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MISA DE INAUGURACIÓN
DEL SÍNODO PARTICULAR DE LOS OBISPOS DE HOLANDA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Lunes 14 de enero de 1980

 

Venerables y queridos hermanos:

1. Nuestros pensamientos y nuestros corazones se dirigen hoy hacia el Señor, que es el Pastor de su rebaño, el Pastor de su pueblo y el Pastor de la Iglesia.

El es aquel a quien anuncia el Salmo de la liturgia de hoy con palabras que hacen nacer en nuestras almas la esperanza, la paz y la alegría.

«Es Yavé mi pastor: nada me falta. Me hace recostar en verdes pastos / y me lleva a frescas aguas. Recrea mi alma, / me guía por las rectas sendas por amor de su nombre» (Sal 23 [22], 1-3).

Por tanto, nuestros pensamientos y nuestros corazones se dirigen hacia El, hacia Jesucristo, porque El es ante todo nuestro Pastor.

El es el Pastor de la Iglesia entera y de todas las Iglesias. El es el Pastor de los Pastores. El Pastor de aquellos a quienes confía la solicitud pastoral de todo lo que concierne a la Iglesia. Les confía..., nos confía este ministerio pastoral que no es otra cosa que el servicio.

Nosotros hemos heredado de los Apóstoles esta conciencia de ministerio pastoral. Por medio de ella tratamos de orientar nuestro comportamiento respecto de Dios y de los hombres, teniendo fijos nuestros ojos en Cristo.

¿Existe, acaso, algo más maravilloso que esta imagen del Pastor, del Buen Pastor que El mismo nos ha mostrado como el modelo a imitar? Esta imagen surge ya en el profeta Isaías cuando habla del Siervo del Señor sobre el que Dios ha hecho reposar su Espíritu (42, 2).

«No gritará, no hablará recio ni hará oír su voz en las plazas. No romperá la caña cascada ni apagará la mecha que se extingue».

Y añade: «Expondrá fielmente el derecho» (42, 2-3).

2. Sin embargo, al final de todas las imágenes conocidas en la Sagrada Escritura, se encuentra esta realidad que es el mismo Cristo. El lo expresó en la parábola del Buen Pastor y al mismo tiempo lo puso en práctica, en todas sus acciones. Lo llevó a cumplimiento sobre todo por medio de su última obra, por la cual ofreció su vida por su rebaño (cf. Jn 10, 11).

A fin de preparar a sus Apóstoles para esta obra que es el culmen pascual de su misión, pasó con ellos largos ratos, y el Evangelista San Juan nos ha transmitido de un modo particular su último discurso. Las palabras que acabamos de leer hoy en el Evangelio forman parte del mismo.

«Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada. El que no me ama no guarda mis palabras; y la palabra que oís no es mía, sino del Padre, que me ha enviado» (Jn 14, 23-24).

¿Podía Cristo habernos confiado una obligación mayor como Pastores y maestros de la Iglesia, que la contenida en estas palabras?

Ser Pastor y obispo de las almas significa guardar la palabra. Guardar la verdad. A través de ella El y el Padre vienen continuamente a nosotros: El, que es el Verbo Encarnado; El, que es el Cristo Redentor; El, que es el Pastor eterno de las almas.

El es por encima de todo el Pastor de los Pastores.

3. En el mismo discurso de despedida, del cual acabamos de leer hoy un breve pasaje, Cristo promete a los Apóstoles el Espíritu Santo, que es el Espíritu de amor y de verdad:

«Pero el Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho" (Jn 14, 26).

Así pues, la Iglesia vive del Espíritu Santo.

El portavoz de esta certeza es Pablo de Tarso en su Epístola a los Corintios, donde muestra cómo, por la fuerza del Espíritu, se construye esta comunidad que, en Cristo, reúne como en un sólo Cuerpo místico a todos aquellos que han «bebido del mismo Espíritu» (1 Cor 12, 13).

En nuestra difícil época, en nuestro siglo XX, a través del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha expresado de un modo particularmente pleno la verdad acerca de sí misma.

Esta enseñanza debe ser la medida del pensamiento y de la actuación de todos aquellos que constituyen la Iglesia de Cristo.

De un modo particular debe ser la medida de nuestro propio pensamiento y de nuestro propio comportamiento entre nosotros, ya que somos los maestros y los Pastores de la Iglesia.

Debe ser la medida de nuestro propio pensamiento y de nuestra actuación, en este Sínodo particular en el que nos hemos reunido. La razón de este Sínodo no es otra que una encarnación auténtica y plena en la vida de esta verdad apostólica acerca de la Iglesia, que ha sido puesta de manifiesto por las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Desde el principio hasta el final ésta ha de ser su contenido, su inspiración y su objetivo.

4. La asamblea Sinodal en la cual los obispos de la provincia eclesiástica de Holanda se reúnen con el Obispo de Roma es un acontecimiento sin precedentes. Todos somos conscientes de ello. Los Sínodos de los Obispos poseen ya un ritmo plurianual; sin embargo es la primera vez que se lleva a cabo un Sínodo de este género, un Sínodo particular.

El principio de la compenetración recíproca entre la Iglesia universal y la Iglesia local se expresa en este Sínodo de un modo especial. La Iglesia de Jesucristo, gracias al Espíritu Santo que es el alma de todo el Cuerpo y de todos los miembros, se realiza en estas dos dimensiones. Es universal y a la vez está compuesta de diversas partes. Es universal y local. El objetivo de nuestra reunión es manifestar la coherencia de estas dos dimensiones en su plenitud y consolidarlas.

Por este motivo nuestros corazones y pensamientos se dirigen de modo especial hacia Cristo: «Porque así como, siendo el cuerpo uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así es también Cristo...» (1 Cor 12, 12). Nuestros pensamientos y nuestros corazones se dirigen a Cristo. Hacia el Pastor y el Obispo de nuestras almas. Hacia el Pastor de los Pastores. Conscientes de la verdad, a la que debemos servir,. conscientes de la responsabilidad que debemos asumir, nos hallamos juntos alrededor de este altar para celebrar la Eucaristía, el sacramento de la muerte y la resurrección, a través del cual Cristo nos entrega continuamente su Espíritu. el Espíritu de verdad y de amor.

5. Dirijámonos con este Espíritu hacia este Pueblo: hacia esta comunidad, que constituyen todas las Iglesias que se encuentran en tierras de los Países Bajos.

Vayamos con un amor grande.

El amor es consciente de las dificultades: Pero por encima de todo es consciente del bien; es consciente de los dones: de los dones naturales y de los que proceden del a gracia, que el Buen. Pastor ha derramado en esta comunidad, y.que ha depositado en el corazón de todo hombre rescatado, al darle la libertad de los hijos de Dios.

Dones que espera..

He aquí porqué deseamos en este signo del pan y del vino la ofrenda espiritual de vuestro pueblo, la ofrenda espiritual de esta tierra de la que sois a la vez hijos y Pastores.

Roguemos a Cristo para que acepte esta ofrenda.

Roguemos para que la penetre de la luz y la gracia de su Espíritu, de este Espíritu, que por sí mismo opera todo bien, «distribuyendo a cada uno según quiere» (1 Cor 12, 11)

Este Espíritu que edifica la Iglesia y hace de ella «un sólo cuerpo» (1 Cor 12, 12).

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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