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HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
EN LA MISA DE LA SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI
Domingo 8 de junio de 1980
1. La Iglesia ha escogido, desde hace siglos, el jueves siguiente a la fiesta de
la Santísima Trinidad como día dedicado a una especial veneración pública de la
Eucaristía: el día del Corpus Domini. Pero, a causa de ser ahora ese jueves día
laborable, celebramos dicha solemnidad hoy, domingo. La celebramos junto a la
basílica de San Pedro, deseando asociar a ella toda la fe y todo el amor de
Pedro y de los Apóstoles, los cuales, el Jueves Santo, antes de Pascua,
participaron en la última Cena, es decir, en la institución de este Sacramento,
que fue siempre considerado en la Iglesia como el más santo: el sacramento del
Cuerpo y de la Sangre del Señor. El sacramento de la Pascua divina. El
sacramento de la muerte y de la resurrección. El sacramento del Amor, que es más
poderoso que la muerte. El sacramento del sacrificio y del banquete de la
redención. El sacramento de la comunión de las almas con Cristo en el Espíritu
Santo. El sacramento de la fe de la Iglesia peregrinante y de la esperanza de la
unión eterna. El alimento de las almas. El sacramento del pan y del vino, de
las especies más pobres, que se convierten en nuestro tesoro y en nuestra
riqueza más grandes. "He aquí el pan de los ángeles, convertido en pan de los
caminantes" (secuencia), "...no como el pan que comieron los padres y murieron;
el que come de este pan vivirá para siempre" (Jn 6, 58).
2. ¿Por qué ha sido escogido un jueves para la solemnidad del Corpus Domini? La
respuesta es fácil. Esta solemnidad se refiere al misterio ligado
históricamente a ese día, al Jueves Santo. Y tal día es, en el sentido más
estricto de la palabra, la fiesta eucarística de la Iglesia. El Jueves Santo
se cumplieron las palabras que Jesús había pronunciado una vez en la sinagoga
de Cafarnaún; al oírle, "muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le
seguían", mientras los Apóstoles respondieron por boca de Pedro: "¿A quién
iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 66-68). La Eucaristía encierra
en sí el cumplimiento de esas palabras. En ella la vida eterna tiene su
anticipo y su comienzo.
"El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo le resucitaré
el último día" (Jn 6, 54). Eso vale ya para el mismo Cristo, que inicia su
triduo pascual el Jueves Santo con la última Cena, es condenado a muerte y
crucificado el Viernes Santo, y resucitará al tercer día. La Eucaristía es el
sacramento de esa muerte y de esa resurrección.
En ella, el Cuerpo de Cristo se transforma verdaderamente en
comida y la Sangre
en bebida para la vida eterna, para la resurrección. En efecto, el que come ese
Cuerpo eucarístico del Señor y bebe en la Eucaristía la Sangre derramada por
El para la redención del mundo, llega a esa comunión con Cristo, de la que el
Señor mismo dice: "Permanece en mí y yo en él" (Jn 15, 4). Y el hombre,
permaneciendo en Cristo, en el Hijo que vive del Padre, vive también, mediante
El, de esa vida que constituye la unión del Hijo con el Padre en el Espíritu
Santo: vive la vida divina.
3. Celebramos, por tanto, la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo el
jueves después de la Santísima Trinidad, para poner de relieve precisamente esa
Vida que nos da la Eucaristía. Mediante el Cuerpo y la Sangre de Cristo
permanece en ella un reflejo más completo de la Santísima Trinidad, de modo
que la Vida divina es participada, en este sacramento, por nuestras almas. Este
es el misterio más profundo, más íntimo que asumimos con todo nuestro corazón,
con todo nuestro "yo" interior. Y lo vivimos en la intimidad, en el
recogimiento
más profundo, sin encontrar ni las palabras justas, ni los gestos adecuados
para corresponder a él. Las palabras más exactas quizá sean éstas: "Señor, yo
no soy digno de que entres bajo mi techo..." (Mt 8, 8), unidas a una actitud
de adoración profunda.
Sin embargo, existe un único día —y un determinado tiempo— en el que nosotros
queremos dar, a una realidad tan íntima, una especial expresión exterior y
pública. Esto sucede precisamente hoy. Es una expresión de amor y de
veneración.
Cristo pensando en su muerte, de la que dejó su propio memorial en la
Eucaristía, ¿no dijo acaso una vez "Padre, glorifícame cerca de Ti mismo, con la
gloria que tuve cerca de Ti antes que el mundo existiese" (Jn 17, 5)?
Cristo permanece en esa gloria después de la resurrección. El sacramento de su
expoliación y de su muerte es al mismo tiempo el sacramento de esa gloria en la
que permanece. Y aunque a la glorificación, de que goza en Dios, no corresponda
ninguna expresión adecuada de adoración humana, es justo sin embargo, que con
la Eucaristía del Jueves Santo se enlace también esa liturgia especial de
adoración, que lleva consigo la fiesta de hoy. Este es el día en que no
solamente recibimos la Hostia de la vida eterna, sino que también caminamos
con la mirada fija en la Hostia eucarística, juntos todos en procesión, que es
un símbolo de nuestra peregrinación con Cristo en la vida terrena.
Caminamos por las plazas y calles de nuestras ciudades, por esos caminos
nuestros en los que se desarrolla normalmente nuestra peregrinación. Allí donde viviendo,
trabajando, andando con prisas, lo llevamos en lo íntimo de nuestros corazones,
allí queremos llevarlo en procesión y mostrárselo a todos, para que sepan que,
gracias al Cuerpo del Señor, todos tienen o pueden tener en sí la vida (cf. Jn 6,
52 Y para que respeten esa nueva vida que hay en el hombre.
¡Iglesia santa, alaba a tu Señor! Amén.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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