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VIAJE APOSTÓLICO DE JUAN PABLO II A BRASIL

SANTA MISA ANTE LA BASÍLICA NACIONAL DE APARECIDA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Viernes 4 de julio de 1980

 

«¡Viva la Madre de Dios y nuestra / sin pecado concebida! / ¡Viva la Virgen Inmaculada, / la Señora Aparecida!»

1. Desde que puse los pies en tierra brasileña, en los diversos puntos por donde pasé, oí ese cántico. Es, en la ingenuidad y sinceridad de sus palabras un grito del alma, un saludo, una invocación llena de filial devoción y confianza para con Aquella que, siendo verdadera Madre de Dios, nos fue dada por su Hijo Jesús en el momento extremo de su vida (cf Jn 19, 26), para ser nuestra Madre.

En ningún otro lugar adquiere este cántico tanta significación y tiene tanta intensidad como en este lugar donde la Virgen, hace más de dos siglos, selló un encuentro singular con la gente brasileña. Con razón se vuelven hacia aquí, desde entonces, los anhelos de esta gente; aquí palpita, desde entonces, el corazón católico de Brasil. Meta de incesantes peregrinaciones llegadas de todo el país, ésta es, como ya dijo alguien, la "capital espiritual de Brasil".

Es un momento especialmente emocionante y feliz en mi itinerario brasileño, éste en que, con vosotros que representáis a todo el pueblo brasileño, tengo mi primer encuentro con la Señora Aparecida.

2. Leí con religiosa atención, cuando me preparaba espiritualmente para esta romería a Aparecida, la sencilla y encantadora historia de la imagen que aquí veneramos. La inútil tarea de los tres pescadores que no encontraban peces en las aguas de Paraíba, en aquel lejano 1717. El inesperado encuentro del cuerpo y, después, de la cabeza de la pequeña imagen de cerámica ennegrecida por el lodo. La pesca abundante que siguió al hallazgo. El culto, iniciado enseguida, a Nuestra Señora de la Concepción la imagen de aquella estatua trigueña, cariñosamente llamada "la Aparecida". Las abundantes gracias divinas en favor de los que aquí invocan a la Madre de Dios.

Del primitivo y tosco oratorio —el "altar de palos" de los viejos documentos— a la capilla que lo sustituyó y a los diversos sucesivos aditamentos, hasta la basílica antigua construida en 1908, los templos materiales aquí levantados son siempre obra y símbolo de la fe del pueblo brasileño y de su amor para con la Santísima Virgen.

Después, son conocidas las romerías, en las cuales toman parte, al correr de los siglos, personas de todas las clases sociales y de las más diversas y distantes regiones del país. El año pasado fueron más de cinco millones y medio los peregrinos que por aquí pasaron.

¿Qué buscaban los antiguos romeros? ¿Qué buscan los peregrinos de hoy? Lo mismo que buscaban en el día, más o menos remoto, del bautismo: la fe y los medios para alimentarla. Buscan los sacramentos de la Iglesia., sobre todo la reconciliación con Dios y el alimento eucarístico. Y vuelven fortalecidos y agradecidos a la Señora, Madre de Dios y Madre nuestra.

3. Multiplicándose en este lugar las gracias y beneficios espirituales, Nuestra Señora de la Concepción Aparecida es solemnemente coronada en 1904 y, hace exactamente cincuenta años, en 1930, es declarada Patrona principal de Brasil. Más tarde, en 1967, mi venerable predecesor Pablo VI concedió a este santuario la Rosa de Oro, queriendo con tal gesto honrar a la Virgen en este lugar sagrado y estimular el culto mariano.

Y llegamos a nuestros días: ante la necesidad de un templo mayor y más adecuado para atender a los romeros cada vez más numerosos, el audaz proyecto de una nueva basílica. Durante años de incesante trabajo, la inmensa y valiente obra que fue la construcción del imponente edificio. Y hoy, superadas no pocas dificultades, la espléndida realidad que podemos contemplar. A ella quedarán ligados muchos nombres de arquitectos e ingenieros, de humildes operarios de generosos bienhechores, de sacerdotes consagrados al santuario. Un nombre sobresale ante todos y simboliza a todos: el de mi hermano el cardenal Carlos Carmelo de Vasconcelos Motta, gran animador de era nuevo templo, casa materna y solar de la Reina, Nuestra Señora Aparecida.

4. Vengo, pues, a consagrar esa basílica, testimonio de la fe y devoción mariana del pueblo brasileño: y lo haré con alegría emocionada, después de la celebración de la Eucaristía.

Este templo es morada del "Señor de los señores y del Rey de los reyes" (cf. Apoc 17. 14). En él, al igual que la reina Ester, la Virgen Inmaculada. que "conquistó el corazón" de Dios y en la que hizo "grandes cosas el Omnipotente (cf. Est 5. 5: Lc 1, 49) no dejará de acoger a numerosos hijos e interceder por ellos: "Salva a mí pueblo, es mi deseo" (cf. Est 7, 3).

El edificio material que abriga la presencia real eucarística del Señor y donde se reúne la familia de los hijos de Dios a ofrecer con Cristo los "sacrificios espirituales" hechos de alegrías y sufrimientos, de esperanzas y luchas, es símbolo también de otro edificio espiritual, en cuya construcción somos invitados a entrar como piedras vivas (cf. 1Pe 2, 5). Como decía San, Agustín, "ésta es, de hecho, la casa de nuestras oraciones, pero nosotros mismos somos casa de Dios. Estamos construidos como casa de Dios en este mundo y seremos dedicados solemnemente en el fin de los tiempos. El edificio, o mejor, la construcción se hace con fatiga: la dedicación se realiza con alegría" (cf. San Agustín, Sermo 336, 1, 6: PL 38. ed. 1861. 1471-72).

5. Este templo es imagen de la Iglesia. La Iglesia, que, a "imitación de la Madre de su Señor, conserva, por 1a gracia del Espíritu Santo, virginalmente íntegra la fe, sólida la esperanza y sincera la caridad" (Lumen gentium, 64).

Figura de esa Iglesia es la mujer que el vidente de Palmos contempló y describió en el texto del Apocalipsis escuchado hace poco en la segunda lectura. En esta mujer, coronada por doce estrellas, la piedad popular a través de los tiempos vio también a María, la Madre de Jesús. Por lo demás, como recordaba San Ambrosio y como declara la Lumen gentium, María es ella misma figura de la Iglesia.

Sí, amados hermanos e hijos, María —la Madre de Dios— es modelo para la Iglesia, y Madre para los redimidos. Por su adhesión rápida e incondicional a la voluntad divina que le fue revelada se hace Madre del Redentor (cf. Lc 1, 32), con una participación íntima y totalmente especial en la historia de la salvación. Por los méritos de su Hijo, es Inmaculada en su Concepción, concebida sin mancha original, preservada del pecado y llena de gracia.

Ante el hambre de Dios que hoy se adivina en muchos hombres, pero también ante el secularismo que, a veces imperceptible como el rocío, otras veces violento como el ciclón. arrastra a muchos, estamos llamados a construir la Iglesia.

6. El pecado retira a Dios del lugar central que le es debido en la historia de los hombres y en la historia personal de cada hombre. Fue la primera tentación: "Y os volveréis como Dios" (cf. Gén 3, 5). Y después del pecado original, prescindiendo de Dios, el hombre se encuentra sometido a tensión, dividido en sus opciones entre el Amor que viene del Padre y "el amor quo no viene del Padre, sino del mundo" (cf. 1Jn 2, 15, 16); y, peor todavía, el hombre se hace un extraño para sí mismo, optando por la "muerte de Dios", que trae en sí fatalmente también la "muerte del hombre" (cf. Juan Pablo II, Mensaje Pascual de 1980).

Al confesarse "sierva del Señor" (cf. Lc 1. 38) y al pronunciar su "Sí", acogiendo "en su corazón y en su seno" (cf. San Agustín, De virginitate, 6: PL 40, 399) el misterio de Cristo Redentor, María no fue instrumento meramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó en la salvación de los hombres con fe libre y entera obediencia. Sin quitar o disminuir nada, ni aumentar nada a la acción de quien es el único Mediador entra Dios y los hombres, Jesucristo, María nos señala los caninos de la salvación, caminos que convergen todos en Cristo. su Hijo, y en su obra redentora.

María nos lleva a Cristo, como afirma con precisión el Concilio Vaticano II: «la misión de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder. (...) Y lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta» (Lumen gentium, 60).

7. Madre de la Iglesia, la Virgen Santísima tiene una presencia singular en la vida y en la acción de la misma Iglesia. Por eso mismo, la Iglesia tiene siempre vueltos los ojos hacia Aquella que, permaneciendo Virgen engendró, por obra del Espíritu Santo, al Verbo hecho carne. ¿Cuál es la misión de la Iglesia sino la de hacer que Cristo nazca en el corazón de los fieles (cf. ib., 65), por la acción del mismo Espíritu Santo, a través de la evangelización? Así, la "Estrella de la evangelización", como la llamó mi predecesor Pablo VI, señala e ilumina los caminos del anuncio del Evangelio. Ese anuncio de Cristo Redentor, de su mensaje de salvación, no puede ser reducido a un mero proyecto humano de bienestar y felicidad temporal. Tiene ciertamente incidencia en la historia humana colectiva e individual, pero es fundamentalmente un anuncio de liberación del pecado para la comunión con Dios, en Jesucristo Por lo demás, esa comunión con Dios no prescinde de una comunión de los hombres entre sí, pues quienes se convierten a Cristo, autor de la salvación y principio de unidad, son llamados a congregarse en Iglesia, sacramento visible de esa unidad salvífica (cf. ib., 9).

De ahí, que todos nosotros, los que formamos la generación actual de los discípulos de Cristo, con total adhesión a la tradición antigua y con todo respeto y amor por los miembros de todas las comunidades cristianas, deseamos unirnos a María, impulsados por una profunda necesidad de fe. de esperanza y de caridad (cf. Juan Pablo II, Redemptor hominis, 22). Discípulos de Jesucristo en este momento crucial de la historia humana, con plena adhesión a la ininterrumpida tradición y al sentimiento constante de la Iglesia, movidos por un íntimo imperativo de fe, esperanza y caridad, nosotros deseamos unirnos a María. Y queremos hacerlo, a través de las expresiones de piedad mariana de la Iglesia de todos los tiempos.

8. El amor y la devoción a María, elementos fundamentales en la cultura latinoamericana (idem. Homilía en Zapopán, México: AAS 71 (1979) 228; L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 11 febrero 1979. pág. 12; Documento de Puebla, 283), son uno de los rasgos característicos de la religiosidad del pueblo brasileño. Estoy seguro de que los Pastores de la. Iglesia sabrán respetar ese rasgo peculiar; fomentarlo y ayudarle a encontrar la mejor expresión, a fin de realizar el lema: llegar "a Jesús por María". Para ello, será útil tener presente que la devoción a la Madre de Dios tiene un fundamento, diríamos esencial, incorporado en múltiples formas externas. Lo que tiene de esencial es permanente e inalterable, sigue siendo elemento intrínseco del culto cristiano y, si esta rectamente entendido y realizado, constituye en la Iglesia, como explicaba mi predecesor Pablo VI, un excedente testimonio de su norma de acción (lex orandi) y una invitación a reavivar en las conciencias su norma de fe (lex credendi). Las formas externas están, por naturaleza, sujetas al desgaste del tiempo y como declaraba el mismo añorado Pablo VI, necesitan una constante renovación y actualización, realizadas, por otra parte, con total respeto a la Tradición (cf. Marialis cultus, 24 y 56; L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 24 marzo 1974).

9. Y vosotros devotos de Nuestra Señora y romeros de Aparecida, aquí presentes, y cuantos nos acompañáis por la radio y la televisión: conservad celosamente ese tierno y confiado amor a la Virgen, que os caracteriza. No lo dejéis nunca enfriar; que no sea un amor abstracto, sino encarnado. Sed fieles a los ejercicios de piedad mariana tradicionales en la Iglesia: la oración de Ángelus, el mes de María y, de modo muy especial, el rosario. Ojalá resurgiese la hermosa costumbre —en otros tiempos tan difundida y hoy todavía presente en algunas familias brasileñas— de rezar el rosario en familia.

Sé que, hace poco tiempo, en un lamentable incidente, quedó hecha pedazos la pequeña imagen de Nuestra Señora Aparecida. Me han contado que entre los mil fragmentos fueron halladas intactas las dos manos de la Virgen unidas en oración. Este hecho tiene valor de símbolo: las manos juntas de María en medio de las ruinas son una invitación a sus hijos para que hagan sitio en sus vidas a la oración, a lo absoluto de Dios, sin el cual todo lo demás pierde sentido, valor y eficacia. El verdadero hijo de María es un cristiano que reza.

La devoción a María es fuente de  vida cristiana profunda, es fuente de compromiso con Dios y con los hermanos. Permaneced en la escuela de María, escuchad su voz, seguid sus ejemplos. Como hemos oído en el Evangelio, Ella nos orienta hacia Jesús: "Haced lo que El os diga" (Jn 2, 5). Y come antaño en Caná de Galilea, encomienda al Hijo las dificultades de los hombres, obteniendo de El las gracias deseadas Recemos con María y por María: Ella es siempre la "Madre de Dios y Madre nuestra".

PLEGARIA

Señora Aparecida, un hijo vuestro
que os pertenece sin reserva —totus tuus!—
llamado por misterioso designio de la Providencia
a ser Vicario de Vuestro Hijo en la tierra,
quiere dirigirse a Vos, en este momento.

El recuerda, con emoción, por el color moreno
de esa vuestra imagen, otra representación vuestra,
¡la Virgen Negra de Jasna Góra!

Madre de Dios y nuestra,
proteged a la Iglesia, al Papa, a los obispos, a los sacerdotes
y a todo el pueblo fiel; ¡acoged bajo vuestro manto protector
a los religiosos, religiosas, a las familias,
a los niños, a los jóvenes y a sus educadores!

Salud de los enfermos y Consoladora de los afligidos,
sed consuelo de los que sufren en el cuerpo o en el alma;
sed luz de los que buscan a Cristo,
Redentor del hombre; todos los hombres
mostradles que sois la Madre de nuestra confianza.

Reina de la paz y Espejo de justicia,
¡alcanzad para el mundo la paz,
haced que Brasil tenga paz duradera,
que los hombres convivan siempre como hermanos,
como hijos de Dios!

Nuestra Señora Aparecida
bendecid este vuestro santuario y a quienes en él trabajen,
bendecid a este pueblo que aquí reza y canta,
bendecid a todo vuestros hijos,
bendecid a Brasil.

Amén.

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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