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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA
DE SANTA MARÍA REINA DE LA PAZ

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 20 de abril de 1980

 

1. "La paz sea con vosotros". Con estas palabras saludó Cristo, después de su resurrección, a los discípulos reunidos en el Cenáculo, al encontrarse con ellos por primera vez. "La paz sea con vosotros". Esto sucedió aquel día, el primero después del sábado, cuando las mujeres habían ido, muy de madrugada, al sepulcro y no habían encontrado en él el cuerpo de Cristo; y, luego, Pedro y Juan, avisados por ellas, habían hecho la misma comprobación: la piedra removida, el sepulcro vacío, los lienzos, con que había sido envuelto el cuerpo del Señor, por tierra, y el sudario, que le habían puesto en la cabeza, en un lugar aparte. La tarde de ese día Jesús les visitó, en el Cenáculo, donde se encontraban por temor a los judíos; llegó entrando por la puerta cerrada, y los saludó con las palabras "la paz sea con vosotros" (cf. Jn 20).

Con las mismas palabras deseo saludar a la parroquia dedicada a la Madre de Dios Reina de la Paz, que visito hoy, III domingo del período pascual. Y pronuncio estas palabras del saludo de Cristo con alegría tanto mayor, porque vuestra parroquia lleva el nombre de la Reina de la Paz; por esto, las palabras "la paz sea con vosotros" son especialmente entrañables al espíritu que vivifica vuestra comunidad. Bajo el patrocinio de María "Reina de la Paz" este saludo de Cristo resucitado resuena con la fuerza particular de la fe, de la esperanza y de la caridad. Efectivamente, la paz es un fruto especial de esa caridad que vivifica a la fe. Es la paz que el mundo no puede dar, la paz que da Cristo solamente: "La paz os dejo, mi paz os doy" (Jn 14, 27).

2. Por tanto, mi saludo se dirige a todos vosotros, comenzando por el señor cardenal Carlo Confalonieri, del Título de la iglesia suburbicaria de Ostia y Decano del Sacro Colegio, que ha querido estar presente durante esta visita pastoral. Saludo luego al señor cardenal Vicario, Ugo Poletti, que con su presencia ha querido testimoniar el afecto que le une a esta punta avanzada de la ciudad de Roma. Saludo, después, al obispo auxiliar, mons. Clemente Riva, a cuya solicitud está confiada especialmente la zona de la que forma parte esta parroquia; él ha realizado durante el pasado mes la visita pastoral a vuestra comunidad, se ha dado cuenta personalmente de los problemas que aquí se viven y ha madurado con vosotros un proyecto concreto de compromiso cristiano para el próximo futuro. Ahora ha llegado el tiempo de realizarlo. Saludo al párroco, don Giuseppe De Filippi, y a los demás sacerdotes que atienden con dedicación humilde y generosa a la cura pastoral de esta porción de la grey del Señor.

Una palabra particular de saludo deseo dirigir a las religiosas de las cuatro congregaciones, que trabajan en el ámbito de la parroquia: al aprecio con que toda la comunidad sigue su servicio en las diversas actividades educativas y asistenciales, quiero añadir también mi aplauso, subrayando de modo especial la disponibilidad admirable que demuestran al colaborar en las iniciativas pastorales, que programa la parroquia.

Finalmente, no puede faltar un saludo cordial a los varios grupos, en que se articula el compromiso del laicado católico: hay en la parroquia un nutrido grupo de catequistas que trabajan junto con los sacerdotes y las religiosas en la preparación de los muchachos a los sacramentos de la Eucaristía y de la Confirmación, dos momentos fundamentales de la vida cristiana; hay también otros grupos que, de la plegaria y  de la reflexión comunitaria sobre la Palabra de Dios, sacan estímulo para una adhesión más generosa a las exigencias de su vocación personal, vivida en dimensión decididamente eclesial; finalmente están los que se dedican a actividades de promoción humana entre los muchachos, los jóvenes, los ancianos.. A todos mi estima sincera y el más cordial estímulo.

Una parroquia tiene siempre problemas delicados que resolver; la vuestra los tiene particularmente complejos. No es posible pensar que se pueden afrontar eficazmente sin la colaboración de todos. Pienso, sobre todo, en los problemas planteados por el crecimiento vertiginoso de la población; en los que se derivan de la diversa proveniencia de los distintos núcleos familiares, muchos de los cuales tiene a sus espaldas tradiciones, costumbres, mentalidad notablemente distantes; en los problemas relacionados con las dificultades de inserción social de los jóvenes y con la consiguiente dispersión de no pocos de ellos... No es fácil construir, en semejante contexto, una parroquia que sea verdaderamente Iglesia, esto es, en la que cada una de las personas llegue a alcanzar una experiencia de auténtica comunión y a experimentar la alegría que se deriva del compartir los mismos bienes espirituales en la perspectiva de una esperanza común. Por esto es necesario el compromiso de todos los distintos miembros de la comunidad y en particular el compromiso de las familias, sobre cuya aportación a la acción parroquial se ha insistido mucho justamente durante la visita pastoral. La parroquia es un edificio para cuya construcción cada uno debe llevar la propia piedra, esto es, el testimonio cristiano dado con las palabras y con la vida.

3. Bajo esta luz, os ruego ahora a vosotros, habitantes de Roma, a vosotros, cristianos de Roma, que os detengáis con atención especial sobre una frase, que dijo el primer Obispo de Roma, el Apóstol Pedro. Dijo esta frase junto con los otros Apóstoles con quienes había sido conducido, como testifican los Hechos de los Apóstoles, ante el supremo Consejo de los judíos, ante el Sanedrín. El sumo sacerdote acusa a los Apóstoles haciéndoles una imputación. Dice así: "Os hemos ordenado que no enseñéis sobre este nombre, y habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina y queréis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre" (Act 5, 28). Son muy significativas especialmente las últimas palabras. En efecto, recordamos bien que ante Pilato, quien, como para justificarse de la sentencia pronunciada contra Jesús, había dicho: "Yo soy inocente de esta sangre", la turba, incitada por el Sanedrín, había gritado: "Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos" (Mt 27, 24-25).

Ahora, al escuchar palabras parecidas de la boca del sumo sacerdote, Pedro y los Apóstoles responden: "Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres" (Act 5, 29). Y las palabras que siguen explican el significado de esta respuesta. Efectivamente, mientras los ancianos de Israel exigen a los Apóstoles silencio sobre Cristo, Dios, en cambio, no les permite callar: "El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros habéis dado muerte suspendiéndole de un madero. Pues a ése le ha levantado Dios a su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel penitencia y la remisión de los pecados. Nosotros somos testigos de esto, y lo es también el Espíritu Santo, que Dios otorgó a los que le obedecen" (Act 5, 30-33).

En las pocas frases que pronunció Pedro encontramos un testimonio total y completo de la resurrección de Cristo, una total y completa teología pascual.

Esta verdad, que en nuestra época repetirá de nuevo con todo el ardor y convicción de fe el Concilio Vaticano II, la encontramos ya, en toda su profundidad y plenitud, en esa respuesta que Pedro dio al Sanedrín.

4. A esta verdad se refieren las palabras: "Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres".

La verdad que confesamos mediante la fe proviene de Dios. Es la palabra del Dios viviente. Esta palabra suya dirigida a los hombres, Dios la ha anunciado muchas veces por medio de los hombres que El envió; sobre todo, la pronunció por medio de su Hijo que se hizo hombre. Y cuando las palabras del Hijo se habían extinguido, cuando su cabeza se había inclinado sobre la cruz en el último espasmo de la muerte, cuando su boca se había cerrado, entonces Dios, por decirlo así, más allá de esta muerte, pronunció la palabra última y decisiva para nuestra fe, la palabra de la resurrección de Cristo, Y esta palabra del Dios viviente nos obliga más que cualquier mandato o intención humana. Esta palabra comporta la elocuencia suprema de la verdad, comporta la autoridad de Dios mismo.

Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El es la fuente de verdad indudable e infalible, mientras la verdad que puede alcanzar el conocimiento humano y la inteligencia incluso de los hombres más geniales lleva consigo la posibilidad de equivocación o de error. Efectivamente, la historia del pensamiento testifica que a veces se han equivocado las mayores autoridades en el campo de la filosofía y de la ciencia, y quienes les sucedían ponían en evidencia estos errores, haciendo avanzar de este modo la obra del conocimiento humano, maravillosa ciertamente..., pero siempre humana.

Pedro y los Apóstoles están ante el Sanedrín, tienen plena y absoluta certeza de que, en Cristo, ha hablado Dios mismo, que ha hablado definitivamente con su cruz y con su resurrección. Pedro y los otros Apóstoles, por lo tanto, a quienes fue dada directamente esta verdad —como aquellos que, a su tiempo, recibieron el Espíritu Santo— deben dar testimonio de ella.

5. Creer quiere decir aceptar la verdad que viene de Dios con toda la convicción del entendimiento, apoyándose en la gracia del Espíritu Santo "que Dios otorgó a los que le obedecen" (Act 5, 32); aceptar lo que Dios ha revelado, y que llega continuamente a nosotros mediante la Iglesia en su "transmisión" viva, es decir, en la tradición. El órgano de esta tradición es la enseñanza de Pedro y de los Apóstoles y de sus sucesores.

Creer quiere decir aceptar su testimonio en la Iglesia, que custodia este testimonio de generación en generación, y luego —basándose en este testimoniodar testimonio de la misma verdad, con la misma certeza y convicción interior.

En el curso de los siglos cambian los sanedrines que exigen el silencio, el abandono o la deformación de esta verdad. Los sanedrines del mundo contemporáneo son totalmente diversos, y son muchos. Estos sanedrines son cada uno de los hombres que rechazan la verdad divina; son los sistemas del pensamiento humano, del conocimiento humano; son las diversas concepciones del mundo y también los diversos programas del comportamiento humano; son también las varias formas de presión de la llamada opinión pública, de la civilización de masa, de los medios de comunicación social de tinte materialista, laico agnóstico, anti-religioso; son, finalmente, también algunos contemporáneos sistemas de gobierno que —si no privan totalmente a los ciudadanos de la posibilidad o confesar la fe— al menos la limitan de diversos modos, marginan a los creyentes y los convierten como en ciudadanos de categoría inferior... y ante todas estas formas modernas del Sanedrín de entonces, la respuesta de la fe es siempre la misma: "Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres". "El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús quien vosotros habéis dado muerte suspendiéndole de un madero... Nosotros somos testigos de esto y lo es también el Espíritu Santo..." (Act 5, 29-32).

"Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres".

6. Pensemos, queridos hermanos y hermanas, en todos esos hombres del mundo, hermanos nuestros en Cristo, que dan esta respuesta de fe... en condiciones a veces mucho más difíciles de aquellas en las que nosotros nos encontramos. Pensemos en los que pagan el precio más grande por esta respuesta: a veces el de la vida misma, a veces el de la privación de la libertad, o de la marginación social, o del escarnio...

El libro de los Hechos dice que los Apóstoles "se fueron contentos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús" (Act 5, 41).

Tampoco faltan hoy testigos semejantes. Con la misma fuerza del Espíritu hacen fructificar en ellos las palabras de Pedro, dichas al comienzo de la historia de la Iglesia. "Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres" (Act 5, 29).

Oremos frecuentemente por aquellos cuya fe exige el precio de esta grande y, a veces, extrema prueba, para que no les falte la fuerza del Espíritu.

Y finalmente mirémonos a nosotros mismos:

¿Cuál es nuestra fe? ¿La fe de los hombres de esta Roma, cuyo primer Obispo fue precisamente Pedro?

Esta fe, ¿es tan unívoca y clara como la que confesó Pedro ante el Sanedrín ¿O no es, en cambio, a veces, más bien equívoca? ¿Mezclada con sospechas y con dudas?, ¿no está, a veces, mutilada?, ¿adaptada a nuestros puntos de vista humanos? ¿A los criterios de la moda, de la sensación, de la opinión humana?

¿Podemos realmente hacer nuestras las palabras de Pedro: "Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres"?

Y oremos por nuestra fe.

Por la fe de la generación joven. Y por la fe de la generación vieja. Son diversas las pruebas que atraviesa en los distintos lugares de la tierra... en cada uno de los hombres.

Que no nos falte jamás esa vista, que también a nosotros —como a los Apóstoles en el lago— nos permita descubrir la presencia de Cristo: "Es el Señor (Jn 21, 7), y navegar hacia El.

No permita Dios que nos alejemos de El.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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