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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

SANTA MISA EN BRAZZAVILLE

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Lunes 5 de mayo de 1980

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

"Cantad y dad gracias a Dios en vuestros corazones" (Col 3, 16).

1. Es el Obispo de Roma quien viene hoy a vosotros, el Sucesor del Apóstol Pedro, a quien Jesús dijo "Confirma a tus hermanos" (Lc 22, 31). Vengo, pues, a confirmaros en la fe, en la caridad y en la esperanza.

Vengo a confirmaros en la fe que ya poseéis, gracias a una evangelización que ha dado sus frutos. Os hablaré de esta evangelización para animaros a continuarla.

Vengo a estimular vuestra caridad mutua y hacia todos, "el amor que realiza la unidad en la perfección". Por eso os recuerdo las palabras del Apóstol Pablo: "Revestíos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre y longanimidad, soportándoos y perdonándoos mutuamente" (Col 3, 12-13). ¿Acaso no dijo Jesús: "Amad a vuestros enemigos, para que seáis verdaderos hijos de vuestro padre" (Mt 5, 44-45)?

Vengo a fortalecer vuestra esperanza a fin de que ninguna dificultad os desvíe del camino en que estáis comprometidos ni de la meta de vuestra vida cristiana: la salvación de vuestras almas, la edificación de la Iglesia.

Y lo hago poniendo en relación vuestra comunidad católica con la Iglesia universal que es única en la diversidad de sus miembros;

2. El Papa no habría tenido la oportunidad de venir a vosotros, ciertamente, si no hubiera sido precedido, desde hace justamente un siglo, por valerosos misioneros, pues, por su parte, no tenían otra preocupación que vuestro bien espiritual. Llegaron a vuestra patria consumidos de amor por Cristo y por vosotros, para proponeros el Evangelio que ellos mismos habían recibido. Y es que toda fe viene de Cristo a través de los Apóstoles. "¿Cómo creerán sin haber oído de El? ¿Cómo oirán si nadie les predica? Y, ¿cómo predicarán si no son enviados?" (Rom 10, 14-15).

Estos misioneros han sido acogidos por vosotros. Tuvieron que comenzar viviendo con vosotros, rezando en medio de vosotros, testimoniando su amor —pues este amor es el corazón de nuestro mensaje— en forma de amistad, de hospitalidad, de ayuda mutua y también en forma de cuidados e instrucción. Anunciaron el Evangelio, pues conocían vuestra hambre de la Palabra de Dios. Algunos de vuestros padres se adhirieron a la fe. Se prepararon detenidamente al bautismo. A partir de entonces nació la Iglesia en el Congo. Sin embargo, la preocupación de los misioneros ha sido también preparar entre los hijos de esta nación evangelizadores, catequistas, y muy pronto sacerdotes, religiosos y religiosas. La Iglesia se desarrolló rápidamente entre vosotros, hasta el punto de que un gran número de vuestros compatriotas se hallan ya dentro de su familia. No hemos de olvidar por eso la cantidad de paciencia, de pruebas, de dificultades, de alegrías y de esperanzas de los misioneros y los méritos de vuestros padres.

Hoy guían la Iglesia obispos congoleños, que han sido constituidos Pastores vuestros por la imposición de las manos de sus mayores. Es un signo de la madurez de vuestra Iglesia. Vuestra Iglesia ha dado a la Iglesia universal incluso un cardenal, es decir, un colaborador especial ligado al Papa y a la Iglesia de Roma, a quien todos lloramos. Vuestras comunidades están llamadas a afianzarse y a aumentar. ¡Vivid bajo la acción de la gracia!

3. Reflexionemos un instante, hermanos y hermanas, sobre esta evangelización que es necesario continuar. Evangelio quiere decir "Buena Nueva". ¿Qué Buena Nueva?

El Evangelio no promete la riqueza, ni condiciones de vida fáciles, ni incluso el pan de cada día, aunque tengamos el deber de trabajar por ello, solidariamente, con valentía y sentido de la justicia; sin descuidar por otra parte, el pedírselos a Dios y darle gracias a la vez, a El que es autor de todo bien.

¿Acaso habréis de identificar, entonces, la Buena Nueva con la paz? De hecho es algo maravilloso la paz en la sociedad, la paz en las familias, la paz de una vida libre, y sobre todo la paz del corazón de cada uno, la paz de una conciencia recta que vive con serenidad y confianza ante Dios y ante los hombres. "Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones", decía San Pablo (Col 3, 15).

Pero esta misma paz procede de la Buena Nueva, del amor de Dios que nos ha amado primero y nos ha perdonado. "Tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna... para que el mundo sea salvo por El" (Jn 3, 16-17). Como ponía de manifiesto la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, de mi venerado predecesor Pablo VI: «Este testimonio de Dios evocará al Dios desconocido, a quien adoran sin darle un nombre concreto. Para nosotros "el Creador no es un poder anónimo y lejano": es el Padre. "Nosotros somos llamados hijos de Dios y en verdad lo somos", y, por tanto, somos hermanos los unos de los otros, en Dios" (núm. 26).

4. Está verdad ha sido revelarla por Dios en Jesucristo, Aquel que murió y resucitó por nosotros, el "primero y el último, el viviente... el testigo fiel y verdadero" (Ap 1, 17-18; 2, 14), que reunió a sus discípulos en una familia profundamente solidaria, como los miembros de su Cuerpo, la Iglesia. Esta verdad se halla atestiguada por veinte siglos de historia cristiana. Ha sido vivida por millones de discípulos de Jesucristo en todos los países a menudo hasta la santidad, a veces hasta el martirio. ¿No habéis experimentado ya que dicha verdad ilumina vuestras vidas? Os muestra su sentido y su meta. Ella os asegura que Dios Padre y su Hijo han puesto en vosotros su morada. Ella os asegura la presencia del Espíritu Santo, el defensor, que os libra de vuestros pecados, de todo aquello que pudiera, en vosotros y fuera de vosotros, desviaros de la rectitud, de la pureza de vida, de la justicia, de la paz, de la reconciliación, del compartir, del amor fraterno. Esto significa que la educación en la fe coloca las bases morales de una mejor vida en sociedad, verdaderamente renovada. Y los cristianos iniciados en los sacramentos poseen ya la alegría de unirse aquí abajo alrededor del Señor, para participar en su sacrificio y en su banquete —la Misa—, esperando la vida eterna junto a El. Evangelizar significa llevar la Buena Nueva a todos los ambientes, proponerla con medios pacíficos al libre consentimiento y con su impacto transformar el interior, renovar la misma humanidad (cf. Evangelii nuntiandi, 18).

5. Ciertamente la adhesión en la fe a esta Buena Nueva requiere una conversión, no sólo antes del bautismo, sino durante toda la vida. Los ídolos a los que hay que renunciar renacen continuamente, aunque a veces lleven nombres nuevos, lo mismo en las viejas Iglesias de Occidente que en las jóvenes iglesias de África. Existen obstáculos a nivel del espíritu humano —y no es el menor el materialismo ideológico o práctico— que pueden desviar del mensaje de salvación, dejando entender que es inútil o ilusorio. Existen obstáculos, quizás muchos más todavía, a nivel de nuestras costumbres personales o familiares, costumbres de la sociedad que tienden a relegar el Evangelio como un ideal demasiado difícil. Es cierto que Jesús dijo: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5, 48).

Es necesario, por tanto, acordarse de que Dios es también el Dios de la misericordia, lo mismo que la Iglesia es una Madre misericordiosa: a pesar del carácter pecador, débil y dubitante de sus hijos, ella les invita a la esperanza, les propone un ideal cristiano, la santidad, no como una carga, sino como una luz que atrae y que eleva los corazones. Aunque la evangelización conoce aquí o allá etapas de avance y laboriosas —¡nunca dejamos de ir haciéndonos cristianos!—, la Iglesia sabe que los hijos de este país son capaces de una auténtica vida cristiana. De ello han dado ya sobrada prueba. Y la Iglesia cuenta con ellos.

6. Esta evangelización de la conciencia personal y colectiva de los hombres ha de continuarse, por tanto, según los caminos que son semejantes en toda la Iglesia (cf. Ad gentes, 11-18); Evangelii nuntiandi, 21-24; 41-47), pero es necesario que encontréis su aplicación concreta en función de vuestra cultura africana y de vuestra situación actual. En primer lugar, se halla el testimonio de vuestra vida de cristianos, el de las familias, los adultos, los jóvenes y las personas consagradas: vuestra manera cristiana de vivir puede suscitar por sí misma, y con pleno respeto a los demás, la atracción del Evangelio. Es necesario también un anuncio explícito y preciso del Evangelio, que alimente el espíritu y el corazón: aquí se inscribe el papel de la predicación, de la liturgia de la Palabra, así como también de la catequesis. Sí, todos vosotros tenéis necesidad hoy de una sólida catequesis, que profundice vuestra adhesión personal a Jesucristo y os permita dar razón de la esperanza que está en vosotros. Sé que vuestra pastoral consagra muchos esfuerzos a esta catequesis, y a la formación de los catequistas. Os felicito. Las familias y las parroquias deben conceder prioridad a esta formación, no sólo de los niños, sino también de los jóvenes, de los estudiantes, de los futuros esposos, también en el marco de la preparación a los sacramentos. Deseo finalmente, que vuestras comunidades cristianas conozcan el fervor de la oración y la fuerza de la cohesión fraterna.

7. En esta obra hay lugar para todos los obreros de la evangelización. Doy las gracias a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas y a los laicos venidos de lejos, que continúan trabajando aquí, bajo la dirección de los obispos congoleños: no sólo os proporcionan aún un precioso apoyo, sino que además contribuyen a uniros a la Iglesia universal, y estoy seguro de que esta experiencia es beneficiosa para sus propias Iglesias. Estos sacerdotes forman un único presbyterium con los sacerdotes de este país, a los cuales quisiera expresar de un modo especial mi afecto y mi confianza. Queridos amigos, el Señor os ha llamado a servir con una consagración total de vuestra vida, uno de cuyos signos es el celibato, haciéndoos disponibles para todos. Sed sacerdotes santos, los guías espirituales dedicados y competentes de que vuestro pueblo tiene necesidad. ¡Esta es una inmensa gracia! Deseo también que surjan y se afiancen con una sólida formación numerosas vocaciones sacerdotales y religiosas. Deseo finalmente. que muchos laicos cristianos presten su ayuda irreemplazable a la evangelización, como catequistas y en el apostolado de persona a persona, de familia a familia, del anciano al más joven.

8. Sé que lleváis a cabo la evangelización en condiciones que no son fáciles y con medios a menudo pobres. Habéis conocido enormes pruebas. Quisiera afianzar vuestra esperanza. Confiad vuestras necesidades al Señor, que es fiel, y alentaos los unos a los otros. Sabéis en quién habéis puesto vuestra confianza. Con San Pedro os digo: Estad firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos extendidos por todo el mundo soportan pruebas semejantes (cf. 1 Pe 5; 9). Y aún "tened todos un mismo sentir, sed compasivos, fraternales, misericordiosos y humildes" (ib, 3, 8). El poder de Dios está en vosotros según vuestro grado de fe y de amor y según vuestra cohesión. Sí, que vuestra unidad sea perfecta: ella es vuestra fuerza.

9. De este modo también vosotros seréis, en medio de vuestros compatriotas que no comparten vuestra fe, artífices de paz e incluso la "sal" y la "levadura" de que habla Jesús en orden a la vida fraterna a que ellos aspiran. He dejado ver ya que la evangelización comporta normalmente la preocupación por el desarrollo humano y por el progreso social. Vosotros estáis ligados, también vosotros, a la independencia y al honor de vuestra nación; deseáis el crecimiento de los medios de subsistencia, un orden justo para todos, una vida tranquila. Deseáis servir a vuestro país. Poseéis la preocupación por los pobres. Y sabéis que una civilización sin alma no traerá la felicidad. Estáis dispuestos a consagrar a esta obra vuestro trabajo y vuestra honestidad, en el respeto a todos, alejando los odios, la violencia y el error. Los responsables del bien común no pueden ignorar que vuestra contribución cristiana es beneficiosa para el país. Y no dudo que continuaran concediéndoos la justa libertad religiosa que se os reconoce y la posibilidad de trabajar como buenos ciudadanos por el progreso de la nación. ¡Que Dios bendiga al Congo!

10. Finalmente, queridos amigos, pienso en vuestra inserción en la Iglesia universal. Es un hermoso y gran misterio. El árbol de la Iglesia plantado por Jesús en Tierra Santa, no cesa de desarrollarse. Todos los países del viejo Imperio Romano fueron injertados en él. Mi propia patria polaca conoció su hora de evangelización y la Iglesia de Polonia fue injertada en el árbol de la Iglesia, para hacerle producir nuevos frutos. Y he aquí que vuestra comunidad de creyentes congoleños ha sido injertada en el árbol de la Iglesia. El injerto vive de la savia que circula por el árbol; sólo puede sobrevivir estrechamente unido al árbol. Sin embargo, desde el momento en que está injertado aporta al árbol su patrimonio y produce frutos propios. Esto es sólo una comparación. La Iglesia hace vivir con su vida a los nuevos pueblos que vienen a ella. Ninguna comunidad nueva injertada en el árbol de la Iglesia puede vivir su vida de manera independiente. Sólo vive cuando participa de la gran corriente vital que da vida a todo el árbol. La Iglesia recoge dentro de sí, por tanto, nuevos tesoros de vitalidad y puede manifestar así al mundo una mayor variedad de frutos. Tales son mis deseos para la Iglesia que está en el Congo. ¡Que se afiance una adhesión a la Iglesia universal y al Sucesor de Pedro, que es el principio y el fundamento de la unidad de todos! ¡Que crezcan su propia vitalidad, su unidad y su santidad! ¡Y que beneficie con ellos a la Iglesia! ¡Al soplo del Espíritu Santo! ¡Con María, la Estrella de la evangelización! ¡Amén! ¡Aleluya!

 

(El Papa añadió con toda la efusión de su corazón de Padre)

El Papa ha venido a visitaros. Ha venido a hablaros de la evangelización pasada y de la futura. Ha venido para hablaros y abrazaros, para llamaros con todo del corazón: hermanos míos, hermanas mías, hijos míos, hijas mías, pera deciros con todo corazón ¡Aleluya!

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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