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HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA ORDENACIÓN EPISCOPAL
Solemnidad de la Epifanía del Señor
Domingo 6 de enero de 1980
1. "... ofrecieron sus dones...".
Con este gesto los tres Reyes Magos del Oriente realizaron la finalidad de su
viaje. El les condujo por los caminos de esas tierras hacia las que también
los acontecimientos actuales llevan frecuentemente nuestra atención. Para los
tres Reyes Magos la guía en estos caminos fue la estrella misteriosa "que
habían visto en Oriente" (Mt 2, 9), y que "les precedía, hasta que
llegada encima del lugar en que estaba el Niño, se detuvo" (Mt 2, 9). A
este Niño precisamente vinieron esos hombres únicos, llamados de fuera del
círculo del Pueblo elegido hacia los caminos de la historia de este
Pueblo. La historia de Israel les había dado la orden de detenerse en
Jerusalén y preguntar ante Herodes: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba
de nacer?" (Mt 2, 2). Efectivamente, los caminos de la historia de
Israel habían sido marcados por Dios, y por esto era necesario buscarle en
los libros de los profetas: esto es, de aquellos que habían hablado en
nombre de Dios al Pueblo sobre su vocación especial. Y la vocación del Pueblo
de la Alianza fue precisamente Aquel a quien conducía el camino de los Reyes
Magos de Oriente. Apenas hubieron preguntado a Herodes, éste no tuvo duda
alguna de quién —y de qué rey—se trataba, porque, como leemos, "reuniendo a
todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les
preguntó dónde había de nacer el Mesías" (Mt 2, 4).
Así, pues, el camino de los Reyes Magos lleva al Mesías, a
Aquel a quien el Padre "santificó y envió al mundo" (Jn 10, 56). Su
camino es también el caminó del Espíritu. Es sobre todo el camino en el
Espíritu Santo. Al recorrer este camino —no tanto en las vías de las
regiones del Oriente Medio, cuanto más bien a través de los misteriosos
caminos del alma— el hombre es conducido por la luz espiritual que proviene de
Dios, representada en esa estrella, a la que seguían los tres Reyes Magos.
Los caminos del alma humana, que conducen hacia Dios, hacen
ciertamente, que el hombre vuelva a encontrar en sí un tesoro interior. Así
leemos también de los tres Reyes Magos, que al llegar a Belén "abrieron sus
cofres" (Mt 2, 11). El hombre toma conciencia de los dones enormes de
naturaleza y de gracia con que Dios lo ha colmado, y entonces nace en él la
necesidad de ofrecerse, de devolver a Dios lo que ha recibido, de hacer
ofrenda de ello como signo de la dádiva divina. Este don asume una triple
forma, como en las manos de los tres Reyes Magos: "abriendo sus cofres, le
ofrecieron dones, oro, incienso y mirra" (Mt 2, 11).
2. El Episcopado, que hoy, venerados y amadísimos
hermanos, recibiréis de mis manos, es un sacramento en el que debe
manifestarse de modo especial el clon. Efectivamente, el Episcopado es la
plenitud del sacramento del orden, mediante el cual la Iglesia abre siempre
ante Dios su tesoro más grande, y le ofrece de este tesoro los dones de todo
el Pueblo de Dios. El tesoro mayor de la Iglesia es su Esposo: Cristo.
Tanto el Cristo colocado sobre el heno de un pesebre, como también el Cristo
que muere en la cruz. Es un tesoro inagotable. La Iglesia tiende continuamente
la mano a este tesoro para tomar de El. Y tomando, no lo disminuye, sino que
lo aumenta. Estos son los principios de la economía divina. La Iglesia,
pues, tiende la mano al tesoro de la Navidad y de la Crucifixión, al tesoro de
la Encarnación y de la Redención. Y tomando de él, no empobrece ese tesoro,
sino que lo multiplica.
El obispo es el administrador, al mismo tiempo, de ese
tomar y de ese multiplicar.
Es "dispensador de los misterios de Dios" (1 Cor 4, 1).
No es sólo un mago que camina por las vías impracticables del mundo hacia el
umbral del misterio. Está colocado en su mismo corazón. Su deber es abrir este
misterio y sacar de él. Cuanto más generosamente saca, tanto más multiplica.
Recordad, queridísimos, que el Espíritu Santo os constituye
hoy en medio de la Iglesia para que, sacando abundantemente del tesoro de la
Navidad y de la Redención, lo multipliquéis con vuestra vida y vuestro
ministerio.
3. De este tesoro se saca siempre, oro, incienso y mirra.
Vuestra vida debe revestirse de este triple don, ya que estáis llamados para
ofrecer a Dios en Cristo y en la Iglesia vuestro amor, vuestra oración y
vuestro sufrimiento. Sin embargo, al ser constituidos en medio del Pueblo de
Dios como Pastores y a la vez como siervos, vuestro don personal debe crecer
en este Pueblo. "Fecit eum Dominus crescere in plebem suam". Vuestra vocación
es el don de todo el Pueblo. Cada uno de vosotros debe ser el Pastor y
el siervo de este amor, de la oración y del sufrimiento, que se elevan de
todos los corazones a Dios en Cristo, Estos dones no deben ser malgastados ni
se deben perder. Al contrario, deben encontrar el camino de Belén como los
dones en las manos de los Magos, que siguieron la estrella de Oriente. Cada
obispo es el dispensador del misterio y el siervo del don que se prepara
incesantemente en los corazones humanos. Este don proviene de las experiencias
de la generación a la que el mismo obispo pertenece. Proviene de la vida de
centenares, millares y millones de hombres, sus hermanos y hermanas. El mismo,
obispo, es el siervo del don, el que lo custodia y lo
multiplica. Debéis penetrar profundamente en toda la complejidad de la
vida de los hombres contemporáneos, a fin de que lo que la constituye no se
descomponga en sus obras, en los corazones, en las relaciones sociales, en las
corrientes de civilización, sino que vuelva a encontrar constantemente su
sentido como don. Es Cristo mismo, Pastor y Obispo de nuestras almas, de todo
lo que es humano, quien quiere hacer de nosotros un sacrificio perenne
agradable a Dios (cf. Plegaria Eucarística III), un don al Padre.
El obispo es aquel que custodia el don, y el que despierta el
don en los corazones, en las conciencias, en las experiencias difíciles de su
época, en sus aspiraciones y en sus extravíos, en su civilización, en la
economía y en la cultura.
4. Hoy llegan a Belén los tres Magos de Oriente. Llegan por el
camino de la fe. ¿Acaso no puede decirse del Episcopado que es un
sacramento del camino? ¡Vosotros recibís este sacramento para encontraros
en el camino de tantos hombres a los que os envía el Señor; para emprender
junto con ellos esta vía, caminando, como los Magos, detrás de la estrella; y
muchas veces para hacerles ver la estrella, que en alguna parte ha cesado de
brillar, en alguna parte ha desaparecido..., para mostrársela de nuevo!
Entráis también vosotros, queridos hermanos, en este gran
camino de la Iglesia, que ha sido trazado por la sucesión apostólica a
cada una de las sedes episcopales.
¿Qué decir de esa maravillosa, rica sucesión en la sede de
San Ambrosio, y luego de San Carlos de Milán? Se remonta casi a los
primeros decenios del cristianismo y abunda en obispos mártires... y,
precisamente en nuestro siglo; ha dado a la Iglesia dosPapas: Pío XI y Pablo
VI. Está aquí presente el cardenal Giovanni Colombo, que recibió esta sede de
Milán precisamente después de Pablo VI, el entonces cardenal Giovanni Battista
Montini, para trasmitirla hoy, cuando se agotan sus fuerzas, a su sucesor. La
Iglesia de Milán saluda con alegría a este sucesor, digno hijo de San Ignacio,
estimado rector del "Bíblico" y después de la Universidad Gregoriana de Roma.
La Iglesia de Milán saluda con alegría y confianza al que debe ser su nuevo
obispo y Pastor, al nuevo dispensador del don, de que he hablado, al nuevo
testigo de la estrella, de esa estrella que lleva infaliblemente a Belén.
La Santa Sede saluda también con satisfacción a su benemérito
hijo, antiguo oficial de la Cancillería Apostólica. y entregado desde
hace largos años al servicio de la Secretaría de Estado, como también celoso
ministro de Dios en tantas obras de apostolado, que recibe hoy la ordenación
episcopal como arzobispo titular de Serta, para desarrollar las funciones de
Delegado para las Representaciones Pontificias.
Saludamos finalmente al hijo de África, al nuevo Pastor de la
joven y querida Iglesia de Yagua en el Camerún, que hasta hoy ha trabajado
intensamente, en su diócesis de origen, como rector del seminario regional
mayor de Bambui y como generoso colaborador en distintas actividades
pastorales; y en él dirigimos nuestro recuerdo cordial a todo el continente
africano.
5. El Episcopado es el sacramento del camino. Es el sacramento
de los numerosos caminos que recorre la Iglesia, siguiendo a la estrella de
Belén, junto con cada uno de los hombres.
Entrad en estos caminos, venerados y queridos hermanos, llevad
por ellos oro, incienso y mirra. Llevadlos con humildad y confianza. Llevadlos
con valentía y constancia. Mediante vuestro servicio se abra el tesoro
inagotable a nuevos hombres, a nuevos ambientes, a nuevos tiempos, con la
inefable riqueza del misterio que se ha revelado a los ojos de los tres Magos,
que llegaron de Oriente, al umbral del establo de Belén.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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