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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

SANTA MISA EN KISANGANI

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Martes 6 de mayo de 1980

 

Queridos hermanos y hermanas,
queridos hijos e hijas de la Iglesia:

1. Nuestro breve encuentro de ayer tarde en la plaza de esta catedral me hizo suponer que seríais muy numerosos los que participaríais en la Eucaristía de esta mañana. ¡Gracias de todo corazón! Gracias a vosotros, gracias a cuantos os han pedido que les representéis, porque la distancia o la enfermedad les impiden estar aquí presentes. Ruego por ellos y les bendigo. Vuestra masiva presencia alegra grandemente al Señor, y a mí me llena de gozo. Viéndoos, pienso en el Apocalipsis de San Juan que leemos los domingos de Pascua. Todas las naciones, todas las razas, todas las lenguas participan en el interminable cortejo de quienes llevan marcado en la frente el sello de Dios. Pensad en vuestro bautismo y en vuestra confirmación. Cristianos de Kisangani y de esta gran zona rural: vosotros formáis parte de esa multitud inmensa que San Juan no podía enumerar. Sois el Pueblo de Dios que camina hoy por tierras de África y vivís vuestra pertenencia al Señor a través de las realidades del mundo rural. Quisiera meditar con vosotros sobre estos dos aspectos de vuestra existencia concreta y, como broche final, ayudaros a contemplar a la que el Concilio Vaticano II ha presentado tan acertadamente como Madre de la Iglesia, y a quien nosotros esta mañana rezamos bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario.

2. Como las primeras comunidades cristianas de Jerusalén, de Antioquía, de Corinto, de Roma, nacieron de la predicación de la Buena Nueva, que es esencialmente el misterio de Cristo, vuestros puestos de "misión" y vuestras parroquias surgieron, hace cien años, del anuncio del Evangelio a vuestros padres en la fe. Al comienzo, fue obra de los misioneros venidos de lejos, ardiendo en amor por Cristo y por vosotros. Os proponían el mensaje que también ellos habían recibido, porque nadie lo descubre por sí mismo, sino que se recibe de la Iglesia. Los cristianos  de esta región han llegado a ser todo un pueblo, con sus Pastores elegidos de entre los hijos de este país. Y todos juntos, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles, sois la iglesia, formáis parte de ese inmenso Pueblo de Dios surgido en Pentecostés y destinado a conocer la plenitud entrevista por San Juan. Aquí abajo, ese pueblo ha conocido pruebas y a veces humillaciones y persecuciones. Incluye mártires y santos, como vuestros compatriotas que prefirieron sacrificar su vida, antes que dejar de ser fieles a su bautismo, o como sor Anwarita, a quien la Iglesia se dispone a beatificar. Quizá algunos están demasiado acostumbrados a reducir la Iglesia únicamente a lo que es visible o también a sus responsables, a sus instituciones, a su organización. En realidad, como muy bien lo ha dicho el reciente Concilio, la Iglesia-Pueblo de Dios es un misterio.

3. ¿Qué es, pues, este misterio? Una acertadísima expresión del Apóstol Pablo a los cristianos de Corinto os ayudará a comprenderlo: "Sois el Cuerpo de Cristo y sus miembros parciales" (1 Cor 12, 27). O también: "Cristo es la Cabeza del Cuerpo de la Iglesia" (Col 1, 18). Estamos misteriosamente unidos e integrados en la vida de Cristo resucitado, glorificado a la diestra de Dios, como los miembros lo están con la cabeza. La Iglesia es el Cristo viviente hoy en todos los continentes, en todos los que se han convertido o se convierten incesantemente a El, hasta el punto de que su vida ya no es solamente su vida, sino la de Cristo en ellos. Recibís el cuerpo eucarístico de Cristo para ser más todavía miembros de su Cuerpo.

4. Cristianos de la región de Kisangani, ¿tenéis esta visión misteriosa y dinámica de la Iglesia, de vuestra ligazón vital con Cristo y con los otros miembros de Cristo? Eso debe verificarse en el estilo de vuestras celebraciones eucarísticas dominicales, que vosotros queréis que sean dignas, festivas y orantes. Eso debe verificarse también en vuestras conductas cotidianas, en familia, en vuestro barrio, en vuestro pueblo. Para realizar así verdaderamente esa Iglesia, esa familia cristiana ligada a Cristo, conviene tener, y vosotros ya lo hacéis, otras reuniones de oración, de reflexión, de retiro, de ayuda mutua, para ser mejores discípulos de Cristo y vivir su fraternidad en los ambientes de vuestra vida y de vuestro trabajo.

5. Concretamente, vosotros sois la Iglesia, el Cristo viviente en el mundo rural. Este marco social os distingue y tenéis la misión de hacerlo más digno de Dios y, consiguientemente, más humano. Así es como debéis sentiros especialmente cercanos a Cristo.

La vida terrena de Jesús, en efecto, se desenvolvió sobre todo en una civilización esencialmente agraria. Pasó treinta años en una de las aldeas de Palestina, en Nazaret., durante su vida pública visitó numerosas poblaciones de campesinos y de modestos pescadores. Contempló ampliamente y amó la naturaleza, las flores, los árboles, las estaciones, los trabajos agrícolas, los del labrador, del segador, del viñador, del pastor de ganado, de la mujer que va a sacar agua, amasar el pan, preparar la comida. Conoció las costumbres locales que acompasaban la vida. Participó en los acontecimientos de las aldeas: la hospitalidad ofrecida a los amigos, las bodas, los duelos. Se entretuvo con los niños que jugaban, con los enfermos que sufrían. Lo sabemos, porque utilizó maravillosamente todas esas observaciones para hacer comprender a sus oyentes los misterios del Reino de Dios que venía a revelar, hasta el punto de que el Evangelio es para vosotros, habitantes del mundo rural, un libro de lenguaje ameno, que encontráis muy accesible.

6. Pero hay algo más profundo todavía que esta proximidad de simpatía con Jesús de Nazaret. Y es que Jesús es el Hijo de Dios "encarnado", venido en la carne, para vivir las realidades .concretas de nuestra existencia, a la vez como hombre y como Hijo de Dios. ¡Es un misterio inaudito! Vosotros presentís la dignidad que confiere a vuestra vida de humildes trabajadores, porque El la vivió en Nazaret, en Palestina. Y la vivió bajo la mirada de Dios su Padre, íntimamente unido a El, en acción de gracias. Ofreció a Dios todos los gozos y todas las penas de esa vida. La vivió con sencillez, pureza de corazón, con decisión, como un servidor, como un amigo que acogía a los enfermos, a los afligidos, a los pobres de toda clase, con un amor que nadie superará y que nos dejó en testamento: amaos, como yo os he amado. Y esa misma vida que, a través de la prueba de su sacrificio, ofreció para liberar al mundo de sus pecados, es ahora glorificada junto a Dios.

Yo os invito paralelamente, queridos amigos, a tomar conciencia de la dignidad de vuestra vida, que ha sido santificada por Cristo y rescatada por El en los misterios de su Encarnación y de su Redención, y a hacer de ella, también vosotros, una ofrenda agradable a Dios imprimiendo en ella el sello de la oración y del amor. Esta perspectiva transformará ya desde dentro vuestra vida y os hará participar de la santidad de Cristo.

7. Y pienso que ella podrá también estimularos a transformar las condiciones de vuestra vida rural cuando se deterioren por la negligencia o el pecado, e impidan a los hombres vivir con dignidad, esperanza y paz. Porque el Reino de los cielos, para el que nos preparamos, debe ya encontrar algún esbozo en esta vida terrena. Ese progreso tiene mucha importancia para el Reino de Dios (cf. Gaudium et spes, 39).

Sí, tomando conciencia de la dignidad de vuestra vida y de vuestro trabajo, con amor generoso y cristiano, trataréis de hacerlos más dignos para vosotros y para los demás. No consentiréis que los campesinos sean considerados como hombres o mujeres de segundo grado. No os resignaréis a que algunos sean aplastados por la miseria o víctimas de la injusticia. No sería justo ni conforme al Evangelio de Cristo que los más fuertes o los más afortunados explotaran a los demás; Santiago denunciaba ya este mal (cf. Sant 4, 13; 5, 6). Debéis ayudaros mutuamente para hacer frente a las dificultades. Reflexionad unidos y emprended en común obras, que serán modestas —ya que por vuestra cuenta no tenéis los medios necesarios para actuar eficazmente—, pero resultarán realistas. Apegados como estáis a vuestra tierra, contribuiréis a frenar el éxodo rural, tan perjudicial para la vida del campo y para toda la nación. Vuestro país debe satisfacer sus necesidades alimenticias; los productos agrícolas son más necesarios que ciertos productos de lujo. El desarrollo industrial de los países africanos necesita el desarrollo agrícola, pues sobre él se basa. En ello le va la vida de sus hijos.

8. Ciertamente, las Iglesias cristianas no van a proponer por su cuenta ni encontrar soluciones técnicas para la ordenación del mundo rural. Pero son depositarias del sentido evangélico que hay que dar a la vida de los hombres y de las sociedades. Y los cristianos, formados por ellas, aportarán a esas soluciones humanas una dimensión que aclarará la elección de objetivos y de métodos. Cuidarán, por ejemplo, el respeto a las personas. Se preocuparán de los pequeños y de los débiles. Su honradez no tolerará la corrupción. Buscarán estructuras más justas en el aspecto financiero. Fomentarán la ayuda mutua, la solidaridad. Tratarán de dar a su comunidad un aspecto fraternal. Serán los artífices de la paz. Se considerarán como gestores de la creación de Dios, que no se puede jamás desperdiciar ni rebajar de grado, porque está confiada a los hombres para bien de todos. Evitarán que se instale un materialismo que sería en realidad una esclavitud. En resumen, han de querer trabajar, desde ahora, por un mundo más digno de los hijos de Dios. Es el papel que la Iglesia reconoce a los laicos cristianos, ayudados por sus Pastores. Sí, ése es un buen testimonio de la Iglesia.

9. Queridos hermanos y hermanas: Para realizar esto de modo verdaderamente cristiano, conviene ante todo que estéis animados interiormente por el espíritu de Dios. Y para ello, yo quisiera que dirigierais vuestra mirada cada vez más a la Virgen María, vuestra Madre, la Madre de la Iglesia.

Estamos celebrando la Misa de Nuestra Señora del Rosario, ante esta catedral dedicada a Ella. Para mí es una gran alegría. ¿Quién mejor que María ha vivido una vida tan sencilla, santificándola? ¿Quién mejor que María, ha acompañado a Jesús toda su vida, gozosa, dolorosa y gloriosa; ha entrado en la intimidad de sus sentimientos filiales para con el Padre, fraternales para los demás? ¿Quién mejor que María, asociada ahora a la gloria de su Hijo, puede interceder en nuestro favor?

Ella debe ahora acompañar vuestra vida. Debemos confiarle esta vida. Y la Iglesia nos propone justamente para ello una oración muy sencilla, el Rosario, ese Rosario que puede tranquilamente desgranarse al ritmo de nuestras jornadas, El Rosario, lentamente rezado y meditado en familia, en comunidad, individualmente, os hará entrar poco a poco en los sentimientos de Cristo y de su Madre, evocando todos los acontecimientos que son la clave de nuestra salvación. Al compás de las Avemarías, contemplaréis el misterio de la Encarnación de Cristo, del que ya hemos hablado, la Redención de Cristo y también el fin hacia el que tendemos, en la luz y en el descanso de Dios. Con María, abriréis vuestra alma al Espíritu Santo, para que inspire todas las grandes tareas que os esperan. Con Ella, las madres cumplirán su papel de portadoras de vida, de guardianas y educadoras del hogar.

Que María sea vuestra ayuda y vuestro consuelo. Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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