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SANTA MISA PARA EL «COETUS INTERNATIONALIS MINISTRANTIUM»

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Sala Pablo VI
Miércoles 9 de abril de 1980

 

Queridos amigos:

Me siento feliz de celebrar la Eucaristía rodeado de todos vosotros, niños, jóvenes y adultos. En los distintos países de Europa a que pertenecéis, ejercéis este oficio habitualmente en torno a vuestros sacerdotes o a vuestros obispos que son los sucesores de los Apóstoles. Y esta tarde, en torno al Obispo de Roma, que es el Sucesor de Pedro, el Pastor dado por Cristo al conjunto de sus discípulos.

1. Habéis venido aquí a participar de las alegrías pascuales de la Iglesia, que celebra la resurrección del Señor con los cristianos de todos los países. Pero vosotros lleváis en vosotros mismos esta alegría de Pascua. No sólo creéis en Jesús vivo y habéis recibido su gracia en vosotros, sino que estáis muy especialmente dispuestos a servir a Cristo en el ejercicio de vuestro servicio litúrgico y revivís casi continuamente esta proximidad a que invita y admite a sus discípulos el Señor Jesús, sobre todo en este tiempo pascual saliendo a su encuentro y revelándoles su resurrección.

Lo sabéis, se trata en primer lugar de las mujeres que fueron a la tumba la mañana de Pascua; y a ellas saluda Jesús y las alienta, encargándoles de llevar la nueva a los Apóstoles. Luego María Magdalena, que busca su cuerpo y quisiera retener a Jesús cuando Este la llama por su nombre. Y los discípulos de Emaús, que caminan con El, le piden que se quede con ellos y le reconocen en el partir el pan. Están los Apóstoles y en particular Tomás, a quienes Jesús resucitado muestra sus manos y sus pies, y les confía el Evangelio para el mundo entero. Y luego Pedro y también Santiago.

Están de nuevo los Apóstoles, que le reconocen durante su pesca laboriosa, y Jesús los acoge en el almuerzo a borde del lago. Están los quinientos discípulos a los que se aparece, como narra San Pablo, el convertido.

Jesús les ha hecho entrar a unos y otros en la plenitud de la fe, hasta el punto de que llegaron a decir como Tomás: "Señor mío y Dios mío". Les ha preparado a vivir continuamente en su presencia invisible en paz y alegría. Les ha dado su Espíritu. Les ha hecho testigos suyos a los ojos de los demás. En una palabra, les ha introducido en su vida íntima y gloriosa.

El mismo Jesús elevado al cielo está presente hoy y actúa en los sacramentos de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía. Y vosotros, vinculados al servicio litúrgico del altar, tenéis el honor y la felicidad de acercaros íntimamente a este Cristo.

2. Claro está que la liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia. Hay una parte muy grande de anuncio, catequesis y predicación para despertar la fe, alimentarla y educarla. Y vosotros mismos os beneficiáis de esto. En ella está la oración personal en la que cada uno debe hablar al Señor en lo secreto o con sus amigos. Están todas las obras de apostolado y caridad: el amor es la señal en que se reconoce a los discípulos de Cristo. Pero la liturgia es la cúspide a donde tiende toda la acción de la Iglesia, y la fuente de donde nace toda su fuerza (cf. Sacrosanctum Concilium, 9-10).

En ella se anuda la Alianza con Dios, se santifica el pueblo, se da gloria a Dios, se estrechan los vínculos con la Iglesia y se robustece su caridad. Durante el gran Concilio Vaticano II y después de él, la Iglesia ha querido restaurar la liturgia a fin de que exprese con más claridad estas realidades santas y el pueblo cristiano llegue a tomar parte en ella a través de una celebración plena, activa y comunitaria (cf. ib., 21). Es necesario que dentro de su sencillez esta celebración sea siempre bella y digna, y guíe a los participantes a entrar en la acción santa de Jesús que nos hace escuchar su palabra, se ofrece en sacrificio y nos une a su Cuerpo.

Yo mismo, con ocasión del Jueves Santo, acabo de escribir una Carta a todos los obispos y, por su medio, a todos los sacerdotes, sobre el significado de la Eucaristía y el modo de celebrarla.

Por tanto, al lado del sacerdote que es el único que actúa en nombre de Cristo, vosotros ejercéis una función encaminada a realzar la grandeza del misterio eucarístico. Escuchad lo que han dicho los obispos reunidos en Concilio: "En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas. Los monaguillos —es cabalmente vuestro papel de "ministrantes"—, lectores, comentadores y cuantos pertenecen a la "schola cantorum" desempeñan un auténtico ministerio litúrgico. Ejerzan, por tanto, su oficio con la sincera piedad y el orden que convienen a tan gran ministerio y les exige con razón el Pueblo de Dios" (ib., 28-29). Y yo añadí recientemente en mi Carta: "Las posibilidades creadas actualmente por la renovación postconciliar son a menudo utilizadas de manera que nos hacen testigos y partícipes de la auténtica celebración de la Palabra de Dios. Aumenta también el número de personas que toman parte activa en esta celebración" (núm. 10).

Esto vale también para los muchachos que son "servidores", "ministrantes" —o como se dice según los países "chierichetti", "enfants de choeur", "grands cleres", "messdiener"— que acompañan al sacerdote en el altar, oran muy cerca de él, le presentan todo lo necesario para el santo sacrificio, en una palabra, ejercen casi función de acólitos aun sin haber recibido tal ministerio.

Hay otras funciones que son también necesarias para que la celebración sea digna. Pienso en la función de "lectores", por lo menos para los mayores; la de "cantores", dentro de las "scholae cantorum" para niños, jóvenes y adultos. Esta responsabilidad ha llegado a ser algo que concierne realmente a toda la comunidad y, por tanto, a los laicos hombres y mujeres; si se desempeña bien, toda la celebración resulta más significativa y fervorosa. Podríamos citar también, por ejemplo, a los que tornan parte en la procesión de las ofrendas; estas ofrendas simbolizan todo lo que la asamblea eucarística aporta de sí misma en ofrecimiento a Dios y ofrece en espíritu, y entre éstas el pan y el vino que se transformarán en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

Pero todo esto hay que prepararlo, queridos amigos. Tenéis que comprender la liturgia y, lo que es más, uniros a Cristo y a la Iglesia de distintas maneras. Esta es la tarea educativa de vuestros equipos de reflexión y apostolado. En particular es necesario que quienes están encargados de leer o cantar los textos bíblicos, conozcan bien el significado de esta Palabra de Dios, se detengan a meditarla, aprendan a proclamarla con respeto y claridad, para que se oiga bien, se comprenda y sirva de edificación a todos.

Al decir esto insisto mucho en que los, sacerdotes y educadores dediquen todo el tiempo y el cuidado debidos a esta preparación.

¡Cómo quisiera ver en todas partes la liturgia restaurada y realizada como la acción sagrada por excelencia, puesto que nos pone en comunicación con Cristo tres veces santo! ¡Cómo quisiera que los fieles participaran activamente con la fe, respeto, devoción, recogimiento y también entusiasmo que convienen! Pues vosotros tenéis la suerte de poder contribuir a ello en gran medida. Ya sé que muchos lo hacéis estupendamente en vuestros países, si bien en ciertos lugares se descuida, por desgracia, este servicio y bajo pretexto de sencillez se cae en celebraciones desvaídas en las que el carácter sagrado y de fiesta está a punto de desaparecer. Por mi parte, en Polonia y en particular en mi diócesis de Cracovia, hice experiencias inolvidables en las que los jóvenes contribuían con una aportación importante a la belleza y vitalidad de la Misa.

3. Volvamos ahora al Evangelio de este día. En cierto modo es la misma trama de cada una de nuestras Misas. Como los discípulos de Emaús, escuchamos al Señor que nos habla del significado de su muerte y resurrección y de lo que espera de nosotros. Y al igual que Jesús, el celebrante os lo explica. Pero esto no basta. En la persona de su ministro el Señor bendice y parte el pan. Y bajo la apariencia de pan vuestros ojos educados a la fe están seguros de reconocerle. Este reconocimiento, esta cercanía de Jesús y, más aún, el hecho de que vosotros mismos después de digna preparación, recibís este Pan de vida que es su Cuerpo, os llenan de un gozo inefable porque amáis al Señor. Os deseo que esta experiencia que renováis con frecuencia al lado del celebrante, deje huellas persistentes en vuestra vida. Claro está que no estáis dispensados de esforzaros, pues existe el peligro de que os "habituéis" a estos gestos que presenciáis tan de cerca y con tanta frecuencia, y que no reconozcáis suficientemente el amor de vuestro Salvador que se os acerca y os hace señas. Es necesario que tengáis el corazón en vela, es necesario que la oración mantenga en vosotros el deseo de encontraros con El, y es necesario asimismo que compartáis después de la Misa el amor recibido.

Vuestro servicio, queridos amigos, os asocia al sagrado ministerio del sacerdote que celebra la Eucaristía y los otros sacramentos en el nombre mismo de Cristo. Pero, ¿contaréis siempre con los sacerdotes que deseáis y de los que no puede prescindir el Pueblo de Dios? Vosotros sabéis qué necesidad tan grande de vocaciones sacerdotales tienen vuestros países. Dirigiéndome a los muchachos y jóvenes aquí presentes les digo: y tú, ¿no has pensado nunca que a lo mejor te invita el Señor a mayor intimidad con El, a un servicio más alto, a una donación radical precisamente como sacerdote suyo, ministro suyo? ¡Qué gracia sería para ti, para tu familia, para tu parroquia, para las comunidades cristianas que esperan sacerdotes! Está claro que esta gracia no es obligante... "si quieres", decía Jesús. ¡Pero tantos jóvenes tienen —también hoy— el gusto del riesgo! Estoy seguro de que muchos de ellos son capaces de dejarlo todo por seguir a Jesús y continuar su misión. En todo caso, os debéis plantear lealmente la pregunta. El modo en que cumpláis vuestro servicio ahora os prepara a responder a la llamada del Señor.

Al terminar de hablaros expreso mi esperanza de que la comunidad entera os ayude a tener aprecio de vuestras funciones litúrgicas y a cumplirlas lo más perfectamente posible, de modo que cuantos tomen parte en la celebración renueven su fe y caridad en Cristo. Quiero que sepáis que el Papa os ama y cuenta mucho con vosotros. Os bendigo con todo el corazón y os dejo con estas palabras: ¡"Servid al Señor con alegría"!

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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