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VISITA A LA PARROQUIA ROMANA DE LA INMACULADA
Y SAN JUAN BERCHMANS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO

II Domingo del tiempo ordinario, 20 de enero de 1980

 

Queridísimos fieles:

1. Estoy contento de visitar esta parroquia, dedicada a la Inmaculada Concepción y a San Juan Berchmans, en este domingo en que la liturgia nos recuerda el episodio de Caná de Galilea. Esta parroquia es rica de recuerdos significativos: efectivamente, la quiso San Pío X, que había pasado por aquí yendo a venerar la tumba de Pío IX, en la basílica de San Lorenzo "al Verano", vuestra iglesia fue construida con las ofrendas de los católicos belgas y consagrada, hace 70 años, por el cardenal Desiderée Mercier, arzobispo de Malinas y Primado de Bélgica. Desde el comienzo fue confiada a los cuidados de los beneméritos religiosos "josefinos"; acoge además a las religiosas de 4 congregaciones: las religiosas de María Santísima Consoladora, que atienden en especial a la juventud femenina; las religiosas Maestras de Santa Dorotea, que se dedican a la educación de los niños, colaborando también en la catequesis y en las obras caritativas; las religiosas de María Santísima del Huerto, colaboradoras expertas en la enseñanza y en la instrucción; y finalmente las religiosas Auxiliadoras del Purgatorio, dedicadas de modo especial a la asistencia a los ancianos y a los enfermos.

Acoged, queridos fieles, mi saludo afectuoso y cordial, que quiere llegar a las 3.500 familias de la parroquia, a cada uno de los cerca de 16.000 habitantes. Saludo, a cuantos, de algún modo están comprometidos en las estructuras eclesiales y civiles; saludo a las diversas clases de personas: obreros y empleados, estudiantes y universitarios, que en tan gran número hay en este barrio; llegue especialmente mi saludo paterno y estimulante a los ancianos, a los enfermos, a los emigrados, a todos los que de algún modo sufren por la crisis de la vivienda, por lo precario de las pensiones, por la desocupación, por dificultades de todo género.

Quisiera que todos sintiesen de verdad el afecto del Vicario de Cristo, que lleva a todos en el corazón, y que encomienda a todos con intenso amor a la Virgen Inmaculada y San Juan Berchmans, vuestro celeste protector.

2. En el Evangelio de hoy leemos que el Señor Jesús fue invitado a participar en las bodas que tenían lugar en Caná de Galilea. Esto sucede al comienzo mismo de su actividad magisterial, y el episodio se grabó en la memoria de los presentes, porque precisamente allí Jesús reveló por vez primera la extraordinaria potencia que, desde entonces, debía acompañar siempre su enseñanza. Leemos: «Este fue el primer milagro que hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria y creyeron en El sus discípulos» (Jn 2, 11).

Aunque el acontecimiento tiene lugar al comienzo de la actividad de Jesús de Nazaret, ya están en torno a El los discípulos (los futuros Apóstoles), al menos los que habían sido llamados primero.

Con Jesús está también en Caná de Galilea su Madre. Incluso parece que precisamente Ella había sido invitada principalmente. En efecto, leemos: «Hubo una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la Madre de Jesús. Fue invitado también Jesús con sus discípulos a la boda» (Jn 2, 1-2). Se puede deducir, pues, que Jesús fue invitado con la Madre, y quizá en atención a Ella; en cambio los discípulos fueron invitados juntamente con El.

3. Debemos concentrar nuestra atención sobre todo en esta invitación. Por vez primera Jesús es invitado entre los hombres; y acepta esta invitación, se queda con ellos, habla, participa en su alegría (las bodas son un momento gozoso), pero también en sus preocupaciones; y para remediar los inconvenientes, cuando faltó el vino para los invitados, realizó el "signo": el primer milagro en Caná de Galilea. Muchas veces más será invitado Jesús por los hombres en el curso de su actividad magisterial, aceptará sus invitaciones, estará en relación con ellos, se sentará a la mesa, conversará.

Conviene insistir en esta línea de los acontecimientos: Jesucristo es invitado continuamente por cada uno de los hombres y por las diversas comunidades. Quizá no exista en el mundo una persona que haya tenido tantas invitaciones, Más aún, es necesario afirmar que Jesucristo acepta estas invitaciones, va con cada uno de los hombres, se queda en medio de las comunidades humanas. En el curso de su vida y de su actividad terrestre, El debió someterse necesariamente a las condiciones de tiempo y de lugar. En cambio, después de la Resurrección y de la Ascensión, y después de la institución de la Eucaristía y de la Iglesia, Jesucristo de un modo nuevo, esto es, sacramental y místico, puede ser huésped simultáneamente de todas las personas y de todas las comunidades, que lo invitan. En efecto, El ha dicho: "Sí alguno me ama, guardará mi palabra. y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada" (Jn 14, 23).

Y he aquí, queridos hermanos y hermanas, que tocamos así la verdad más fundamental para cada uno de vosotros, y al mismo tiempo para vuestra parroquia. También vuestra parroquia es un Caná de Galilea, adonde está invitado Jesús. El ha aceptado esta invitación, y permanece entre vosotros. Permanece incansablemente, incesantemente. Permanece en las comunidades para aceptar, en medio de ellas, la invitación de cada uno. Y el invitado viene y se queda.

Meditad profundamente sobre esta presencia de Jesucristo en vuestra parroquia. y en cada uno de vosotros. ¿Sois verdaderamente hospitalarios con El?

4. Jesús fue invitado a Cano de Galilea, para tomar parte en la boda y en la recepción nupcial. Aun cuando diversos acontecimientos están vinculados con el comienzo de la actividad pública de Jesús de Nazaret, podemos deducir justamente del texto evangélico que este episodio precisamente, de modo particular, determina el comienzo de su vida apostólica. Es importante notar que precisamente en la circunstancia de las bodas Jesús comienza su actividad. Las palabras de la primera lectura del libro del profeta Isaías comprueban esto con la particular tradición profética del Antiguo Testamento.

Pero incluso independientemente de esta tradición, el hecho mismo nos ofrece mucho para meditar. Jesucristo, al comienzo mismo de su misión mesiánica, toca, en cierto sentido, la vida humana en su punto fundamental, en el punto de partida. El matrimonio, aun cuando es tan antiguo como la humanidad, significa siempre, cada vez, un nuevo comienzo. Este es sobre todo el comienzo de una nueva comunidad humana, de esa comunidad que se llama "familia". La familia es la comunidad del amor y de la vida. Y por eso a ella ha confiado el Creador el misterio de la vida humana. El matrimonio es el comienzo de la nueva comunidad del amor y de la vida, de la que depende el futuro del hombre sobre la tierra.

El Señor Jesús une el comienzo de su actividad a Caná de Galilea, para demostrar esta verdad. Su presencia en la recepción nupcial pone de relieve el significado fundamental del matrimonio y de la familia para la Iglesia y para la sociedad.

También la misión de la parroquia está vinculada con el matrimonio y con la familia y la parroquia está orientada de modo fundamental hacia ella. Que mí visita de hoy se convierta también en ocasión para hacernos conscientes todos a la vez de cómo se forma este vínculo entre la parroquia y la familia en la sociedad. ¿En qué medida los cónyuges asumen estos deberes junto con el sacramento, que Dios y la Iglesia ponen ante ellos? ¿Cómo se presenta el problema de la responsabilidad por la vida? ¿Por la educación?

Son preguntas serias y comprometidas, particularmente hoy, en este tiempo en que la familia cristiana encuentra ciertamente muchas dificultades para vivir coherencia los principios de su fe. Mientras me complazco por la intensa actividad pastoral desarrollada con tanto celo por los padres josefinos, exhorto a todos a aprovecharse lo más posible de la "catequesis": la instrucción religiosa es hoy absolutamente fundamental para el cristiano, porque la fe debe convertirse en convicción iluminada y personal. Sólo si se está realmente convencidos de que es voluntad de Dios y revelación de Cristo lo que la Iglesia enseña, se tiene la fuerza e incluso la alegría de vivir auténticamente la propia fe, a pesar de las dificultades del ambiente. Por esto dad gran importancia a la Santa Misa festiva y a la homilía del sacerdote, al catecismo pata los niños, a las lecciones de religión en las diversa escuelas, a los encuentros especializados de grupo en la parroquia o en los barrios, a la catequesis para los jóvenes, a la lectura de la prensa formativa. Y centrad vuestras actividades parroquiales en la Eucaristía, en el encuentro personal con Cristo, perenne huésped nuestro, recordando lo que decía vuestro patrono, el joven San Juan Berchmans: «Señor, ¿acaso hay para mí sobre la tierra otra dulzura y otra alegría que la santa comunión?".

Por eso en este domingo deseo invitar, de modo especial, a Jesús a todas las familias de esta parroquia. El venga —como en Caná de Galilea— junto con su Madre. ¡Qué elocuente es su presencia, su participación en este acontecimiento que tuvo lugar al comienzo de la actividad pública de Jesús de Nazaret!

5. En Caná se reveló también María en la plena sencillez y verdad de su Maternidad. La Maternidad está siempre abierta al niño, abierta al hombre. Ella participa de sus preocupaciones aun las más ocultas. Asume estas preocupaciones y trata de ponerles remedio. Así ocurrió en la fiesta de las bodas de Cana. Cuando llegó «a faltar el vino» (Jn 2, 3) el maestresala y los esposos se encontraron ciertamente en gran dificultad. Y entonces la Madre de Jesús dijo: «No tienen vino» (Jn 2, 3). El desarrollo posterior del acontecimiento nos es bien conocido.

Al mismo tiempo María se revela en Caná de Galilea como Madre consciente de la misión de su Hijo, consciente de su potencia.

Precisamente esta conciencia la apremia a decir a los servidores: «Haced lo que El os diga» (Jn 2, 5). Y los servidores siguieron las indicaciones de la Madre de Cristo.

¿Qué otra cosa puedo desearos, con ocasión del encuentro de hoy, a vosotros: esposos y familias; a vosotros: jóvenes y niños; a vosotros: enfermos y los que sufrís, cansados por la edad; finalmente a vosotros, queridos pastores de almas, religiosos y religiosas; a vosotros todos?

¿Qué cosa os puedo desear sino que escuchéis siempre estas palabras de María, Madre de Cristo: «Haced lo que El os diga»?

Y que las aceptéis con el corazón, porque han sido pronunciadas por el corazón. Por el corazón de la Madre. Y que las cumpláis: «A la santificación precisamente os llamó por medio de nuestra evangelización, para que alcanzaseis la gloria de nuestro Señor Jesucristo» (2 Tes 2, 14).

Aceptad, pues, esta llamada con toda vuestra vida. Realizad las palabras de Jesucristo.

¡Sed obedientes al Evangelio! Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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