo que te pedirnos (..), escúchame a mí que me estremezco de frío en estas tinieblas y ofréceme la diestra. Hazme ver tu luz, retírame de los errores y haz que bajo tu guía vuelva a entrar en mí y en ti. Amén" (Solil. 2. 6, 9; cf. 1, 1. 2-6).

¿Y cómo no mencionar aquí la famosa oración que San Anselmo puso al comienzo de su Proslogio? Es una oración tan sencilla y bella, que puede ser un modelo de invocación para el que se dispone a "estudiar a Dios": "Dios, enséñame a buscarte y muéstrate a mí que te busco, ya que no puedo ni buscarte ni encontrarte si tú mismo no te muestras" (Prosl. 1).

Un auténtico trabajo teológico —digámoslo con franqueza— no puede ni comenzar ni concluir si no es de rodillas, al menos en el secreto de la celda interior donde siempre es posible "adorar al Padre en espíritu y verdad" (cf. Jn 4, 23).

5. Finalmente, la humildad sugiere al teólogo la justa actitud en relación con la Iglesia. El sabe que a ella le ha sido confiada la "Palabra", para que la anuncie al mundo, aplicándola a cada época y haciéndola así verdaderamente actual. Lo sabe y se alegra de ello.

Por esto, no duda en repetir con Orígenes: "Por mi parte, mi aspiración es ser realmente eclesiástico" (In Lucam, hom. 16), esto es, estar en plena comunión de pensamiento, sentimiento y vida con la Iglesia, en la que Cristo se hace contemporáneo a cada una de las generaciones humanas. De verdad homo ecclesiasticus, por eso ama el pasado de la Iglesia, medita su historia, venera y explora la Tradición. Pero no se deja encerrar en un culto nostálgico de sus particulares y contingentes expresiones históricas, sabiendo bien que la Iglesia es un misterio vivo y en camino, bajo la guía del Espíritu. Igualmente rechaza propuestas de rupturas radicales con lo que ha existido, por el mito deslumbrante de un comienzo nuevo: él cree que Cristo está siempre presente en su Iglesia, hoy como ayer, para continuar su vida,  no para empezarla de nuevo.

Además, el sensus Ecclesiae que hay en él vivo y vigilante por la humildad, lo mantiene en constante actitud de escucha ante la palabra del Magisterio. que él acepta de buen grado como garante, por voluntad de Cristo, de la verdad salvífica. Y permanece en esta escucha también ante las voces que le llegan de todo el Pueblo de Dios, dispuesto siempre a recoger en la palabra docta del estudioso, como también en la sencilla, pero quizá no menos profunda, del común de los fieles, un eco iluminador del Verbo eterno que "se hizo carne y habitó entre nosotros" (]n 1, 14).

6. He aquí, hermanos e hijos queridísimos, algunos puntos de reflexión para este comienzo del año escolar y académico. Os veo reunidos aquí en torno a las reliquias de San Pedro, a quien Cristo dijo: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia" (Mt 16, 18). Como Obispo vuestro, Obispo de Roma y a la vez Sucesor de Pedro, deseo dirigir a todos vosotros una llamada ardiente para que participéis en esta construcción de la Iglesia, que toma origen del mismo Cristo. Dirijo esta llamada tanto a los profesores y maestros, como a los estudiantes de cada uno de los Ateneos romanos. El trabajo que emprendéis juntos constituye como un gran laboratorio de la misión de la Iglesia en nuestra época debe dar frutos no sólo hoy, sino también en el futuro. Depende mucho de los resultados que aquí conseguís. Estos deben convertirse en la levadura de la fe y de la vida cristiana de muchos hombres en los diversos lugares de la tierra. Efectivamente, habéis venido aquí a esta Cátedra, sabiendo bien que su deber especial es unir en la verdad y en el amor sobre la tierra a los hijos de Dios de los diversos lugares, naciones, países y continentes.

Encomiendo vuestro encuentro con la Verdad y el Amor divino a la Patrona del día de hoy, a esa "gran" Teresa de Jesús que mereció, la primera entre las mujeres, el título de Doctor de la Iglesia. Sobre todo invoco para vosotros la continua protección de Aquella a quien la Iglesia honra como Sedes Sapientiae. Su materna solicitud acompañe vuestros pasos y, guiándoos para descubrir nuevos aspectos del misterio apasionante de Cristo, os ayude a crecer en el amor a El. Si cognovimus, amemos, porque —no debemos olvidarlo— cognitio sibe caritate non salvos facit, "un conocimiento sin amor no nos salva" (San Agustín, In 1 Ep. Io. Tr. 2, núm. 8):

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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