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SANTA MISA PARA UNA PEREGRINACIÓN DE JÓVENES DE DUBLÍN

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Sala de las Audiencias, Castelgandolfo
Jueves 28 de agosto de 1980

 

Queridos jóvenes de Dublín:

1. El amor de Cristo nos ha reunido esta mañana. Ninguna otra razón puede explicar adecuadamente esta maravillosa unión nuestra. Nos hemos congregado en el nombre de Jesús y El está presente en medio de nosotros. Jesucristo está entre nosotros (cf. Mt 18, 20).

2. Habéis venido a Roma representando a la juventud de Dublín; habéis querido devolverme la visita que os hice en Irlanda. Al mismo tiempo me estáis proporcionando nueva oportunidad de hablaros de Cristo, de recordaros vuestra dignidad cristiana y proclamar ante vosotros la comunión que el Espíritu Santo ha dado a todos nosotros: la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (cf. 1 Jn 1, 3).

3. Y sobre todo habéis venido aquí a celebrar juntos nuestra vida en Cristo y obtener cada vez mayor Comunión con la Trinidad Santísima, por los méritos de la redención de Cristo. Un aspecto maravilloso de nuestra Eucaristía reside en que en ella llevamos a Cristo la trama de nuestra vida diaria. El acepta nuestra ofrenda, la une a su propia oblación y la presenta al Eterno Padre. Al mismo tiempo, en la Misa escuchamos la Palabra de Dios según la proclama la Iglesia, proclamación que alcanza su expresión más alta en la renovación real del Sacrificio de Cristo. Cuando celebramos este Sacrificio eucarístico, estamos realizando una acción que se sitúa en la misma cumbre de nuestra vida cristiana; aquí llega a su realización plena nuestra dignidad cristiana. Y todo ello es algo que realizamos juntos como comunidad, comunidad en Cristo y con Cristo; como miembros de su Cuerpo, miembros de su Santa Iglesia.

Y de esta celebración eucarística saldréis a responder a vuestro llamamiento, a ocuparos de las actividades de vuestra vida y, finalmente, a vuestro destino. Por todo ello reflexionemos unos momentos dentro del sagrado contexto de la Palabra de Dios, sobre estos elementos importantes de la vida cristiana.

4. Cada uno de vosotros es llamado individualmente por Cristo, llamado a tomar parte en su Reino y a desempeñar una tarea dentro de su misión de salvación. Estas son las grandes realidades de vuestro bautismo y confirmación. Al llamaros nominalmente, Dios os envía a realizar lo que El quiere que hagáis. Dice a cada uno de vosotros lo que dijo al Profeta Jeremías: "Estoy contigo para protegerte". Confirma su protección sobre vosotros poniendo sus palabras en vuestros labios. Según la expresión del Salmista, la Palabra de Dios es lámpara para vuestros pies y luz en vuestro camino (cf. Sal 119, 105). Cristo os llama a vivir una vida nueva radicada en las bienaventuranzas, con nuevos criterios de juicio, perspectiva espiritual rebosante de lozanía y estilo de vida transformado. Incorporados a la novedad de la misma vida de Cristo, sólo la referencia constante a El os realizará y dará gozo. La conversión constante del corazón se transforma en premisa de la eficacia de vuestras actividades y del logro de vuestro destino.

5. Cuando os pongáis a responder al llamamiento cristiano fundamental, se os aconsejará realizar gozosa y fielmente las acciones de cada momento, cada día y cada semana. Para muchos de vosotros el campo de acción es el mismo mundo secular necesitado de la levadura evangélica. Vuestra tarea está clara como el cristal: llevar a Cristo al mundo y llevar el mundo a Cristo. Estoy seguro de que ya habíais captado todo esto. ¿Acaso no es éste el contexto de vuestro lema "Hacer más, amar más, servir más"?

Este "hacer, amar y servir" puede expresarse de muchas maneras. Por ejemplo, estáis llamados a ser hombres y mujeres honrados e íntegros, a "vivir en la verdad y el amor", según dice la petición de la Misa de esta mañana. Estáis llamados a abrir el corazón a la justicia del Evangelio, para ser vosotros asimismo instrumentos de justicia y constructores de paz.

Sois jóvenes y con razón buscáis la comprensión de los demás —de vuestros mayores, de vuestros sacerdotes, de vuestros padres queridos, de cuantos construyeron las generaciones precedentes de la sociedad—, y esperáis misericordia y amistad. Pero precisamente porque sois jóvenes con la vitalidad de la gracia de Cristo y compartís el entusiasmo por su mensaje, sabéis que hay algo todavía más alto y noble; de ahí que os resulte fácil orar "no tanto para ser comprendidos, cuanto para comprender; no tanto para ser amados, cuanto para amar". Así, pues, estáis llamados a ser líderes de la próxima generación a través de la comprensión y del amor. Queridos jóvenes: ¿No es verdad que casi la mitad de vuestra archidiócesis está constituida por jóvenes menores de 21 años? ¿Podéis tener alguna duda de que el futuro de Dublín y del resto de Irlanda depende realmente de vuestra generosidad, de vuestra entrega a Cristo y de vuestro servicio a los hermanos y hermanas?

Estáis llamados a comprenderos mutuamente, trabajar juntos, recorrer juntos el camino de la vida —juntos entre sí y con Cristo—, respetar la humanidad de cada hombre, incluidos los hombres que han perdido el sentido de la propia dignidad. Tenéis que ver a Cristo en los demás y dar a los otros a Cristo, ¡a Cristo que es la sola esperanza del mundo! En todas las circunstancias de la vida estáis llamados a ser portadores de un mensaje de esperanza, llamados, como dice San Pedro, a estar dispuestos a responder a quien quiera que os pidiere, "dar razón de vuestra esperanza" (1 Pe 3, 15). Con esta esperanza, con comprensión y amor, equipados con todos los principios de la fe católica, estaréis en grado de afrontar serenamente los acontecimientos de la vida diaria. Y podéis estar seguros de que María, Madre de Jesús y luminoso "Sol de la gente irlandesa", os ayudará siempre con su intercesión.

Los problemas sociales y políticos tan complicados no son de fácil solución. Con todo, la perseverancia nacida de la esperanza y de la entrega fraterna a las necesidades de nuestros hermanos y hermanas, es condición indispensable para avanzar de verdad en estos campos. Vuestro llamamiento cristiano os impele a prestar vuestra aportación —grande o pequeña, pero siempre única e insustituible— en la construcción de una sociedad justa y pacifica. Y este mismo llamamiento cristiano os invita individualmente y en grupo a ayudar con la oración, el sacrificio y la disciplina cristiana personal, y una serie de medios abiertos a vuestra iniciativa y creatividad, a insertar el Evangelio de salvación en la vida de muchas personas. La parroquia os necesita y necesita vuestra aportación de vida cristiana. La comunidad necesita vuestra vitalidad, alegría y esfuerzo para trabajar juntos por el bien de todos. Hasta el mismo Creador ha pedido vuestra colaboración para mantener la obra de su creación. Estad siempre convencidos de que vuestro trabajo diario tiene gran valor a los ojos de Dios. Esforzaos para que la calidad de aquél sea digna de Cristo y de sus miembros. Y recordad también que Cristo quiere recibir el don de vuestro trabajo y de vuestra vida, y ofrecerlos a su Padre. De hecho, lo está haciendo ahora precisamente en su Eucaristía.

Ya he aludido a la necesidad de dirigirse continuamente a Cristo y estar convirtiéndose a El incesantemente. La vida cristiana no está completa sin esta conversión constante, y la conversión no es plenamente auténtica sin el sacramento de la penitencia. Queridos jóvenes de Dublín: Cristo quiere ir a encontrarse con vosotros personalmente con regularidad y frecuencia en un encuentro personal de misericordia amorosa, perdón y curación. Quiere sosteneros en vuestra debilidad y manteneros en alto levantándoos y acercándoos a su corazón. Como he dicho en mi Encíclica Redemptor hominis, el encuentro en este sacramento es un derecho que pertenece a Cristo y a cada uno de vosotros (cf. núm. 20). Por eso el Papa habla muy en serio cuando os dice ahora: No privéis a Cristo de su derecho en este sacramento y no renunciéis nunca a este derecho vuestro.

6. Y finalmente, queridos jóvenes, de esta Eucaristía vais a salir a realizar vuestro destino. Esta realización depende de la gracia de Dios, como nos recuerda hoy con tanta fuerza la fiesta de San Agustín. Pero requiere también el asentimiento de vuestro libre albedrío. Debéis decir a Cristo una y otra vez, a fin de asegurar el éxito de vuestra tarea, única en el plan de Dios para salvar al mundo. Aquí debemos reflexionar de nuevo sobre la importancia de la fidelidad a vuestro llamamiento. En otras ocasiones he hecho mención de la gran incidencia que tuvo en la historia de Irlanda y del mundo la fidelidad de un hombre, la fidelidad de San Patricio. La proporción puede ser diferente, pero el principio es el mismo. Cristo tiene una misión especial para cada uno de vosotros, una misión que sólo vosotros podéis desempeñar. Sin vuestra cooperación se quedaría incumplida. Cristo conduce a cada uno de vosotros personalmente hacía un destino para cuya consecución sois interdependientes. Miradle hoy a El, mirad a Cristo. Aceptad su ofrecimiento cuando os tiende la mano, os abraza con la fuerza de su brazo y os revela el amor de su Corazón Sagrado.

7. Y ahora permitidme añadir una sola palabra antes de terminar. Cuando estuve en Galway dije a todos los allí presentes que creo en la juventud con todo el corazón, que creo en la juventud de Irlanda, en cada uno de vosotros. Y hoy quisiera añadir algo a ese mensaje, y es esto: Por todo lo que Cristo os ha dado, por sus dones gratuitos de vida y gracia, El cree en vosotros. Cristo cree en la juventud, en la juventud de Irlanda, en cada uno de vosotros. Y os ama. Queridos jóvenes de Dublín: ¡Cristo os ama!

Cristo os ama y quiere amar por vuestro medio. Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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