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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

MISA PARA LOS CATEQUISTAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Kumasi, Ghana
Viernes 9 de mayo de 1980

 

Queridos hermanos y hermanas:

I. Hoy es día de gran alegría, y yo he esperado este día desde hace mucho tiempo. He deseado venir y decir a los catequistas cuánto los amo, cuánto los necesita la Iglesia. Hoy es también día de profundo significado porque Jesús —el Hijo de Dios, el Señor de la historia, el Salvador del mundo— está presente en medio de nosotros. A través de su santo Evangelio nos habla con las palabras que dirigió una vez a sus discípulos: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre..." (Mt 28, 18-20).

2. Este mandato y esta promesa de Jesús inspiraron la evangelización de Ghana y de toda África, orientando la vida de cuantos han colaborado en la causa del Evangelio. De modo particular estas palabras se grabaron en el corazón de numerosos catequistas, el siglo pasado. Y hoy intento manifestar la profunda estima de la Iglesia por estos devotos trabajadores al servicio del Evangelio. Expreso la gratitud de toda la Iglesia católica a los catequistas, que están presentes hoy, a sus predecesores en la fe, a sus colegas catequistas en el continente africano: gratitud por la ayuda prestada para reclutar discípulos de Cristo; por la ayuda que dan al pueblo para creer que Jesucristo es Hijo de Dios; por la ayuda al instruir a sus hermanos y hermanas en su vida y edificar así su Cuerpo, la Iglesia. Esta actividad catequística se ha desplegado con la palabra y con el ejemplo, y la entrega de innumerables catequistas y su adhesión profunda a la persona de Jesucristo son un capítulo de gloria en la historia de esta tierra y de este continente.

3. La Iglesia reconoce en estos catequistas a personas llamadas a ejercitar una particular tarea eclesial, una participación especial en la responsabilidad de hacer avanzar el Evangelio. Ve en ellos a los testigos de la fe, siervos de Jesucristo y de su Iglesia, colaboradores eficaces en la misión de establecer, desarrollar e incrementar la vida de la comunidad cristiana. En la historia de la evangelización muchos de estos catequistas han sido, de hecho, maestros de religión, guías de sus comunidades, celosos misioneros laicos, modelos de fe. Han ayudado fielmente a los misioneros y al clero local, apoyando su ministerio con el cumplimiento de su tarea característica.

Los catequistas han prestado muchos servicios vinculados con la difusión del conocimiento de Cristo, con la fundación de la Iglesia, con la inserción cada vez más profunda de la potencia transformadora y regeneradora del Evangelio en la vida de sus hermanos y hermanas. Han asistido al pueblo en muchas de sus exigencias humanas, contribuyendo al desarrollo y al progreso.

4. En todo esto han hecho conocer explícitamente el nombre y la persona de Jesucristo, su enseñanza, su vida, sus promesas y su Reino. Las comunidades que ellos han ayudado a construir, se basan en los mismos elementos que se encuentran en la Iglesia primitiva: en la enseñanza y la fraternidad de los Apóstoles, en la Eucaristía y en la oración (cf. Act 2, 42). Así, el señorío de Cristo se facilitaba en una comunidad después de otra, de una en otra generación. Mediante su trabajo generoso, el mandamiento de Cristo se cumplió continuamente y su promesa se verificó.

5. La Iglesia no sólo está agradecida por cuanto han realizado los catequistas en el pasado, sino que tiene confianza para el futuro. A pesar de las nuevas circunstancias, de las nuevas exigencias y de los nuevos obstáculos, la importancia de este gran apostolado no ha disminuido, porque siempre será necesario desarrollar una fe inicial y guiar al pueblo a la plenitud de la vida cristiana. Una creciente conciencia de la dignidad e importancia de la tarea del catequista es consecuencia de la insistencia del Concilio Vaticano II sobre el hecho de que toda la Iglesia está implicada en la responsabilidad del Evangelio. Sólo con la colaboración de sus catequistas la Iglesia podrá responder adecuadamente al desafío que he descrito en mi Exhortación Apostólica sobre la catequesis en nuestro tiempo: "En este final del siglo XX, Dios y los acontecimientos, que son otras tantas llamadas de su parte, invitan a la Iglesia a renovar su confianza en la acción catequética como en una tarea absolutamente primordial de su misión. Es invitada a consagrar a la catequesis sus mejores recursos de hombres y energías, sin ahorrar esfuerzos, fatigas y medios materiales para organizarla mejor y formar personal capacitado. En ello no hay un mero cálculo humano, sino una actitud de fe" (Catechesi tradendae, 15).

6. La Sagrada Congregación para la Evangelización de los Pueblos, numerosos obispos y Conferencias Episcopales han valorado fuertemente la importancia de la formación de catequistas, y en esto son dignos del más amplio elogio. El destino de la Iglesia en África está vinculado indudablemente al éxito de esta iniciativa. Por ello deseo animar plenamente este maravilloso trabajo. El futuro de la actividad catequística dependerá de profundos programas de preparación, que comprendan una instrucción cada vez mayor para los catequistas, que den prioridad a su formación espiritual y doctrinal, poniéndolos en disposición de experimentar en alguna medida el sentido auténtico de la comunidad cristiana que están llamados a edificar.

Los subsidios de la catequesis merecen también la debida atención, incluso un eficaz material catequético que tenga presente la necesidad de encarnar el Evangelio en determinadas culturas locales. Por esto, toda la Iglesia debe sentirse interesada para afrontar las dificultades y los problemas inherentes al sostenimiento de los programas catequísticos. De mocho especial, toda la comunidad eclesial debe manifestar su propia estima por la importante vocación del catequista, que debe sentirse apoyado por sus propios hermanos y hermanas.

7. Sobre todo, para asegurar el éxito de toda actividad catequística, es necesario que quede cristalinamente clara la finalidad misma de la catequesis: la catequesis es un trabajo de fe que va más allá de toda técnica; es un compromiso de la Iglesia de Cristo. Su objeto primario y esencial es el misterio de Cristo; su finalidad definitiva es poner a la gente en comunión con Cristo (cf. Catechesi tradendae, 5). A través de la catequesis continúa la actividad de Jesús Maestro; El solicita de sus hermanos la adhesión a su persona, y mediante su palabra y sus sacramentos los guía al Padre y a la plenitud de vida en la Santísima Trinidad.

8. Reunidos aquí hoy para celebrar el Sacrificio eucarístico, expresamos nuestra confianza en la potencia del Espíritu Santo para que continúe haciendo surgir y sosteniendo, para la gloria del Reino de Dios, nuevas generaciones de catequistas, transmisores fieles de la Buena Nueva de salvación y testigos de Cristo y de Cristo crucificado.

9. Hoy la Iglesia ofrece a los catequistas el signo del amor de Cristo, el gran símbolo de la redención: la cruz del Salvador. Para los catequistas de todo tiempo la cruz constituye la credencial de autenticidad y la medida del éxito. El mensaje de la cruz es, realmente, "el poder de Dios" (1Cor 1, 18).

Queridos catequistas, queridos hermanos y hermanas: Al realizar vuestra tarea, al comunicar a Cristo, recordad las palabras de un precursor de la catequesis en el siglo IV, San Cirilo de Jerusalén: "La Iglesia católica está orgullosa de todas las acciones de Cristo, pero su gloria mayor está en la cruz" (Catechesi, 13),

Con esta cruz, con el crucifijo que hoy recibís como señal de vuestra misión en la Iglesia, proseguid confiadamente y llenos de alegría. Y recordad también que María está siempre cercana a Jesús, junto a El, está siempre junto a la cruz. Ella os guiará incólumes a la victoria de la resurrección y os ayudará a comunicar a los otros el misterio pascual de su Hijo.

Queridos catequistas de Ghana y de toda África: Cristo os llama a su servicio; la Iglesia os envía. El Papa os bendice y os encomienda a la Reina del cielo.

Amén

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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