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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA MISA PARA LOS UNIVERSITARIOS DE ROMA


Basílica de San Pedro
Jueves 20 de marzo de 1980

 

1. "Quaerite Dominum dum inveniri potest. Invocate Eum, dum prope est".

"Buscad al Señor mientras puede ser hallado; llamadlo en tanto que está cerca" (Is 55, 6).

Si hoy nos reunimos de nuevo en la basílica de San Pedro, profesores y estudiantes de las universidades y de las demás escuelas superiores de Roma, es ciertamente la Cuaresma quien nos trae. El período de 40 días de preparación a la Pascua lo estableció la Iglesia desde antiguo, para que en él se realizase la invitación a buscar al Señor: "Quaerite Dominum". Nunca podemos dejar de buscarlo: sin embargo, hay períodos que exigen hacerlo con más intensidad, porque en ellos el Señor está especialmente cercano, y por lo tanto es más fácil hallarlo y encontrarse con El. Esta cercanía constituye la respuesta del Señor a la invocación de la Iglesia, que se expresa continuamente mediante la liturgia. Más aún, es precisamente la liturgia la que actualiza la cercanía del Señor.

De aquí la invocación: buscad, quaerite.

La Cuaresma, como período de 40 días de preparación a la Pascua, tiene en la Iglesia su historia precisa, a través de la cual se inscribe en la historia de los corazones y de las conciencias humanas.

Como sabéis, el origen de. la Cuaresma parece remontarse al siglo IV; pero ya en los siglos II y III —antes de que se fijase el período de 40 días—los fieles se preparaban a la Pascua con especiales ayunos y oraciones (cf. Tertuliano, Traditio Apostolica de Hipólito, San Ireneo). En este período, los penitentes públicos se preparaban a la reconciliación y los catecúmenos al bautismo.

La Cuaresma es período de penitencia, de conversión, de cambio del corazón (metánoia), que nace de diversos motivos, pero sobre todo nace de la meditación en la pasión y muerte de Jesucristo. Precisamente de esta meditación arranca ese dirigir la mirada al Señor, esa "espera del Dios de la salvación", de la que habla hoy el profeta Miqueas: "Mas yo dirigiré mis miradas al Señor, y esperaré en el Dios de mi salvación, y me escuchará mi Dios" (Miq 7, 7).

Está bien, pues, que en este período nosotros nos reunamos aquí, y está bien, además, que en Roma, precisamente en vuestros ambientes universitarios y académicos, no falten iniciativas aptas para el recogimiento, para la oración, para la profundización cuaresmal. Quizá estas iniciativas no tienen carácter "de masa", cómo antes, y como incluso hoy en algunas partes. No obstante, es necesario tener siempre en cuenta los factores que favorecen o hacen, más difíciles estas iniciativas y determinan su extensión "social". A veces bastará continuarlas en las condiciones ya creadas antes, a veces es necesario crear de nuevo dichas condiciones. Buscarlas de manera más adecuada a las circunstancias. Con todo, la Iglesia no puede dejar nunca de favorecer estas iniciativas. La presencia del Señor en este período del año litúrgico, es tan profunda, tan elocuente, tan potente, que no podemos dejar de comprometernos para ir a su encuentro.

2. Quizá incluso en Cuaresma son pocos los días, en que la liturgia pone de relieve tan claramente, como hoy, la verdad de que el encuentro con Cristo es encuentro con la luz que ilumina, de manera radical y salvífica, los caminos de la vida humana: radical porque baja hasta los fundamentos del ser; salvífica porque demuestra la plena perspectiva del bien.

"El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?" (Sal 27, 1).

Todo esto halla confirmación en el suceso que al Apóstol-Evangelista Juan ha transmitido de modo excepcionalmente preciso y detallado: Jesús da la vista a un hombre ciego de nacimiento (cf. Jn 9, 1-41).

Antes Jesús respondió a la pregunta de los discípulos sobre el origen de la ceguera del desgraciado: respuesta que dice mucho. Luego, habiendo hecho lodo con la saliva, Jesús lo extiende sobre los ojos del ciego y le manda que se lave en la piscina de Siloé. Cumplida la orden, el ciego recibe la vista.

Examinemos bien las circunstancias de este don. El hombre, ciego de nacimiento, jamás ha visto nada ni a nadie. En el momento en que adquirió la vista, se le manifestó, por vez primera, todo el mundo que nosotros vemos cada día, como una novedad absoluta..Hasta ahora se manejaba con la ayuda del tacto, quizá con la ayuda del bastón blanco, como los ciegos de nuestro tiempo, o tal vez lo ayudaba un perro-guía. Sin embargo, estas ayudas apenas le permitían moverse con trabajo, sufriendo muchas dificultades en la vida dentro del estrecho círculo de los objetos. ¿Qué experimentó al adquirir la vista? ¿Cómo debería vivir ahora? ¿En qué perspectiva debía sentirse liberado? Liberado porque veía.

Y finalmente: ¿qué sentimientos alimentaba en relación a Aquel que, en ese día memorable, extendió el lodo sobre sus párpados y le mandó ir a lavarse a la piscina de Siloé? ¿Qué pensaba de Él?

Sucedió después que, todavía durante algunos días, Cristo permaneció desconocido para él. No le había visto cuando puso el lodo en sus ojos; sólo le había oído decir: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé". Luego, en el momento de su encuentro con Jesús, acaecido sólo después de cierto tiempo, tuvo lugar esta conversación: "¿Crees en el Hijo del hombre?..."; "¿Quién es, Señor, para que crea en El?..."; "Le estás viendo; es el que habla contigo". Respondió: "... Creo, Señor.

El don de la vista ha tocado no sólo e1 sentido corporal, sino que ha llegado a lo íntimo del alma.

3. Este pasaje del Evangelio tiene su particular motivación histórica en el IV domingo de Cuaresma. En los primeros siglos el período de 40 días fue, en la Iglesia, el tiempo de preparación especialmente intensiva para el bautismo. Fue el tiempo dedicado de modo particular al catecumenado. Se realizaba así, en su ámbito, ese proceso de conversión que es preciso considerar como el primero y el más fundamental: la conversión a Dios que nos da la nueva vida en Cristo. Efectivamente, debemos sumergirnos en su muerte para convertirnos después en la nueva creatura por el sacramento del bautismo —participando, al precio de esta muerte, en su resurrección—. Para convertirnos en el sujeto vivo del misterio en el que Dios renueva, en cada uno de nosotros, al hombre viejo, creándolo de nuevo, mediante la gracia, a imagen de su Hijo Unigénito.

Los que se preparaban, de este modo, al bautismo en la noche de la resurrección, llevaban el nombre de catecúmenos. Estaban rodeados de una particular solicitud de toda la comunidad de la Iglesia, porque, he aquí, que cada uno de ellos debía convertirse, la noche pascual ya cercana, en el sujeto de más grande misterio. Debía repetirse en él, de modo sacramental, la resurrección del Señor. Cada uno debía convertirse en el sujeto de la Pascua, esto es, del Paso de la muerte a la Vida.

Para alcanzar el camino que conduce a ese Paso —a la Pascua—, para perseverar en él hasta el fin, cada uno de los catecúmenos debía encontrarse con la luz del Señor. El Señor debía abrir sus ojos, tal como había abierto los ojos de ese hombre ciego de nacimiento, de quien habla la liturgia de hoy; ciego sin culpa de sus padres. Ciego, "para que se manifestasen en él las obras de Dios", (Jn 9, 3), "las grandes obras de Dios" "magnalia Dei" (Act 2, 11).

Con esta finalidad el catecúmeno pasaba por diversas etapas. Aprendía los artículos de la fe. Debía conocerlos en su expresión humana. Pero no bastaba sólo el conocimiento. Debía recibir la luz, la luz interior que proviene de Cristo mismo. Esta luz hace que el hombre vea todo, al mundo y a sí mismo, de manera radicalmente nueva. Vea de modo completamente nuevo: desde los fundamentos, desde el principio. Se convierta en el sujeto de un conocimiento nuevo, puesto que participa en el conocimiento, con el que Dios mismo conoce, ya que nos ha transmitido en su Hijo. El hombre se convierte, pues, en el sujeto del conocimiento nuevo, para llegar a ser, de modo plenamente consciente, el sujeto de la nueva vida.

4. Por esto, la liturgia de hoy se une de modo especial con la liturgia de la noche pascual. Los catecúmenos —aquellos que, por obra de Cristo, llegan a ser partícipes del conocimiento nuevo, aquellos que adquieren (como el ciego de nacimiento) la vista— caminan a través de esta liturgia con sus cantos: con e1 canto de los hombres, a quienes se ha revelado Dios, y, juntamente con Dios, se ha revelado de manera nueva, el mundo y el hombre.

"El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, quién me hará temblar?... Escúchame, Señor, que te llamo, ten piedad, respóndeme. Oigo en mi corazón: 'Buscad mi rostro'. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio. No me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor" (Sal 26 [27], 1. 7-9. 13-14).

Los catecúmenos, en la perspectiva del bautismo ya cercano, expresan la alegría de la vista espiritual que han recibido, de la que se han hecho partícipes. Se encuentran en el camino que lleva a la visión de Dios "cara a cara" (1 Cor 13, 12). La búsqueda del "rostro de Dios" se ha convertido en el camino del hombre consciente de su realización definitiva. Y éste es el camino de la fe.

5. También nosotros estamos en el camino. No es ya el camino de los catecúmenos. Es el camino de la fe. Por tanto, esta experiencia en que nos quiere introducir la liturgia de hoy, nosotros ya la tenemos realizada, en cierto modo. O es posible que no la conozcamos en absoluto. Al recibir el bautismo en la edad infantil, llegamos a la fe mediante la comunidad de nuestra familia, que quiere abrirnos las riquezas de la Iglesia lo más pronto posible, asumiendo todos los deberes que de ello se derivan.

La Iglesia, desde hace mucho tiempo, se ha decidido a seguir este camino, considerando la circunstancia de que no se puede retardar el momento de gracia en la vida del hombre, y la circunstancia de que, a través del bautismo de los niños, es necesario ayudar a la construcción de la familia entendida como "la iglesia- doméstica", confiriéndole sobre todo las posibilidades del "segundo catecumenado", por así decirlo. Y de este modo, durante muchas generaciones, en el puesto de la "educación primaria en la fe" se ha formado y ha madurado una rica experiencia de educación "en la fe". Mientras en el primer caso la gracia del bautismo constituía el punto de llegada, en el segundo, es la base; es el punto de partida de todo aquello por lo que nosotros somos cristianos y por lo que nos comportamos como cristianos.

Y es también el punto de, partida de este encuentro cuaresmal de hoy.

6. Está bien que en el marco de este encuentro podamos considerar el problema del catecumenado. Porque el catecumenado debe constituir siempre, de algún modo, el fundamento dé nuestro ser cristianos y de nuestro comportamiento como cristianos; puesto que él constituye para nosotros, precisamente, la base y el punto de partida.

Por lo tanto, está bien que, en la liturgia de hoy, nos encontremos con un catecúmeno, esto es, con el hombre para quien Cristo se ha convertido en la luz, con el hombre que ha recibido la vista de la fe, que se ha encontrado en el camino del conocimiento nuevo.

Miremos con atención el comportamiento de este hombre. Apenas recibió la vista, se convirtió en objeto de interrogaciones y pesquisas. Primero le hacen las preguntas los conocidos y vecinos. Luego éstos le llevan a los escribas y fariseos. Entonces cambia el cariz de las preguntas. No se limitan a la admiración ante el hecho de que el ciego de nacimiento haya adquirido la vista. Ni siquiera se limitan a aceptar —como los vecinos y conocidos— cuanto él declara, esto es, que ha adquirido la vista por obra del hombre que se llama Jesús. Más aún, tratan de debilitar en él esta certeza y de hacerle negar precisamente esta verdad. Y al no poder negar el hecho, que es evidente —era evidente que el ciego de nacimiento ahora veía—tratan de negar las circunstancias y el significado del acontecimiento. Las circunstancias: "No puede venir de Dios este hombre, pues no guarda el sábado"... "Nosotros sabemos que ese hombre es pecador". Y el significado del hecho que, precisamente para ellos, es lo más importante: "¿Qué dices tú de ése que te abrió los ojos?". El respondió: "Que es Profeta". La respuesta los turba. Podría ser peligrosa si se difundiese entre los hombres, (es precisó que los hombres consideren a Jesús de Nazaret como un pecador que quebranta la ley del sábado). Los fariseos tratan de influir en él por medio de sus padres. En vano. Todos los esfuerzos que intentan desacreditar al Taumaturgo ante los ojos del curado,. terminan en el fracaso. Acosado por sus preguntas, mantiene una gran agilidad de espíritu. Hace un razonamiento lógico e incontestable, y lo termina con las palabras:. "Si éste no fuera de Dios, no podía hacer nada". Los fariseos no pueden menos de manifestar la indignación y la rabia: "Eres todo pecado desde que naciste, ¿y pretendes enseñarnos?". "Y le echaron fuera".

Así termina el primer examen práctico sobre la fe del catecúmeno.

7. Examinemos con precisión este problema. En el camino de la fe en Cristo, seremos llamados repetidamente a un examen de fe. Quizá, injustamente, pensamos que, si el examen se realizase del mismo modo que para el ciego de nacimiento, también nosotros lo pasaríamos, sin duda, como él.

En cambio, nuestro examen de fe en Cristo no es igual. Nunca es como el del ciego. Cada uno de los exámenes de fe es diverso.

¿Cuál es?

¿Cuál es este examen de fe —examen de conocimiento de Jesucristo, examen acerca de nuestras convicciones cristianas— que debe hacer cada uno de vosotros, hombres contemporáneos, representantes del ambiente universitario en Roma, en la ciudad que, desde hace 2.000 años, es la capital del cristianismo y, a la vez, la capital de la cultura europea...?

¿Cuál es este examen?

No intentaré responder a esta pregunte. Sería un esfuerzo vano. Debe haber tantas respuestas cuantos sois vosotros, presentes en esta Basílica.

Sin embargo, hago esta pregunta. Y os pido que tratéis de darle una respuesta. Precisamente en esta Cuaresma. Sea éste el testimonio de ese "segundo catecumenado", al que en cierto modo nos llama siempre la Cuaresma a cada uno de nosotros, bautizados. A cada uno de nosotros, cristianos maduros.

No penséis ni por un momento siquiera que cada uno de nosotros pueda no ser interrogado sobre Cristo, en su vida.

No penséis, que nuestro tiempo no exija, en relación con cada uno de nosotros, ese examen de conocimiento respecto a Cristo y a la pertenencia a Cristo en su Iglesia.

Nuestro tiempo lo impone y muy profundamente.

Lo impone con métodos diversos a base de un diverso elenco de preguntas. A veces éstas parecen muy diferentes.

Sin embargo somos interrogados. Sin embargo el examen se realiza. Y es un examen muy profundo. Muy radical.

8. Así la Cuaresma es el tiempo de un encuentro particular con Cristo, que no cesa de hablar de sí mismo: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue... tendrá luz de vida" (Jn 8, 12).

Así era, hace mucho tiempo —en el catecumenado primitivo. Y así es hoy— en los tiempos del "segundo catecumenado".

La Cuaresma constituye ese tiempo dichoso en el que cada uno de nosotros, de modo particular, puede pasar a través de la zona de luz. Una luz potente, una luz intensa proviene del Cenáculo, de Getsemaní, del Calvario, y finalmente del domingo de resurrección.

Es necesario atravesar esta zona de  luz para encontrar en sí la vida.

¿Hay en mí la luz? ¿Está en mí la Vida? ¿Esta Vida que ha injertado Cristo?

Cristo, juntamente con la luz de la fe, ha injertado la vida de la Gracia en cada uno de nosotros.

¿Está en mí la vida de la Gracia?

O, ¿quizá prevalece en mí el pecado?

A la luz pascual, a la luz de la pasión y de la cruz, el pecado aparece más claramente. A la luz pascual, a la luz de la resurrección se abre más claramente el camino para superar el pecado y llegar a la expiación, al arrepentimiento, a la remisión. "El que me sigue, tendrá luz de vida" (Jn 8, 12).

Cada uno de vosotros, queridos amigos, pase esta Cuaresma de tal modo que se deje penetrar por la luz de la vida.

El hombre renace a la vida en Cristo —por vez primera— en el sacramento del bautismo.

El hombre, con el bautismo, renace a la vida en Cristo, a la gracia que había perdido, a causa del pecado, y renace cada vez por medio del sacramento de la penitencia.

Renaced a la vida en Cristo. Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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