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CONSAGRACIÓN DE LA IGLESIA PARROQUIAL
«SANTOS MÁRTIRES DE UGANDA»

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Barrio de Poggio Armeno, Roma
Sábado 26 de abril de 1980

 

Venerables hermanos e hijos queridísimos:

1. Expresar mi satisfacción al celebrar esta liturgia solemne, me parece casi superfluo, tan evidentes son las razones de complacencia y alegría. Desde que, por disposición de la divina Providencia, asumí la responsabilidad de la Sede de Pedro, es hoy la primera vez que presido aquí en Roma el rito de la consagración de una iglesia. Es una iglesia nueva, una iglesia parroquial, que viene a añadirse a la espléndida corona de edificios sagrados que marcan el rostro cristiano de la Urbe: una iglesia parroquial que acogerá en su interior al Pueblo de Dios, que podrá sacar aquí —de la mesa de la Palabra, de la mesa de la Eucaristía, de las otras fuentes sacramentales— el multiforme alimento necesario, para su crecimiento sobrenatural. Además, se erige una memoria pública y monumental en honor de los Mártires de, Uganda y, también desde este punto de vista, se puede decir que una nueva falange de testigos de Cristo se añade al "candidatus exercitus", a quien la Iglesia ha dedicado tan frecuentemente en el suelo romano un lugar especial de culto: efectivamente, desde Uganda nos ha llegado en el siglo pasado un testimonio estupendo de fe. Hoy, pues, se puede decir que la Roma cristiana mira una vez más a África cristiana por la página moderna y heroica que ha añadido a su martirologio y a su historia.

2. Al dirigir mi afectuoso saludo a cuantos se han reunido aquí —al señor cardenal Vicario Ugo Poletti y al cardenal arzobispo de Kampala Emmanuel Nsubuga, a las autoridades civiles, al párroco con sus colaboradores y a todos los fieles de la parroquia—, deseo hacer converger la atención común, por la circunstancia de la consagración, en las lecturas litúrgicas, que han sido elegidas para este rito. Quisiera insistir, especialmente en la segunda lectura, y luego en el texto evangélico. Ante todo hay que recordar lo que nos dijo San Pedro, porque no sólo se adapta perfectamente a la circunstancia de hoy, sino que permite pasar, de acuerdo con una línea de coherencia simétrica, de la idea de edificio material, a la de edificio espiritual, de la iglesia-templo a la Iglesia-comunión de las almas. En la base de toda la obra —nos recuerda el Príncipe de los Apóstoles— está Cristo Señor, piedra viva y angular, piedra elegida y preciosa ante Dios; pero también nuestras almas son piedras vivas, y como tales empleadas para ser construidas sobre el fundamento de esa misma piedra, en orden a formar una casa espiritual, un sacerdocio santo, y por esto, capaces de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios (1 Pe 2, 4-5).

Nunca se pondrá suficientemente de relieve el significado profundo de esta enseñanza apostólica: me refiero al misterio de nuestra edificación sobre Cristo, es decir, hacernos Iglesia con El, en El, por El. Recordad a este propósito, hermanos e hijos queridísimos, cuanto nos ha vuelto a proponer el Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática Lumen gentium, que, entre las diversas imágenes de la Iglesia, no ha olvidado la de la edificación (cf. núm. 6). Nosotros debemos edificarnos sobre Cristo, porque éste y no otro es el fundamento que da estabilidad y seguridad a nuestra vida. Efectivamente, San Pablo, sintonizando perfectamente con el co-Apóstol Pedro, explica: en la Iglesia "nadie puede poner otro fundamento sino el que está puesto, que es Jesucristo (...). ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?" (1 Cor 3, 11. 16).

He aquí, pues, la idea de la edificación desarrollada hasta su punto final, de un templo completo en todas sus partes. Cada uno de nosotros es una piedra viva en este templo, pero no aislada, no autónoma, no autosuficiente. Cada uno de nosotros sólo puede edificarse en Cristo, mientras que sin El toda la construcción estaría destinada a derrumbarse: es la sobre-edificación. Cada uno de nosotros debe  edificarse, juntamente con los otros hermanos, en virtud de la ley de la comunión eclesial, que es como el "cemento" que nos amalgama a todos en Cristo: es la co-edificación. Sólo en estas condiciones se levanta majestuoso el templo de Dios.

Todos formamos la Iglesia de Dios, porque estamos sólidamente fundados en Cristo, su Hijo, y estamos íntimamente unidos a nuestros hermanos en la fe. Precisamente esta conciencia está entre los puntos distintivos de la profesión cristiana: Credo unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecelesiam. Recitamos frecuentemente este artículo de nuestra fe, pero también debemos meditarlo, pidiendo al Espíritu que nos ilumine interiormente, para que encienda su luz divina en el templo místico de nuestra alma, en la que El mismo habita.

3. No obstante, es indudable que también el templo material es necesario. Todos conocemos las dificultades que presenta la construcción de nuevos edificios sagrados. Es problema a veces grave y de no fácil solución. Pero el edificio de piedra no es todo: tiene una función manifiestamente instrumental y emblemática respecto al otro edificio superior, del que os he hablado hasta ahora.

Entonces —podemos preguntarnos—, ¿cuál es la relación entre los dos edificios? Nos lo explica Jesús en el Evangelio, en un pasaje de su conversación con la samaritana. "Créeme, mujer, que es llegada la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre (...). Ya llega la hora, y es ésta, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu..." (Jn 4, 21. 23-24). Encontramos en este texto una revelación, que nos ilumina sobre lo que debe ser realmente la vida religiosa. Es "verdad", porque debe acomodarse a lo que es Dios: siendo Dios espíritu purísimo, la adoración, como acto supremo del culto que le ofrecemos, no puede menos de ser en espíritu. A la realidad ontológica de Dios-espíritu corresponde la realidad sicológica del hombre que le adora en espíritu: he aquí la verdad, como dimensión del culto que quiere Cristo.

Por esto hago votos para que el templo, que se inaugura hoy públicamente, como centro propulsor de la vida comunitaria de esta parroquia, reúna y acoja cada vez más numerosos a los adoradores como los busca el Padre (cf. ib.). Insertos como piedras vivas en el edificio eclesial, podrán seguir sin vacilaciones ni extravíos a Cristo que es camino seguro para ir al Padre (cf. Jn 14, 6). Así estará encaminada desde aquí abajo la liturgia, que nos hace participar, pregustándola ya, en la liturgia celeste que se celebra allá arriba, en la ciudad santa de Jerusalén, de manera plena y perfecta (cf. Sacrosanctum Concilium, 8). Será allá arriba donde cantaremos al Señor nuestro himno de gloria, con todos los Ángeles y con los Santos.

4. El último pensamiento que quiero proponeros, queridísimos hijos, se inspira en esta visión de cielo, donde viven en Dios los 22 Mártires de Uganda. Tanto más gustosamente me dirijo a estos hermanos nuestros, lo mismo que a su tierra de África, ya que iré allí hacia finales de la próxima semana. Igual que Pablo VI, después de haberlos canonizado (18 de octubre de 1964), quiso ir en peregrinación a Kampala para la consagración del altar de su santuario y para clausurar un importante simposio del Episcopado Africano, así también su humilde sucesor, por un semejante designio pastoral, ha decidido una nueva peregrinación a otros varios países del mismo continente. Ahora bien, me parece que debe tenerse en cuenta el vínculo, que la celebración de esta tarde tiene con ambas peregrinaciones: se trata siempre de la Iglesia de Roma que, como en el pasado, se mueve ahora para visitar porciones elegidas de su cuerpo orgánico e indiviso, para establecer, como entonces, un contacto más estrecho con las piedras vivas de su edificio unitario y promover, además, la mutua edificación en la caridad y en la paz.

Mi viaje quiere ser gozoso reconocimiento de la afirmación de Pablo VI: Africa est nova patria Christi (Homilía en la canonización de los Mártires de Uganda: AAS 56, 1964, págs. 907-908), y es igualmente una celebración de unidad eclesial; de modo que, el estar esta tarde reunidos aquí, rodeados por la presencia fraterna de los fieles de Uganda, equivale a un fausto auspicio para el ya cercano viaje. Os pido, amados hijos, que incluyáis también entre las intenciones de vuestra oración, un recuerdo por esta visita mía a África, para que sea el Señor, sólo el Señor, quien guíe mis pasos y quiera ayudarme en el ministerio que me compete específicamente como Sucesor de Pedro, de confirmar. a los hermanos (cf. Lc 22, 32). Y desde ahora os agradezco esta caridad.

5. Y ahora dirijo un saludo especial a la peregrinación de Uganda.

Queridos peregrinos de Uganda:

En la audiencia general del miércoles pasado di ya la bienvenida a los peregrinos de Uganda que están presentes en esta ceremonia. Es una alegría teneros aquí hoy. Sois los herederos de los mártires en cuyo honor se ha construido esta iglesia. Ellos os han puesto en las manos el tesoro de la fe cristiana. Es un tesoro cuyo valor es más claro, precisamente por el testimonio que dieron de él. Ellos estuvieron dispuestos a morir antes que verse privados de él. Ellos saben que es más valioso que todas las cosas de la tierra, porque da acceso a riquezas que son infinitamente superiores y duran para siempre; y porque es el paso a una vida con la que no puede compararse la vida del cuerpo.

Dad pruebas de ser merecedores de la herencia que habéis recibido. Demostrad que valoráis vuestra fe cristiana tan altamente como lo hizo San Carlos Lwanga y sus compañeros Santos. Vivid de acuerdo con el programa que os presentó mi predecesor Pablo VI cuando visitó vuestro país: "Primero: amad mucho a Jesucristo, tratad de conocerlo bien, estad unidos a El, tened :mucha fe y mucha confianza en El. Segundo: sed fieles a la Iglesia, orad. con ella, amadla, difundidla, estad siempre dispuestos a darle testimonio franco como vuestros mártires. Tercero: sed fuertes y valientes; estad gozosos, contentos y alegres siempre, porque la vida cristiana —recordadlo— es lo más hermoso que hay".

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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