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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA
DE SAN ROBERTO BELARMINO
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Domingo 2 de marzo de 1980
1. “Este es mi Hijo elegido, escuchadle” (Lc 9, 35). Con estas palabras
de la liturgia de hoy dirijo mi saludo a toda la parroquia de San Roberto
Belarmino, que me es dado visitar hoy, segundo domingo de Cuaresma. Vengo
a vosotros en función de Obispo de Roma, heredada de los Apóstoles, de San Pedro
y San Pablo, y vengo con el espíritu de estas palabras que, un día, los
Apóstoles escucharon en el monte de la Transfiguración.
Vuestra comunidad parroquial es relativamente reciente: su constitución se
remonta a los comienzos de los años 30, cuando el Papa Pío XI confió su
animación pastoral a los padres jesuitas, que han prodigado aquí las riquezas
de su preparación cultural y de su experiencia humana y religiosa. Gracias a su
entrega y a la colaboración de tantos laicos generosos, la “consistencia”
espiritual de la parroquia ha ido progresivamente reforzándose, el intenso
trabajo de formación personal y el compromiso puesto en la animación de los
varios grupos, en que se articula la comunidad, han hecho madurar frutos
consoladores de vida cristiana, que permiten esperar sin duda para el futuro,
incluso ante las transformaciones sociales profundas, que ha conocido el barrio
en estos años.
Me consta que se ha tratado de hacer frente a los problemas planteados por una
tendencia al aislamiento y al individualismo, que ha habido la preocupación de
poner remedio a la acción corrosiva que la vida moderna, en relación con los vínculos familiares, desarrolla frecuentemente; que se ha procurado despertar en
cada uno la conciencia de la dimensión social, característica del hombre y del
cristiano, y de estimular el compromiso al don de sí mediante la inserción
responsable en la comunidad, tanto eclesial como civil.
Al reconocer gustosamente el camino recorrido, dirijo mi afectuoso saludo a toda
la familia parroquial: al señor cardenal Vicario, ante todo, que también aquí
es “de casa”, como en cualquier otra parroquia de la diócesis; al obispo
auxiliar, mons. Oscar Zanera, a cuya solicitud pastoral está confiada en
particular esta zona de la ciudad; al padre Alberto Parisi, que desde hace 17
años guía a esta comunidad, junto con el grupo de padres jesuitas que le
ayudan, compartiendo con él esperanzas, alegrías y dolores.
Mi saludo se dirige, luego, a las diversas Asociaciones, mediante las cuales el
laicado está activamente presente en la pastoral parroquial, tanto para el
aspecto catequético y formativo, como para el caritativo y asistencial. En
particular mi pensamiento se dirige a los jóvenes, por cuya participación
numerosa y vivaz en la liturgia y en la vida de los grupos deseo expresar aquí
mi satisfacción. A ellos se dirige también mi exhortación para que se sientan
personalmente responsables de sus coetáneos que no han conocido aún la alegría,
proveniente del descubrimiento de la amistad con Cristo. He aquí la consigna que
os dejo, queridísimos jóvenes: sed portadores de Cristo a vuestros amigos,
llevad a vuestros amigos a Cristo. No podríais hacerles un regalo mayor.
Finalmente, una palabra de saludo a los institutos religiosos femeninos
y
masculinos que trabajan en el ámbito de la parroquia, atendiendo a la formación de la juventud y a otras iniciativas
benéficas y dando también, en algunos casos, una válida aportación a la acción
parroquial, especialmente en la catequesis de los jóvenes.
A todos la seguridad de mi afecto y de mi recuerdo constante en la oración.
Volvamos ahora al texto evangélico.
2. “Este es mi Hijo elegido, escuchadle”. Oímos estas palabras en
el
momento en que Pedro, Juan y Santiago, los Apóstoles elegidos por Cristo, se
encuentran en el monte Tabor; en el momento de la Transfiguración: “Mientras
oraba el aspecto de su rostro se transformó, su vestido se volvió blanco y
resplandeciente. Y he aquí que dos varones hablaban con El, Moisés y Elías”
(Lc 9, 29-30).
Se trata, pues, de un momento único. Momento en que Cristo, en cierto sentido,
desea decir a los Apóstoles elegidos todavía algo más sobre Sí mismo y
sobre su misión. Y no olvidemos que se trata de los mismos tres
Apóstoles a quienes El, después de algún tiempo, llevará consigo a Getsemaní, a
fin de que puedan ser testigos cuando se encuentra en la angustia del espíritu y aparezca sobre su rostro
el sudor de
sangre (cf. Mc 14, 33; Lc 22, 44). Sin embargo, en el monte Tabor
somos testigos con ellos de la exaltación, de la glorificación de Cristo en su
aspecto humano, en el que pudieron verle en la tierra los Apóstoles y las
muchedumbres.
“Este es mi Hijo elegido, escuchadle”. Estas palabras resuenan sobre Cristo
por segunda vez. Por segunda vez da testimonio de El la voz de lo Alto:
en este testimonio el Padre habla del Hijo, de su Predilecto, Eterno, que es
de la misma sustancia que el Padre, del que es Dios de Dios y Luz de Luz, y se
hizo hombre semejante a cada uno de nosotros...
La primera vez este testimonio fue pronunciado en el Jordán, en
el momento del bautismo de Juan. Juan dijo:
“He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Y
una voz del cielo: “Este es mi Hijo amado en quien tengo mis complacencias”
(Mt 3, 17).
Esto sucedió en el Jordán —al comienzo de la misión mesiánica de Cristo—.
Ahora sucede en el monte Tabor, ante la pasión que se acerca: ante Getsemaní, el
Calvario. Y al mismo tiempo en testimonio de la futura resurrección.
Por esto leemos este Evangelio de la Transfiguración del Señor al comienzo de
la Cuaresma. En el segundo domingo.
3. Cuando el Padre viene, en esa
misteriosa voz de lo Alto, da testimonio del Hijo y, a la vez, nos hace conocer
que en El y por El —por El y en El— se encierra la nueva y definitiva Alianza
con el hombre. Esta Alianza había sido realizada antiguamente con Abraham,
que es padre de nuestra fe (como dice San Pablo, cf. Rom 4, 11):
y éste fue el comienzo de la Antigua Alianza. Sin embargo, la Alianza se había
hecho antes aún con Adán, con el primer Adán (como lo llama San Pablo,
cf. 1 Cor 15, 45) y no mantenida después por los progenitores, esperaba
a Cristo, el segundo, “el último Adán” (1 Cor 15, 45), para adquirir
en El y por El
—por El y en El— su definitiva forma perfecta.
Dios-Padre realiza la Alianza con el hombre, con la humanidad, en su Hijo. Este
es el culmen de la economía de la salvación, de la revelación del amor divino
hacia el hombre. La Alianza se ha realizado para que en Dios-Hijo los seres
humanos se convirtiesen en hijos de Dios. Cristo nos “ha dado poder de venir a
ser hijos de Dios” (Jn I 12), sin mirar a la raza, lengua,
nacionalidad,
sexo. “No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o mujer,
porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gál 3, 28).
Cristo revela a cada uno de los hombres la dignidad de hijo adoptivo de Dios,
dignidad a la cual está unida su vocación suprema; terrestre y eterna. “Nuestra
patria está en los cielos —escribe San Pablo a los Filipenses—, de donde
esperamos un Salvador: al Señor Jesucristo, que transformará nuestro humilde
cuerpo conforme a su cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene para someter
a Sí todas las cosas”
(3, 20-21).
Y esta obra de la Alianza: la obra de llevar al hombre a la dignidad de hijo
adoptivo (o de hija) de Dios, Cristo la realiza de modo definitivo a través
de la cruz. Esta es la verdad que la Iglesia, en el presente periodo de
Cuaresma, desea poner de relieve de modo particular: sin la cruz de Cristo no
existe esa suprema elevación del hombre.
De aquí también las duras palabras del Apóstol en la segunda lectura de hoy
acerca de los que “andan... como enemigos de la cruz de Cristo”...;
su dios el el vientre (cf. Flp 3, 18-19) (quiere decir que lo temporal es sólo
lo que
tiene valor de provecho material y de utilidad). El Apóstol habla de ésos “con
lágrimas en los ojos” (Flp 3, 18). Tratemos de preguntarnos si estas
lágrimas del Apóstol de las Gentes no se refieren también a nosotros, a nuestra
época histórica, al hombre de nuestro tiempo. Pensemos sobre esto y
preguntémonos si también en nuestra generación no crece una cierta hostilidad
hacia la cruz de Cristo, hacia el Evangelio; quizá sólo se trate de una
indiferencia que, a veces, es peor que la hostilidad...
4. La voz de lo Alto dice: “Este es mi Hijo elegido, escuchadle”.
¿Qué significa escuchar a Cristo? Es una pregunta que no puede dejar de
plantearse un cristiano. Ni su razón. Ni su conciencia. Qué significa escuchar a
Cristo?
Toda la Iglesia debe dar siempre una respuesta a esta pregunta
en las dimensiones de las
generaciones, de las épocas, de las condiciones sociales, económicas y políticas
que cambian. La respuesta debe ser auténtica, debe ser sincera, así como es auténtica y sincera la
enseñanza de Cristo, su Evangelio, y después Getsemaní, la cruz y la
resurrección.
Y cada uno de nosotros debe dar siempre una respuesta a esta pregunta:
si su cristianismo, si su vida son conformes con la fe, si son auténticos y
sinceros. Debe dar esta respuesta si no quiere correr el riesgo de tener como dios
al propio vientre (cf. Flp 3, 19), y de comportarse como enemigo “de la
cruz de Cristo” (Flp 3, 19).
La respuesta será cada vez un poco diversa: diversa será la respuesta
del padre y de la madre de familia, diversa la de los novios, diversa la del
niño, diversa la del muchacho y la de la muchacha, diversa la del anciano,
diversa la del enfermo clavado en el lecho del dolor, diversa la del hombre de
ciencia, de la política, de la cultura, de la economía, diversa la del hombre
del duro trabajo físico, diversa la de la religiosa o del religioso, diversa la
del sacerdote, del pastor de almas, del obispo y del Papa...
Y aun cuando estas respuestas deben ser tantas cuantos san los hombres
que confiesan a Cristo, sin embargo, será única en cierto sentido,
caracterizada por la semejanza interna con Aquel a quien el Padre celeste nos ha
recomendado escuchar (“escuchadle”). Tal como dice de nuevo San Pablo: “Sed
imitadores míos...” (Flp 3, 17), y en otro lugar añade, “como yo lo soy
de Cristo” (1 Cor 11, 1).
Ahora permitidme, queridos hermanos y hermanas, que me detenga
aquí para
recordaros esta pregunta: ¿qué significa escuchar a Cristo? Y con esta pregunta os dejaré durante toda la
Cuaresma. No os doy respuesta alguna demasiado pormenorizada, sólo os pido que cada uno
de vosotros se plantee constantemente esta pregunta: ¿qué significa escuchar a
Cristo en mi vida? Toda la parroquia se plantee esta pregunta y en la parroquia
cada una de las comunidades.
5. Y ahora añado —siguiendo la liturgia de hoy— que escuchar a Cristo, que es
el Hijo predilecto del Eterno Padre, es al mismo tiempo la fuente de esa
esperanza y alegría, de la que habla espléndidamente el Salmo de la
liturgia de hoy:
“EI Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de
mi vida, ¿quién me hará temblar?” (Sal 26 [27] 1).
De aquí nace el constante motivo de la aspiración espiritual:
“Escúchame, Señor, que te llamo, ten piedad, respóndeme. Oigo en mi corazón:
‘Buscad mi rostro’” (Sal 26 [27] 7-8). Buscar el rostro de Dios: he aquí
la dirección que da Cristo a la vida humana:
“Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro; no rechaces con ira a tu
siervo” (Sal 26 [27] 8-9).
Continuando en esta dirección, el hombre no se cierra en los límites de lo
temporal. Vive con la gran perspectiva.
“Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en
el
Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” (Sal 26 [27]
13-14).
Sí. Espera en el Señor.
Amén.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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