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VIAJE A TURQUÍA

SANTA MISA EN LA CATEDRAL CATÓLICA
DEL ESPÍRITU SANTO DE ESTAMBUL

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Jueves 29 de noviembre de 1979

 

Muy queridos hermanos en el Señor: "Que la paz, la caridad y la fe en Dios Padre y en Nuestro Señor Jesucristo esté con vosotros" (cf. Ef 6, 23).

Este deseo, formulado por el Apóstol Pablo a los cristianos de Efeso, es también ahora el mío.

Me dirijo ante todo al Patriarca Ecuménico, Su Santidad Dimitrios I, y al Patriarca armenio, Su Beatitud Shnorhk Kalustian, venerados hermanos que han querido unirse a esta celebración y hacernos así el honor a nosotros y a toda nuestra comunidad local. Les expreso mi más profunda gratitud.

1. Os saludo cordialmente, hermanos hijos de la Iglesia católica, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, fieles laicos, pertenecientes a las diversas comunidades católicas de la ciudad y a los distintos ritos, y saludo también, a través de vosotros, a todos los católicos de este gran país. Os agradezco vuestra calurosa y filial acogida, así como el gozo que me proporcionáis. Querría igualmente manifestar mi profunda gratitud a todos los que han hecho posible este viaje, en modo particular a las autoridades de este país, que con tanta cortesía me han acogido. Mi encuentro con vosotros, hermanos y hermanas en el Señor, me llena de inmensa alegría. Aprecio vuestra presencia activa en esta espléndida ciudad histórica, rica en tantos y tan admirables testimonios cristianos. ¿Y cómo olvidar que los puntos esenciales de nuestra fe han encontrado su formulación dogmática en los Concilios ecuménicos celebrados en esta ciudad, o en las ciudades vecinas, y de las que llevan además su nombre: Nicea, Constantinopla, Efeso, Calcedonia? ¿Cómo no evocar con emoción a los Padres de la Iglesia de Oriente, Pastores y Doctores, que han nacido en esta región o que han ejercido en ella un apostolado incomparable, dejándonos luminosos escritos que son hoy alimento y punto de referencia para toda la Iglesia, tanto en Occidente como en Oriente? Pienso especialmente en San Juan Crisóstomo, obispo de Constantinopla, cuyo valor, claridad, profundidad y elocuencia han hecho de él un modelo de Pastor y de predicador. Pienso en toda la vida contemplativa que ha florecido aquí a lo largo de los siglos, en la escuela de los maestros espirituales, y pienso también en la fidelidad a la fe en medio de tantas pruebas. Queridos hermanos y hermanas, hoy sois herederos, de algún modo, de este tesoro y de estos ejemplos que deben fructificar en vuestras almas. Me siento feliz de veros profesar esta fe con convicción, con perseverancia, con espíritu de sacrificio. En diversos campos y de diferentes maneras prestáis un estimable servicio a la Iglesia y a este país. Ya sea que actuéis directamente en el ámbito eclesial, o que os entreguéis a actividades culturales de carácter más general, o a la educación de la juventud, o a obras de caridad, tratáis de expresar vuestra fe sirviendo siempre al hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gén 1, 26-27), y contribuyendo a construir la Iglesia de Dios, edificada sobre el fundamento de los Apóstoles y sobre la piedra angular que es Cristo (cf. Ef 2, 20).

2. Hermanos y hermanas, deseo celebrar con vosotros esta santa liturgia, particularmente en esta feliz circunstancia de la fiesta del Apóstol San Andrés. Andrés fue el primero en ser llamado a seguir a Jesús. "Venid y ved", había dicho el Señor (Jn 1, 39). Y Andrés se puso en marcha, le siguió y se quedó con El desde aquel día". Y no solamente "aquel día"; le siguió durante toda su vida; le vio hacer milagros, curar enfermos, perdonar pecados, dar vista a los ciegos, resucitar muertos; conoció su dolorosa pasión y su muerte, y lo vio resucitado. Y continuó creyendo en El, hasta el testimonio final del martirio.

La celebración de la fiesta de un santo nos recuerda nuestra propia vocación a la santidad. San Pedro, hermano de Andrés, nos lo recuerda de forma estimulante en su Carta escrita precisamente a los cristianos de Asia Menor: "Sed santos en todo vuestro proceder, porque escrito está: 'Sed santos, porque santo soy yo' " (1 Pe 1, 15).

La vocación cristiana es sublime y exigente, y no podríamos realizarla si el Espíritu de Dios no nos diese luz para comprender y fuerza necesaria para obrar. Pero Cristo nos ha asegurado también su asistencia: "Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt 28, 20).

Sí, la vocación cristiana es una vocación a la perfección, para edificar el Cuerpo de Cristo "hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, cual varones perfectos, a la medida de la talla (que corresponde) a la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13). Que, firmes en la fe, podamos crecer en todos los aspectos "abrazados a la verdad, en todo crezcamos en caridad" (Ef 4, 15).

3. Ampliemos ahora nuestra meditación al misterio de la Iglesia. San Andrés, el primer llamado, Patrón de la Iglesia de Constantinopla, es hermano de San Pedro, corifeo de los Apóstoles, fundador, junto con San Pablo, de la Iglesia de Roma y su primer Obispo. Por un lado, este hecho nos recuerda un drama del cristianismo, la división entre Oriente y Occidente, pero también nos recuerda la realidad profunda de la comunión que existe, no obstante todas las divergencias, entre las dos Iglesias.

¡Qué necesario nos es dar gracias al Señor por haber hecho surgir, en el curso de estos últimos decenios, ilustres pioneros y artesanos infatigables de la unidad, como el Patriarca Atenágoras, de venerada memoria, y mis grandes predecesores, el Papa Juan XXIII (de quien esta ciudad y esta Iglesia conservan con honor su recuerdo) y el Papa Pablo VI, que ha venido a vuestro encuentro antes que yo! Su actividad ha sido fecunda para la vida de la Iglesia y para la búsqueda de la plena unidad entre nuestras Iglesias, que se apoyan sobre la única piedra angular que es Cristo y se hallan edificadas sobre el fundamento de los Apóstoles.

Los cada vez más intensos contactos de estos últimos años han hecho redescubrir la fraternidad entre nuestras dos Iglesias y la realidad de una comunión entre ellas, aunque no sea perfecta. El Espíritu de Dios nos ha hecho ver también, de manera cada vez más clara, la exigencia que se nos impone de realizar la plena unidad a fin de dar un testimonio más eficaz para nuestro tiempo.

Mi visita al Patriarca Ecuménico y mi peregrinación a Efeso, donde María ha sido proclamada "Theotokos", Madre de Dios, tiene como finalidad (en la medida en que yo pueda y mientras el Señor lo permita) servir a esta santa causa. Doy gracias a la Providencia por haber guiado mis pasos hasta estos lugares.

Estamos en vísperas de la apertura del diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto. Se trata de otra fase importante en el proceso hacia la unidad. Al partir de lo que tenemos en común, este diálogo está llamado a identificar, afrontar y resolver todas las dificultades que todavía nos impiden la unidad plena. Mañana participaré en la celebración de la fiesta de San Andrés en la iglesia del Patriarcado Ecuménico. No podremos concelebrar. He ahí el signo más doloroso de desgracia introducido en la única Iglesia de Cristo por la división. Pero, gracias a Dios, celebramos ya juntos, desde hace algunos años, la fiesta de los protectores de nuestras Iglesias, como prenda y voluntad efectiva de la plena concelebración; en Roma celebramos la fiesta de los Santos Pedro y Pablo en presencia de una Delegación ortodoxa, y se celebra en el Patriarcado Ecuménico la fiesta de San Andrés con presencia católica.

La comunión en la oración nos conducirá a la plena comunión en la Eucaristía. Me n atrevo a esperar que este día esté próximo. Personalmente lo desearía muy cercano. ¿No tenemos ya en común la misma fe eucarística y los verdaderos sacramentos, en virtud de la sucesión apostólica? Deseemos que la comunión total en la fe, especialmente en el ámbito eclesiológico, permita pronto esta plena "communicatio in sacris". Ya mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, había deseado ver este día, al igual que el Patriarca Atenágoras I; así se expresaba al hablar de éste último poco después de su muerte: "Siempre él resumía sus sentimientos en una sola y suprema esperanza: la de poder 'beber en el mismo cáliz con nosotros', es decir, la de poder celebrar juntos el sacrificio eucarístico, síntesis y corona de la común identificación eclesial con Cristo. ¡También nosotros lo hemos deseado tanto! Este deseo irrealizado debe ser ahora su herencia y nuestro empeño" (Ángelus del 9 de julio de 1972). Por mi parte, recogiendo esta herencia, comparto ardientemente este deseo, que el tiempo y los progresos en la unión no hacen más que avivar.

4. Sé que también vosotros, católicos de esta ciudad y de toda Turquía, sois conscientes de la importancia que reviste la búsqueda de la plena unidad entre los cristianos. Sé que oráis y que trabajáis en este proyecto, y que tenéis contactos fraternos con la Iglesia ortodoxa y con los demás cristianos de vuestra ciudad y vuestro país. Os estoy, por ello, profundamente agradecido.

Sé también que buscáis relaciones de amistad con los demás creyentes que invocan el nombre del Dios único, y que sois ciudadanos activos y leales de este país en el que formáis una minoría. Os animo a ello de todo corazón.

¡Que Dios os bendiga! Que bendiga vuestras comunidades, vuestras familias. vuestras personas, especialmente a los que sufren; para éstos tendré una intención. particular. Y que siempre os dé lo que necesitáis para darle, en vuestra, vida, un testimonio siempre más fiel.

5. Ahora, queridos hermanos y hermanas, os invito a rezar con fervor, en este sacrificio eucarístico, por la plena comunión de nuestras Iglesias. El progreso en la unidad se apoyará en nuestros esfuerzos, en nuestros trabajos teológicos, en nuestras continuas gestiones, y especialmente en nuestra caridad mutua: pero, al mismo tiempo, se trata de una gracia del Señor. Supliquémosle que allane los obstáculos que han retrasado hasta el momento la marcha hacia la plena unidad. Supliquémosle que conceda, a cuantos colaboran en el acercamiento, su Espíritu Santo; que les conducirá a la verdad plena, que aumentará su caridad, que hará que busquen impacientes la unidad. Suplicadle para que nosotros mismos, Pastores de Iglesias hermanas, seamos los mejores instrumentos de su designio; nosotros, a quienes la Providencia ha elegido, en esta hora de la historia, para regir estas Iglesias, es decir, para servirlas como lo quiere el Señor, y servir también a la única Iglesia que es su Cuerpo. En el transcurso del segundo milenio, nuestras Iglesias se habían mantenido inmóviles en su separación. El tercer milenio del cristianismo está ya, a las puertas. Que el alba de este nuevo milenio se encuentre con una Iglesia que ha hallado su plena unidad; para testimoniar mejor; en medio de las tensiones exacerbadas de este mundo; el amor trascendente de Dios, manifestado en su Hijo Jesucristo.

Sólo Dios conoce los tiempos y los momentos. Por lo que respecta a nosotros, velemos y oremos en la esperanza, con la Virgen María, Madre de Dios, que no cesa de velar por la Iglesia de su Hijo, al igual que ha velado por los Apóstoles. Amén.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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