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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA
DE SAN SILVESTRE Y SAN MARTÍN
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Domingo 17 de febrero de 1980
1. Queridísimos hermanos y hermanas en Cristo: Dirijo ante
todo un vivo y cordial saludo a todos los que habéis venido hoy tan numerosos
a este encuentro con el Obispo de Roma. Quiero deciros enseguida cuánto
aprecio vuestra presencia, que es ciertamente signo de vuestra fe cristiana y
de vuestra comunión eclesial con vuestro Obispo, el Papa, el cual es también
Obispo de la Iglesia universal.
Especialmente saludo al cardenal Vicario Ugo Poletti, y al
obispo auxiliar de la zona, mons. Plinio Pascoli, que han contribuido
eficazmente a preparar esta visita. Mi saludo se dirige después al benemérito
párroco, p. Enrico Pinci, y a su comunidad carmelitana, que tanto se prodiga
por esta parroquia. Saludo también a los institutos religiosos aquí
representados, a las varias asociaciones católicas, al consejo pastoral y al
grupo de catequistas.
Sé que en San Martín "ai Monti" hay un gran dinamismo de vida
parroquial, por lo que felicitamos a sus varios y celosos responsables.
Ciertamente, también hay problemas: por ejemplo, cómo superar algunos
elementos de indiferencia, cómo acercar a los llamados "lejanos", el trato
más asiduo con los jóvenes, la promoción de iniciativas culturales más
continuas, la participación en la vida pública con específicas aportaciones
cristianas, la traducción de la propia fe en un cristianismo cada vez más
concreto y vivido. Pero estoy seguro de que, con la gracia de Dios, y
mediante el compromiso de todos, cualquier dificultad podrá ser superada de
manera que produzca frutos cada vez Más copiosos y dignos de los discípulos
de Cristo.
2. En la liturgia de la Palabra de hoy, nos impresiona sobre
todo la comparación del hombre justo con el árbol: "Será como un árbol
plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón, y no se marchitan sus hojas" (Sal 1, 3). Así dice el salmista.
Y el profeta Jeremías, que emplea la misma comparación, añade que este árbol
"no teme la venida del calor, conserva su follaje verde, en año de sequía no
la siente, y no deja de dar fruto" (Jer 17, 8).
Se compara al hombre
con un árbol.
Y es justo. También el hombre crece, se desarrolla; mantiene la salud y las
fuerzas, o las pierde. Sin embargó, la comparación de la Sagrada Escritura se
refiere al hombre sobre todo en sentido espiritual. Efectivamente, habla de
los frutos espirituales de sus obras, que se manifiestan por el hecho de que
este hombre "no sigue el consejo de los impíos" y "no entra por la senda de
los pecadores" (Sal 1, 1). En cambio, la fuente de esta conducta, esto es, de
estos frutos buenos del hombre, está en que "su gozo es la ley del Señor" y
"medita su ley día y noche" (Sal 1, 2).
Por su parte, el profeta subraya que este hombre "confía en el
Señor y en El pone su confianza" (Jer 17, 7). El hombre que vive así, que se
comporta de este modo es llamado en la Escritura bendito. En oposición a él
está el hombre pecador, a quien el profeta Jeremías compara con "un desnudo
arbusto en el desierto" (Jer 17, 6), y a quien el salmista parangona con la
"paja que arrebata el viento" (Sal 1, 4). Si el primero merece la bendición,
el otro es llamado "maldito" por el profeta (Jer 17, 5), porque sólo confía en
el hombre (Jer 17, 5), esto es, en sí mismo, y "de la carne hace su apoyo, y
aleja su corazón del Señor" (Jer 17, 5).
3. Así, pues, la liturgia de la Palabra de hoy tiene un
mensaje claro. Trata del hombre. Juzga su conducta. Somete a valoración
crítica su concepción del mundo. Toca los fundamentos mismos de donde la vida
humana saca su sentido integral. Efectivamente, la integridad de la vida
humana es el camino que se debe seguir (esta comparación, como se ve, tan
antigua, permanece siempre fresca y viva); la vida humana es un camino que hay
que recorrer.
"El Señor protege el camino de los justos, pero el camino de
los impíos acaba mal" (Sal 1, 6).
Esta mirada sobre el conjunto de los problemas humanos, sobre
el complejo de la vida, ¿es sólo de ayer? ¿No se pueden aplicar estas
comparaciones y estas valoraciones a los hombres de nuestro tiempo? ¿No se
refieren también a nosotros?, ¿a cada uno de nosotros? ¿Acaso no se puede
repetir al hombre de nuestra época —época de materialismo teórico y práctico—
que él pone su fuerza en la "carne", es decir, en sí mismo y en la materia, y
que mide el sentido de la vida sobre todo por los valores materiales? En
efecto, está orientado a "poseer" y a "tener", hasta el punto de perder
frecuentemente en todo esto lo que es más importante: aquello, gracias a lo cual, el hombre es hombre, capaz de hacerle crecer
como árbol que produce frutos buenos.
4. El hombre debe crecer espiritualmente, madurando para la
eternidad. También nos enseña esto la Palabra de Dios en la liturgia de hoy.
"Alegraos en aquel día y regocijaos, pues vuestra recompensa
será grande en el el cielo" (Lc 6, 23): así recuerda el canto que precede al
Evangelio, unido a un gozoso "Alleluia", que desaparecerá en la liturgia de los
próximos domingos, porque entramos ya en el período de Cuaresma.
Para madurar espiritualmente hasta la eternidad, el hombre no
puede crecer sólo en el terreno de la temporalidad. No puede poner su apoyo en la
carne,
es decir, en sí mismo, en la materia. El hombre no puede construir sólo sobre sí y
"confiar" solamente en el hombre. Debe crecer en un terreno diverso
del de lo
transitorio y de lo caduco de este mundo temporal. Es el terreno de la nueva vida,
de la eternidad y de la inmortalidad el que Dios ha puesto en el hombre, al crearlo a
su propia imagen y semejanza.
Este terreno de la nueva vida se ha revelado plenamente en la
resurrección de Cristo; como nos recuerda San Pablo en la liturgia de hoy en el pasaje
de la primera Carta a los Corintios. Nosotros crecemos y maduramos espiritualmente (e
incluso corporalmente), tendiendo con toda nuestra humanidad a la vida eterna; en
efecto, "Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que mueren"
(1 Cor 15, 20): por esto la resurrección de Cristo confiere un dinamismo de
crecimiento a la vida todos. Está bien que ya antes de la Cuaresma, la liturgia
nos recuerde las verdades fundamentales de nuestra fe y de nuestra vida; de este
modo, indica ya a lo que nos prepararemos, en el recogimiento espiritual, durante los
domingos y las semanas próximas.
¿Qué significa creer en Cristo? ¿Qué significa creer en la
resurrección? Significa precisamente (como dice Jeremías) confiar en el Señor, tener
confianza en El solo, una confianza tal que no podamos ponerla en el hombre, porque
la experiencia nos enseña que el hombre está sometido a la muerte.
¿Qué significa creer en Cristo y creer en la resurrección?
Significa también complacerse en la ley del Señor, esto es, vivir de acuerdo con
los mandamientos y las indicaciones que Dios nos ha dado, mediante Cristo.
Entonces somos como ese árbol que, plantado junto a la acequia y fertilizado por ella,
da fruto: fruto bueno, fruto de vida eterna.
La resurrección de Cristo se ha convertido en la fuente del agua
vivificante del bautismo, de la que debe brotar toda la vida de un cristiano en crecimiento hacia la eternidad y hacia
Dios.
5. Como se ve, el contenido de la liturgia de hoy es muy rico y
nos hace pensar mucho. El hombre está situado entre el bien y el mal, y en este
contraste crece y se desarrolla espiritualmente. Crece como un árbol, pero, al mismo
tiempo, muy diversamente de él. Su crecimiento y su desarrollo espiritual dependen
de sus decisiones y de sus opciones. Dependen de la libre voluntad, del estado de su
conciencia, de su concepción del mundo, de la escala de valores que guía su vida y su
comportamiento.
Y por esto, también nosotros, que creemos en Cristo y
pertenecemos a su Iglesia, debemos preguntarnos siempre a nosotros mismos: los
valores que nos guían, ¿están realmente conformes con nuestra fe? La concepción del
mundo, que aceptamos cada día, ¿acaso no está construida sólo sobre la
"carne", sobre la temporalidad? ¿Corresponde nuestro comportamiento a la verdad que
confesamos? ¿No es conformista? ¿O hipócrita?
También Cristo Señor en el Evangelio de hoy hace esta
contraposición. Por una parte, proclama las bienaventuranzas, y por otra, pronuncia
los "ay". ¿En qué parte nos encontramos? ¿Nos importa que el Reino de Dios nos
pertenezca (cf. Lc 6, 20), o más bien queremos tener todo nuestro consuelo ya
en esta vida
(cf. Lc 6, 24)? ¿No deseamos, tal vez, solamente esto?
6. Demos gracias a Dios por esta visita, queridos hermanos y hermanad,
feligreses de San Martín "ai Monti"; Dios os recompense a todos. Hagamos juntos todo
lo posible para no alejarnos de Cristo, para consolidar en El nuestra vida. El tiempo
de Cuaresma nos ayudará de nuevo en este propósito. Son abundantes los recursos
de la gracia y del amor de nuestro Señor, y ellos hacen, ciertamente, que podamos
crecer como árbol que da fruto. Tendamos la mano a estos recursos con nuestra fe y
nuestra confianza en Cristo Jesús.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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