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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA
DEL SAGRADO CORAZÓN DE CRISTO REY PACÍFICO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 18 de mayo de 1980

 

1. La presente visita del Obispo de Roma a la parroquia de Cristo Rey tiene un carácter especial. Esta visita, como todas las otras hechas a las parroquias de la Iglesia romana, está dictada por una antiquísima tradición apostólica y, al mismo tiempo, sirve para cumplir fundamentales deberes y objetivos pastorales. No puedo, sin embargo, silenciar una especial circunstancia: hoy se cumple el sexagésimo aniversario de la colocación de la primera piedra de este templo. En aquel lejano 18 de mayo de 1920, se hallaba presente aquí, con motivo del significativo acontecimiento, el Siervo de Dios padre Léon Dehon, fundador de la congregación de Sacerdotes del Sagrado Corazón, los cuales, en estos sesenta años, han desarrollado con gran celo y mucho fruto su apostolado en esta parroquia, cuya iglesia, de estilo moderno, está dedicada al "Sagrado Corazón de Cristo Rey Pacífico".

No puedo, en este encuentro, dejar de expresar mi complacencia y mi saludo al párroco, p. Mario Barziza, y a los sacerdotes religiosos colaboradores suyos, unidos fraternalmente en la misma vocación y en el mismo ideal de donación por las almas de ésta comunidad parroquial, palpitante de vida y de iniciativas, con sus nueve mil fieles y tres mil núcleos familiares.

Un cordial saludo a las religiosas, que desarrollan su precioso apostolado en el ámbito de la parroquia: las Hermanas Carmelitas de la Caridad; las Hermanas de la Preciosísima Sangre, de Monza; las Hermanas Canosianas de "Santo Spirito in Sassia"; las Hermanas de la Pasión de Nuestro Señor.

Un afectuoso saludo a los padres y a las madres de familia, a quienes van mi admiración y mi aliento por la misión continua y delicada que deben desarrollar en sus hogares. Un saludo a todos los laicos comprometidos en el apostolado, es decir, a los miembros de la Acción Católica, a las Colaboradoras Familiares, a la Pía Unión de Porteros, al grupo del Voluntariado Vicentino, al Renacimiento Cristiano, al grupo de Oración del Padre Pío, al grupo "Familias Nuevas", a las "Mamás Catequistas". •

A los jóvenes, a los muchachos y a los niños de la parroquia, un especial recuerdo y un aplauso por las diversas iniciativas espirituales, que ellos saben animar con su entusiasmo y su generosidad.

A todos, especialmente a quienes sufren en el alma y en el cuerpo, mi más sincero sabido.

Vengo hoy a vuestra comunidad para dar gracias —tras los sesenta años de su existencia y de su intensa actividad—a Dios, que es el origen de todas las cosas; para darle gracias, juntamente con vosotros, queridos hermanos y hermanas, que constituís esta parroquia, esta comunidad de la Iglesia romana. Con vosotros, que sois la primera generación, la segunda y, ya también la tercera, de parroquianos de Cristo Rey.

El nacimiento de una parroquia, como la comunidad del Pueblo de Dios organizada en modo jerárquico, sobre el modelo de las comunidades primitivas que los Apóstoles formaban y visitaban, encierra siempre dentro de sí el gran misterio del nacimiento para Dios, de cada uno de nosotros que, nacidos de nuestros padres terrenos a la vida humana, nacemos, al mismo tiempo, a la Iglesia mediante la gracia; nacemos, en el sacramento del bautismo, a la vida divina, como hijos adoptivos de Dios.

Y el día de hoy me hace recordar también el momento de mi nacimiento, ocurrido hace sesenta años, en tierra polaca, el mismo día —18 de mayo—en que se colocaba la primera piedra de esta iglesia en que ahora estamos reunidos para celebrar juntos la solemnidad de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo. En este día recuerdo con especial gratitud a mis padres: mi madre y mi padre; pero recuerdo también mi parroquia (en Wadowice), como la Iglesia-madre que, poco después, me acogió niño, nacido de padres terrenos, a la gracia del bautismo y en la comunidad del Pueblo de Dios.

Me alegro, queridos hermanos y hermanas porque, cumpliendo hoy mi ministerio de Obispo, puedo vivir en unión con vosotros, en espíritu de fe, de esperanza y de caridad, la profunda elocuencia y el misterio de este día, en el cual la Iglesia recuerda, con la Ascensión, la glorificación eterna de Jesús, sentado a la diestra del Padre.

Jesús, muerto por nuestros pecados y resucitado con un prodigio divino singular: su humanidad fue transformada. Con su resurrección triunfó plenamente sobre la corrupción, sobre la mortalidad, sobre todos los males que pueden impedir la auténtica felicidad del hombre. Con la ascensión, la naturaleza humana de Cristo llegó al ápice de la glorificación; "nuestra humilde naturaleza —dice San León Magno— fue sublimada hasta asentarse en Cristo sobre el mismo trono de Dios Padre, por encima de todo el ejército celestial, sobre todos los coros angélicos, por encima del límite de altura de cualquier potestad" (Sermo 74, De Asc. Dom., 11, 1; PL 54, 397).

Este gran misterio de fe suscita en todos nosotros una extraordinaria esperanza: también nosotros seguiremos a Cristo en su definitiva glorificación y nos reuniremos con El por toda la eternidad: "Verdaderos eran los huesos de Cristo, verdaderos los nervios, verdaderas las cicatrices... Todo verdadero. Pero es también verdad que su cuerpo físico nos ha precedido en el cielo. Nos ha precedido la Cabeza. Le seguirán los miembros" (San Agustín, Sermo 464, De Asc., IV, 6; PL 38, 1218). Esta esperanza cristiana da un sentido a toda nuestra vida terrena.

2. En la acción divina se encuentran, de modo maravilloso, el fin y el principio. Nos lo atestiguan, entre otras cosas, las lecturas de la santa liturgia, ligada un tiempo al domingo después de la Ascensión del Señor.

Al final del Apocalipsis, en el último libro del Nuevo Testamento, que explica el fin y el término de la temporalidad, escuchamos ese preanuncio: "He aquí que vengo presto y conmigo mi recompensa, para dar a cada uno según sus libras. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin" (Ap 22, 12-13),

Y como un eco de este preanuncio resuenan, en la dimensión apostólica, las voces llenas de una ferviente oración: "El Espíritu y la Esposa dicen: '¡Ven!'. Y el que escucha, diga: '¡Ven!'. Y el que tenga sed, venga; y el que quiera, tome gratis el agua de la vida" (Ap 22, 17).

Se oye de nuevo la voz del Mensajero, la voz de Cristo: "El que testimonia estas cosas, dice: Sí, vengo pronto" (Ap 22, 20). Y enseguida, la última invocación del Apóstol y, conjuntamente de toda la Iglesia, de la creación: "Amén. Ven, Señor Jesús (Marana tha)".

Así, pues, el fin se convierte en principio. El principio nuevo. El principio definitivo de todas las cosas en Dios.

Dios mismo no conoce ni el principio ni el fin. Está por encima del principio y por encima del fin. Y al mismo tiempo, es el principio y el fin de todo lo creado. Siendo el principio más perfecto para el hombre, creado a su imagen y semejanza, El, para este hombre que en El, en Dios, encuentra su fin, convierte, por obra de Jesucristo, el nuevo principio definitivo.

Esta es la verdad que todos nosotros —comunidad y personas— debemos meditar de modo especial cuando pensamos en nuestro principio, en el día nacimiento, en aquel principio al que corresponde el fin, el fin temporal. El hombre y la Iglesia encuentran este fin en Dios, y El se convierte en el nuevo principio definitivo por obra de Jesucristo.

3. Jesucristo es consciente de que se acerca el término de su misión terrena, de que se acerca el momento de dejar el mundo. Habla claramente de ello a los más cercanos a El, a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo: "Os conviene que yo me vaya..." (Jn 16, 7). Y, al mismo tiempo, dice: "No os dejaré huérfanos, vendré a vosotros" (Jn 14, 18), "y se alegrará vuestro corazón" (Jn 16, 22).

Dice, por tanto: yo me voy... y dice: vendré a vosotros. Este marcharse que se acerca —este fin que debe llegar: irse a través de la pasión, la cruz, la muerte— es el comienzo de la nueva venida. Esta se manifestará el tercer día mediante la resurrección de Cristo, en la potencia del Espíritu Santo, y durará siempre en todos aquellos que, aceptando el misterio de la resurrección de Cristo, someten sus corazones a la potencia del Espíritu Santo, cuya venida se realiza constantemente.

Esta verdad es importante y fundamental, tanto para cada uno de nosotros —hombres bautizados—, como también para toda la comunidad del Pueblo de Dios en la Iglesia. Es importante también para vuestra parroquia y para vuestro Obispo, que hoy, junto con vuestra parroquia, vuelve con la memoria y el corazón al comienzo, al día de su nacimiento. Es la verdad importante y fundamental, porque en ella se delinea el perfil completo de la vida que tenemos en Jesucristo. Vivimos en el perfil de su ida y, al mismo tiempo, de su venida. Vivimos en la potencia del Espíritu Santo, el cual hace que nuestra vida humana tenga su nuevo principio en la resurrección de Cristo, y su fin en Dios mismo, que no conoce límites.

Por eso Esteban, diácono de Jerusalén, primer mártir, que, apedreado por sus connacionales, agonizaba con palabras de perdón, en su última palabra elevó a Dios esta penetrante plegaria: "Señor Jesús, recibe mi espíritu" (Act 7, 59).

Acogiendo esta súplica de su mártir —pero también de todo hombre, de cada uno de nosotros—, Cristo cumple continuamente su "marana tha". En esta perspectiva vive siempre la Iglesia. En esta perspectiva cada uno de nosotros vive y muere en esta tierra.

4. Por eso, la última oración de Jesucristo cuando se acercaba su fin sobre la tierra—pasión, cruz, muerte—, es la oración para la continua venida del Espíritu Santo en Pentecostés:

Ruego "para que todos sean uno como Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti, para que también ellos sean en nosotros" (Jn 17, 21).

La oración sacerdotal de Cristo, el día que precedió a su salida de este mundo, está orientada plenamente hacia la venida del Espíritu Santo, hacia Pentecostés (es necesario que toda la Iglesia eleve esta oración sobre todo en el período actual). Cristo continuamente viene a nosotros en El y está con nosotros por El. Y también nosotros mismos, unidos en El y por El con Cristo, constituimos la unidad: la unidad de la fe, aquí sobre la tierra, y la unidad de la gloria, en la vida futura, que toma su principio en la resurrección de Cristo.

La fe es el principio de la gloria.

La unidad —unión de los discípulos— es testimonio de la fuerza del Espíritu, el testimonio de la misión de Cristo.

La Iglesia, confiada en la fuerza del Espíritu Santo que recibe continuamente de Cristo, no cesa de rogar por la unión de todos sus confesores, no cesa de aspirar a ella, no cesa tampoco de tener confianza en la unión de todos los hombres por obra de su cruz y resurrección

Tampoco deja la Iglesia de tener confianza en la salvación de todo hombre, no deja de encaminarse hacia la futura gloria del hombre en Cristo; no deja de obrar y sufrir por esta gloria:

"Padre, lo que tú me has dado, quiero que donde esté yo estén ellos también conmigo, para que vean mi gloria, que tú me has dado, porque me amaste ante de la creación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te conocí, y éstos conocieron que tú me has enviado, y yo les di a conoce tu nombre, y se lo haré conocer, para que el amor con que tú me has amado, esté en ellos y yo en ellos" (Jn 17, 24-26).

Queridos hermanos y hermanas:

La Madre de Cristo resucitado y la Esposa del Espíritu Santo obtenga para cada uno de nosotros —y para toda vuestra comunidad— que se realice en nosotros la oración sacerdotal de Cristo.

Que se cumpla siempre en nosotros la fuerza del amor del Espíritu Santo, mediante la cual nos unimos a Dios y, entre nosotros, nos hacemos recíprocamente hermanos.

Que nuestra vida madure siempre en esta aspiración, deseo e invocación: "Ven Señor Jesús" (Marana tha).

Que todo en nosotros sirva únicamente para esto.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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