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MISA EN SUFRAGIO DE VITTORIO BACHELET

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Sábado 23 de febrero de 1980

 

1. Todos nosotros hemos sentido hoy la necesidad de este encuentro, que es encuentro en presencia de Cristo, con nuestro querido hermano, cuya separación de nosotros —humanamente tan trágica y cruel— tiene una elocuencia particular, única. La elocuencia de esta muerte consiste en el testimonio. ¿Puede dar un muerto todavía testimonio? Sí, lo da mediante lo que era, mediante el modo en que ha vivido, en que ha obrado. Lo da mediante los vivos: mediante los que formaban parte de su vida. Mediante aquellos a quienes ha dejado huérfanos. Mediante la familia. Y también, mediante el ambiente al que pertenecía. Mediante todos nosotros.

Precisamente por esto estamos reunidos aquí hoy todos nosotros: las diversas Organizaciones y grupos, la Acción Católica, muchos representantes de Roma y de toda Italia, para reflexionar una vez más sobre ese testimonio que Vittorio Bachelet ha dado a la Iglesia y a la sociedad, testimonio que ha dado en nuestra época difícil.

Estamos reunidos aquí para que él pueda dar "una vez más" este testimonio a través de todos nosotros.

2. Estamos unidos a él con múltiples vínculos. En el curso de estos años, él ha sido presidente de la Acción Católica Italiana a nivel nacional.

Me encontré con él personalmente, en el primer grupo del Consejo de los Laicos; lo conocí y también a su esposa e hijos. Y ahora que, después de ese tiempo, debo celebrar esta liturgia fúnebre tras su muerte, siento de nuevo que se trata de una persona cercana, aunque no nos hayamos visto más después durante una serie de años.

Múltiples son los vínculos que nos unen a él y que se manifiestan hoy, en cierto sentido, todavía más fuertes. Descubrimos que estos vínculos que nos han unido y que todavía nos unen a él, nos unen simultáneamente a Cristo. Nos hemos reunido para confesar y manifestar este nuestro vínculo en Cristo, que nos une a todos en el recuerdo del desaparecido. Y por esto, la única forma adecuada de expresión es este Sacrificio: la Eucaristía, que, en unión con Cristo, ofrecemos juntos reunidos en el recuerdo del querido e inolvidable Vittorio Bachelet.

Pidamos una vez más a quienes han quedado especialmente solos: a la esposa, señora Maria Teresa, y a los hijos Maria Grazia y Giovanni, que reciban de todos nosotros esta manifestación de nuestra. participación en el dolor, que ellos viven de manera tan edificante. Pidámosles que acepten esta expresión de nuestra amistad y de nuestro amor hacia su esposo y padre.

3. El Sacrificio.

Cada vez que nos reunimos para participar en la Eucaristía, sabemos que nos hablarán los textos inspirados de la Sagrada Escritura, los pasajes elegidos del Antiguo y del Nuevo Testamento; que nuestros labios pronunciarán las palabras de la plegaria litúrgica de adoración, de acción de gracias, de propiciación y de impetración. Sin embargo, más allá de todo esto, habla la cruz invisible del Calvario y el Sacrificio que se ofreció en ella. Las palabras de la transustanciación se refieren directamente a ese Sacrificio, y no sólo lo evocan en la memoria, sino que lo repiten de nuevo, lo realizan de nuevo, de manera incruenta, bajo las especies del pan y del vino:

"...mi Cuerpo que será entregad por vosotros...".

"...el cáliz de mi Sangre,.. derramada por vosotros y por todos".

Sacrificio.

El sacrificio es Cristo: "El que no había conocido el pecado" (2 Cor 5, 21), inocente y puro, "el Santo de Dios" (Lc 4, 34): Cristo, el Cordero de Dios.

Cristo tenía conciencia de que para la salvación del mundo era necesario su sacrificio: "os conviene que yo me vaya" (Jn 16, 7), "el Hijo del hombre tiene que padecer" (Mt 17, 12), "el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de los hombres, que le matarán, y al tercer día resucitará" (Mt 17, 22-23), "...es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que creyere en El tenga la Vida eterna" (Jn 3, 14).

En el designio de Dios, estaba establecido que no se podía salvar al hombre de otro modo. Para esto no hubiera bastado alguna otra palabra, algún otro acto.

Fue necesaria la palabra de la cruz; fue necesaria la muerte del Inocente, como acto definitivo de su misión. Fue necesario para "justificar al hombre...", para despertar el corazón y la conciencia, para constituir el argumento definitivo en ese encuentro entre el bien y el mal, que camina a lo largo de la historia del hombre y la historia de los pueblos...

Fue necesario el sacrificio. La muerte del Inocente.

4. Cristo ha dejado este sacrificio suyo a la Iglesia como su mayor don. Lo ha dejado en la Eucaristía. Y no sólo en la Eucaristía: lo ha dejado en el testimonio de sus discípulos y confesores.

Mientras hoy nos estrechamos idealmente en torno al cadáver de nuestro hermano, recordamos que nos encontramos en Roma, que en los primeros siglos fue espectáculo de la repetición continua de las sangrientas persecuciones de los confesores de Cristo.

Y se comenzó desde Pedro.

En el momento de arrestar a Cristo en Getsemaní, Pedro echó mano a la espada. Fue una reacción natural. Cualquiera que es agredido injustamente, tiene derecho a defenderse. Y tiene derecho también a defender a un inocente. Sin embargo, Cristo dijo a Pedro: "Vuelve tu espada a su lugar, pues quien toma la espada, a espada morirá" (Mt 26, 52).

Y Pedro comprendió. Comprendió de una vez para siempre. Comprendió hasta el fin de su vida que ni él ni sus hermanos podrían combatir con la espada; porque el reino al que había sido llamado, se debía conquistar con la fuerza del amor y con la fuerza de la verdad. Y sólo así. Lo comprendió Pedro. Y lo comprendieron todos los que aquí, en Roma, cayeron por este amor y esta verdad.

"Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte" (1 Jn 3, 14).

Es difícil esta vida que pasa a través de la historia de los Apóstoles, de los Mártires y de los Confesores. Deben vencer con la verdad y con el amor. Deben vencer con el testimonio y con el sacrificio.

Pienso, queridos hermanos y hermanas, que precisamente en este momento nos encontramos en la misma trayectoria de este camino.

5. "El que no ama permanece en la muerte".

En esto consiste la grandeza de la vocación del hombre, pero también su tragedia.

Los que aman, aceptan la muerte como comienzo de la vida, de la nueva 'vida: "Nosotros sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida" (1 Jn 3, 14).

Y por este hecho crece la Iglesia —Cuerpo de Cristo— en su forma y dimensión definitivas. En esto se desarrolla y madura simultáneamente todo lo que es digno del hombre, todo lo que es justo, verdadero, bueno y bello. La Vida abraza todo esto y lo conduce hacia Dios, como una ola grande y alta.

En cambio, la tragedia consiste en el hecho de que se elige la muerte. Se elige la muerte de un hombre inocente. Se elige la muerte de un padre de familia, de un estudioso, de un servidor de la comunidad, de un custodio de la cultura, de un promotor del bien común.

¿Por qué se elige la muerte?

El plan, que elige la muerte del hombre inocentes, ¿acaso no se da a sí mismo el testimonio de no tener nada que decir al hombre viviente? ¿De no poseer verdad alguna con la que poder vencer?, ¿con la que poder conquistar los corazones y las conciencias, y servir al verdadero progreso del hombre?

6. Cristo ha enseñado que es necesario vencer con la verdad y con el amor. Cristo ha enseñado también que se puede —y algunas veces se debe—aceptar la muerte, que es necesario sacri-ficar la vida para dar testimonio de la verdad y del amor.

"En esto hemos conocido la caridad, en que El dio su vida por nosotros, y nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos" (1 Jn 3, 16).

Permitidme, queridos hermanos y hermanas, y sobre todo vosotros, queridísimos familiares del inolvidable profesor Bachelet, permitid que yo interprete así, junto con vosotros, esta muerte de nuestro hermano. Y así la ofrezco a Cristo. A Cristo mismo: ¡como sacrificio y como víctima!, rogando que El la acepte para la salvación del mundo; para atraer a la recta razón las conciencias de los hombres, para enderezar los caminos de la vida social, para la victoria de esa verdad y de ese amor, con los que solamente se escribe la historia del Reino...

Venga tu Reino.

Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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