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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SAN JUAN EVANGELISTA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 18 de noviembre de 1979

 

Queridísimos hermanos y hermanas:

1. He venido aquí hoy para concluir la vista pastoral de la parroquia que el obispo auxiliar, mons. Clemente Riva, ha realizado al comienzo del pasado mes octubre.

La visita a cada una de las comunidades del Pueblo de Dios pertenece a los deberes fundamentales de cada obispo. Son los deberes que nos han indicado de modo especial los Apóstoles del Señor, los cuales visitaron cada una de las comunidades cristianas, especialmente las que ellos fundaron. Bajo este aspecto resulta particularmente elocuente el testimonio de San Pablo. También San Juan, Patrono de vuestra parroquia, manifiesta de diversos modos su solicitud apostólica por cada una de las Iglesias, tanto en sus Cartas, como de manera especial en el Apocalipsis; cuando al comienzo se dirige a las siete Iglesias de Asia: "A Efeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardes, a Filadelfia y a Laodicea" (Ap 1, 11).

Como Obispo de Roma y junto con vosotros, hermanos en el Episcopado, cardenal Vicario, arzobispos y obispos auxiliares, deseo mantenerme fiel a esta tradición apostólica.

Con ocasión de la visita de hoy, dirijo un saludo cordial a todos los queridos feligreses de San Juan Evangelista en Spinaceto; en particular quiero mencionar a los beneméritos sacerdotes que se dedican a vuestra atención espiritual, a las Hermanitas de la Asunción y a las Esclavas del Amor Misericordioso. a los miembros del consejo parroquial y a los diversos Movimientos eclesiales representados aquí. A todos vaya mi palabra de vivo estímulo para proseguir en el camino de un auténtico testimonio cristiano.

2. En la liturgia de este domingo, el Señor nos dirige, especialmente una palabra: "Velad". Cristo la ha pronunciado bastantes veces y en circunstancias diversas. Hoy la palabra "velad" se une a la perspectiva escatológica, a la perspectiva de las realidades últimas: "velad y orad en todo tiempo, para que podáis presentaros ante el Hijo del hombre" (Mt 24, 42. 44).

A este ruego corresponden ya las palabras de la primera lectura del libro del profeta Daniel. Pero sobre todo corresponden las palabras del Evangelio según Marcos. Estas palabras afirman que "el cielo y la tierra pasarán" (Mt, 13, 31) e incluso delinean el cuadro de este pasar, refiriéndose al fin del mundo.

Esta realidad se forja sobre la imagen del cosmos propia de entonces. Desde hace 2.000 años nuestras ciencias naturales y cosmológicas van dando pasos adelante. El hombre de hoy tiene miedo a la destrucción de su planeta; y la vincula principalmente al conjunto de todos esos medios de destrucción que han producido la ciencia y la técnica moderna. Me permito referirme aquí a las siguientes palabras de la Encíclica Redemptor hominis:

"El hombre... vive cada vez más en el miedo. Teme que sus productos, naturalmente no todos y no la mayor parte, sino algunos y precisamente los que contienen una parte especial de su genialidad y de su iniciativa, puedan ser dirigidos de manera radical contra él mismo; teme que puedan convertirse en medios e instrumentos de una autodestrucción inimaginable, frente a la cual todos los cataclismos y las catástrofes de la historia que conocemos parecen palidecer" (Redemptor hominis III, 15).

Esta destrucción, o mejor autodestrucción de nuestro mundo, cuyo peligro acompaña a la conciencia del hombre contemporáneo, se delinea al mismo tiempo como una consecuencia de la prevalencia del odio sobre el amor y sobre la justicia, esto es del mal sobre el bien en el sentido moral. En este contexto el "velad" de Cristo adquiere una claridad especial. Se convierte en un imperativo humano de dimensión nacional y universal. Sentimos un profundo deber de pensar y actuar en el espíritu de este imperativo, repitiendo incesantemente la invocación a la justicia y la paz en el mundo de hoy.

3. Muchas veces se acusa al cristianismo porque, orientando al hombre a las realidades últimas y terrenas, desviaría su atención de las cosas temporales. Este reproche supone una comprensión errónea de la exhortación de Cristo a "velar". El Señor la hace en una perspectiva escatológica, pero al mismo tiempo abierta a toda la plenitud de los problemas y de los deberes del hombre que vive en esta tierra. La existencia temporal engendra una serie de deberes que constituyen precisamente el contenido de ese "velar" según el Evangelio.

El Concilio Vaticano II expresa esta idea de muchos modos (especialmente en la Constitución Gaudium et spes) recordando que la tarea de los cristianos, en unión con todos los hombres de buena voluntad, es hacer que la vida del hombre sobre la tierra se haga cada vez más "humana": y esto en todas las esferas de la existencia terrena. Este deber de la Iglesia en toda su universalidad debe sentirse vivamente en cada una de las comunidades, en cada parroquia, como en cada partícula o célula de un organismo vivo; efectivamente la Iglesia es el Cuerpo de Cristo.

4. Al mismo tiempo ese "velad" de Cristo, que resuena en la liturgia de hoy con este denso contenido, se dirige a cada uno de nosotros, a cada hombre. Cada uno de nosotros tiene su propia parte en la historia del mundo y en la historia de la salvación, mediante la participación en la vida de la propia sociedad, de la nación, del ambiente de la familia. Podemos y debemos ser conscientes del hecho de que estos círculos de relaciones, en los que cada uno existe, se amplían y se concentran: desde los más amplios, que a veces resulta difícil abarcar, hasta los más restringidos y cercanos. Pero no cabe duda de que del modo según el cual cada uno de nosotros acepte ese "velad" evangélico en el círculo más inmediato, dependen también los círculos más lejanos y toda la imagen de la vida de la humanidad.

Así, pues, mientras oímos esta exhortación hoy, aquí reunidos con ocasión de la visita a la parroquia de San Juan Evangelista, piense cada uno de nosotros en su vida personal. Piense en su vida conyugal y familiar. El marido piense en su comportamiento con la mujer; la mujer en su comportamiento con el marido; los padres para con los hijos, y los hijos para con los padres. Los jóvenes piensen en sus relaciones con los adultos y con toda la sociedad, que tiene derecho de ver en ellos su propio futuro mejor. Los sanos piensen en los enfermos y en los que sufren; los ricos en los necesitados. Los Pastores de almas en estos hermanos y hermanas, que constituyen "el redil del Buen Pastor", etc.

Este modo de pensar, que nace del contenido profundo y universal del "velad" de Cristo, es fuente de la verdadera vida interior. Es la prueba de la madurez de conciencia. Es la manifestación de la responsabilidad para consigo y para con los otros. A través de este modo de pensar y de actuar, cada uno de nosotros como cristiano participa en la misión de la Iglesia.

5. El obispo llega a la parroquia para hacer a todos concientes del hecho de que los bautizados participan en la misión de la Iglesia. Más aún: que participan en la obra de la salvación, que realizó Cristo de una vez para siempre, y que está continuamente en vía de cumplimiento, en el amor más grande a Dios y a los hombres. También habla de esto el autor de la Carta a los Hebreos, afirmando que Jesucristo "con una sola oblación perfeccionó para siempre a los santificados" (Heb 10, 14). Nosotros, mediante la fe, vivimos en la perspectiva de este Sacrificio Único, y lo realizamos constantemente, cada uno por su cuenta y todos en comunidad, con nuestra vida, con nuestra vela.

No podemos, queridos hermanos y hermanas, cerrar los ojos a las realidades últimas. No podemos cerrar los ojos ante el significado definitivo de nuestra existencia terrena.

"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mc 13, 31), dice el Señor. Debemos vivir con los ojos bien abiertos.

Este abrir los ojos, favorecido por la luz de la fe, trae también la paz y la alegría, como testifican las palabras del salmo responsorial de la liturgia de hoy. La alegría se deriva del hecho que "el Señor es el lote de mi heredad y mi copa" (Sal 16, 5). No vivimos en el vacío, y no caminamos hacia el vacío.

"El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, / mi suerte está en tu mano. / Tengo siempre presente al Señor, / con El a mi derecha no vacilaré. / Por esto se me alegra el corazón, / se gozan mis entrañas" (Sal 16. 5. 8. 9).

6. Por lo tanto no tengamos miedo de aceptar esta exhortación: "Velad, pues, porque no sabéis cuándo llegará vuestro Señor", velad "porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre" (Mt 24, 42. 44).

Esta exhortación plasme nuestra vida desde sus fundamentos. Nos permita vivir en la medida plena de la dignidad del hombre, es decir, en la libertad madura. Dé a la vida de cada uno de nosotros esa dimensión espléndida, cuya fuente es Cristo.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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