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FESTIVIDAD DE LOS SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 29 de junio de 1980

 

1. En este día, en que la Iglesia celebra la memoria de los Santos Pedro y Pablo, nos encontramos en Roma, última etapa del camino terrestre de los dos Apóstoles. Y, contemporáneamente, nos vamos con el pensamiento y con el corazón en peregrinación a los diversos lugares que conocemos por el Evangelio, por los Hechos de los Apóstoles y por las Cartas. Entre todos esos lugares (diseminados por el radio de casi todo el Mediterráneo, del Oriente hacia el Norte) el más importante es ciertamente el de las cercanías de Cesarea de Filipo, que se recuerda en el Evangelio de hoy. El más importante no sólo para la historia de Pedro, sino también, en cierto sentido, para la historia de Pablo, para la historia de la Iglesia y del cristianismo, para la historia de la salvación.

Jesús pregunta a sus Apóstoles: ¿"Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre"? (Mt 16, 13). Se recogen diversas opiniones que ciertamente circulaban entonces entre la gente de Palestina. Y cuando Jesús pregunta por segunda vez: "Y vosotros, ¿quién decís que soy?" (Mt 16, 15), responde Pedro. Y precisamente su respuesta es la respuesta clave. Es la respuesta clave por lo que respecta a su contenido y, al mismo tiempo, con mayor motivo aún, por lo que respecta a la fuente de Ja que procede.

Ese contenido lo pronuncia Pedro con las palabras "Tú eres Cristo, el hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). Y el mismo Cristo anuncia de qué fuente procede esa verdad, de qué fuente ha surgido esa confesión, sobre la cual, de ahora en adelante, se va a construir la Iglesia, Cristo dice: "No es la carne, ni la sangre quien eso te ha revelado, sino mi Padre, que está en los cielos" (Mt 16, 17).

2. En la liturgia de la Misa vespertina de ayer, que es prólogo de la solemnidad de los dos Apóstoles, Pablo dice así en la Carta a los Gálatas: ..."cuando plugo al que me segregó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, para revelar en mí a su Hijo... al instante, sin consultar a ningún hombre... partí para Arabia y de nuevo volví a Damasco... Pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas, a cuyo lado permanecí quince días..." (Gál 1, 15-18).

El Apóstol de los gentiles resume en estas palabras su itinerario. Se ha encontrado con Pedro en Jerusalén, después en Antioquía y solo más tarde en Roma, donde a ambos les esperaba la última prueba. Sin embargo, estuvo siempre unido con Pedro, y Pedro con él, en esto: en que Dios se complació en revelar en él a su Hijo. Por primera vez, junto a las puertas de Damasco, cuando estaba caído en tierra y cegado por una luz del cielo, tras la pregunta, ¿"Quién eres, Señor"?, había oído esta respuesta: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues" (Act 9, 5). Entonces se cumplió en Pablo lo mismo que se había cumplido en Pedro junto a Cesarea de Filipo, cuando confesó: "Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo". El Padre le reveló en Cristo al Mesías, su Hijo. El Hijo de Dios vivo. Y Pablo aceptó interiormente las palabras del Padre "sin consultar a ningún hombre", al igual que Pedro, el cual había oído de boca de Cristo: "Ni la carne ni la sangre te lo han revelado".

3. Nos encontramos en el punto clave de la Economía divina. Dios da a su Hijo y al mismo tiempo revela su Hijo ante todo a Pedro, que primero se llamaba Simón y era hijo de Juan y hermano de Andrés, y luego —a su tiempo— a Pablo, que primero se llamaba Saulo de Tarso. Gracias a la potencia de esta revelación del Hijo por parte del Padre, Pedro, que ha creído y confesado su fe, debe ser "piedra". Y yo te digo: Tú eres Pedro, "la piedra" y "sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt 16, 18). Gracias a la potencia de la misma revelación del Hijo por parte del Padre, Pablo, que había creído y confesado su fe en Cristo con el mismo fervor de ánimo con que antes había perseguido a los confesores de Cristo, debía convertirse en el "instrumento elegido" para llevar el nombre del Señor ante los pueblos (cf. Act 9, 15).

La Iglesia de Roma celebra hoy la memoria de ambos. La "Piedra" y el "instrumento elegido" se encontraron definitivamente aquí. Aquí realizaron su ministerio apostólico, aquí lo sellaron definitivamente con el testimonio de su sangre por ellos derramada, con el testimonio del sacrificio total de la vida.

Previendo ese día, Pablo escribía a Timoteo, como leemos en la liturgia de hoy: "A punto estoy de derramarme en libación, siendo ya inminente el tiempo de mi partida. He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe. Por lo demás, ya me está preparada la corona de la justicia, que me otorgará aquel día el Señor, justo juez, y no sólo a mí sino a todos los que aman su manifestación" (2 Tim 4, 6-8).

Al igual que Pablo, podría Pedro escribir de sí lo mismo. De cada uno de ellos se puede decir que amaron de modo especial la manifestación del Señor. Que lo acogieron con todo el corazón, que dieron testimonio de El con toda la vida y con la muerte. Dieron testimonio no de lo que "la carne y la sangre" pueden revelar al hombre, sino de lo que "ha revelado el Padre". La verdad y la potencia de esta revelación permanece en la Iglesia y aumenta en ella constantemente por la raíz de la fe de ambos Apóstoles: Pedro, que es la "piedra" y Pablo que es el "instrumento elegido".

4. Al festejar hoy el día de su nacimiento definitivo, la Iglesia romana y, al mismo tiempo, la Iglesia toda se mira a sí misma. Se ve a sí misma tal cual es en el año del Señor 1980.

Y viéndose a sí misma tal cual es, pensando en Pedro a quien el Señor llamó la "piedra", reza para tener una fuerza tal de fe en el Hijo de Dios vivo —fe revelada por el Padre— que le permita perdurar y desarrollarse como la Iglesia del Dios vivo y, al mismo tiempo, como la "piedra" angular del mundo y de los hombres en el mundo contemporáneo.

Pensando después en Pablo, a quien el Señor llamó el "instrumento elegido", la Iglesia no deja de rezar para tener una fuerza tal de fe en Cristo, que no le permita jamás abandonar el cumplimiento y el desarrollo de su misión. Más aún; que le "obligue" a llevar cada vez más a Cristo a todas las partes del globo y en toda dimensión de la existencia humana, precisamente como hacía aquel a quien el Señor llamó el "instrumento elegido".

Y, en fin, la Iglesia escucha las palabras, que por primera vez oyó Pedro junto a Cesarea de Filipo: "Yo te daré las llaves del reino de los cielos y todo cuanto atares en la tierra, atado será en los cielos y cuanto desatares en la tierra, desatado será en los cielos" (Mt 16, 19). Y escuchando esas palabras, toda la Iglesia reza para ser la siervo fiel y vigilante a cada venida del Señor, histórica y definitiva, así como para prepararse a sí misma y preparar a toda la familia humana, para esa venida.

Como la preparaban los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

Que la Iglesia aspire a esta venida con todas las fuerzas. Igual que aspiraban ellos.

Hoy, nuestra alegría por esta fiesta de los Santos Pedro y Pablo se ve aumentada por la presencia de la Delegación enviada por el Patriarca Ecuménico Dimitrios I y por su Sínodo. Saludo con estima y afecto a esa Delegación, que se ha querido unir a nuestras oraciones. Esperamos que tal comunión nos lleve a la plena unidad y a la celebración común de la Eucaristía. Y aquel será un día de gozo pleno. Pero ya hoy nuestro gozo es grande. Demos gracias a Dios. Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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