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SANTA MISA DE MEDIANOCHE
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
Lunes 24 de diciembre de 1979
1. He aquí que ha llegado de nuevo la hora de este maravilloso acontecimiento:
"se cumplieron para María los días de su parto, y dio a luz su hijo
primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre" (Lc
2, 6-7).
Podemos preguntarnos: ¿Es éste un acontecimiento común o más bien insólito?
¡Cuántos niños nacen en toda la tierra, en el curso de veinticuatro horas,
mientras en unas partes del mundo es de día y en otras de noche? Ciertamente,
cada uno de estos momentos es algo insólito, algo único para un padre y más para
una madre, sobre todo si se trata riel primer niño, del hijo primogénito.
Ese momento es siempre algo grande. No obstante —dado que se realiza continuamente en algún lugar del mundo, en
todas las horas del día y de la noche el nacimiento del hombre en su aspecto estadístico
es al mismo tiempo algo común y normal.
El mismo nacimiento de Jesús parece entrar también en esta dimensión
estadística, tanto más cuanto que va acompañado, en la narración de San Lucas,
de la mención de un censo, hecho en los territorios gobernados por el emperador
romano César Augusto; el Evangelista precisa que, en el pueblo donde vivían
María y José, la orden de hacer el censo vino del gobernador de Siria, Cirino.
A este acontecimiento nos referimos todos los años, al igual que hoy,
reuniéndonos en esta basílica a medianoche. Pues bien, si en este
acontecimiento hay algo insólito consiste quizá en que no se cumple dentro de
las normales condiciones humanas, bajo el techo de una casa, sino en un
establo, que ordinariamente da cobijo sólo a los animales. La primera cuna del
Niño, recién nacido, fue en efecto un pesebre.
Esta noche nos hemos reunido en esta espléndida basílica del renacimiento para
hacer compañía al Niño de una Mujer pobre, nacido en un establo y acostado
en un pesebre.
2. Ciertamente ninguno de los habitantes, ni ninguno de los forasteros presentes
entonces en Belén, podía pensar que en aquellos momentos y en aquel establo, se
estaban cumpliendo las palabras del gran profeta, tantas veces leídas y continuamente meditadas por los hijos de Israel.
Isaías, efectivamente, había escrito palabras que constituían el contenido de
una gran expectación y de una esperanza inquebrantable: "Multiplicaste la
alegría, has hecho grande el júbilo, y se gozan ante ti, como se
gozan los que recogen la mies... Porque nos ha nacido un niño, nos ha sido dado
un hijo que tiene sobre los hombros la soberanía..., pata dilatar el imperio y
para una paz ilimitada sobre el trono de David y su reino, para afirmarlo y
consolidarlo en el derecho y en la justicia desde ahora para siempre jamás" (Is 9, 3. 6-7).
Ninguno de los presentes en Belén podía pensar que precisamente en aquella noche
se estaban cumpliendo las palabras del gran profeta, ni que ello se realizaba
en un establo, donde generalmente habitan los animales, "por no haber
sitio para ellos en el mesón" (Lc 2. 7).
3. No obstante, hay algún elemento, algún detalle en las palabras de Isaías que
parecen cumplirse ya esta noche al pie de la letra; Isaías había escrito: "El
pueblo que andaba en tinieblas, vio una luz grande. Sobre los que habitan en la
tierra de sombras de muerte resplandeció una brillante luz" (Is 9, 2).
Ahora bien, Belén y toda Palestina. en aquel momento, es tierra
de sombras
y sus habitantes yacen en el sueño. Pero fuera de la ciudad —como leíamos en el
Evangelio de Lucas— "había en la región unos pastores que pernoctaban al raso, y de noche se turnaban velando sobre su rebaño"
(Lc 2, 8). Los pastores son hijos de aquel "pueblo que camina en las tinieblas" y al mismo
tiempo son sus representantes, elegidos en aquel momento, elegidos "para ver la gran luz".
En efecto, así escribe San Lucas a propósito de los pastores de Belén: "Se les
presentó un ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz,
quedando ellos sobrecogidos de gran temor" (Lc 2, 9). Y de lo hondo de aquella luz que les viene de Dios y de lo profundo de aquel
tenor que es la respuesta de los corazones sencillos a la Luz Divina, llega una
voz: "No temáis, os traigo una buena nueva, una gran alegría... Hoy os ha
nacido un Salvador, que es el Mesías Señor" (Lc 2, 10-11).
Estas palabras debieron producir una alegría inmensa en los corazones de
aquellos hombres sencillos, educados y alimentados como todo el pueblo de
Israel por una gran Promesa en la tradición de la espera del Mesías. Con razón dice el Mensajero que esta
alegría "es para todo el pueblo" (Lc 2, 10); es decir, precisamente para el Pueblo de Dios, que andaba en tinieblas,
pero no se cansaba de la Promesa.
4. Con razón era necesario en aquella noche un Mensajero que trajese la "gran luz"
de la profecía de Isaías al establo y al pesebre de Belén. Era necesaria esta
luz, era necesaria "la manifestación de la gloria" (Tit 2, 13)
—como escribe San Pablo— para que se pudiese leer bien la señal.
"Encontraréis un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre"
(Lc 2, 12). Los pastores de Belén, hombres sencillos que no sabían leer, han
leído
bien, de veras, la señal. Fueron los primeros entre quienes lo han leído después y lo leen ahora.
Fueron los primeros testigos del misterio. Nosotros, que en esta noche llenamos la basílica de San Pedro, y cuantos en todas partes
están presentes en la Misa de medianoche, nos hacemos partícipes de su testimonio.
No en vano esta Misa de medianoche es llamada en algunas regiones "Misa
de los pastores".
5. Recordemos que es la noche del Misterio, aunque podría valorarse de diversa
manera el acontecimiento, en el que apareció la "manifestación de la
gloria de nuestro gran Dios y Salvador" (Tit 2, 13) con el nacimiento del Niño, cuando Este vino al mundo por la Virgen y cuando
en la noche de su nacimiento no pudo disponer de un techo doméstico sobre su
cabeza, sino únicamente de un establo y de un pesebre.
Ahora bien, ya que estamos reunidos aquí, haciéndonos partícipes del primer
testimonio, dado por los pastores de Belén, acerca de este Misterio, tratemos
de reflexionar a fondo sobre él.
"Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que él ama"
(Lc 2, 14). Estas palabras provienen de la misma luz que resplandeció en aquella noche
en el corazón de hombres de buena voluntad.
/Dios se complace en los hombres!
Esta noche constituye un testimonio singular de la complacencia divina para con
el hombre. ¿Acaso no lo creó a su imagen y semejanza? Las imágenes y las
semejanzas se crean para ver en ellas el reflejo de uno mismo. Por esto se miran
con complacencia.
¿Acaso no se ha complacido Dios en el hombre, cuando, después de haberlo creado,
"vio que era bueno?" (Gén 1, 31).
He aquí que en Belén nos encontramos en el culmen de esta complacencia. ¿Es
quizá posible expresar de modo diverso lo que sucedió entonces?
¿Es posible comprender diversamente el Misterio, por el cual el Verbo se hace
carne, el Hijo de Dios asume la naturaleza humana y nace como niño del seno de
la Virgen? ¿Es posible leer de otra manera esta señal?
6. Por esto precisamente, a medianoche de Navidad, muchos pueblos entonan un
gran canto. Este se difunde cada año desde el mismo establo de Belén. Resuena en los labios
de los hombres de tantas tierras y razas. Resuena el gran canto del gozo y
asume tantas formas. Cantan en Italia, cantan en Polonia, cantan en todas las
lenguas y dialectos, en todos los países y continentes. ¡Dios ha manifestado su
complacencia en el hombre!
¡Dios se complace en el hombre!
Los hombres entonces se despiertan; se despierta el hombre, "pastor de su
destino" (Heidegger).
¡Cuántas veces el hombre es aplastado por este destino, cuántas veces es
prisionero suyo, cuántas veces muere de hambre, está próximo a la
desesperación, es amenazado en la conciencia del significado de la propia
humanidad! ¡Cuántas veces —no obstante todas las apariencias que se crea— el
hombre está lejos de complacerse de sí mismo!
Pero hoy él se despierta y oye el anuncio: ¡Dios nace en la historia humana!
Dios se complace en el hombre. Dios se ha hecho hombre.
Dios se complace en ti. Amén.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana
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