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MISA PARA LOS UNIVERSITARIOS ROMANOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Basílica de San Pedro
Martes 18 de diciembre de 1979

 

1. Dentro de una semana será Navidad y seguramente regresaréis a vuestras familias. Se suspenderán las clases y los demás deberes incluso en las escuelas superiores de Roma. La gran familia universitaria cederá el lugar, en vuestra vida. a esa pequeña familia doméstica, que es anterior a ella. La fiesta de Navidad confirma, de manera especial, el primado de la familia en la vida de cada uno de nosotros. En este tiempo, cuando Dios nace como hombre, cada uno de los hombres vuelve al lugar donde nació, junto a los seres humanos que son sus padres, junto al padre y a la madre, junto a los hijos de los mismos padres: los hermanos y las hermanas. Cada uno de nosotros se vuelve a encontrar en ese ambiente fundamental, en esa casa que tiene derecho y deber de llamar su casa: la casa familiar. Precisamente en esa noche, en la que Dios nace como niño sin casa, todos los que, con la fe y el corazón, se dirigen a ese Niño sienten una especial nostalgia de casa.

He deseado mucho encontrarme con vosotros precisamente ahora, mientras todavía nos preparamos a esta fiesta grande. He deseado encontrarme con vosotros, con el ambiente universitario de Roma, mientras todavía es tiempo de Adviento. Como hicimos en los días precedentes a la Pascua, así hacemos también hoy. Es hermoso que hayáis venido, que estéis hoy conmigo. Considero un derecho mío encontrarme con vosotros en la proximidad de Navidad, tal como hicimos antes de Pascua. Os saludo muy cordialmente en esta basílica de San Pedro. Saludo a todos: profesores y alumnos. A aquellos con quienes ya me he encontrado. Y a los nuevos, que están hoy aquí por vez primera. Saludo también a quienes, por cualquier motivo, no han venido.

En estos días cíe Adviento, en los que la Iglesia dice a Cristo que está para venir: "Ven, Señor, no tardes" (versículo del Aleluya), quisiera repetir a cada uno la misma invitación: "No tardes".

2. El Evangelio de hoy es muy interesante. Se podría decir que en él se contiene, de algún modo, una lección concisa de caracterología. Se podría decir que este pasaje ha sido escrito por los hombres que quieren mirar con atención dentro de sí mismos. Efectivamente, cuánto hace pensar el comportamiento de estos dos jóvenes a los que, uno después del otro, dice el padre: `"Hijo, ve hoy a trabajar en la viña" (Mt 21, 281. El primero se manifiesta inmediatamente dispuesto y no mantiene su palabra. En cambio, el otro, primero dice: "No quiero" (Mt 21, 29); pero después se puso a trabajar. Cuando Cristo pregunta: "¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?" (Mt 21, 31), la respuesta espontánea es: obviamente este "último".

Al escuchar estas palabras, estamos dispuestos a aplicarlas a nosotros mismos. Nos proponemos, pues, la pregunta: ¿a cuál de estos dos hermanos me parezco más? ¿A cuál de su comportamiento se parece mi comportamiento habitual? ¿Pertenezco a esos que se entusiasman fácilmente, prometen en seguida, y luego no hacen nada? Olvidan muy pronto que están obligados. O más bien ¿soy el hombre que primero dice "no"? Quizá en este primer "no" se ha convertido incluso en una costumbre, casi en una regla de mi conducta. Digo que "no", sin darme cuenta de poder agraviar con ello a alguien... Pero... pero... necesito ese "no" para poder reflexionar, meditar sobre todos los "pros" y los "contras". Para tomar una decisión finalmente. Y, como resultado, después de haber dicho primero "no", al final digo que "sí". En este caso, ¿no soy mejor que el que con su inicial "sí" no había ofendido; pero luego, nada ha hecho al fin? A la luz de las palabras de Cristo tengo derecho a pensar que obro mejor. Estas y semejantes meditaciones sobre el comportamiento y el carácter propio puede desarrollar cada uno de nosotros, escuchando el Evangelio de hoy. Son muy útiles. Especialmente son útiles para los jóvenes, que frecuentemente se preguntan: ¿quién soy?, ¿cómo soy?, ¿cuáles son mis predisposiciones?, ¿qué carácter debo formarme? Todo educador diligente, todo pedagogo experto dirá al joven: ¡Haceos estas preguntas! ¡Hacéoslas lo más pronto posible! ¡No tardéis!

3. El contexto completo de la liturgia de hoy indica que este acontecimiento significativo del Evangelio de San Mateo, cuyos protagonistas son los dos jóvenes, revela la dimensión más grande de la vida humana. Precisamente a esta dimensión se la debe llamar "adviento". Permitidme que yo la llame así. Y permitidme que explique por qué he llamado así a esta dimensión de la vida humana, que se revela a través del acontecimiento que narra el Evangelio de hoy.

Ante todo, vosotros sentís ciertamente necesidad de la siguiente explicación introductoria y fundamental: nos hemos acostumbrado a definir con la palabra "adviento" a un cierto período litúrgico que precede a la Navidad y nos prepara a ella. ¿Pero se puede afirmar que el "adviento" es una "dimensión de la misma vida humana"?

Según la liturgia de hoy quisiera probar que es indispensable tal extensión del significado, si no debe resultar vacío el adviento entendido como un período litúrgico. Este "Adviento" litúrgico, efectivamente, lo vivimos sólo en tanto en cuanto seamos capaces de descubrir el "adviento" en nosotros como una dimensión fundamental de nuestra vida, de nuestra existencia terrestre.

Precisamente a esto llama el padre, propietario de la viña, en el Evangelio de hoy, a sus dos hijos.

4. En efecto, ¿qué significa la "viña'?

La viña significa a la vez un conjunto y cada una de las partes de ese conjunto. Significa todo el mundo creado por Dios para el hombre: para cada uno de los hombres y para todos los hombres. Y simultáneamente significa esa partícula del mundo, ese "fragmento" que es un deber concreto para cada hombre concreto.

En este significado segundo la "viña" está a la vez "dentro de nosotros" y "fuera de nosotros". Debemos cultivarla, mejorando el mundo y mejorándonos a nosotros mismos. Más aún, lo uno depende de lo otro: hago al mundo mejor, en tanto en cuanto mejoro yo mismo. De lo contrario soy sólo un "técnico" del desarrollo del mundo y no un "trabajador en la viña".

Así pues, esa "viña", a la que he sido enviado como había sido enviado cada uno de los dos hijos del Evangelio de hoy, debe convertirse, al mismo tiempo, en lugar de mi trabajo por el mundo y de mi trabajo en mí mismo. Y eso es así en cuanto tengo una sólida conciencia de que Dios ha creado el mundo para el hombre. En este mundo visible Dios ha venido por vez primera al hombre y viene a él continuamente. Viene mediante todo lo que este mundo es, mediante todo lo que oculta en sí. Cada vez que el hombre avanza en descubrir lo que el mundo creado esconde en sí, se elogia el genio del hombre y la mayoría de las veces se detiene aquí. Mientras —si se reflexiona profundamente sobre el problema— ese mundo que el hombre descubre cada vez mejor, es el adviento cada vez irás pleno del Creador. Si vivimos el período litúrgico del Adviento cada año, lo hacemos para extenderlo también a ese adviento cada vez más pleno del Creador. Cada vez se le amplía más al hombre esa "viña" a la que ha sido llamado.

5. Sin embargo, la "viña" significa también el mundo interior. Este mundo es el hombre mismo. Cada hombre constituye este mundo único e irrepetible. Dios-Creador viene a este mundo interior a través del mundo exterior, pero a la vez viene también directamente. Viene de modo incomparable, diferente de todos los seres creados. Porque el hombre es imagen y semejanza de Dios. Y por esto ese adviento de Dios se realiza también directamente en el hombre. No sólo mediante el mundo que lleva en sí las huellas de la Sabiduría y del Poder creadores, sino directamente. En esta venida directa al hombre, Dios es no sólo Creador, sino sobre todo Padre. Viene, pues, al hombre en su Hijo, en el Verbo eterno. Viene como Padre en el Hijo, de otro modo no sería el adviento del Padre.

Este adviento del Padre en la historia del hombre es tan antiguo como el hombre. Nos hablan de esto los primeros capítulos de la revelación, las primeras páginas del libro del Génesis. Ya el primer lugar de la existencia humana era esta "viña" interior. Esa "viña" interior la recibimos en herencia del primer hombre, tal como heredamos también el mundo exterior, la tierra que el Creador confió al hombre para que la sometiese (cf. Gén 1, 28).

En el mismo lugar, al principio, entra también el pecado en la historia del hombre. El pecado original es una de esas realidades sobre las que la liturgia del Adviento se detiene con atención especial. En este cuadro comprendemos mejor el significado de la fiesta de la Inmaculada Concepción que se celebra en el Adviento. Poniendo de relieve este privilegio excepcional de la Virgen, elegida para convertirse en Madre del Redentor, el Adviento quiere, al mismo tiempo, recordarnos que esta "viña" heredada de nuestros progenitores, produce "espinas y cardos" (Gén 3, 18), que encontramos en los campos roturados por el trabajo del agricultor. Los encontramos también en nosotros, en nuestro corazón, También de él se puede decir que produce "espinas y cardos".

Y por esto es difícil el trabajo en la viña interior. Y no hay que maravillarse de que, a veces, un joven llamado a trabajar en ella, diga su "no iré". No obstante, el trabajo en la "viña interior" es indispensable. De otro modo el hombre introduce el pecado, introduce el mal, en este mundo que fue creado para él. Y en la "viña interior" se amplía el círculo del pecado, aumentando en poderío las estructuras del pecado. La atmósfera del mundo en que vivimos se vuelve moralmente cada vez más envenenada. No podemos rendirnos a esta destrucción del ambiente humano por parte del pecado.

Es necesario oponerse a él.

6. ¿Quién es Jesucristo? ¿Aquel a quien nos dirigimos con la ardiente invocación "Ven... no tardes"? ¿Aquel a cuya venida en la noche de Belén nos preparamos y se prepara cada hombre, mediante el período litúrgico de Adviento que precede a la gran fiesta de Navidad? Es la revelación plena y definitiva del adviento de Dios en la historia del hombre. Dios viene al hombre literalmente. No ya mediante las obras de la creación, esto es a través del mundo que habla de El. No ya sólo mediante los hombres que anuncian la verdad divina, como los profetas y los grandes jefes del Pueblo de la Antigua Alianza, Dios viene al hombre de modo mucho más radical y definitivo: viene por el hecho de que El mismo se hace Hombre, Hijo del hombre. "Con la encarnación —leemos en la Constitución del Concilio Gaudium et spes— el Hijo de Dios se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado" (núm. 22).

Jesucristo es la revelación más plena y definitiva del adviento de Dios en la historia de la humanidad y en la  historia de cada uno de los hombres. De cada uno de nosotros. Y en El, en su venida, en su Nacimiento en el establo de Belén, luego en toda su vida de enseñanza, finalmente en su cruz y en su resurrección, somos llamados, todos y cada uno de nosotros, de modo definitivo a la "viña". El que es la plenitud del adviento de Dios, es también la plenitud de la llamada divina dirigida al hombre. En El parece que Dios nos dice a cada uno de nosotros: ¡"no tardes"!

7. Debemos admitir que esta "viña" nuestra, exterior e interior, ha cambiado mucho por el hecho de la venida de Cristo. Por obra del Verbo divino se ha encontrado en una luz nueva, totalmente expuesta al sol. Por obra de los santos sacramentos se ha hecho fértil de manera nueva. El trabajo en ella es, al mismo tiempo, más fácil (Cristo mismo dice: "mi yugo es blando y mi carga ligera", Mt 11, 30), pero es también más comprometido: efectivamente, Cristo lo llama "yugo" y "carga".

Es preciso mirar a esta viña con un sentido de máximo realismo. Volverla a encontrar en lo concreto de nuestra, de vuestra vida ele estudiantes, de universitarios.

8. ¿En qué sentido vosotros, universitarios, estáis invitados a trabajar en la viña personal de vuestra vida, en este período. tan importante y tan decisivo para vosotros?

. A la luz del mensaje de Navidad, esto es de la Encarnación de Dios en la historia humana, quisiera exhortaros a un serio compromiso en el estudio, es decir, en la preparación a la vida profesional que habéis elegido, entendiéndola como un servicio al hombre, como un acto de amor a la humanidad. Esta necesita de profesionales bien preparados, serios, responsables, porque a ellos está confiada la vida de cada uno y de la comunidad del mañana. La humanidad necesita de personalidades equilibradas, maduras, generosas, comprensivas, que hayan superado todo egoísmo. Y éste es precisamente el tiempo precioso de vuestra formación intelectual, Moral, afectiva, para las tareas que os esperan en la sociedad y para las que asumiréis un día en la familia que estaréis llamados. a formar y que desde hoy debe polarizar vuestras energías morales, a fin de que seáis mañana esos padres y esas madres que Dios quiere, que la Iglesia espera.

Comprometeos en la profundización de vuestra fe. El vivo contraste de hoy de las distintas mentalidades derivadas de diversas filosofías y el pluralismo ideológico exigen un conocimiento más profundo y claro de la propia fe, para poderla vivir y testimoniar con más serena convicción. Más allá de las tensiones y de las crisis, provocadas por las ideologías anti- o acristianas, hay hoy gran necesidad de estudio serio y metódico de la revelación, para comprender que no hay contraste entre fe y ciencia. y cómo la ciencia en sus aplicaciones debe estar iluminada también por la fe.

Éste debe ser también vuestro gozoso compromiso de universitarios.

Finalmente, comprometeos a vivir en "gracia". Jesús ha nacido en Belén precisamente para esto: para revelarnos la verdad salvífica y para darnos la vida de la gracia. Comprometeos a ser siempre partícipes de la vida divina injertada en nosotros por el bautismo. Vivir en gracia es dignidad suprema, es alegría inefable, es garantía de paz, es ideal maravilloso y debe ser también preocupación lógica de quien se llama discípulo de Cristo. Por tanto, Navidad. significa la presencia de Cristo en el alma mediante la gracia.'

Y si por debilidad de la naturaleza humana se ha perdido la vida divina a causa del pecado grave, entonces Navidad debe significar el retorno a la gracia. mediante la confesión sacramental, realizada con seriedad de arrepentimiento, de propósitos. Jesús viene también para perdonar; el encuentro personal con Cristo es una conversión, un nuevo nacimiento para asumir totalmente las responsabilidades propias de hombre y de cristiano.

9. "Ven, Señor, no tardes".

Mis queridos amigos, deseo que salgáis de nuestro encuentro de hoy, mejor y más profundamente preparados para la fiesta de Navidad. Deseo que ampliéis en vosotros esa "dimensión interior del Adviento", que es una dimensión esencial de toda la existencia cristiana.

Finalmente, deseo que este encuentro con Cristo, al que se prepara toda la Iglesia, os traiga la alegría. La verdadera alegría, y que vuestra alegría sea plena (cf. Jn 1. 4).

Ven, Señor, no tardes.

10. Permitidme todavía que formule. algunas intenciones para nuestra oración común.

Los hechos que en los últimos días y semanas han sacudido a la opinión pública, están ciertamente presentes en la conciencia de cada uno de nosotros: No se puede menos de encomendarlos a Dios, no se pueden dejar estos problemas fuera del ámbito de nuestra oración.

No podemos menos de recordar, pues, a ese amigo y coetáneo vuestro que, hace unas 24 horas, ha sufrido la muerte en una calle de Roma, como otra víctima más del inquietante proceso de que somos testigos en nuestro país.

Este proceso, que se advierte sobre todo en el norte de Italia, nos exige pensar en los ambientes especialmente probados por las acciones terroristas, y ante todo en Turín, como atestiguan las noticias de los últimos días. Debemos manifestar, de diversos mochos, la solidaridad fraterna con los que mueren asesinados. Con los que —ahora no hace mucho— han sido heridos. Con todos los que sufren. Es necesario también —así como lo hizo Cristo— orar por los que hacen sufrir y provocan la muerte, que difunden la violencia y siembran el terror.

Sin embargo, al. mismo tiempo no podemos dejarnos de preguntar: ¿cuál es la finalidad de estos actos que causan tanto sufrimiento a cada uno de los hombres, a familias enteras y a diversos ambientes? Y no podemos dejar de preguntar de qué fuentes, de qué premisas, de qué concepción del mundo (más bien resultaría difícil hablar en estos casos de una "ideología") toma origen este comportamiento en relación con el hombre, la falta total del respeto a la vida, la tendencia desenfrenada a la violencia, a la destrucción y al homicidio.

Debemos pensar sobre esto. Debemos reflexionar sobre todo esto.

Debernos hacer de estas manifestaciones peligrosas el tema de nuestra oración personal y comunitaria. Y también debemos hacer objeto de nuestra oración la gran amenaza del mundo y en particular de nuestro continente europeo, que se ha manifestado en el curso de las últimas semanas.

Sobre este problema —que justamente inquieta a la opinión de todos— volveré todavía con ocasión de la próxima Jornada mundial de la Paz, a la que se refiere también el mensaje publicado hoy y que se titula: La verdad, fuerza de la paz.

Deseo insertar en nuestra oración de hoy, en nuestra liturgia eucarística, todos estos problemas, cargados de solicitud social. Sí, es necesario orar. Es necesario velar en oración delante de Dios, para que el mal, que está creciendo en los hombres, no se haga más fuerte por nuestra debilidad. Y es necesario gritar juntos en la liturgia de Adviento:

"¡Ven, Señor, no tardes!".

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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