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MISA CRISMAL CON LOS SACERDOTES
RESIDENTES EN ROMA
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Jueves Santo 3 de abril de 1980
Queridos hermanos:
Venimos hoy a la basílica de San Pedro y se encuentra así en torno a este altar
la totalidad de nuestra comunidad sacerdotal: el presbyterium de la Iglesia de
Roma.
Venimos, conscientes de la importancia del día, que nos une a los sacerdotes de
todo el mundo, de todo el globo terrestre. En este mismo día —Jueves Santo—
igual que nosotros, se unen en torno a sus obispos en todo el mundo las
comunidades de sacerdotes, los presbíteros de todas las Iglesias, para
anunciar —celebrando juntos la Eucaristía— lo que también nosotros, hoy,
queremos anunciar. Y lo anunciamos no sólo con las palabras, sino también con
todo nuestro ser, ya que, por la gracia de Dios, somos sacerdotes de Cristo con
todo nuestro ser. Y lo anunciamos con la liturgia —esta única y excepcional
liturgia del Jueves Santo— que acoge en sí nuestro ser humano y sacerdotal,
para proclamar, mediante él, los inescrutables misterios de Dios.
2. El Jueves Santo es, ante todo, el día de Jesucristo. Es el primero de sus
tres Días Santos: Triduum Sacrum.
Todos estos días constituyen, en cierto sentido, un conjunto indivisible, son,
por decirlo así, el día de nuestra redención, el día de la Pascua, esto es, del
Paso.
El día de Jesucristo, es decir, del Ungido —de Aquel a quien el Padre ha ungido
con el Espíritu Santo y con la gracia, y ha enviado al mundo.
"El espíritu del Señor, Yavé, está sobre mí, pues Yavé me ha ungido, me ha
enviado para predicar la buena nueva a los abatidos y sanar a los de
quebrantado corazón, para anunciar la libertad a los cautivos y la liberación a
los encarcelados. Para publicar el año de gracia de Yavé" (Is 61; 1-2a).
He aqüi que viene de nuevo Cristo —el Ungido de Dios Eterno— para promulgar
todavía un "nuevo" año de gracia. Efectivamente, la gracia es sobre
todo El mismo en el misterio de su Pascua, esto es, del Paso.
Su día —primero de esos tres, que constituyen el único día de la Pascua— comenzará
en el atardecer del Jueves Santo, cuando El se pondrá a la mesa
con los Apóstoles para la cena prescrita por el rito de la Antigua Alianza.
Nosotros nos reunimos ya ahora, en la mañana del Jueves Santo, para estar desde
la mañana con El, Cristo-Ungido, en este excepcional, único día.
3. Es el día de Jesucristo, "el testigo fiel, el primogénito de los
muertos,
el príncipe de los reyes de la tierra" (Ap 1, 5).
En el atardecer de este día El comenzará a dar el último testimonio de Aquel que lo ha enviado, del Padre.
Comenzará a dar el testimonio de un amor y de un sufrimiento tales, que ningún
otro corazón humano está en disposición de comprender profundamente.
Comenzará a dar el testimonio de Santidad Eterna, que se manifestó al mundo el
día de la creación.
Comenzará a dar el testimonio de la Alianza, que Dios Santísimo hizo con el
hombre desde el principio, y que, aun cuando haya sido rota en el corazón del
primer hombre y luego innumerables veces por los pecados de los demás hombres,
no ha cesado, en espera de este día y de esta hora de Cristo, "testigo fiel".
Comenzará, pues, Cristo —el testigo fiel— a dar el testimonio de la Santidad de
Dios en esa Alianza con el hombre, que deberá ser instituida definitivamente a
precio del sacrificio, que comenzará el Jueves Santo —esta tarde—de modo incruento, y se realizará
mediante su Sangre y su Muerte en el calvario.
Venimos hoy a confesar nuestra fidelidad y nuestro amor, nuestra indignidad y
nuestro abandono en "Aquel que nos ama, y nos ha absuelto de nuestros pecados
por la virtud de su sangre, y nos ha hecho reyes y sacerdotes de Dios, su
Padre..." (Ap 1, 5-6).
Efectivamente, El se anonadará a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte
—para poder imprimir en las almas de los hombres, y en cierto sentido en el
corazón de todo lo creado, la nueva semejanza con Dios, mediante su único
sacerdocio: para hacer de todos nosotros "un reino de sacerdotes"— y de este
modo dar testimonio de la dignidad del hombre y de la dignidad de todo lo
creado, según el designio eterno de Dios.
"He aquí que viene". Viene el "testigo fiel", para llenar con su sacerdocio los
corazones de los hombres y, al mismo tiempo, todo lo creado desde el principio
hasta el fin: "Yo soy el Alfa y la Omega".
4. El día de hoy —el día de Jesucristo— Jueves Santo,
es nuestro día
particular. Es la fiesta de los sacerdotes.
En este día venirnos con toda nuestra comunidad, para dar gracias a Cristo
por el sacerdocio,
— que El ha grabado en el corazón del hombre, señor de lo creado,
— que El ha grabado de modo particular en nuestros corazones.
Efectivamente, nos ha invitado a la Ultima Cena, y hoy nos invita de nuevo. Nos ha invitado
en la persona de los
Doce, que estuvieron con El aquella tarde. Ante ellos tomó el pan, lo partió, lo
dio y dijo: "Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros".
Y después tornó el cáliz llen de vino, lo dio a sus discípulos y dijo: "Este
es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, que será
derramada por vosotros y por todos los hombres".
Y al final añadió: "Haced esto en conmemoración mía".
Somos, pues, los sacerdotes de su Sacerdocio. Somos sacerdotes de este
sacrificio, que El ofreció con su Cuerpo y con su Sangre sobre la cruz y bajo
las especies de pan y vino en la Ultima Cena.
Somos también los sacerdotes "para los hombres", a fin de que todos, mediante
el sacrificio que realizamos en virtud de su potencia, nos convirtamos en "un
reino de sacerdotes", y ofrezcamos sacrificios espirituales en unión con su
sacrificio, el de la cruz y el del Cenáculo.
Finalmente, somos sacerdotes para siempre.
Por lo cual nuestro lugar está hoy junto a El: junto a Cristo, y nuestros labios
y corazones quieren renovar el voto de la fidelidad a Aquel que es el "testigo
fiel" de nuestro sacerdocio ante el Padre.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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