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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

MISA PARA LOS ESTUDIANTES DE COSTA DE MARFIL

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Yamusukro, domingo 11 de mayo de 1980

 

Queridos estudiantes:

1. ¿Cómo agradeceros el que hayáis venido en tan gran número, con tanta alegría y confianza en torno al Padre y jefe de la Iglesia católica? Deseo y pido a Dios que este encuentro resulte una muestra de comunión profunda de nuestros corazones y de nuestras almas, un momento inolvidable para mí y determinante para vosotros.

He podido ya conocer vuestros problemas y vuestras aspiraciones de estudiantes de Costa de Marfil. Me han causado a la vez alegría y emoción. Me dirijo, por tanto, con toda confianza a vosotros jóvenes, plenamente maduros y portadores de grandes esperanzas humanas y cristianas. La liturgia de la Palabra que acaba de realizarse habrá ciertamente contribuido a poner vuestras almas en estado de receptividad. Las tres lecturas constituyen un marco ideal para la obligada meditación que haremos enseguida. La Iglesia, a la que os habéis incorporado por los sacramentos del bautismo y de la confirmación —tendré además el gozo de conferir esta última a muchos de vosotros—, es una Iglesia abierta, desde su fundación, a todos los hombres y a todas las culturas; una Iglesia segura de llegar a un final glorioso a través de las humillaciones y persecuciones que ha sufrido en el transcurso de la historia; una Iglesia misteriosamente animada por el Espíritu de Pentecostés y ansiosa de revelar a los hombres la dignidad inalienable y su vocación de "familiares de Dios", de criaturas habitadas por Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡Qué tonificante resulta respirar esta atmósfera de una Iglesia siempre joven y entusiasta!

Vuestros obispos os han dirigido recientemente, no sólo a vosotros, sino también a vuestros padres y a vuestros educadores, una carta que quería advertiros de los peligros que amenazan a la juventud, provocando en sus filas y en las de los adultos, un generoso sobresalto espiritual. Muchos de vosotros sois muy conscientes de las dificultades y necesidades que rodean los ambientes juveniles. Sin generalizar, no tenéis miedo de llamar a las cosas por su nombre e interrogar a vuestros mayores aludiendo a las célebres palabras del Profeta Ezequiel: "Los padres comieron las agraces y los dientes de los hijos sufren la dentera!' (Ez 18, 2).

2. Hoy, por mi parte, yo quisiera convenceros de una verdad muy sencilla, pero capital, que vale para todo hombre y para toda sociedad que sufre física o moralmente, a saber: que la enfermedad no puede curarse si no se tornan los remedios necesarios. Es lo que el Apóstol Santiago quería hacer comprender a los primeros cristianos (cf. Sant 1, 23-26). De nada sirve diagnosticar el mal en el espejo de la conciencia individual y colectiva, si se olvida fácilmente o no se le quiere curar. Cada uno en la sociedad tiene sus responsabilidades sobre esa situación y, por tanto. cada uno está llamado a una conversión personal que es realmente una forma de participar en la evangelización del mundo (cf. Evangelii nunliandi, 21, 41). Pero a vosotros yo os pregunto: ¿No es cierto que si todos los jóvenes consienten en cambiar su propia vida, toda la sociedad cambiará? ¿Por qué esperar más tiempo soluciones ya hechas para los problemas que sufrís? Vuestro dinamismo, vuestra imaginación, vuestra fe son capaces de transportar montañas.

Miremos juntos, con calma y con realismo, los caminos que os conducirán hacia la sociedad que soñáis. Una sociedad construida sobre la verdad, la justicia, la fraternidad, la paz; una sociedad digna del hombre y conforme al designio de Dios. Esos caminos son indiscutiblemente los de vuestra ardiente preparación para vuestras responsabilidades del mañana y los de una verdadera vigilancia espiritual

¡Jóvenes de Costa de Marfil! Encontrad unidos la valentía de vivir. Los hombres que hacen avanzar la historia, tanto al nivel más modesto como al más elevado, son los que siguen convencidos de la vocación del hombre: vocación de buscador, de luchador, de constructor. ¿Cuál es vuestro concepto del hombre? Es una pregunta fundamental, porque la respuesta será determinante para vuestro futuro y el futuro de vuestro país, porque tenéis el deber de hacer fructífera vuestra vida.

3. Tenéis, en efecto, obligaciones para con la comunidad nacional. Las generaciones pasadas os conducen invisiblemente. Son ellas las que os han permitido acceder a los estudios y a una cultura destinada a hacer de vosotros los cuadros dirigentes de una nación joven. El pueblo cuenta con vosotros. Dejadle que os considere como privilegiados. Lo sois realmente, al menos en el plano del reparto de bienes culturales. ¡Cuántos jóvenes de vuestra edad —en vuestro país y en el mundo— realizan su trabajo y contribuyen ya, como obreros o agricultores, a la producción y al éxito económico de su país! Otros, por desgracia, están sin trabajo, sin oficio y, a veces, sin esperanza. Y hay todavía otros que no tienen, ni tendrán, ocasión de acceder a centros escolares de calidad. Hacia todos ellos tenéis un deber de solidaridad. Y ellos tienen frente a vosotros el derecho de ser exigentes. Queridos jóvenes: ¿Queréis ser los pensadores, los técnicos, los responsables que necesitan vuestro país y África? Huid, como de la peste, de la negligencia y de las soluciones facilonas. Sed indulgentes para con los demás y severos con vosotros mismos. ¡Sed hombres!

4. Dejadme todavía subrayar un aspecto muy importante de vuestra preparación humana, intelectual, técnica, para vuestras tareas futuras. Eso también forma parte de vuestros deberes. Conservad bien vuestras raíces africanas. Salvaguardad los valores de vuestra cultura. Los conocéis y os sentís orgullosos de ellos: el respeto a la vida, la solidaridad familiar y la ayuda a los padres, la deferencia para con los ancianos, el sentido de hospitalidad, el juicioso mantenimiento de las tradiciones, el gusto de la fiesta y del símbolo, la utilización del diálogo y la palabra para arreglar las diferencias. Todo esto constituye un verdadero tesoro del que podéis y debéis sacar algo nuevo para la edificación de vuestro país, sobre un modelo original y típicamente africano, hecho de armonía entre los valores de su pasado cultural y las más aceptables prestaciones de la civilización moderna. En este plan preciso, estad muy vigilantes ante los modelos de sociedad que se fundan sobre la búsqueda egoísta del bienestar individual, o el poderoso dinero, o sobre la lucha de clases y los medios violentos. Todo materialismo es una fuente de degradación para el hombre y de servidumbre de la vida en sociedad.

5. Vayamos todavía más lejos en la clara visión del camino que hemos de seguir o tomar. ¿Cuál es vuestro Dios? Sin ignorar, ni mucho menos, las dificultades que las mutaciones socio-culturales de nuestra época causan a todos los creyentes, pero también pensando en todos los que luchan por conservar la fe, yo me atrevo a decir, en pocas palabras y con insistencia: ¡Levantad la cabeza! ¡Mirad con ojos nuevos hacia Jesucristo! Y me permito preguntaros amistosamente: ¿Habéis tenido conocimiento de la carta que escribí el año pasado a todos los cristianos sobre Cristo Redentor? Siguiendo las huellas de los Papas que me han precedido, y especialmente de Pablo VI, me he esforzado por conjurar la tentación y el error del hombre contemporáneo y de las sociedades modernas de relegar a Dios y acabar con la expresión del sentimiento religioso. La muerte de Dios en el corazón y en la vida de los hombres es la muerte del hombre. Yo escribía en esta Carta: «El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo —no solamente según criterios y medidas del propio ser, inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en El con todo su ser, debe "apropiarse" y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si "ha merecido tener tan gran Redentor", si "Dios ha dado a su Hijo", a fin de que él, el hombre, "no muera, sino que tenga la vida eterna"!» (Redemptor hominis, 10; L'Osserratore Romano, Edición en Lengua Española, 18 de marzo de 1979, pág. 6).

Sí, queridos jóvenes, Jesucristo no es un secuestrador del  hombre, sino un Salvador. Quiere liberaros, para hacer de todos y cada uno de vosotros salvadores en el mundo estudiantil de hoy, así como en las profesiones y responsabilidades importantes que asumiréis en el futuro.

6. Así, pues, dejad de pensar en silencio o de decir en voz alta que la fe cristiana es solamente buena para los niños y las gentes sencillas. Si aparece todavía así, es porque los adolescentes y los adultos han sido gravemente negligentes al no procurar que su fe aumentase al ritmo de su propio crecimiento humano. La fe no es un vestido bonito para la época infantil. La fe es un don de Dios, una corriente de luz y de fuerza que viene de El y debe esclarecer y dinamizar todos los sectores de la vida, al compás y a medida que ésta va adquiriendo responsabilidades. Decidíos vosotros, decidid a vuestros amigos y a vuestros camaradas estudiantes a poner los medios para una formación religiosa personal, digna de este nombre. Seguid los consejos de los capellanes y colaboradores apostólicos puestos a vuestra disposición. Con ellos tratad de hacer la síntesis entre vuestros conocimientos humanos y vuestra fe, entre vuestra cultura africana y el modernismo, entre vuestro papel de ciudadanos y vuestra vocación cristiana. Celebrad vuestra fe y aprended a rezar unidos. Encontraréis así el sentido de Iglesia que es una comunión en el mismo Señor entre creyentes, que se mezclan diligentes con sus hermanos y hermanas para amarles y servirles a la manera de Cristo. Tenéis una necesidad vital de inserción en las comunidades cristianas, fraternales y dinámicas. Frecuentadlas asiduamente. Animadlas con el soplo de vuestra juventud. Creadlas, si no existen. Así se os quitará la tentación de ir a buscar en otra parte —en grupos esotéricos— lo que el cristianismo os proporciona plenamente.

7. Lógicamente, la profunda formación personal y comunitaria de que acabamos de hablar, os conducirá necesariamente a tareas apostólicas concretas. Muchos de vosotros estáis ya en ese camino y os felicito por ello. Jóvenes de Costa de Marfil, hoy Cristo os hace un llamamiento por medio de su Representante en la tierra. Os llama exactamente como llamó a Pedro y Andrés, Santiago y Juan, y a los demás Apóstoles. Os llama a edificar su Iglesia, a construir una sociedad nueva. ¡Venid en gran número! Tomad puesto en vuestras comunidades cristianas. Ofreced realmente vuestro tiempo y vuestros talentos, vuestro corazón y vuestra fe para animar las celebraciones litúrgicas, para participar en el inmenso trabajo catequístico con los niños, los adolescentes, los adultos; para insertaros en los numerosos servicios en beneficio de los más pobres, de los analfabetos, de los minusválidos, de los aislados, de los refugiados y de los emigrantes; para animar vuestros Movimientos estudiantiles, para trabajar en las tareas de defensa y promoción de la persona humana. En verdad, la cantera es inmensa y entusiasmante para los jóvenes que se sienten pletóricos de vida.

Me parece totalmente indicado este momento para dirigirme a los jóvenes que van a recibir el sacramento de la confirmación, precisamente para entrar en una nueva etapa de su vida bautismal: la etapa del servicio activo en la inmensa cantera de la evangelización del mundo. La imposición de las manos y la unción del santo crisma quieren significar, real y eficazmente, la venida plena del Espíritu Santo a lo más profundo de vuestra persona., algo así como al cruce de vuestras facultades humanas de inteligencia en busca de verdad y de libertad, en busca de ideal. Vuestra confirmación de hoy es vuestro Pentecostés para la vida. Comprobad la gravedad y la grandeza de este sacramento. ¿Cuál será vuestro estilo de vida en adelante? ¡El de los Apóstoles a la salida del Cenáculo! El de los cristianos de todo tiempo, enérgicamente fieles a la oración, a la intensificación y al testimonio de la fe, a la fracción del pan eucarístico, al servicio del prójimo y sobre todo de los más pobres (cf. Act 2, 42-47). Jóvenes confirmados de hoy o de ayer, avanzad todos por los caminos de la vida como testigos fervientes de Pentecostés, fuente inagotable de juventud y de dinamismo para la Iglesia y para el mundo.

Estad dispuestos para encontrar a veces oposición, desprecio, mofa. Los verdaderos discípulos no van a ser menos que el Maestro. Sus cruces son como la pasión y la cruz de Cristo: fuente misteriosa de fecundidad. Esta paradoja del sufrimiento ofrecido y fecundo se viene verificando desde hace veinte siglos en la historia de la Iglesia.

Dejadme, en fin, aseguraros que estas tareas apostólicas os preparan no solamente para soportar vuestras pesadas responsabilidades futuras, sino además para fundar sólidos hogares, sin los que una nación no puede largo tiempo mantenerse firme; y, lo que es más, hogares cristianos que son otras tantas células de base de la comunidad eclesial. Esas dedicaciones encaminarán a algunos de vosotros hacia la entrega total a Cristo, en el sacerdocio o en la vida religiosa. Las diócesis de Costa de Marfil, como todas las diócesis de África, tienen el derecho de contar con vuestra generosa respuesta al llamamiento que el Señor hace oír ciertamente a muchos de vosotros: "Ven, sígueme".

¿Humo de paja esta celebración? ¿Humo de paja esta meditación? Los textos litúrgicos de este sexto domingo de Pascua nos afirman lo contrario. El Evangelio de Juan nos certifica que el Espíritu Santo habita en los corazones amantes y fieles de los discípulos de Cristo. Su papel es el de refrescarles la memoria de creyentes, iluminarles hasta lo más profundo., ayudarles a responder a los problemas de su tiempo, en la paz y en la esperanza de ese mundo nuevo evocado en la lectura del Apocalipsis.

¡Que este mismo Espíritu Santo nos una a todos y nos consagre a todos al servicio de Dios nuestro Padre y de los hombres nuestros hermanos, por Cristo, en Cristo y con Cristo! Amén.

* * *

Después de impartir la bendición apostólica, el papa dijo al Presidente:

Al agradecerle de nuevo su presencia, me felicito con usted por esta gran concentración de las juventudes de Costa de Marfil, y le deseo un porvenir espléndido para el país gracias a esta juventud.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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