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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA MISA CELEBRADA ANTE LA CATEDRAL DE UAGADUGU
Sábado 10 de mayo de 1980
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
1. "Los pobres, los menesterosos buscan el agua... Yo, Yavé, los oiré... Yo
haré brotar manantiales en las alturas peladas..." (Is 41, 17-18). "Del agua que
yo le dé se hará en él una fuente que salte hasta la vida eterna" (Jn 4, 14).
Esta es la lección contenida en la Palabra de Dios que acabamos de escuchar;
¡ésta es la lección que nos da el Señor!
Yo soy el agua viva, dice el Señor, yo soy el manantial del agua que da la vida.
Para sacar agua de ese manantial habéis venido aquí esta mañana, para escuchar
la Palabra de Dios que os propone quien ha sido elegido por la divina
Providencia para ser el Jefe de su Iglesia, para, como San Pedro, ser su
portavoz ante todos los fieles, en unión con los obispos„ los sucesores de los
Apóstoles.
Os miro con una gran emoción, hermanos y hermanas míos de la Iglesia que está
en Alto Volta. Hoy se realiza un deseo de mi corazón: venir a testimoniar ante
vosotros, en vuestro país mismo, el amor de Dios nuestro Padre y de su Hijo
Jesucristo, su amor hacia cada uno de vosotros. ¿No es ésa una gran alegría que
debe llenar nuestro corazón, el poder decir, el poder proclamar: "Dios me ama"?
Sí, Dios os ama, dondequiera que estéis: en vuestras ciudades, en vuestros
poblados, en vuestras familias, en el mercado, en los caminos: ¡Dios os ama
siempre y en todas partes!
Vuestra presencia aquí testimonia también vuestro amor a la Iglesia que os
anuncia este mensaje de amor. Cuando os miro, mi corazón se llena de orgullo,
porque sé que habéis aceptado el Mensaje de amor con alegría y gratitud; porque
sé que estáis unidos a la Iglesia y que queréis ser testigos generosos y
valientes del Evangelio.
2. Mi estancia entre vosotros será corta; demasiado corta para mí, pues
hubiera querido visitaros en todos los sitios, en vuestras parroquias, en
vuestras escuelas, en vuestras casas; demasiado corta también para vosotros,
pues sé que esta mañana no han podido venir aquí muchos que lo hubieran
querido, los que viven lejos, los que están enfermos o sufren, los que tienen
que trabajar, y los que son todavía demasiado pequeños. A todos los que no
están presentes les digo: ¡el Papa os saluda y os bendice!
También saludo afectuosamente a mi hermano el cardenal Paul Zoungrana, que fue
uno de los tres primeros sacerdotes de vuestro país y que ahora es el grande y
fiel Pastor de esta archidiócesis de Uagadugu. Saludo con él a mis hermanos en
el Episcopado, así como a mis hermanos y hermanas de todas sus diócesis:
¡Uagadugu, Koupela, Bobo-Diulasso, Diehougou, Fada N'Gurma, Kaya, Kuclugu,
Nouna-Dedogou y Uahiguya!
Querría saludaros uno por uno, hermanos míos en el sacerdocio, sacerdotes que
el pueblo de Alto Volta ha entregado generosamente al Señor, y sacerdotes que
han venido de lejos para el servicio del Evangelio en medio de vosotros. Todos
vosotros, religiosos y religiosas, y catequistas, que tan generosamente os
entregáis a vuestra tarea de evangelización. Y vosotras, mujeres cristianas: de
vosotras depende en gran parte el porvenir y las esperanzas de la Iglesia y de
vuestro pueblo; madres de familia y muchachas jóvenes que sois o que seréis
responsables con vuestros maridos de la formación de vuestros hijos. Saludo a
los ancianos, a los padres de familia que se fatigan trabajando por los suyos,
los hombres, los jóvenes y los niños. Os saludo a todos, a tantos como habéis
venido de Togo, os saludo en nombre del amor que nos une en una sola Iglesia,
¡en la gran familia de Dios!
5. En el Evangelio que hemos escuchado, Jesús nos ha hablado de la sed y del
agua. Se había detenido junto a un pozo, un pozo profundo, que el patriarca
Jacob había hecho con mucho esfuerzo para su familia y para su ganado. Allí era
donde se venía a sacar el agua. Allí fue donde Jesús se encontró con una mujer
de Samaria. Ella venía a buscar el agua para satisfacer las necesidades de la
casa. Necesitaba agua para su sed, pero, sin saberlo bien, tenía más sed aún de
la verdad, de la certeza de tener, a pesar de sus pecados, un lugar en el amor
de Dios. Tenía sed de la Palabra de Jesús y de esta vida del alma que sólo El
puede darnos.
Todos nosotros estamos, como esta mujer, sedientos de la verdad que viene de
Dios. Verdad sobre nosotros mismos, sobre el sentido de nuestra vida, sobre lo
que podemos y debemos hacer, ya desde ahora, dondequiera que nos encontremos,
para responder a lo que Dios espera de cada uno de nosotros, para formar parte
verdaderamente de su familia y vivir como hijos de Dios. Conozco vuestras
dificultades y la extrema pobreza de muchos de vosotros, y también vuestra
generosidad en el servicio del Señor; por eso puedo recordaros su palabra a
vosotros, que sois hijos de Dios por vuestro bautismo y vuestra pertenencia a
la Iglesia: "Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia" (Mt 6, 33).
¡Sí, para nosotros. cristianos, eso es lo esencial!
4. Sin embargo, al meditar el Evangelio, no podemos olvidar que, si las gentes
de Samaria se volvieron a sus casas llevando en su corazón la palabra de
salvación, el agua que salta para la vida eterna, ellos continuaron viniendo a
buscar el agua necesaria para la vida de sus cuerpos. Los hombres tienen sed de
amor, de caridad fraterna, pero hay también pueblos enteros que tienen sed del
agua necesaria para su vida, en circunstancias particulares que tengo muy
presentes ahora que me encuentro entre vosotros, en esta tierra de Alto Volta,
en esta zona del Sahel. Si el problema de la desertización progresiva se plantea
también en otras regiones del globo, son los sufrimientos de los pueblos del
Sahel, de los que el mundo entero ha sido testigo, los que me mueven a hablar
aquí.
Desde el principio, Dios confió al hombre la naturaleza que
había creado. Poner la creación al servicio de una promoción humana, integral y solidaria,
que permita al hombre lograr su plena dimensión espiritual, eso es dar gloria
a Dios. El hombre debe esforzarse, pues, por respetarla y descubrir sus leyes
para garantizar el servicio al hombre. En el campo de la ecología se han
realizado grandes progresos, se están realizando grandes esfuerzos. Pero queda
todavía mucho por hacer para enseñar a los hombres a respetar la naturaleza, a
preservarla y mejorarla, y también para reducir o prevenir las consecuencias
de las catástrofes llamadas "naturales".
La solidaridad humana debe manifestarse entonces para venir en ayuda de las
víctimas y de los países que no pueden hacer frente de pronto a tantas
urgencias, y cuya economía puede quedar arruinada. Es una cuestión de
justicia internacional, sobre todo para con los países que con tanta frecuencia
se ven afectados por esos siniestros, mientras que otros se encuentran en
condiciones geográficas o climáticas que, en comparación, puede decirse que
son privilegiadas. Es también una cuestión de caridad para todos aquellos que
consideren que todo hombre y toda mujer es un hermano y una hermana cuyos
sufrimientos deben ser llevados y compartidos entre todos. La solidaridad, en
la justicia y en la caridad, no debe conocer ni fronteras ni límites.
5. Desde aquí, desde Uagadugu, desde el centro de uno de esos países que se
pueden llamar países de la sed, permítaseme dirigir a todos, en África y fuera
de este continente, un solemne llamamiento a no cerrar los ojos ante lo que ha
pasado y lo que pasa en la región del Sahel. No me es posible ahora detenerme en
recordar la historia y los detalles de esa tragedia: están, por otra parte, en
la memoria de todos, Pero habría que evocar por lo menos el tiempo empleado en
tomar conciencia del drama causado por una persistente sequía, después, el
movimiento de solidaridad que se extendió a todos los niveles, local, nacional,
regional e internacional. Mucho se hizo, tanto por parte de los ciudadanos y los
Gobiernos de los países afectados, como por las diversas Instituciones
internacionales. También la Iglesia ayudó mucho; su acción fue apoyada y
seguida de cerca por vuestros obispos y por el Papa Pablo VI que, angustiado
desde el principio por la extensión de la catástrofe, no ahorró su apoyo y sus
llamamientos, sobre todo por medio del Pontificio Consejo "Cor Unum", a cuyo
Presidente tengo la satisfacción de saludar desde aquí, el querido cardenal
Bernardin Gantin, que aceptó dejar su África natal y su archidiócesis de Cotonú,
en el Benin, para venir a Roma a trabajar con el Papa. Damos las gracias hoy,
pues, a todos aquellos que supieron ser generosos y acudieron a socorrer a sus hermanos que pasaban necesidad. Ojalá
pudan oír un día al Señor decirles:
"Tuve sed, y me disteis de beber" (Mt 25, 35). En efecto, a través de ellos
dio Dios la respuesta que hemos escuchado en la lectura de esta Misa: "Yo no
los abandonaré" (Is 41, 17).
6. Y sin embargo, ¡para cuántas víctimas llegó demasiado tarde la ayuda!
¡Cuántos jóvenes, cuyo crecimiento resultó retrasado y difícil! Y el peligro no
ha sirio conjurado. Desde el principio de estos dolorosos sucesos que
constituyen el drama del Sahel, con la ayuda de las Naciones Unidas se vienen
estudiando en vuestra región a escala intergubernamental las condiciones del
futuro, se han elaborado planes para luchar contra la sequía, sus causas y sus
consecuencias, para intentar los remedios eficaces como el regadío, la
perforación de pozos, la repoblación forestal, la construcción de graneros, la
introducción de diversos cultivos, y otros.
Pero las necesidades son inmensas, si es que se quiere detener el avance del
desierto e incluso hacerle retroceder progresivamente, si se quiere que cada
hombre, cada mujer y cada niño del Sahel tenga agua y comida suficientes, tenga
un porvenir más digno del ser humano.
7. Por esto, desde este lugar, desde esta capital de Alto Volta, lanzo al mundo
entero este solemne llamamiento.
Yo, Juan Pablo II, Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, elevo mi voz suplicante,
porque no puedo callarme cuando mis hermanos y hermanas están amenazados. Me
hago la voz de los que no tienen voz, la voz de los inocentes que murieron
porque les faltaron el agua y el pan; la voz de los padres y las madres que han
visto morir a sus hijos sin comprender, o que verán siempre en sus hijos las
secuelas del hambre que han sufrido; la voz de las generaciones futuras, que no
deben vivir ya con el peso de esta terrible amenaza sobre su vida. ¡Hago el
llamamiento a todos!
¡No esperemos a que vuelva la sequía, espantosa y devastadora! ¡No esperemos a
que la arena traiga de nuevo la muerte! ¡No permitamos que el porvenir de
estos pueblos siga amenazado por siempre! La solidaridad de ayer ha demostrado,
por su extensión y su eficacia, que es posible escuchar la voz de la justicia y
de la caridad, y no la del egoísmo, individual y colectivo.
¡Escuchad mi llamada!
A las Organizaciones internacionales os suplico que continuéis el importante
trabajo ya realizado; y que aceleréis la ejecución perseverante de los programas
ya elaborados. A vosotros, responsables de los Estados, os suplico que ayudéis
generosamente al país del Sahel, a fin de que un nuevo esfuerzo, importante y
duradero, pueda remediar de modo aún más eficaz el drama de la sequía. A los
Organismos no-gubernamentales, os pido que redobléis vuestros esfuerzos:
suscitad una corriente de generosidad personal en los hombres, en las mujeres,
en los niños, a fin de que todos sepan que el fruto de sus privaciones sirve
verdaderamente para garantizar la vida y el futuro de sus hermanos y hermanas.
Os suplico, técnicos y hombres de ciencia, institutos de investigación, que
orientéis vuestros trabajos hacia la búsqueda de nuevos medios de lucha contra
la desertización; ¿se frenaría el progreso de la ciencia si se la pusiera al
servicio de la vida del hombre? La ciencia puede y debe tener otros fines que
buscar nuevos medios de muerte, creadores de nuevos desiertos, o incluso la
satisfacción de necesidades superficiales creadas por la publicidad. Por eso
os pido también a los que trabajáis en los medios de comunicación social,
periodistas de la prensa, de la radio y de la televisión: hablad de este
problema según su verdadera dimensión, la de la persona humana disminuida y
mutilada. Sin buscar efectos inútiles, mostrad las soluciones posibles, lo que
ya ha sido hecho y lo que queda por hacer. ¿No es una hermosa tarea la de
despertar la generosidad y la buena voluntad'? Escuchad todos esta llamada, os lo suplico, escuchad estas voces del Sahel y de
todos
los países víctimas de la sequía sin ninguna excepción. Y a todos vosotros
os digo: "Dios os recompensará".
8. Pero quiero también dirigirme en particular a vuestros hermanos católicos de
todo el mundo, que viven en países más favorecidos. Que mediten esta expresión
tan conocida de San Vicente de Paúl, uno de los héroes de la caridad y del amor
a los pobres. A quien le preguntaba, al final de su vida, qué más hubiera podido
hacer por el prójimo, respondía: "Todavía más". La gloria de la
caridad cristiana, de este amor que nos tenemos los unos a los otros, derramado
por el Espíritu Santo en nuestros corazones, es el querer hacer siempre "más".
Y por eso os digo: los que tienen hambre y sed en el mundo están ahora a vuestro
alcance. Los medios modernos permiten venir a ayudarles. No debéis deteneros
exclusivamente en las responsabilidades políticas nacionales e internacionales.
Más allá del deber universal de solidaridad, vuestra fe debe conduciros a
examinar vuestras posibilidades reales, a examinar, personalmente y en familia,
si demasiado a menudo no se llama necesario a lo que en realidad es superfluo.
Es el Señor quien nos invita a hacer "más".
9. Quiero expresaros a todos también mi confianza. Su fundamento es este amor
del Señor que nos une, nuestra participación, en la inmensidad del mundo, en su
único sacrificio, pues todos nosotros comemos un mismo pan y compartimos el mismo
cáliz (cf. 1 Cor 10, 17). Que el Señor, a quien juntos dirigimos nuestra
oración y que va a venir sacramentalmente entre nosotros para que lo recibamos,
nos haga progresar en su amor y haga saltar en todos los corazones el agua ele
la vida eterna, Amén,
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