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MISA PARA LOS JÓVENES
DEL «CENTRO ITALIANO DE SOLIDARIDAD»

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Castelgandolfo
Sábado 9 de agosto de 1980

 

Carísimos hijos y hermanos:

Habéis querido tener este encuentro eucarístico con el Papa para expresar de modo concreto vuestra fe y vuestra devoción; y yo, acogiéndoos en torno al altar del Señor, os dirijo mi saludo más cordial y os expreso mi más profunda gratitud. Vosotros, en efecto, me dais ocasión de encontrarme con personas serias y comprometidas, que participan activamente de las ansias y de las preocupaciones de la Iglesia y aportan experiencias, a veces dramáticas y, sin embargo, útiles para remediar muchos desconciertos y muchas necesidades de la sociedad moderna. Vuestra presencia, tan delicada y afectuosa, me proporciona gran consuelo: vosotros, en efecto, comprendéis la solicitud del Vicario de Cristo, el cual, como Pastor responsable, inmerso en esta sociedad del siglo XX, siente la responsabilidad de iluminar y guiar a todos los hombres. Vosotros le ofrecéis vuestra ayuda, vuestra oración, vuestra colaboración sincera. ¡Adonde no puede llegar él, llegáis vosotros, para aliviar penas y sufrimientos, para disipar dudas y aprensiones, para salvar a quien, desesperadamente, invoca ayuda en la derrota y en la desolación! Me infundís confianza y esperanza, por lo cual os doy las más sentidas gracias.

La obra de recuperación y de prevención de las nefastas y terribles consecuencias de la droga es actualmente no sólo benemérita, sino necesaria: los caminos en que yacen tantos heridos y sacudidos por los traumas dolorosos de la vida han aumentado espantosamente, lo cual hace que haya mayor necesidad de buenos samaritanos.

De modo especial, partiendo de ésta celebración eucarística; quisiera haceros algunas exhortaciones concretas;

Dicen los sicólogos y sociólogos que la primera causa que empuja a los jóvenes y adultos a la perniciosa experiencia de la droga es la falta de claras y convincentes motivaciones dé vida. En efecto, la falta de puntos de referencia, el vacío de los valores, la convicción de que nada tiene sentido y que, por tanto, no vale la pena vivir, el sentimiento trágico y desolador de ser viandantes desconocidos en un universo absurdo, puede empujar a algunos a la búsqueda de huidas exasperadas y desesperadas.

Ya lo escribía la conocida pensadora francesa Raissa Maritain, contando las experiencias de su juventud, al comienzo de este siglo, cuando era estudiante en La Sorbona de París y había perdido totalmente la fe: «Todo resultaba absurdo e inaceptable... La ausencia de Dios despoblaba el universo. Si debemos renunciar a encontrar cualquier sentido a la palabra "verdad", a la distinción entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, no es posible vivir humanamente. No quería saber nada de una semejante comedia —dice la escritora—. Habría aceptado una vida dolorosa, no una vida absurda... O era posible la justificación del mundo y no podía hacerse sin un conocimiento verdadero, o la vida no valía la pena de un instante de atención». Y concluía con dramático realismo: «Esta angustia metafísica que penetra en las fuentes mismas del deseo de vivir, es capaz de convertirse en una desesperación total y desembocar en el suicidio» (I grandi amici, Vita e Pensiero, Milán, 1955, págs. 73-75).

Son palabras que hacen pensar: los hombres tienen necesidad de la verdad; ¡tienen la absoluta necesidad de saber por qué viven, mueren y sufren! Pues bien, ¡vosotros sabéis que la "verdad" es Jesucristo! El mismo lo ha afirmado categóricamente: "¡Yo soy la verdad!" (Jn 14, 6), "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no anda en tinieblas" (Jn 8, 12). ¡Amad, pues, la verdad! ¡Llevad la verdad al mundo! Testimoniad la verdad que es Jesús, con toda la doctrina revelada por El mismo y enseñada por la Iglesia, divinamente asistida e inspirada. Es la verdad la que salva a nuestros jóvenes; la verdad toda entera, ¡iluminante y exigente, como es! No tengáis miedo de la verdad y, frente a tantos maestros del absurdo y de la sospecha, que pueden quizá fascinar, pero que luego fatalmente llevan a la destrucción, oponed sólo y siempre a Jesucristo.

Hay un segundo motivo, siempre según los expertos, que empuja a la búsqueda de "paraísos artificiales", en los diversos tipos de droga y es la estructura social deficiente e insatisfactoria.

Indudablemente, es este un tema muy importante, pero también muy difícil y complicado. En efecto; estamos asistiendo a la difusión y arraigo, en todos los Estados, de una "moral laica", que prescinde casi totalmente de la moral objetiva, denominada "natural", y de la moral revelada por el Evangelio. Nosotros no queremos hacer el proceso a la sociedad; debemos constatar, sin embargo, qué muchas carencias en las estructuras de la sociedad, como la desocupación, la falta de viviendas, la injusticia social, el arribismo político, la inestabilidad internacional, la falta de preparación para el matrimonio, la legalización del aborto y del divorcio, causan fatalmente una sensación de desconfianza y de opresión, que puede desembocar a veces incluso en experiencias pavorosamente negativas. ¡No debemos desanimarnos! A pesar de las dificultades, continuad influyendo en el bien de la sociedad; contribuid activamente incluso en el campo político y legislativo; sostened siempre y con entusiasmo lo que debe ser el primero y principal intento de todo organismo y de todo Estado: ¡el respeto al amor por el hombre! Lo que escribía San Juan para los primeros cristianos vale también para hoy: "Dios nos ha dado la vida eterna y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, tampoco tiene la vida" (/ jn 11-12).

A este propósito, me uno con toda la profunda participación de mi espíritu a las preocupaciones expresadas por la "Asociación de Médicos Católicos italianos" respecto a la propuesta de ley referente a la liberalización de las drogas erróneamente definidas "ligeras" y la facultad de suministrar heroína en los centros sanitarios (XV Congreso nacional, noviembre 1979, en Asís; VI Congreso Europeo, mayo 1980, en Bruselas). Como ya demuestra la dolorosa experiencia de algunas naciones, una legislación más permisiva en este campo, no sirve ni para prevenir ni para redimir.

Por último, siempre según los expertos de sicosociología, otra causa del fenómeno de la droga es también la sensación de soledad e incomunicabilidad que desgraciadamente pesa sobre la sociedad moderna, rumorosa y alienada, e incluso en la propia familia. De hecho, es un dato dolorosamente verdadero, que, junto con la falta de intimidad con Dios, hace comprender aunque no ciertamente justificar, la huida hacia la droga para olvidar, para aturdirse, para evadirse de situaciones que han llegado a ser insoportables y oprimentes, e incluso para iniciar voluntariamente un viaje sin retorno.

En efecto; el mundo moderno tiene una extrema necesidad de amistad, de comprensión, de amor, de caridad. ¡Llevad, por tanto, con perseverancia y con sensibilidad vuestra caridad, vuestro amor, vuestra ayuda! ¡Es la caridad la que salva y se hace camino hacia la verdad! Cada vez se comprende más qué el joven, envuelto en las espirales envenenadas de la droga, tiene necesidad esencial de sentirse amado y comprendido para redimirse y reanudar el camino normal de quien acepta la Vida en la perspectiva de la eternidad. Pero sobre todo, sed los portadores y los testigos del amor y de la misericordia de Dios, el amigo que no traiciona y sigue amando y esperando con confiada esperanza. Cuán verdaderas y conmovedoras son las palabras, escritas por Santa Teresa del Niño Jesús en su última enfermedad: "Sí; lo siento: aunque tuviese sobre la conciencia todos los pecados que pueden cometerse, me arrojaría igualmente en los brazos de Jesús, con el corazón quebrantado por el arrepentimiento, porque sé lo que El ama al hijo pródigo que vuelve a El".

¡Carísimos! He aquí vuestra tarea y vuestra consigna: ¡Llevad confianza y amor!

La Sagrada Escritura, por boca del antiguo profeta dice que "el justo vivirá por su fe" (Hab 2, 4; cf. Rom 1, 17 ss.; Gál 3, 11) y Jesús exhorta a tener fe, al menos igual al de un grano de mostaza (cf. Mt 17, 18-19).

¡También vosotros estáis comprometidos a salvar a la sociedad con amor y con fe! ¡Encomendaos cada día a María Santísima, rezadle cada día con afecto y confianza, a fin de que ilumine siempre vuestros pensamientos y guíe vuestros pasos sobre los caminos del mundo, para alivio de tantos como tienen necesidad de encontrar su Corazón inmaculado y maternal! . i Y os acompañe mi propiciadora bendición!

Después de la Misa, durante él diálogo con los jóvenes, el Papa les dijo:

A veces se abrazan las personas con las manos; otras veces, nos encontramos en situación un poco diversa, prefiriendo abrazar a las personas con la palabra. Esto sucede cuando nos encontramos en momentos de reflexión. Y el que vivimos hoy es un momento de reflexión, de reflexión sobre los problemas fundamentales de la vida, de la existencia humana, del sufrimiento humano y de la confianza, de la esperanza que nos queda siempre y en algún modo. Al finalizar este encuentro, quisiera todavía abrazaros una vez más a todos vosotros con estas palabras. Quisiera abrazar sobre todo a los jóvenes, estos jóvenes que, como han demostrado recientemente, han podido vencer y dar testimonio de cómo se puede vencer y recobrar la propia humanidad, la propia libertad y el sentido del "ser", del ser hombre y de vivir entre los hombres. Ellos han podido vencer y esta es la cosa más importante de todo el trabajo que se realiza en el Centro Italiano de Solidaridad y en los diversos Centros mundiales, sobre todo en el estadounidense y por doquier en el mundo. Si nosotros debemos afrontar ese gran peligro de la droga, peligro paradla persona humana, para cualquier hombre y sobre todo para el hombre joven, debemos tener las pruebas de la posibilidad de vencer. Si tenemos la certeza de que se puede vencer, una certeza comprobada a través de las personas que han vencido, entonces podremos afrontar el peligro con esperanza.

Así, pues, vosotros, jóvenes que habéis vencido, resultáis para los demás un testimonio de esperanza, un testimonio de que la victoria es posible; y suponéis también, para la sociedad preocupada por el fenómeno de la droga, un nuevo impulso para luchar, para empeñar todas las fuerzas, toda la buena voluntad. Vale la pena, porque la victoria es posible.

He aquí que con estas palabras conclusivas quisiera abrazar a todos los presentes, no sólo a los jóvenes, sino también a todos los demás que participan en el empeño social contra la droga, contra el peligro de la droga. Un peligro directo para la humanidad, para la personalidad humana. Todos cuantos en la sociedad y en la Iglesia participan en los esfuerzos para vencer la droga, se encuentran entre nosotros hoy, en nuestra común oración y también en ese testimonio que ha completado, en cierto modo, nuestra oración. Que puedan encontrar una incitación, un estímulo para continuar. A todos vosotros yo, como Obispo vuestro, quiero reiterar mi agradecimiento. Estamos verdaderamente unidos en esta preocupación y en esta lucha. Estamos verdaderamente unidos como amigos, como cristianos, como discípulos de Cristo, porque El está presente en todos los que sufren; El está realmente, verdaderamente presente en cada joven que sufre las experiencias de la droga, tristes y dolorosas. Si nosotros nos comprometemos a ayudar a esos jóvenes, nos encontramos a El mismo en cada uno de los que tratamos de ayudar. Así, pues, quiero dar las gracias también a todos cuantos se dedican a ello, a todos los sacerdotes y hermanas religiosas, a todos los laicos que. de diversas maneras participan en este empeño social, religioso y apostólico, a quienes hoy he tenido la ocasión y la alegría de encontrar. Por este encuentro os doy las gracias cordialmente, profundamente, y una vez más os digo: en espíritu abrazo a todos como amigos míos, como mis hermanos y. hermanas. Os doy las gracias y os digo que continuéis. ¡Alabado sea Jesucristo!

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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