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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA MISA CELEBRADA EN EL ESTADIO DE ABIYÁN


Sábado 10 de mayo de 1980

 

Queridos hermanos y hermanas:

¡Demos gracias a Dios que nos ha llamado a formar una sola Iglesia en su Hijo Jesucristo!

1. El Profeta Ezequiel anunciaba ya este gran misterio, pensando sobre todo en los israelitas de su tiempo, dispersos entre las naciones. Pero, "a través de la Iglesia", el llamamiento se ensanchó hacia los hijos de todas las naciones,  a las que se llamaba paganas. Y nos hemos atrevido, como dice San Pablo, el Apóstol de las Gentes, a "acercarnos a Dios con toda confianza", "por el camino de la fe en Cristo", la misma fe. Si, "el único Dios y Padre de todos" nos reúne, sea cualquiera nuestra procedencia y con todas las riquezas de nuestra propia historia, en la familia de la Iglesia. Derrama sobre nosotros un agua pura —"un sólo bautismo"—, y así quedamos "purificados de todas nuestras culpas". Nos da un "corazón nuevo", un corazón sensible a su amor, "un corazón de carne". Infunde en nosotros su Espíritu, "un sólo Espíritu". Nos permite "caminar en su ley y practicar sus costumbres". Y de esa manera se construye en todo el universo el mismo Cuerpo de Cristo, con miembros diferentes, que han recibido cada uno de ellos sus cualidades, su parte de gracia, sus funciones en la Iglesia.

Esta unidad profunda, mediante la variedad multiforme de pueblos y de razas, constituye nuestro gozo y nuestra fuerza. Es un don de Dios, pero nosotros debemos aportar también nuestra contribución consciente y generosa a fin de realizar, con madurez, la plenitud de Cristo.

Y así, yo os invito, queridos hermanos y hermanas, a recorrer conmigo los diversos círculos concéntricos de esta unidad; a nivel de Cristo ante todo, a nivel de la Iglesia universal y de su Pastor, a nivel de la Iglesia que está en Costa de Marfil y de vuestra diócesis, a nivel de cada una de vuestras comunidades parroquiales, con la irradiación que de ello surge para la unidad de los hombres que nos rodean.

2. Sí, nuestra unidad no es solamente ni sobre todo unidad exterior, como la de un cuerpo social con sus estructuras de organización. Es un misterio, como ha subrayado el Concilio Vaticano II al comienzo de la Constitución Lumen gentium (núm. 4). Formamos "un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".

El Espíritu Santo "habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles"; "introduce la Iglesia en la verdad toda entera" y le "asegura la unidad de la comunión y del ministerio", "la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos"; en virtud del Evangelio, el Espíritu Santo rejuvenece a la Iglesia y la renueva sin cesar, encaminándola a la unión perfecta con su Esposo, Cristo (cf. ib.). Así el Espíritu Santo despliega en la Iglesia "la insondable riqueza de Cristo", y vuelve su aspiración hacia Cristo y hacia su Padre (cf. Ap 22, 17).

Cristo resucitado, en efecto, vive por los siglos de los siglos junto a su Padre que le ha hecho Señor del universo y Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo místico (cf. Flp 2, 11; Col 1, 18). Por el Espíritu Santo, comunica su vida a los que le dan su fe, renaciendo con el agua y con el Espíritu (cf. Jn 3, 5), que se unen a El por la oración, por los sacramentos, por una vida conforme a su amor. El es el jefe invisible de la Iglesia, El es quien la sostiene (cf. Lumen gentium, 8), es el Buen Pastor que reúne a los hijos de Dios dispersos y hace de ellos un reino de sacerdotes para su Padre (Ap 1, 6).

Esto lo sabéis muy bien, queridos amigos, pero yo lo recuerdo para exhortaros a que os dirijáis sin cesar hacia Cristo, para que le recéis cada vez mejor, en comunidad, en familia y también individualmente, para que leáis una y otra vez su Palabra. Una Iglesia no está viva, no está unida, no es fuerte más que cuando sus miembros tienen una vida interior, una vida espiritual, es decir, una vida enlazada con el Espíritu de Dios, una vida de oración. Ahí está el corazón de la Iglesia. Ahí es donde se logra la comunión más íntima, que es la fuente de todas las demás. Vuestra vida, vuestra unidad está ante todo "integrada con Cristo, en Dios" (cf. Col 3, 3).

3. Pero esta gracia de Cristo os ha llegado y os sigue siéndoos dada sin cesar a través de la Iglesia visible, que es el "Cuerpo" de Cristo; el "sacramento" de Cristo, el signo que hace visible y realiza la comunión. La unidad se manifiesta en torno de aquel que, en cada diócesis, ha sido constituido Pastor, el obispo. Y en el conjunto de la Iglesia se manifiesta en torno al Obispo de Roma, el Papa, que es "el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, así de los obispos como de la multitud de los fieles" (Lumen gentium, 23). Y he aquí que esto se realiza esta tarde ante vuestros ojos. ¡Qué, gracia para todos nosotros!

Cada obispo de la Iglesia católica es sucesor de los Apóstoles. Está unido a los Apóstoles a través de una línea ininterrumpida de ordenaciones. Yo soy el Sucesor del Apóstol Pedro en la sede de Roma. Acabáis de oír en el Evangelio la maravillosa profesión de fe de Pedro: "Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo". Y la respuesta de Jesús: "sobre esta piedra edificaré mi Iglesia... te daré las llaves del Reino de los cielos" (Jn 16, 16-19). Y más tarde, Cristo añade: "Confirma a tus hermanos" (Lc 22, 33); "apacienta mis corderos... apacienta mis ovejas" (Jn 21, 15-17). Esa es también la fe del Papa, de la que yo hice profesión solemne al inaugurar mi ministerio en Roma; y ésa es también la misión que me ha encargado el Señor, pese a mi indignidad: confirmaros en la fe y en la unidad.

Toda Iglesia local, como la que vosotros formáis aquí, debe permanecer siempre solidaria con la Iglesia universal; y esto, mediante el signo visible de la comunión con el Sucesor de Pedro. Porque no hay más que una Iglesia de Jesucristo, que es como un gran árbol, en el cual habéis sido injertados, como los cristianos de Roma, como los cristianos de Polonia. La rama no podría vivir fuera del árbol, ni el sarmiento fuera de la vid. Vosotros vivís participando de la gran corriente vital que hace vivir a todo el árbol. Pero vuestro injerto va a permitir a la Iglesia conocer una nueva floración, nuevos frutos. Y el Papa se alegra de ello. Y se alegra de la primavera de la Iglesia que florece en Costa de Marfil.

4. Llego ahora a vuestras comunidades diocesanas de Abidján o de otras diócesis. También vuestros obispos saben que es necesario intensificar la unidad que les estrecha entre sí, a nivel por ejemplo de la colaboración pastoral para todo el país.

Y en cada diócesis, que puede llamarse la "Iglesia particular", debe haber igualmente una gran unidad en torno al obispo, que es el jefe en el sentido evangélico, es decir, el pastor y el padre. Unidad de fe, ciertamente; unidad de oración, unidad de sentimientos fraternales; unidad de esfuerzos pastorales. Y todo ello en una gran diversidad de funciones indispensables y complementarias. Habéis oído a San Pablo hablar de "apóstoles", de "profetas", de "misioneros del Evangelio", de "pastores", de "doctores", de "santos" (Ef 4, 11-12); hoy, se podría desarrollar la lista de ministerios, de servicios, de carismas. Que cada cristiano sepa, por tanto, que en esta Iglesia es responsable a su propio nivel y que la Iglesia carecerá de aquello que él no haya sabido darle.

5. Mi primer pensamiento va a los sacerdotes anunciadores del Evangelio, dispensadores de los misterios de Dios, guías espirituales que presiden la unidad en sus diferentes cargos: párrocos y vicarios parroquiales, profesores, capellanes..: ¡Cuán feliz me siento por concelebrar con los jóvenes sacerdotes, que han recibido recientemente los poderes sagrados por la imposición de las manos! ¡Cómo me alegraría de que otros muchos compatriotas suyos oyeran el mismo llamamiento! ¡La mies es mucha! Sí, todos vosotros, hermanos míos, fomentad las vocaciones sacerdotales, a fin de que vuestra Iglesia no carezca de sacerdotes, de santos sacerdotes. Sobre ellos deberá consolidarse la Iglesia del mañana. Pero los misioneros venidos de lejos tienen todavía, también ellos, un gran papel en este país, un papel actualmente indispensable por el servicio tan apreciable que prestan y como testigos de la Iglesia universal; pertenecen enteramente a vuestra Iglesia. Todos los sacerdotes están llamados a formar un solo presbiterio en torno al obispo, con humildad y ayudándose fraternalmente. También habrá lugar para el ministerio de los diáconos al lado de los sacerdotes.

Por otra parte, es una suerte también poderse beneficiar del ejemplo y de la ayuda de otras almas consagradas, religiosos y religiosas, indígenas o misioneros, que suscitan tanta confianza en el pueblo, porque la castidad, la pobreza y la obediencia hacen de ellos testigos singulares del amor de Cristo y de su Evangelio, plenamente disponibles para todos.

Que los catequistas, bien formados, continúen su función educadora de la fe y que los animadores de pequeñas comunidades de barrio sepan que sin ellos faltaría un relevo importante. Pienso también en la responsabilidad de los padres y madres de familia: cada hogar cristiano, ¿no es como un "santuario de la Iglesia en casa" (Apostolicam actuositatem, 11)? Y me permito subrayar aquí el papel especial de las madres: la mujer es quien tiene la misión maravillosa de dar la vida, de llevar la vida naciente y, en África, sigue durante mucho tiempo llevando a su niño con gran ternura, alimentándole con gran dedicación. Que no olvide tampoco abrir el corazón de sus hijos a la ternura de Dios, a la vida de Cristo: es una educación inicial que difícilmente puede ser suplida. Hay todavía otros muchos servicios en la comunidad cristiana: servicios de educación, servicios de ayuda sanitaria y social. Y los jóvenes tienen también ahí su parte.

6. Pero, ¿cómo mantener la unidad de oración, la unidad de caridad, la unidad pastoral entre todos? Es el papel privilegiado de la parroquia, con su iglesia y su equipo de Pastores, en unión con los responsables religiosos y laicos. La parroquia debe ser acogedora para todos: ¡no debe haber realmente "forasteros" en una familia de cristianos! Pienso concretamente en los trabajadores emigrantes o en los técnicos de otros países, que deben recibir y poner su parte de vida cristiana. Un solo Cuerpo, un solo Espíritu, como decía San Pablo.

7. Queridos amigos, la unidad no se detiene aquí. Desearíamos además promoverla con todos aquellos que, sin profesar integralmente nuestra fe católica o sin conservar la comunión bajo el Sucesor de Pedro, han sido bautizados y llevan el hermoso nombre de cristianos: que el Espíritu Santo suscite en todos los discípulos de Cristo el deseo y la acción que tienden a la unidad tal y como Cristo la quiso, en la verdad y en la caridad (cf. Lumen gentium, 15). Y que el designio de salvación envuelva, con nosotros también a los que adoran al Dios único o a quienes, sin conocerle bien en las sombras o a través de imágenes, buscan a Dios con corazón sincero (ib.; 16). Así, testimoniando totalmente nuestra propia fe, tenemos hacia todos sentimientos de estima y de diálogo fraternal.

8. Por último, los discípulos de Cristo, las comunidades cristianas deben ser fermentos de unidad, artífices del acercamiento fraternal, para todos los habitantes de este país, africanos o no africanos. La Costa de Marfil y su capital experimentan una evolución social rápida, donde la concentración urbana, el desarraigo familiar, la búsqueda de vivienda y de trabajo, pero también, para algunos, las posibilidades insospechadas de logros técnicos, de enriquecimiento rápido, con las tentaciones de provecho personal y a veces invertido en otra parte, así como de explotación del hombre, del pequeño, del trabajador indígena o emigrante, sí, todo esto puede poner a prueba, como ya ocurre en otros países que se llaman "avanzados", la solidaridad, la justicia, la esperanza de los humildes, la paz y también los sentimientos religiosos. Conviene evitar a toda costa —lo digo por amor a vosotros, por amor a este país y a sus responsables— que las posibilidades ofrecidas hoy a Costa de Marfil y a sus trabajadores para el desarrollo no les sean escamoteadas, que no se agrande peligrosamente el abismo entre ricos y pobres. como está aumentando el abismo entre países ricos y países pobres, que la civilización no se materialice. En tales condiciones la preocupación por los pobres, por los abandonados a su suerte, el sentido del bien común y de la equidad, han de tener especial cabida en el corazón de los cristianos. Dichosos los cristianos, dichosas las comunidades cristianas, si los otros hombres de buena voluntad encontraran en ellos un ejemplo de unidad y una fuente de fraternidad. El reciente Concilio no dudaba en decir: "La unidad católica del Pueblo de Dios simboliza y promueve la paz universal" (Lumen gentium, 13).

He aquí, queridos hermanos y hermanas, a todas las escalas, desde Roma a vuestra ciudad o vuestro barrio, el dinamismo de unidad de nuestra Iglesia. Como Vicario de Cristo, me alegro de estar entre vosotros para reafirmar esa esperanza. El proyecto es espléndido. El camino será largo y difícil, supone sacrificios: Jesús nos lo ha advertido en el Evangelio. Pero su gracia actúa entre vosotros, su Espíritu está con vosotros. Y como la Virgen María se presta a ello maravillosamente, ya qué concibió a Cristo por el Espíritu Santo y es también Madre de la Iglesia, nosotros le pediremos especialmente que prepare nuestros corazones. Ahora, esta Eucaristía va a hacer presente el Sacrificio de Cristo, que allanó las barreras de la separación (cf. Ef 2, 14), para unir a todos los hijos de Dios y hacerles llegar juntos al Dios del amor.

¡Señor, fortifica la unidad de tu Iglesia!

Amén. Aleluya.

* * *

Al final el Papa añadió:

África, Costa de Marfil:

¡Cómo quisiera reflexionar sobre esta tarde que he pasado aquí en Costa de Marfil con vosotros que sois el futuro de este pueblo y este continente! Os doy mi corazón, os hago partícipes de mi fe y mi esperanza. Os bendigo con toda la fuerza de mi ministerio y con toda la caridad que nos da el Espíritu Santo en Jesucristo Salvador nuestro. Amén

 

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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