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SANTA MISA PARA UN GRUPO DE NUEVOS DIÁCONOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Salón de los Suizos - Castelgandolfo
Viernes 11 de abril de 1980

 

Queridos hijos y hermanos en Cristo:

1. En presencia de la comunidad de fieles representada por un grupo de padres, familiares y amigos vuestros, habéis venido aquí a ratificar la oblación de vuestra vida como diáconos de la Iglesia de Dios. Al actuar así estáis llenos de confianza porque sabéis que vuestra vocación y ministerio tienen su apoyo eficiente en el poder de la resurrección de Cristo que la Iglesia está celebrando con gratitud y amor rebosantes de gozo, durante este tiempo santo.

No hay duda de que la Iglesia ha puesto un gran tesoro en vuestras manos al llamaros para que os asociéis de modo especial al Señor Jesús en su culto al Padre y su servicio a la humanidad. Estáis llamados a conformaros más íntimamente a Cristo el Siervo, y de ahora en adelante el ser discípulos suyos se expresará en el ministerio de la Palabra, del altar y de la caridad.

2. Toda vuestra vida debe estar afincada en la Palabra de Dios que estáis llamados a acoger y comunicar en toda su plenitud, tal y como la proclama la Iglesia una, santa, católica y apostólica. En el sacrificio eucarístico —en el que tomáis parte y que será siempre el centro de vuestra vida— el mismo Cristo ofrecerá vuestro ministerio de caridad a su Padre. De ahora en adelante vais a tener relación especial con los pobres, los que sufren, los enfermos, con todos los necesitados. Y recordad siempre que el servicio más grande que podéis prestar al Pueblo de Dios es anunciarles su Evangelio de salvación, dador de vida y ennoblecedor.

3. A fin de equiparos para esta tarea de servicio, la Iglesia ha invocado solemnemente el Espíritu Santo y sus siete dones sobre vosotros. Es El, el Espíritu Santo, quien tiene poder de configuraros cada vez más hondamente con ese Jesús que representáis y que desea prolongar a través de vosotros su contacto salvífico con la humanidad. Que el pueblo pueda ver a Cristo en vosotros; el Maestro debe ser reconocido en el discípulo. Precisamente en el nombre de Jesús sois enviados, y todo lo que hagáis tiene que llevarse a cabo "en nombre de Jesucristo Nazareno" (Act 4, 10).

4. Para tener plena conciencia de vuestra misión de ejercer el ministerio en su santo nombre y a fin de estar unidos a El, debéis orar. Tenéis que levantar el corazón frecuentemente al Señor que os ha llamado por vuestro nombre y os ha confiado una gran responsabilidad. A este respecto, la Liturgia de las Horas será riqueza de vuestra vida y garantía de eficacia de vuestro ministerio de servicio. La oración debe sostener vuestro servicio y, a su vez, el servicio debe llevaros una y otra vez de nuevo a la oración. Estad seguros de que María, Madre del Señor resucitado, os sostendrá en los esfuerzos y estará cerca de vosotros con su amor.

5. Y finalmente, queridos hijos y hermanos, para que vuestro gozo sea completo, recordad las palabras de Jesús, la seguridad que nos ha dado, la promesa maravillosa que nos ha hecho: "...si alguno me sirve, mi Padre le honrará" (Jn 12, 26). Sí, como diáconos que sois, estáis llamados a servir a Cristo en sus miembros y a ser honrados por su Eterno Padre, a quien se debe toda alabanza y acción de gracias en la unidad del Espíritu Santo por siempre jamás. Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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