The Holy See
back up
Search
riga

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Sábado 2 de febrero de 1980

 

1. "Tollite portas..." "Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria" (Sal 23 [24], 7).

No faltan en la liturgia momentos en los que se escuchan estas palabras del salmista, Hoy parece que hablan en sentido literal de las puertas del templo de Jerusalén, de sus dinteles. Porque debe entrar por estas puertas Aquel a quien el Salmo llana el Rey de la gloria, y el profeta Malaquías "el ángel de la alianza" (Mal 3, 1). Y por lo tanto éste es un momento único. El templo jerosolimitano existe desde el comienzo precisamente para que se pueda cumplir este momento.

El salmista pregunta, pues: "¿Quién es ese Rey de la gloria?, y se responde a sí mismo: "El Señor, héroe valeroso, el Señor, héroe de la guerra... El Señor de los ejércitos" (Sal 23 [24] 8. 10).

Esta es la respuesta del salmista, que habla con el lenguaje de las imágenes. En cambio, la. respuesta de los acontecimientos parece tener poco que ver con el lenguaje del salmista. He aquí que en el Evangelio de San Lucas leemos en efecto, lo siguiente: "Así que se cumplieron los días de la purificación, conforme a la ley de Moisés, llevaron (al Niño) a Jerusalén para presentarle al Señor..." (Lc 2, 22). Lo llevaron como tantos otros hombres obedientes a la ley de Israel... Lo llevaron para presentarlo al Señor. Y ninguno de los que allí estaban podía imaginar entonces que en aquel :momento se cumpliesen las palabras del salmista, que se cumpliesen las palabras del profeta Malaquías. El Niño de 40 días en los brazos de la Madre no tenía en sí nada de ese "Rey de la gloria". No entraba en el templo de Jerusalén como "Señor, héroe de la guerra", como "Señor valeroso".

2. Y sin embargo. Jesús, ya en ese día, entró en el templo de Israel para anunciar una "batalla" particular: una lucha que seria la misión de su vida. La lucha, que acabará con un triunfo insólito. Será el triunfo de la cruz, que a los ojos de todos significa no el triunfo, sino la ignominia; no la victoria, sino la derrota, y a pesar de todo será una victoria.

Precisamente lo que se realiza en el templo de Jerusalén anuncia esa victoria por medio de la cruz. Efectivamente, he aquí que se cumple el rito de la consagración al Señor de Israel, de ese nuevo Hijo de Israel, conforme a lo que está escrito en la ley del Señor: "Todo varón primogénito será consagrado al Señor" (Lc 2, 23; cf. Ex 13, 2. 11).

El símbolo de esta consagración es la ofrenda que, con ocasión de esta primera visita al templo, hacen los padres: "un par de tórtolas o dos pichones" (Lc 2, 24; cf. Lev 12, 8).

También esto se contenía en las normas de la ley.

De este modo el Pueblo de la Antigua Alianza desea manifestar, en sus primogénitos, que todo él está consagrado a Dios (Yavé), su Dios: que es su Pueblo.

Pero en este caso se está cumpliendo algo más que la observancia de una de las normas de la ley. Aunque no todos entre los presentes en el templo se den cuenta de ello, hay un hombre que tiene plena conciencia del misterio. Este hombre "movido por el Espíritu Santo, vino al templo" (Lc 2, 27). Era "hombre justo y piadoso... y el Espíritu Santo estaba en él" (cf. Lc 2, 25-26). Así escribe de él el Evangelista. Pues si este hombre, llamado Simeón, ha descifrado hasta el fondo el significado del acontecimiento, que en aquel momento tenía lugar en el templo de Jerusalén, lo ha hecho porque "el Espíritu Santo... le había revelado que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor" (Lc 2, 26).

Simeón ve, pues, y anuncia que el Niño primogénito, a quien María y José ofrecen a Dios en ese momento, es portador de una gran luz, que esperan Israel y toda la humanidad: "Luz para iluminación de las gentes y gloria de tu pueblo, Israel" (Lc 2, 32).

Simeón pronuncia estas palabras en un profundo éxtasis. Es el día más grande de su vida; después de vivirlo, ya puede dejar tranquilamente este mundo. Más aún, lo pide a Dios, teniendo entre sus brazos al Niño, que ha tomado de María y José: "Ahora, Señor, puedes ya dejar ir a tu siervo en paz, según tu palabra; porque han visto mis ojos tu salud, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos" (Lc 2. 29-31).

Así en el momento de la consagración ritual del primogénito entra el gran anuncio de la luz y de la gloria, que se extenderán con la fuerza del sacrificio. Efectivamente, Aquel a quien en este momento sostienen los brazos del anciano Simeón, está destinado a ser "Signo de contradicción" (Lc 2, 34). Y esta contradicción estará llena de sufrimiento que no excluirá ni siquiera el coraron de su Madre: "Y una espada atravesará tu alma" (Lc 2, 35).

Cuando en el templo de Jerusalén se desarrolla el rito de la consagración del primogénito, la vida de Jesús apenas cuenta con 40 días. Las palabras de Simeón revelan el contenido de esta  vida hasta el fin y comportan el anuncio de la cruz. Este anuncio pertenece a la plenitud del misterio de la consagración de Jesús en el templo.

3. Os habéis reunido, para participar en la liturgia de hoy, vosotros queridos hermanos y hermanas, que, por medio de la profesión religiosa, habéis consagrado totalmente vuestra vida a Dios.

Esta consagración vuestra a Dios, total, definitiva y exclusiva, es como un crecimiento continuo y una floración espléndida de esa consagración inicial, que tuvo lugar en el sacramento del bautismo; en él tiene sus raíces profundas y es una expresión más perfecta de él (cf. Decreto Perfectae caritatis, 5).

Mediante la profesión religiosa el fiel —como afirma la Constitución dogmática Lumen gentium— "hace una total consagración de sí mismo a Dios, amado sobre todas las cosas, de manera que se ordena al servicio de Dios y a su gloria por un título nuevo y especial. Ya por el bautismo había muerto al pecado y estaba consagrado a Dios; sin embargo, para extraer de la gracia bautismal fruto más copioso, pretende, por la profesión de los consejos evangélicos en la Iglesia, liberarse de los impedimentos que podrían apartarle del fervor de la caridad y de la perfección del culto divino y se consagra más íntimamente al servicio de Dios" (núm. 44).

Por esto la fiesta de la Presentación del Señor es una fiesta particular para vosotros, almas consagradas, en cuanto que participáis de manera excepcional en la donación de Cristo al Padre, la que tuvo su anuncio en la Presentación en el templo. La ofrenda de vuestra vida, que vosotros habéis hecho gozosamente por medio de los tres votos, encuentra su modelo constante, su premio, su estímulo, en la ofrenda que el Verbo de Dios hace de Sí mismo al Padre, en los brazos de su Madre.

4. Simeón pronuncia ante Jesús, en el momento de la Presentación, las palabras sobre la luz.

También vuestra vida, hermanos y hermanas queridísimos, debe ser una "luz" tal, que ilumine el mundo y la realidad temporal. En medio de todo lo que pasa, se esfuma y desaparece, vosotros, almas consagradas, auténticos hijos e hijas de la luz (cf. Ef 5, 8; 1 Tes 5, 5), debéis dar un testimonio veraz de la luz futura, de la vicia eterna, de la luz que no tiene ocaso. Es lo que os ha recordado con gran fuerza el Concilio Vaticano II: "La profesión de los consejos evangélicos aparece como un signo que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Iglesia a cumplir sin desfallecimiento los deberes de la vida cristiana. Y como el Pueblo de Dios no tiene aquí ciudad permanente. sino que busca la futura, el estado religioso, por librar mejor a sus seguidores de las preocupaciones terrenas, cumple también mejor tanto la función de manifestar ante todos los fieles que los bienes celestiales se hallan ya presentes en este mundo, como la de testimoniar la vida nueva y eterna conquistada por la redención de Cristo, y la de prefigurar la futura resurrección y la gloria del Reino celestial" (Const. dogm. Lumen gentium, 44).

Para vosotros valen de manera totalmente especial las palabras de Jesús: "Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos" (Mt 5. 14-16; cf. 1 Pe 2, 12). Sí, hermanos y hermanas. Brille la luz de vuestra fe fuerte, la luz de vuestra caridad activa; la luz de vuestra castidad gozosa: la luz de vuestra pobreza generosa.

5. Cuánta necesidad de esta luz, de este testimonio, tienen la Iglesia y el :mundo.

Cuánto debemos comprometernos, para que se realice su pleno esplendor y su elocuencia intacta.

Cuán necesario es que reproduzcamos en nosotros, seres mortales, el misterio de la consagración de Cristo al Padre para la salvación del mundo; de la consagración admirablemente comenzada con esta Presentación en el templo, cuya memoria celebra hoy toda la Iglesia.

Cuán necesario es que también nosotros fijemos la mirada en el alma de María, en esta alma que, según las palabras de Simeón, fue atravesada por una espada para que se revelasen los pensamientos de muchos corazones (cf. Lc 2, 35).

.Hoy, queridos hermanos y hermanas, como signo de este gran misterio de la liturgia, y a la vez del misterio de vuestros corazones, ponéis en mis manos las candelas encendidas. La consagración en el templo se multiplica, de algún modo, a través de la entrega de tantos corazones consagrados en el mundo...

Que se revelen los pensamientos de todos estos corazones ante la Madre, que conoce vuestra consagración y la rodea con un. amor particular.

Esta Madre es María.

Esta Madre es también la Iglesia.

Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

top