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MISA PARA LOS ALUMNOS DEL SEMINARIO
REGIONAL DE MOLFETTA (ITALIA)
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II
Capilla Paulina
Domingo 13 de enero de 1980
Queridísimos superiores y alumnos:
Habéis deseado vivamente este encuentro litúrgico con el
Papa, y yo con gran alegría os expreso mi agradecimiento al encontrarme con
vosotros, esta mañana, para celebrar el Sacrificio Eucarístico.
Efectivamente, ¿hay algo más bello y consolador que estar juntos, para
conocernos, para entendernos, para amarnos y sobre todo para gozar en común
de la presencia y de la amistad de Cristo?
Por esto os saludo uno por uno con afecto paterno, y hago
extensiva mi benevolencia a vuestros familiares, a todos los que os aman.
Vuestro seminario regional tiene ya una larga historia, y
al pensar en tantos sacerdotes y en los numerosos obispos que ha formado,
brota del corazón un vivo agradecimiento a Dios por el intenso trabajo
realizado para el bien de la Iglesia y provecho de las almas.
Y ahora, queridísimos seminaristas, sois vosotros quienes os
preparáis en ese seminario; sois vosotros los llamados; a vosotros a quienes
la Iglesia y la sociedad os esperan con ansia, dada la extrema necesidad de
ministros de Dios, que sean clarividentes y rectos, equilibrados y sabios,
sacerdotes convencidos y animosos, como fueron precisamente en el pasado, y
lo son todavía, tantas luminosas figuras del clero de vuestra región.
En esta época de tribulaciones y angustias, la Iglesia,
avalada por la asistencia divina, continúa anunciando y dando testimonio de
Jesucristo, luz y salvación de los hombres. Y el Señor os llama también a
vosotros a esta misión grande e indefectible; para ella os preparáis.
Quiero sacar de la liturgia de hoy del bautismo de Jesús
alguna reflexión útil para esta formación vuestra.
1. En el episodio del bautismo de Jesús, relatado por los cuatro
Evangelistas, es evidente el mensaje doctrinal, es decir,
teológico-dogmático.
Como sabemos, el bautismo administrado por Juan era solamente
un rito de purificación, con miras a la inminente venida del Mesías; también
Jesús, quiso someterse a este bautismo, para reconocer públicamente la misión
de Juan, último profeta del Antiguo Testamento y Precursor del Mesías, y para
significar de manera evidente que, aun no teniendo pecado, se mezclaba entre
los pecadores precisamente para redimir a los hombres del pecado.
En este episodio del Evangelio se revela la Santísima Trinidad
en una solemne teofanía; se revelan la divinidad de Cristo, Hijo predilecto
del Padre, y su misión salvífica, para la que se encarnó.
He aquí revelado en este episodio el fundamento absoluto de
nuestra fe y por lo tanto de nuestra consagración: la divinidad de Cristo y su
misión.
2. Juan Bautista, al anunciar al Mesías, decía: "El os
bautizará en Espíritu Santo y en fuego". En estas palabras se contiene un
mensaje que vale para toda la historia de los hombres. El fuego es el
símbolo bíblico del amor. de Dios, que quema y purifica de todo pecado; el Espíritu Santo indica la
vida divina, que Jesús ha traído mediante la "gracia". Puesto que Jesús es Dios, su
Palabra permanece válida para siempre.
Y para que la verdad revelada y los medios de salvación permaneciesen
íntegros a través de las vicisitudes de loa tiempos, Jesús instituyó la
Iglesia sobre los Apóstoles y sus sucesores, y dio a Pedro y a sus
sucesores el mandato de confirmar en la fe a los hermanos, dejándoles la
seguridad de su oración particular y la asistencia del Espíritu Santo.
Esta certeza debe impulsaros, queridísimos seminaristas,
a la confianza total y absoluta en Jesús, en su palabra, en la Iglesia querida y fundada por El mismo.
Jesús es la verdad; ha venido para dar
testimonio de la verdad; nos ha consagrado en la verdad (cf. Jn 14, 6-8. 12;
8, 31-32; 17, 17-19; 18, 37). No puede, engañarnos; no puede abandonarnos en la niebla de las confusiones, en la espiral de la duda,
en el abismo de la angustia; en la ansiedad de la incertidumbre.
Todo pasa, pero la verdad permanece; pasa la figura de este
mundo, pero la Iglesia no pasa.
3. Ahora os encontráis en el seminario, atendidos con amor y
desvelo por vuestro superiores y profesores, para ser después vosotros mismos
los que bauticen "en fuego y en Espíritu Santo". Por esto también se pueden
aplicar a vosotros las palabras del Señor referidas por el profeta Isaías: "Te
he llamado en la justicia y te he tomado de la mano. Yo te he formado y te
he puesto por alianza para mi pueblo y para luz de las gentes, para abrir los
ojos de los ciegos, para sacar de la cárcel a los presos, del fondo del
calabozo a los que moran en tinieblas" (Is 42, 6-7).
Dejaos conducir por la mano del Señor, porque El quiere
realizar hoy la Redención por medio de vosotros. La Redención siempre es
actual, porque siempre es actual la parábola del trigo y de la cizaña, siempre
son actuales las bienaventuranzas. La humanidad siempre tiene necesidad de la
Revelación y de la Redención de Cristo, y por esto os espera. Siempre
hay almas a las que iluminar; pecadores a quienes perdonar, lágrimas que
enjugar, desilusiones que consolar, enfermos a quienes animar, niños y jóvenes
a quienes guiar: ¡existe y existirá siempre el hombre a quien amar y
salvar en nombre de Cristo! Esta es vuestra vocación, que os debe hacer
alegres y animosos.
Pero debéis prepararos con sentido de gran responsabilidad y
de profunda y convencida seriedad: seriedad en la formación cultural,
particularmente filosófica, bíblica, teológica, así como en la ascética y
disciplinar, de manera que os consagréis total y gozosamente sólo a Jesús y a
las almas, recordando lo que ya escribía San Juan Crisóstomo: "Es necesario
que la belleza del alma del sacerdote brille en todas partes, para que pueda
alegrar y, al mismo tiempo, iluminar las almas de quienes lo ven" (Diálogo
del Sacerdocio, L. III. 10) y también: "conozco toda la grandeza del
ministerio sacerdotal y las graves dificultades inherentes al mismo: el alma
del sacerdote está sacudida por olas más impetuosas que las que levantan
los vientos en el mar" (ib., L. III, 5).
Queridísimos superiores y alumnos:
El 8 de diciembre de 1942 Pío XII de venerada memoria, como
signo de afecto y estima, donaba a vuestro seminario regional un fresco
del siglo XIV, colocado en tela, en el que aparece representada la Madre de Dios, a la que vosotros invocáis justamente
bajo el título de "Regina
'Apuliae".
A Ella, a vuestra Reina, os confío y os encomiendo: rezadla
cada día, amadla, confiad en Ella.
Mientras os aseguro un constante recuerdo en mi oración, con
particular afecto os imparto la propiciadora bendición apostólica, que hago
extensiva también a todas vuestras familias.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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