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MISA EN SUFRAGIO DEL CARDENAL SERGIO
PIGNEDOLI
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Jueves 26 de junio de 1980
Venerados hermanos del Sacro Colegio,
y vosotros todos, queridísimos hijos que
me escucháis:
He querido esta recogida concelebración de la basílica de San Pedro para
recordar y elevar sufragios por el alma de nuestro amable hermano, el cardenal
Sergio Pignedoli a los diez días de la prematura e improvisa muerte. El se ha
separado de nosotros silenciosamente, casi de puntillas, conforme a su estilo
delicado y discreto, dejando en todos nosotros una ola de conmovido y sincero
duelo.
1. ¿Por qué el Señor nos lo ha quitado así de improviso? Y, ¿por qué ha quedado
esta impresión de doloroso estupor? No trataré de responder a la primera de
estas dos preguntas, ya que llevaría a intentar leer —y sería un intento vano—
en los arcanos, pero siempre misericordiosos y providentes designios del Señor,
en quien creemos firmemente como dador y arbitro de la vida humana para cada uno
de los días, muchos o pocos, que nos es dado vivir en esta tierra. "Que tú
tienes —repetiré con el autor del libro de la Sabiduría— el poder de la vida y
de la muerte y llevas a los fuertes al hades y sacas de él" (Sab 16, 13;
cf. 1 Sam 2, 6).
2. En cambio, a la segunda pregunta, que es de tipo histórico o antropológico,
es posible y aun fácil encontrar respuesta, evocando, aunque sea rápidamente, la
persona y, diría, los rasgos del que nos ha dejado. De hecho cada vez que muere
un hombre, que ha obrado bien en el curso de su existencia, es natural y amplio
el sentimiento de un vivo pesar.
Todo esto se verificó inmediatamente al comienzo de la semana pasada, cuando
llegó de Reggio Emilia la noticia de que había muerto el cardenal Pignedoli.
Todo esto continúa, como una precisa sensación común a todos nosotros, también
esta tarde, porque ante nuestra mente, o mejor, dentro de nuestro corazón,
aparece la imagen del amado hermano. ¿Podremos, en realidad, olvidar la carga
humana, esto es, la rica sensibilidad, la extraordinaria capacidad de relaciones
y la particular atención que él manifestó siempre para con los demás hombres, en
la multiplicidad de contactos y de encuentros que ha tenido, y en la misma
variedad de las misiones que se le confiaron? Más que mencionar la asunción de
responsabilidades cada vez más altas —desde los años juveniles de su sacerdocio,
que transcurrieron con los estudiantes de la Universidad Católica del Sagrado
Corazón, hasta los años de la madurez pasados como Secretario de la Sagrada
Congregación para la Evangelización de los Pueblos, y el período más reciente
en que fue Presidente del Secretariado para los No Cristianos— es justo y
oportuno poner de relieve esta insigne cualidad suya que en él fue
natural y al mismo tiempo adquirida, es decir, no fue sólo una dote de su
personalidad, sino también un fruto maduro de sus virtudes sacerdotales. De ella
brotaban sus otras características, que me limito a nombrar: ante todo, el
cuidado, más aún, el culto de la amistad, cuyo radio fue muy amplio en él; el
interés constante por los jóvenes, a quienes conoció, acompañó y ayudó en gran
número de varios modos. Fueron asiduas sus solicitudes para con ellos, como
frecuentes y apreciados sus consejos.
3. Pero ya es hora de llevar el discurso de la evocación afectuosa del hermano
desaparecido a la atmósfera más elevada, en la que nos quiere y a la que nos
lleva la Palabra de Dios, que acaba de ser proclamada. He aquí, hermanos e hijos
queridísimos, que ha resonado en nuestros oídos la elevada advertencia
evangélica del Estote parati (Lc 12, 40): el Señor nos ha hablado de
vigilancia, de prontitud y de preparación —"ceñidos vuestros lomos y encendidas
las lámparas"— esperando su venida.
Esta es una lección de validez permanente, porque se enlaza con la exigüidad de
nuestro vivir sobre esta tierra, nos recuerda la "relatividad" de nuestra
estancia temporánea aquí abajo y al mismo tiempo su importancia determinante en
orden a la otra y definitiva estancia en el cielo. Por esto la triste
circunstancia que nos ha reunido aquí como, por lo demás, toda muerte se revela
a la luz de la fe una realidad saludable, como ocasión de meditación y
fuente de gracia. También nosotros debemos estar siempre preparados
sicológicamente, espiritualmente, en posesión de esa libertad interior,
que, teniéndonos desvinculados de los lazos del mundo y manteniéndonos en
tensión del deseo, facilita y apresura en la esperanza nuestro encuentro con
Cristo Señor allá arriba, en la patria
Me parece que el cardenal Pignedoli, incluso por el modo con que se ha alejado
de nosotros, nos ofrece este espectáculo de serenidad y desprendimiento.
Ciertamente, yo deseo, más aún, debo agradecerle el multiforme y siempre
diligente servicio que, durante largos años, ha prestado a la Santa Sede y a la
Iglesia; pero quiero manifestar ahora una razón particular de agradecimiento,
también en nombre vuestro, por la fructuosa lección que nos ha dejado al morir.
Concluiré, pues, con el libro de la Sabiduría: "El justo aunque muera
prematuramente, tendrá descanso". Realmente, por su vida de siervo bueno y fiel,
por su muerte de siervo diligente y vigilante, él ha encontrado ya descanso en
Dios, es decir, el consuelo, el premio y la paz. Así sea.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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