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MISA DE CLAUSURA DE LA V ASAMBLEA GENERAL
DE LAS UNIÓN INTERNACIONAL DE SUPERIORAS GENERALES (UISG)

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Capilla Sixtina
M
iércoles 14 de noviembre de 1979

 

Queridas hermanas en el Señor:

Es para mí una gran alegría reunirme con vosotras, representantes especialmente autorizadas de la gran riqueza que constituye en la Iglesia la vida religiosa. Efectivamente mediante ésta se ofrece un testimonio muy evidente de lo que significa la donación total al amor y al servicio de Dios. Me siento feliz al mismo tiempo al ver y saludar en vosotras como a la imagen de la universalidad de la Iglesia: vosotras representáis aquí a todos los continentes, las diversas culturas; manifestáis, al mismo tiempo, la realización multiforme de la respuesta a la llamada del Señor. Por medio de vosotras deseo confirmar a todas las religiosas el aprecio y la confianza que la Iglesia tiene en ellas, no sólo por el apostolado inteligente, constante, generoso, sino aún más por la vida de consagración y de entrega, muy frecuentemente oculta, de aceptación gozosa y valiente de las inevitables pruebas y dificultades. Os pido que transmitáis mi bendición especialísima a todas las religiosas probadas o fatigadas en el cuerpo o en el espíritu, a las ancianas, a las enfermas, cuya vida de abnegación y sacrificio es un valor preciosísimo, irrenunciable, único, para la Iglesia, para el Papa y para el Pueblo de Dios.

Deseo también que esta celebración eucarística con el Papa constituya para cada una de vosotras un saludable momento de ánimo y consuelo para el cumplimiento de un compromiso siempre exigente, frecuentemente acompañado por el signo de la cruz y de una dolorosa soledad, y que exige, por parte vuestra, un sentido profundo de responsabilidad, una generosidad sin debilidades ni extravíos, un constante olvido de vosotras mismas. En efecto, vosotras debéis sostener y guiar a vuestras hermanas en este período postconciliar, ciertamente rico en experiencias nuevas, pero también tan expuesto a errores y desviaciones, que tratáis de evitar y corregir. Es conocida la evolución positiva de estos últimos años en la vida religiosa, interpretada con espíritu más evangélico, más eclesial y más apostólico; sin embargo, no se puede ignorar que ciertas opciones concretas, aunque sugeridas por buena, pero no siempre iluminada intención, no han ofrecido al mundo la imagen auténtica de Cristo, a quien la religiosa debe hacer presente entre los hombres.

Encontrándoos reunidas en torno al altar para renovar la ofrenda de Cristo al Padre, os sentís íntimamente invitadas a repetir, también en nombre de todas vuestras hermanas, la consagración de vosotras mismas que, iniciada ya con el bautismo, se hizo definitiva y perfecta por medio de los votos religiosos.

1. Acoged, pues, mi primera invitación a la oración ferviente y perseverante, para que resulte cada vez más evidente la importancia de la vocación religiosa y la necesidad de profundizar su valor esencial en la vida de la Iglesia y de la sociedad. La trayectoria personal de cada una de las religiosas, se centra efectivamente en el amor esponsalicio a Cristo, por quien ella, modelada por su espíritu, le entrega toda la vida, apropiándose sus sentimientos, sus ideales y su misión de caridad y de salvación. Como dije a las religiosas de Irlanda: "Ningún movimiento de la vida religiosa tiene valor alguno si no es simultáneamente un movimiento hacia el interior. hacia el 'centro' profundo de vuestra existencia, donde Cristo tiene su morada. No es lo que hacéis lo que más importa, sino lo que sois como mujeres consagradas al Señor" (Discurso a los sacerdotes, religiosos y religiosas de Irlanda, 1 de octubre de 1979; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 14 de octubre, 1979, pág. 7).

— Orad para que cada religiosa, viviendo con alegría su relación única y fiel con Cristo, encuentre en su consagración el culmen de la propia realidad característica de mujer, que tiende totalmente al clon de sí.

— Orad confiadamente para que cada instituto pueda superar fácilmente las propias dificultades de crecimiento y de perseverancia y para que vuestra reunión anual contribuya a perfeccionar cada vez más cada una de las congregaciones a las que pertenecéis.

— Orad, finalmente, sin intermisión por las vocaciones religiosas: el ideal de la vida consagrada, don inmenso y gratuito de Dios, ejerza un atractivo cada vez mayor en numerosas jóvenes orientadas hacia las realizaciones más altas y más nobles.

El tema elegido por la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares para la próxima reunión plenaria: `"Dimensión contemplativa de la vida religiosa", sea una ocasión privilegiada para profundizar en el valor fundamental de la oración. A este propósito, quiero dirigir un sentido recuerdo, con mi bendición, a las religiosas de vida contemplativa, a las que de todo corazón doy las gracias por su oración intensa y constante, que constituye una ayuda insustituible en la misión evangelizadora de la Iglesia.

2. Mi segunda exhortación quiere ser ahora una invitación a comprometeros en un testimonio religioso apto para nuestro tiempo.

Después de los años de experiencia, encaminados a la puesta al día de la vida religiosa, según el espíritu del propio instituto, ha llegado el momento de evaluar objetiva y humildemente los ensayos realizados, para discernir los elementos positivos, las eventuales desviaciones y, finalmente, para preparar una regla estable de vida, aprobada por la Iglesia, que deberá constituir para todas las religiosas un estímulo en orden a un conocimiento más profundo de sus compromisos y a una fidelidad gozosa en vivirlos.

El primer testimonio sea el de una adhesión filial y de una fidelidad a toda prueba a la Iglesia, Esposa de Cristo. Esta unión con la Iglesia debe manifestarse en el espíritu de vuestro instituto y en sus tareas de apostolado, porque la fidelidad a Cristo no puede separarse jamás de la fidelidad a la Iglesia. "Vuestra adhesión generosa y ferviente al Magisterio auténtico de la Iglesia es garantía sólida de la fecundidad de vuestro apostolado y condición indispensable para la interpretación exacta de los signos de los tiempos" (Discurso a las religiosas de los Estados Unidos, 7 de octubre de 1979; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 4 de noviembre de 1979, pág. 10).

A imitación de María. la Virgen del corazón siempre disponible a la Palabra de Dios, debéis encontrar vuestra serenidad interior, vuestra alegría, en la disponibilidad a la palabra de la Iglesia y de aquel a quien Cristo ha puesto como su Vicario en la tierra.

Un segundo testimonio debe ser el de la vida comunitaria.

Es, en efecto, un elemento importante de la vida religiosa; es una característica que han vivido desde los orígenes las religiosas, porque los vínculos espirituales no pueden crearse, desarrollarse y perpetuarse sí no es mediante relaciones cotidianas y prolongadas. Esta vida comunitaria, en la caridad evangélica, está estrechamente ligada con el misterio de la Iglesia, que es misterio de comunión y de participación, y da prueba de vuestra consagración a Cristo. Poned todo empeño y cuidado para que esta vida comunitaria sea facilitada y amada de tal manera, que se convierta en medio precioso de ayuda recíproca y de realización personal.

Finalmente, como ya he tenido ocasión de decir otras veces, un último, particular testimonio es también el del hábito religioso. Efectivamente, constituye un signo evidente de consagración total a los ideales del Reino de los cielos, teniendo siempre en cuenta todas las circunstancias debidas, como por ejemplo, las de la tradición. de los diversos campos de compromiso apostólico, del ambiente, etc.; es signo, además, de separación definitiva de los meros intereses humanos y terrenos; es signo incluso de pobreza alegremente vivida y amada en abandono confiado a la acción providente de Dios.

Queridísimas superioras generales, vosotras debéis asumir la tarea delicada y a veces difícil, pero siempre tan preciosa, de promover entre las religiosas todo lo que puede contribuir a la unión de los espíritus y de los corazones. Una vida fraterna, fervorosa y auténtica es indispensable para que las religiosas puedan superar de modo permanente las obligaciones, las fatigas y las dificultades que comporta una vida de consagración y de apostolado en el mundo de hoy.

Vuestra tarea en la realización feliz de esta vida profundamente arraigada en los valores evangélicos, reviste una importancia de primer orden. El ejercicio de la autoridad, con espíritu de servicio y de amor a todas las hermanas, es una tanta vital, aun cuando es difícil y exige no poca valentía y entrega. La superiora tiene el deber de ayudar a la religiosa para que realice cada vez más perfectamente su vocación. La superiora no puede sustraerse a esta obligación ciertamente ardua, pero indispensable.

El cumplimiento de este deber exige oración constante, reflexión, consulta, pero también decisiones valientes, con conciencia de la propia responsabilidad ante Dios, ante la Iglesia y ante las mismas religiosas que esperan este servicio. La debilidad, como el autoritarismo, constituyen desviaciones igualmente perjudiciales para el bien de las almas y para el anuncio del Reino.

3. Para terminar, os exhorto con afecto: tened confianza. Sed siempre valientes en vuestra entrega religiosa, no os dejéis abatir por las eventuales dificultades, por la disminución de personal, por las incertidumbres que puedan pesar sobre el porvenir. No dudéis de la validez de las formas experimentadas de apostolado en el campo de la educación juvenil, para con los enfermos, los niños. los ancianos y todos los que sufren.

Estad seguras de que si vuestros institutos se comprometen sinceramente a promover entre las religiosas una fidelidad constante, generosa y dinámica a las exigencias de su vida consagrada, el Señor, que no se deja ganar en generosidad, os enviará las deseadas vocaciones, que esperáis para la llegada de su Reino.

Atentas a las sugerencias y a las palabras de la Sabiduría, como corresponde a personas llamadas a desarrollar una alta responsabilidad de gobierno, y agradecidas a Dios, junto con todas vuestras hermanas, por la vocación especial recibida, caminad con serena confianza por la vía de vuestro compromiso de total consagración a Cristo y a las almas. Os conforte y os sostenga María Santísima, Madre y modelo de todas las personas consagradas, y os acompañe con benevolencia especial mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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