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VIAJE APOSTÓLICO DE JUAN PABLO II A BRASIL

SANTA MISA EN LA EXPLANADA DE LA CATEDRAL DE BRASILIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Lunes 30 de junio de 1980

 

Hermanos e hijos carísimos:

1. Al celebrar esta primera Eucaristía en tierra brasileña, a los pies de la Cruz, quiero profesar juntamente con vosotros la verdad fundamental de la fe y de la vida cristiana: que todo el Santo Sacrificio de la Misa es una renovación incruenta del Sacrificio ofrecido en la cruz por Nuestro Señor Jesucristo. La Iglesia vive de este Sacrificio de Redención, en él se renueva incesantemente a sí misma, peregrinando a través de todas las pruebas de la vida terrestre hacia el encuentro eterno en la Casa del Padre. Todos cuantos participan en el Sacrificio de Cristo unen a él sus sacrificios espirituales y, de ese modo, la Eucaristía se hace sacramento de comunión de todo el Pueblo de Dios con el Padre celestial y, simultáneamente, signo de unión fraterna entre los hombres.

Fui invitado para venir a Brasil ante todo con motivo del Congreso Eucarístico Nacional en Fortaleza. Este Congreso Eucarístico brasileño, el décimo, debe constituir una especial manifestación de unión de toda la Iglesia en tierras brasileñas, en torno al Sacramento del Amor, en el cual Cristo, al darnos su propio Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y de vino, hace de nosotros una ofrenda permanente y agradable al Padre (cf. Oración eucarística III). El Congreso Eucarístico debe especialmente demostrar y poner en evidencia el hecho de que el Pueblo de Dios aquí sobre la tierra vive de la Eucaristía, que en ella va a sacar fuerzas para afrontar las fatigas cotidianas y las luchas en todos los campos de su existencia.

Partiendo de esta Cruz, junto a la cual celebro la primera Misa en tierra brasileña —accediendo a las invitaciones que me llegaron de diversas partes— deseo pasar después por numerosos lugares, tomar contactos con varios ambientes y tocar muchas dimensiones de vuestra vida, con el fin de incluir, en cierto modo, todo ello en el programa del Congreso Eucarístico. Es mi deseo que este mi paso a través de vuestra tierra me sirva de preparación paro aquel gran acontecimiento, en el centro del cual se encuentra el Sacramento del Amor, como fuente de vida y de santidad de cada uno y de todos. Considero una etapa especial en este itinerario la visita al santuario mariano de Aparecida, porque creo, como vosotros, que la Madre de Cristo nos aproxima de modo particularmente eficaz y sencillo al sacramento del Cuerpo y de la Sangre de su Hijo.

2. Y cuando, al concluir esta peregrinación, me encuentre junto al altar de Fortaleza, para la apertura del X Congreso Eucarístico Nacional en tierra brasileña, entonces miraré hacia atrás en dirección de esta Cruz, la cual siempre y en todas partes nos recuerda la de Cristo y su muerte por la redención del mundo: sacrificio cruento del que la Eucaristía es signo perenne y eficaz. Y pediré a Cristo que en este signo —en este signo grande y rico de todo el Congreso Eucarístico— se encuentren todos los frutos de mi servicio pastoral en vuestra tierra. En la Eucaristía que allí será celebrada, desearía yo no sólo la contribución espiritual de todos los que participan en el Congreso (y deseo que sean lo más numerosos posibles), sino también de todos los que haya encontrado a lo largo de mi peregrinación, de todo el Pueblo de Dios que está en vuestra tierra.

De ese modo deseo responder a la invitación para el Congreso Eucarístico; y comenzando desde hoy, aquí junto a esta cruz, pido a Cristo que me ayude a serviros y a congregar a todos en torno a El, en torno a Cristo, que es el único Buen Pastor de nuestras almas.

3. El introito de la Misa de la fiesta de la Santa Cruz dice: "Debemos encontrar nuestra gloria en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. En ella está nuestra salvación, nuestra vida y resurrección. Por ella fuimos salvados y liberados". Estas palabras, inspiradas en la Carta de San Pablo a los Gálatas, no es aventurado suponer que fueran pronunciadas en aquel lejano día 3 de mayo de 1500, en la Misa que fray Enrique de Coimbra celebró —¡y con qué intenso fervor!— sobre el suelo de Porto Seguro, sobre el suelo de una tierra recién descubierta. Las pinturas que tratan de reflejar aquel episodio, como el cuadro famoso de Víctor Meirelles, muestran una gran cruz levantada en la playa y venerada con estas palabras: "Debemos gloriarnos en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo". Y el nombre dado a la región descubierta, recordó durante mucho tiempo aquella fiesta y aquella cruz: tierra de Vera Cruz, tierra de Santa Cruz.

Otra cruz fue instalada en otro 3 de mayo posterior: el de 1957. Ante ella, con la celebración de la Misa, comenzó de nuevo bajo el signo de la cruz, el trabajo gigantesco de la construcción de esta ciudad singular.

La cruz de Porto Seguro y la cruz de Brasilia, perennizadas ambas en la cruz gigantesca que se yergue a pocos metros de aquí, tienen valor simbólico. Ambas proclaman que, con mucha más fuerza que en su suelo, la cruz, en la historia de este país, fue instalada en el corazón y en la vida de sus habitantes. Ambas nos dicen que, tanto en el pasado, como en el presente y en el futuro de Brasil, la cruz de Cristo tiene un profundo significado.

4. La cruz es, ante todo, símbolo de fe. Con la cruz de fray Enrique de Coimbra era especialmente la fe católica la que marcaba los primeros momentos y se insertaba profundamente en la vida y en los destinos del país que estaba naciendo. Puede decirse de Brasil —en las debidas proporciones— lo que el Documento de Puebla afirma de todo el continente latino-americano: su cultura es radicalmente católica. Eso significa que, pese a los obstáculos y desafíos que encuentra, la fe católica, no tanto en su formulación abstracta cuanto en su concreción práctica, en las normas que inspira y en las actividades que suscita, está en la raíz de la formación de Brasil, especialmente de su cultura.

Pretender borrar esa fe es olvidar tantos siglos de historia en lo que tiene de más auténtico; es mutilar el mensaje del Evangelio, es condenarse a desconocer la razón profunda de determinados rasgos de la personalidad religiosa de los brasileños.

Bien lo entendieron los primeros evangelizadores —esa constelación de apóstoles en la que brilla con luz propia el Beato José de Anchieta— cuando procuraron propagar y arraigar esa fe, tanto entre los indígenas dispersos por el inmenso territorio como entre los colonizadores. Bien lo comprendieron en los siglos siguientes, hasta nuestros días, los misioneros, catequistas y Pastores preocupados por suscitar, defender y promover la fe. Bien lo comprenden hoy cuantos están al servicio de la Iglesia —obispos y sacerdotes, religiosos y laicos— planteando su labor pastoral en plena conciencia de que la misión de la Iglesia no se puede reducir a lo socio-político, sino que consiste en anunciar lo que Dios reveló sobre Sí mismo y sobre el destino del hombre. Consiste en presentar a Jesucristo y su Buena Nueva de salvación. Consiste en llevar a muchos hombres a conocer, en la fe y por la fe, al Dios único y verdadero y a Aquel a quien El envió, Jesucristo (cf. Jn 14, 7-9. 13; 17, 3; 1 Jn 5, 20).

5. Símbolo de la fe, la cruz es también símbolo del sufrimiento que conduce a la gloria, de la pasión que conduce a la resurrección. "Per crucem ad lucem", por la cruz, llegar a la luz: este proverbio, profundamente evangélico, nos dice que, vivida en su verdadero significado, la cruz del cristiano es siempre una cruz pascual. En ese sentido, cada vez que celebramos, como quisiéramos hacerlo hoy, el misterio de la cruz, aumenta en nosotros la luz de la fe, la certeza de que el tiempo del sacrificio y de la renuncia, puede muy bien ser el comienzo de tiempos nuevos de realización y plenitud. Esto vale para las personas. Pero vale también para las colectividades. Y puede valer para todo un pueblo, para un país.

Ante la cruz, puede haber dos posibles actitudes, ambas peligrosas. La primera consiste en tratar de ver en la cruz lo que tiene de oprimente y penoso hasta el punto de deleitarse en el dolor y en el sufrimiento como si tuviesen valor en sí mismos. La segunda, es la de quien, tal vez por reacción contra la precedente, rechaza la cruz y sucumbe a la mística del hedonismo o de la gloria, del placer o del poder. Un gran autor espiritual, Fulton Sheen, hablaba, a este respecto, de aquellos que se adhieren a una cruz sin Cristo, en oposición a quienes parecen querer un Cristo sin cruz. Ahora bien, el cristianismo sabe que el Redentor del hombre es un Cristo en la cruz y, por tanto, ¡sólo es redentora la cruz con Cristo!

6. Siendo esto así, la cruz se transforma también en símbolo de esperanza. De instrumento de castigo, se convierte en imagen de vida nueva, de un mundo nuevo.

Pienso en todo esto al contemplar la gran cruz que se yergue en el centro geográfico de esta joven ciudad, a su vez centro político del país. Ella se alza ahí, signo de una nueva etapa en la historia de Brasil, puente presente entre el futuro y el pasado de vuestra patria y de vuestra sociedad, con toda la historia ligada a la señal de la cruz. Ligada al misterio de la cruz de Cristo.

Esa señal y ese misterio, plantados en los corazones de los hombres de este país, se convertirán en vida de sus almas, signos de salvación.

En este signo, se manifestó, de una vez para siempre, el amor de Dios Padre, que "amó tanto al mundo que le dio a su Hijo Unigénito, para que quien cree en El no muera, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3, 16).

En este signo se manifestó la unidad permanente del Hijo de Dios con los hijos de los hombres, con los hijos de esta tierra, pues quiso volverse uno de ellos, igual a ellos en todo, menos en él pecado (cf. Heb 4, 15), para hacerles iguales a El.

En él signo de la cruz, Jesucristo, Hijo Unigénito, nos dio la fuerza de hacernos hijos de Dios. En ese signo, el Espíritu, que procede del Padre y del Hijo —el Espíritu Santo— preanunciado por Cristo como Paráclito y huésped de nuestras almas, que visita los corazones de los hombres y actúa en la historia de la humanidad, se volvió en soplo que pasó y pasa continuamente por tierra brasileña.

Con este signo —el signo de la cruz— están marcadas, desde hace ya casi cinco siglos, enteras generaciones de hijos e hijas de esta tierra. Los padres transmiten esa señal de fe a sus hijos, los abuelos a sus nietos...

7. Y hoy, al comenzar mi peregrinación en el corazón del Pueblo de Dios en tierra brasileña, deseo, con la misma señal de la cruz, signar junto con vosotros mi frente, mis labios, mi pecho.

Y como Sucesor de Pedro, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia, quiero bendecir, con esta señal a todos vosotros aquí reunidos y a todo Brasil.

Brasil antiguo y nuevo. Vuestro ayer, hoy y mañana.

Y quiero deciros que la cruz es el signo de esperanza para el hombre de todos los tiempos. En ella. Dios reveló al hombre cuál es la dignidad que tiene en sí, desde que fue designada como la misión de su Hijo.

Por eso, ¡mirad hacia la cruz! En ella estáis llamados a la única esperanza de vuestra vocación (cf. Ef 4, 4).  ¡Mirad hacia la cruz! Ella es el signo del nuevo principio que el hombre, siempre y en todas partes, encuentra en Dios.

 

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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