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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SAN RAFAEL ARCÁNGEL

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 11 de noviembre de 1979

 

Hermanas y hermanos queridísimos:

1. Os saludo a todos. Permitidme manifestar, antes de nada, la gran alegría que experimento al encontrarme hoy entre vosotros, en vuestra parroquia de San Rafael Arcángel en el Trullo, que termina sus festejos por los 25 años de existencia. Veinticinco años son un período considerable, en el arco de tiempo que abarca normalmente una existencia humana. Por tanto, es justo que se subraye un acontecimiento como éste y nos detengamos a contemplar el camino recorrido, a evaluar las dificultades superadas, a buscar aliento en la consideración de los resultados obtenidos.

Estoy contento de encontrarme con vosotros en esta circunstancia tan significativa para vuestra comunidad y para toda la Iglesia que vive, cree y trabaja en esta ciudad de Roma, en la que Cristo me ha puesto como vuestro Obispo y Pastor. Juntamente con vosotros evoco los comienzos de vuestra comunidad: de la comunidad civil, cuyo arranque se sitúa hacia el fin de los años treinta, cuando se instalaron aquí numerosos italianos repatriados del extranjero, y cuyo desarrollo fue determinado sucesivamente por la confluencia en esta zona de los habitantes de algunos barrios periféricos de la ciudad, como también de no pocos emigrantes de otras regiones de Italia. Y evoco los comienzos de la comunidad cristiana, como tal, reunida primero en torno a centros de servicio religioso provisionales, y erigida luego oficialmente en parroquia el año 1953, bajo la guía pastoral de los padres capuchinos.

Cuántos recuerdos afloran a la memoria de los que entre vosotros residen aquí desde hace años, o que, incluso han nacido y crecido aquí. Hay recuerdos alegres y tristes; recuerdos que, de cualquier modo, nos vuelven a llevar a los hechos salientes que han signado vuestra vida como individuos, como familias, corno comunidad. Son recuerdos en los que está escrita y custodiada la historia de vuestra barriada, que en estos años ha crecido y va adquiriendo poco a poco una fisonomía propia, de la que vosotros estáis cada vez más encariñados, como de una realidad que, de algún modo, forma parte de vosotros y de vuestra vida.

2. Hijos queridísimos, el Papa está aquí hoy con vosotros para deciros que también él está encariñado con vuestra barriada: ella tiene un lugar en su corazón. Por lo tanto, saludo a todos los presentes, comenzando por el señor cardenal Vicario y por el obispo auxiliar del sector, Mons. Remigio Ragonesi; saludo al párroco, padre Celso Serri, que también ha celebrado su 25 aniversario de ministerio pastoral entre vosotros; y con él saludo a sus hermanos que le ayudan, entregando generosamente sus energías para asegurar el servicio religioso a la comunidad. Y entre ellos, ¿cómo no recordar especialmente al p. Benedetto Camellini, presente entre vosotros desde los primeros meses de la parroquia? Saludo después a las religiosas que trabajan en el ámbito de la parroquia: las Hermanas del Instituto de los Sagrados Corazones y las Hermanas Maestras Pías de la Dolorosa, que se gastan por la juventud en el campo educativo-escolar; las Hermanas de la Caridad de Nuestra Señora de la Misericordia, providencialmente presentes en el campo caritativo asistencial; las Franciscanas Auxiliares Laicas Misioneras de la Inmaculada, que colaboran con los sacerdotes en el campo de la animación. misionera.

Dirijo luego un saludo cordial a cuantos dan testimonio activamente de su le en las filas de Acción Católica, en el grupo voluntario de Damas de San Vicente, en la comunidad de San Egidio, en la. comunidad terapéutica San Andrés; mostrando con su ejemplo cómo el compromiso por el anuncio del Evangelio no va separado de la solicitud activa por la promoción humana de los habitantes del barrio. En este sentido merecen una mención y un saludo también cuantos colaboran en la organización de las actividades recreativo-culturales, que se desarrollan en el oratorio, brindando a tantos muchachos y jóvenes la posibilidad de un esparcimiento sano y formativo, y dando al mismo tiempo una prueba concreta de la presencia incisiva de la parroquia en la vida socio-cultural del barrio. Deseo saludar y alentar también al grupo de catequistas laicos, que con generosa dedicación desarrollan una obra preciosa junto a los sacerdotes, a las religiosas, ayudando a los muchachos que están dando los primeros, significativos pasos en su itinerario de fe.

Finalmente, mi saludo se extiende a todos los esposos cristianos, comprometidos a vivir y testimoniar frente al mundo las riquezas inherentes al sacramento del matrimonio; a los jóvenes que se lanzan con ánimo atrevido y con esperanza íntegra hacia el mañana; a los niños, en cuyos ojos inocentes se reflejan los mejores deseos escondidos en el espíritu de cada adulto; a los enfermos que con sus sufrimientos dan una aportación insustituible al dinamismo interior y al crecimiento espiritual de toda la comunidad; en una palabra, a todos los que forman parte de esta parroquia y especialmente a cuantos en ella se sienten y son más pobres, más solos, más marginados.

Hoy nosotros todos juntos reunidos en torno al altar, damos gracias al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo por estos 25 años de existencia de la parroquia. Damos gracias por esta pequeña parte de la Iglesia, por esta porción del Pueblo de Dios, que lleva el nombre de "Parroquia de San Rafael en el Trullo". Es un fragmento de la historia de la salvación, delimitado en el tiempo y en el espacio, pero a la vez inconmensurable por lo que se refiere a la presencia del Dios vivo, de la obra salvífica de Cristo, de la efusión del Espíritu Santo en los corazones y en las conciencias humanas.

Por todo esto nosotros queremos dar gracias hoy, juntos. Mi visita quiere ser una visita de acción de gracias. Recogiendo la invitación a "levantar nuestros corazones", decimos hoy con especial convicción las palabras del prefacio:

¡En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias!".

3. Quizá sobre el fondo de este 25 aniversario, adquiere mayor realce en nuestra conciencia la verdad que San Pablo ha expresado en el maravilloso pasaje de la Carta a los Hebreos, que hemos escuchado en la liturgia dominical de hoy. He aquí que Cristo, Sacerdote de la nueva y eterna Alianza, entra en el santuario eterno "para comparecer ahora en la presencia de Dios a favor nuestro" (Heb 9, 24). Entra para ofrecer continuamente por toda la humanidad el Sacrificio único, que ha ofrecido una sola vez "para destruir el pecado por el sacrificio de sí mismo" (Heb 9, 26).

Todos nosotros participamos en este único Santo Sacrificio. Todos nosotros tenemos parte en el único y eterno sacerdocio de Cristo, Hijo de Dios. Precisamente este templo, que fue construido en esta zona de Roma, poco tiempo después de la erección de la parroquia, es el lugar de esta participación. Efectivamente, la parroquia surge y existe, a fin de que todos nosotros tengamos parte en la misión sacerdotal, profética y real (pastoral) de Cristo, como nos enseña el Concilio Vaticano II; para que, ofreciendo junto con El y por El nuestros dones espirituales, podamos entrar con El y por El en el santuario eterno de la Majestad Divina, el santuario que El ha preparado para nosotros como "casa del Padre" (Jn 14, 21).

4. Para llegar a la casa del Padre debemos dejarnos guiar por la verdad, que Jesús ha expresado en su vida y en su doctrina. Es verdad rica y universal. Desvela ante los ojos de nuestra alma los amplios horizontes de las grandes obras de Dios. Y, al mismo tiempo, desciende tan profundamente a los misterios del corazón humano, como sólo la Palabra de Dios puede hacerlo. Uno de los elementos de esta verdad es el que parece recordarnos la liturgia de hoy con un acento especial:

"Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos" (Mt 5, 3).

Se puede decir que la liturgia de este domingo ilustra de manera especialmente sugestiva esta primera bienaventuranza del sermón de la montaña, permitiéndonos penetrar a fondo en la verdad que contiene. Efectivamente, nos habla en la primera lectura de la viuda pobre de los tiempos de Elías, que habitaba en Sarepta de Sidón. Poco después nos habla de otra viuda pobre de los tiempos de Cristo, que ha entrado en el atrio del templo de Jerusalén. Una y otra han dado todo lo que podían. La primera dio a Elías el último puñado de harina para hacer una pequeña torta. La otra echó en el tesoro del templo dos leptos, y estos dos leptos constituían todo "lo que tenía" (Mc 12, 44). La primera no queda defraudada porque, conforme a la predicción de Elías, "no faltó la harina de la tinaja, hasta que el Señor hizo caer la lluvia sobre la tierra" (cf. 1 Re 17, 14). La segunda pudo escuchar las alabanzas más grandes de labios de Cristo mismo.

Mediante estas dos figuras se desvela el verdadero significado de esa pobreza de espíritu, que constituye el contenido de la primera bienaventuranza en el sermón de la montaña. Esto puede sonar a paradoja, pero esta pobreza esconde en sí una riqueza especial. Efectivamente, rico no es el que tiene, sino el que da. Y da no tanto lo que posee, cuanto a sí mismo. Entonces, él puede dar aun cuando no posea. Aun cuando no posea, es por lo tanto rico.

El hombre, en cambio, es pobre, no porque no posea, sino porque está apegado —y especialmente cuando está apegado espasmódica y totalmente— a lo que posee. Esto es, está apegado de tal manera que no se halla en disposición de dar nada de sí. Cuando no está en disposición de abrirse a los demás y darse a sí mismo. En el corazón del rico todos los bienes de este mundo están muertos. En el corazón del pobre, en el sentido en que hablo, aun los bienes más pequeños reviven y se hacen grandes.

Ciertamente en el mundo mucho ha cambiado desde que Cristo pronunció la bienaventuranza de los pobres de espíritu en el sermón de la montaña. Los tiempos en que vivimos son bien diversos de los de Cristo. Vivimos en otra época de la historia, de la civilización, de la técnica, de la economía. Sin embargo, las Palabras de Cristo nada han perdido de su exactitud, de su profundidad, de su verdad. Más aún, han adquirido un nuevo alcance.

Hoy no sólo es necesario juzgar con la verdad de estas Palabras de Cristo el comportamiento de una viuda pobre y de sus contemporáneos, sino que es necesario juzgar con esta verdad todos los sistemas y regímenes económico-sociales, las conquistas técnicas, la civilización del consumo y al mismo tiempo toda la geografía de la miseria y del hambre, inscrita en la estructura de nuestro mundo.

Y así, como en los tiempos del sermón de la montaña, también hoy cada uno de nosotros debe juzgar con la verdad de las Palabras de Cristo sus obras y su corazón.

¡Qué institución tan estupenda es esta parroquia, que nos permite sentir constantemente las Palabras de Cristo y juzgar nuestros corazones con su verdad!

5. Deseo que hoy se estrechen las manos todos los cónyuges que, en virtud del sacramento, han constituido en esta parroquia otras tantas comunidades familiares. Renueven hoy en sus corazones las sagradas promesas que, ante Dios y la Iglesia, hicieron de ellos un día esposos —marido y mujer—, y después procreadores —padre y madre—. Recen por la gracia de la perseverancia en la fidelidad matrimonial y en la de padres. Recen por obtener el amor necesario para el cumplimiento de la vocación que han recibido de Dios.

Los niños encuentren en esta parroquia una casa familiar más amplia; se empapen de la verdad de la Palabra de Dios en la catequesis; se alimenten con el Cuerpo del Salvador.

Los jóvenes busquen en esta parroquia el apoyo de sus ideales y se comprometan a animarla con su nueva vida, con su testimonio, con la diligencia en servir a Dios y a los hombres.

Los enfermos y los que sufren encuentren aquí consuelo y alivio. Los visite Cristo, mediante el servicio de los sacerdotes y les explique con la palabra interior del Espíritu la dignidad grande y el significado de sus sufrimientos.

Puedan todos, en esta parroquia, tomar conciencia de ser miembros del Cuerpo de Cristo y darse cuenta de que se acerca a ellos el Reino de Dios, más aún, de que ya está presente en ellos.

Yo ruego hoy por todo esto, junto con vosotros, confiando ante todo en la intercesión de María, que es Madre de la Iglesia y causa de nuestra alegría, y luego también en la intercesión de San Rafael Arcángel, a quien habéis elegido como guía de vuestro camino. Con su ayuda y con su protección, vuestra comunidad podrá continuar, con renovado aliento, en el camino de un testimonio cristiano coherente y activo, ofreciendo a cuantos están oprimidos por las dudas, perplejidades y desesperación el mensaje eterno de alegría y esperanza que nos ha dejado Cristo en su Evangelio. Así sea.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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