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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN EL «UHURU PARK»

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Nairobi, Kenia
Miércoles 7 de mayo de 198
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Venerables hermanos en el Episcopado,
queridos hermanos y hermanas en Cristo:

1. Nos hemos reunido hoy aquí para alabar y glorificar a nuestro Padre celestial. Hombres y mujeres de ambientes diversos nos hemos congregado en este lugar y sin embargo estamos unidos en El "en quien todo subsiste" (Col 1, 17), todos unidos en la mesa de la Palabra de Dios y en el altar del Sacrificio.

Mi corazón rebosa de gratitud hacia Dios por este día y por esta oportunidad de celebrar la Eucaristía con vosotros y de cantar alabanzas al Señor por haber reconciliado todo consigo mismo, "pacificando con la sangre de su cruz" (Col 1, 20).

El día en que fue crucificado, Jesús le dijo a Pilato: "Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad" (Jn 18, 37). Jesús no vino para hacer su propia voluntad, sino la voluntad de su Padre celestial. El dio testimonio de la verdad a través de sus palabras, de sus obras y de su misma existencia. En Jesús fue derrotada la tiranía del engaño y la falsedad, la tiranía de la mentira y del error, y la tiranía del pecado. Pues Cristo es la Palabra viva de la verdad divina que prometió: "Si permanecéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos y conoceréis la verdad, y la verdad os librará" (Jn 8, 31 s.).

2. La Iglesia ha recibirlo de Cristo esta misma misión: cultivar un profundo amor y veneración por la verdad y conjugar con la fe los puntos de vista y las enseñanzas de la sabiduría humana, siempre para dar testimonio de la verdad. En todo tiempo y lugar la Iglesia avanza en esta misión, con la confianza de que si Dios es la fuente suprema de toda verdad, no puede existir oposición entre la sabiduría natural y las verdades de la fe.

Todos los fieles, queridos hermanos y hermanas, tienen un papel que cumplir en la misión de la Iglesia en favor de la verdad. Por esta razón afirmé en mi Encíclica que la "responsabilidad de la Iglesia por la verdad divina debe ser cada vez más, y de distintos modos, compartida por todos, sin excluir a los especialistas en las distintas materias, los representantes de las ciencias naturales, de las letras, los médicos, los juristas, los hombres del arte y de la técnica, los profesores de los distintos grados y especializaciones. Todos ellos —como miembros del Pueblo de Dios— tienen su propia parte en la misión profética de Cristo, en su servicio a la verdad divina" (cf. Redemptor hominis, 19). Hay que prestar una cuidadosa atención a esta responsabilidad de dar testimonio de la verdad, dentro de la comunión de los fieles y de un modo especial dentro de la comunidad cristiana local. En su Mensaje a África, mi predecesor Pablo VI dirigió unas palabras especiales a los intelectuales de este continente, precisamente porque estaba convencido de la importancia de su misión al servicio de la verdad. Y sus palabras resuenan hoy todavía: "África tiene necesidad de vosotros, de vuestro estudio, de vuestra investigación, de vuestro arte, de vuestro magisterio... Vosotros representáis el prisma a través del cual las concepciones nuevas y las transformaciones culturales pueden ser interpretadas y explicadas a todos. Sed, pues, honrados, sinceros y leales" (núm. 32).

3. Hemos de comenzar nuestro testimonio de la verdad cultivando el hambre de la Palabra de Dios, el deseo de recibir y aceptar de corazón el mensaje vivificante del Evangelio en toda su plenitud. Cuando escucháis atentamente la voz del Salvador y luego la ponéis en práctica, realmente estáis compartiendo la misión de la Iglesia al servicio de la verdad. Estáis dando testimonio al mundo de que confiáis firmemente en la promesa que Dios hizo por medio de Isaías: "Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, / dando la simiente para sembrar y el pan para comer, / así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía, / sino que hace lo que yo quiero / y cumple su misión" (Is 55, 10-11). No podréis ser mensajeros de la verdad si primero no sois verdaderos oyentes de la Palabra de Dios.

4. Cuando Pilato preguntó a Jesús si era rey, su respuesta fue clara y sin ambigüedades: "Mi reino no es de este mundo" (Jn 18, 35). Cristo vino a traer la vida y la salvación a cada ser humano: su misión no fue de orden social, económico o político. Del mismo modo Cristo no confió a su Iglesia una misión social, económica o política,. sino más bien religiosa (cf. Gaudium et spes, 42). Sin embargo sería un error pensar que cada cristiano en particular debe estar ausente de estos ámbitos da la vida social. A este respecto fueron muy claros los Padres del Concilio Vaticano II: "El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época... El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación" (Gaudium et spes, 43).

Los cristianos, por tanto, y de un modo especial vosotros, los laicos, están llamados por Dios a inserirse en el mundo a fin de transformarlo según el Evangelio. Al llevar a cabo esta tarea, juega un importante papel vuestro compromiso personal con la verdad y la honestidad, pues el sentido de responsabilidad en favor de la verdad es uno de los lugares de encuentro fundamentales entre la Iglesia y la sociedad, entre la Iglesia y cada hombre y mujer (cf. Redemptor hominis, 19). La fe cristiana no os proporciona soluciones prefabricadas para los complejos problemas que afectan a la sociedad contemporánea. Pero sí os da una visión profunda de la naturaleza del hombre y de sus exigencias, que os impulsa a proclamar la verdad en el amor, y a asumir vuestras responsabilidades como buenos ciudadanos y a trabajar con los que os rodean para construir una sociedad, cuyos valores humanos sean alimentados y profundizados por una visión cristiana compartida de la vida.

5. Uno de estos aspectos que ocupa un importantísimo lugar en la sociedad y en la vocación total de cada persona humana es la cultura. "Es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y los valores naturales. Siempre, pues, que se trata de la vida humana, naturaleza y cultura se hallan unidas estrechísimamente" (Gaudium et spes, 53). Un cristiano debe colaborar con alegría en la promoción de la verdadera cultura, porque sabe que la Buena Noticia de Cristo refuerza en el hombre los valores espirituales que se hallan en el corazón de la cultura de cada pueblo y de cada período de la historia. La Iglesia, que se encuentra como en su casa en cualquier cultura, sin hacer suya con exclusividad ninguna de ellas, anima a sus hijos e hijas a trabajar activamente en las escuelas, las universidades, y demás instituciones de enseñanza, entregando lo mejor de sí mismos a esta actividad,

Armonizando aquellos valores que son herencia exclusiva de cada pueblo o grupo, con el contenido del Evangelio, el cristiano ayudará a su propio pueblo a lograr una verdadera libertad y la capacidad de hacer frente a los desafíos de los tiempos. Cada cristiano, unido a Cristo por el misterio del bautismo, trabajará por adecuarse al designio del Padre sobre su Hijo "recapitulando todas las cosas en Cristo, las del cielo y las de la tierra" (Ef 1, 10).

6. Otro reto importante para el cristiano es el de la vida política. En el Estado los ciudadanos tienen el derecho y la obligación de participar en la vida política. Pues una nación podrá asegurar el bien común de todos y los sueños y aspiraciones de sus diferentes miembros, sólo en la medida en que todos sus ciudadanos, con plena libertad y completa responsabilidad, contribuyan voluntaria y desinteresadamente al bien de todos,

Las obligaciones de un buen ciudadano cristiano no pueden reducirse a evitar la corrupción, o a no explotar a los demás, sino que incluyen una contribución positiva al establecimiento de leyes justas y estructuras que sostengan los valores humanos. Cuando un hombre o mujer cristiana se encuentre con la injusticia o con algo que esté en contra del amor, la paz y la unidad de la sociedad, debe preguntarse: "¿En qué me he quedado corto? ¿Qué es lo que he hecho mal? ¿Qué no he hecho de aquello que me exigía mi vocación a la verdad'? ¿He pecado por omisión?".

7. Hoy, aquí, en Kenia, como he hecho antes muchas veces, quiero dirigir un mensaje particular a los matrimonios y a las familias. La familia es la comunidad humana fundamental; constituye la primera célula vital de toda sociedad. Por eso, la fuerza y la vitalidad de cualquier país, será tan grande, como la fuerza y la vitalidad de sus familias. Ningún grupo produce un impacto tan grande en un país como la familia. No existe grupo alguno que tenga un papel tan decisivo en el futuro del mundo.

Por este motivo, los matrimonios cristianos poseen una misión irreemplazable en el mundo actual. El amor generoso y la fidelidad de marido y mujer aportan estabilidad y esperanza a un mundo azotado por el odio y la división. A través de la perseverancia continuada en un amor de por vida muestran el carácter indisoluble y sagrado del vínculo sacramental del matrimonio. A la vez la familia cristiana es quien favorece más sencilla y profundamente la dignidad y el valor de la vida humana desde el momento de la concepción.

La familia cristiana es también el santuario doméstico de la Iglesia. En un hogar cristiano se pueden encontrar aspectos diversos de toda la Iglesia, tales como el amor mutuo, escucha atenta de la Palabra de Dios y la oración en común. El hogar es el lugar, en que es recibido y vivido el Evangelio, y el lugar desde donde éste se difunde. Así la familia testimonia diariamente, incluso sin hablar, la verdad y la gracia de la Palabra de Dios. Por esta razón afirmé en mi Encíclica que "los esposos... deben con todas sus fuerzas tratar de perseverar en la unión matrimonial, construyendo con el testimonio del amor la comunidad familiar y educando nuevas generaciones de hombres, capaces de consagrar también ellos toda su vida a la propia vocación, o sea, a aquel 'servicio real' cuyo ejemplo más hermoso nos lo ha ofrecido Jesucristo" (Redemptor hominis, 21).

8. Queridos hermanos y hermanas: todas las familias que constituyen la Iglesia, y todos los individuos que constituyen las familias —todos nosotros juntos—, estamos llamados a caminar con Cristo, dando testimonio de su verdad en las vicisitudes de nuestra vida diaria. De este modo podremos impregnar la sociedad con la levadura del Evangelio, la única que puede transformarla en el Reino de Cristo: ¡un Reino de verdad y de vida, un Reino de santidad y de gracia, un Reino de justicia, de amor y de paz! Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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